El legado de los cielos - Capítulo 96
- Inicio
- Todas las novelas
- El legado de los cielos
- Capítulo 96 - 96 LA MEJOR GANADERÍA DEL PAIS
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
96: LA MEJOR GANADERÍA DEL PAIS 96: LA MEJOR GANADERÍA DEL PAIS Capítulo 96.
“La mejor ganadería del país”
Pasaron dos días desde que Rodrigo llegó a la Ciudad de México.
Dos días que, en apariencia, transcurrieron con normalidad, pero que bajo la superficie estuvieron cargados de preparativos, llamadas cifradas, reuniones discretas y decisiones que podían cambiar el rumbo del país.
Nada quedó al azar.
Cada minuto fue utilizado para afinar la reunión más importante hasta ese momento.
Durante ese tiempo no solo se planeó el encuentro con el presidente.
La familia Salgado, bajo la dirección directa de Luis Salgado, llegó al lugar mostrando lo que en México se conocía como sacar la caballería pesada: exhibir sin reservas sus fuerzas más poderosas, sus mejores cartas, su músculo real.
No era una simple reunión política.
Los expertos del noveno y décimo grado hicieron acto de presencia.
Guerreros silenciosos, entrenados desde jóvenes para operar en las sombras, considerados lo más alto dentro de la jerarquía de poder de la familia Salgado.
Cada uno sabía exactamente qué hacer, dónde colocarse y a quién observar.
No hablaban de más, no preguntaban, no dudaban.
A ellos se sumaron los guardaespaldas de la familia Rothschild, perfectamente coordinados.
No había fricción entre ambos grupos; al contrario, la sincronía era impecable.
La razón de ese despliegue no era el presidente.
Para Rodrigo, Ezequiel Mena no merecía ni una décima parte de ese nivel de seguridad.
La verdadera razón era otra.
La llegada del rey saudí y del patriarca de la familia Rothschild convertía ese día en un punto crítico.
Una falla, un descuido, un error mínimo podía tener consecuencias irreversibles.
La seguridad debía estar al cien por ciento, sin excepciones.
La residencia de la familia Rothschild, ya de por sí imponente, ese día parecía una fortaleza viva.
No solo era lujo; era poder manifestado.
Había movimiento constante.
Guardaespaldas visibles en cada esquina, tanto dentro como fuera del perímetro.
Quienes transitaban ocasionalmente por la acera o la calle no podían evitar notar la presencia: vehículos discretos, hombres atentos, miradas que analizaban cada movimiento.
La puerta principal estaba custodiada por elementos de la familia Salgado y de los Rothschild.
Ninguno relajaba la postura.
Todo estaba bajo control.
El comedor, preparado desde temprano, era una demostración de opulencia absoluta.
Chefs con estrellas Michelin trabajaron desde el amanecer.
Sobre la mesa, perfectamente dispuesta, reposaban platillos de primer nivel: cortes de wagyu japonés con marmoleo perfecto, langosta fresca preparada con mantequilla clarificada y especias finas, caviar Beluga servido en pequeñas porciones precisas, acompañados de pan artesanal horneado esa misma mañana.
Los vinos tintos eran de las mejores casas del mundo: etiquetas francesas de añadas históricas, decantadas con cuidado, listas para respirar.
El whisky provenía de destilerías legendarias, botellas reservadas para ocasiones irrepetibles.
Todo brillaba bajo la luz cálida del comedor, desde la cristalería hasta los cubiertos de plata.
A la una de la tarde en punto, el sonido lejano de motores anunció la llegada del convoy.
Autos negros avanzaban con precisión, luces policiacas encendidas en azul y rojo, abriéndose paso con autoridad.
En el centro, una Suburban negra del año se movía escoltada con el más alto despliegue de seguridad nacional.
Era el presidente Ezequiel Mena.
El convoy se detuvo frente a la residencia Rothschild.
El presidente descendió del vehículo.
Esta vez solo asistió él y su primera dama… o al menos la mujer presentada como tal.
Aquella modelo que había sido sacada de una competencia nacional de belleza para callar escándalos.
Para el público era una historia romántica; para quienes estaban ahí, era una farsa conocida.
Salgado y los demás invitados sabían la verdad.
Esa mujer era una cortina de humo.
Rodrigo la miró apenas.
Pensó que ni siquiera Ezequiel la había tocado.
Si los rumores eran ciertos, esa modelo también debía cargar con sus propios trapos sucios.
Nadie llegaba a ese nivel sin ensuciarse.
Pasaron a la sala.
Una sala amplia, sobria, elegante, acorde al resto de la residencia.
Rodrigo estaba sentado.
A su espalda, de pie, X y Cero permanecían en silencio, atentas, como sombras digitales listas para activarse.
Charles estaba cerca, observando cada gesto.
El presidente Ezequiel Mena y su esposa tomaron asiento frente a ellos.
Para cualquiera que no conociera la historia, la escena habría parecido normal: un presidente, su mujer, empresarios poderosos.
Para Rodrigo y Charles, sabiendo la verdad, todo tenía un aire casi teatral.
Rodrigo volvió a escanear a la mujer de arriba abajo.
Era guapa, sin duda.
Había ganado Miss México el mismo año que se casó, tres años atrás.
Aún conservaba esa belleza pulida.
Pero Rodrigo no podía evitar preguntarse qué más ocultaba esa sonrisa entrenada.
Charles hizo una seña discreta.
Segundos después, el mayordomo y las sirvientas entraron con precisión.
Sirvieron las bebidas.
Al presidente y a su esposa les ofrecieron agua mineral.
Rodrigo tomó un vaso de whisky.
Charles, como siempre, optó por té.
Charles fue el primero en hablar.
—Señor presidente bienvenido a mi humilde casa.
Señaló a Rodrigo y continuó.
—Este es mi amigo y amigo de mi familia Rothschild así como nuestro socio más importante, hoy la reunión es planeada por el.
El presidente Ezequiel Mena, fiel a su costumbre, intentó quedar bien… y terminó haciendo el ridículo.
Al enterarse de que Rodrigo era socio de la familia Rothschild, asumió que debía impresionar.
Pensó que hablaba inglés o que era extranjero.
No esperó a que Charles terminara.
Con un inglés mal hablado, torpe, casi inentendible, soltó:
—Bienvenido a mi país aquí tenemos la mejor ganadería… del país.
Rodrigo soltó una risa indiscreta, imposible de contener.
Por dentro pensó con desprecio:
¿Cómo pueden los mexicanos haber votado por un presidente inútil?
Para empezar, yo soy mexicano… y además no sabe hablar inglés.
¿La mejor ganadería?
¿Acaso es idiota o se hace?
Me dan ganas de romperle el hocico.
Deja en vergüenza al país.
El silencio que siguió fue pesado.
Denso.
Como si el aire mismo se hubiera tensado, anticipando que lo que estaba por venir no sería una conversación cordial, sino el inicio de una partida donde el presidente aún no entendía que ya estaba en jaque.
Ahí, en esa sala, con una frase mal dicha y una risa contenida, comenzó realmente el juego.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com