El Legado - Capítulo 11
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11: Capítulo 11 11: Capítulo 11 La vida con mamá tiene una rutina agradable.
Las mañanas suelen empezar al alba con mis “estudios” -bebé mirando los libros- mientras ella prepara el desayuno o atiende las primeras tareas de la casa.
Luego, la ayudo a ordenar todo, para finalmente salir juntos a hacer las compras.
Hoy compraremos cosas en mercado del pueblo.
Ir con ella es una aventura sensorial.
Sentado en mi sillita-mochila en su espalda, tengo una vista privilegiada.
Los olores a pan recién hecho, a especias exóticas (¿o son solo hierbas locales que no conozco?), a pescado fresco del río cercano…
Los colores vibrantes de las frutas y verduras, los tejidos que venden algunos artesanos.
Y el murmullo constante de la gente, las risas, los regateos.
Con mi [Aprendizaje Rápido] activo, absorbo todo: los dialectos locales, las expresiones faciales, las dinámicas sociales del pequeño pueblo.
Mamá saluda a casi todo el mundo; su reputación como sanadora (y quizás también su relación con papá) la hace alguien muy valorada y respetada.
Después de volver y atender hasta el mediodía en la clínica, mamá decide que un poco de aire fresco nos vendrá bien.
Así que nos dirigimos al pequeño parque en la zona más al sur del pueblo, que es básicamente una extensión de césped bien cuidado con un par de árboles grandes y unos bancos de madera rustica, tallados sobre troncos que se marchitaron naturalmente.
Me baja con suavidad y dándome su mejor sonrisa me invita a explorar a mi aire.
Ya camino con bastante soltura, aunque mi centro de gravedad sigue siendo un misterio para mí a veces.
Mientras persigo una mariposa particularmente colorida con pasos torpes, noto a otra figura pequeña no muy lejos.
Una niña, quizás un poco mayor que yo, de grandes ojos verdes como el prado en el que estábamos, portando un vestido amarillo brillante con detalles en púrpura y dos coletas coloradas que saltaban a ritmo propio mientras intenta apilar unas piedras sin demasiado éxito.
Decido mirar donde está mamá, la cual me asiente gesticulando su cabeza y sin emitir palabra alguna.
Luego, ya conforme con mi intensa actividad maratonista de bebé con abundante energía, decidió sentarse en un banco cercano con un libro de botánica (¡siempre estudiando!), vigilándome de manera sutil con su visión periférica.
Teniendo la aprobación de mi tutora, me acerco a la niña con la curiosidad natural de un niño (y la evaluación social necesaria para mantener mi fachada).
Ella me mira con sorpresa, un poco tímida.
Acto seguido, le ofrezco la flor que acabo de arrancar (¡ups, pobre flor!
Prometo curar tu tallo como me enseñó mamá el otro día).
Ella sonríe y me ofrece una de sus piedras lisas.
Un intercambio justo.
Empezamos a jugar uno al lado del otro, en esa especie de comunicación silenciosa que tienen los niños pequeños.
Se llama Lila, según le oigo decir a su propia madre, que charla con otra mujer cerca.
Y entonces, ocurre el caos.
Una pequeña bandada de perros callejeros, probablemente atraídos por algún resto de comida o simplemente por aburrimiento, trota hacia el parque.
Son delgados, de aspecto algo sarnoso, pero para niños de nuestra estatura, parecen lobos enormes.
Empiezan a ladrar, acercándose a Lila, que había dejado caer la flor que le regalé.
Ella se asusta, retrocede y tropieza, cayendo sentada.
Empieza a llorar, y los perros, envalentonados por su miedo, se acercan más, olfateando y ladrando agresivamente.
Mamá se levanta de un salto, pero está al otro lado del pequeño césped.
Los demás adultos también reaccionan, pero el instinto es más rápido que la razón.
Veo a Lila llorando, veo a los perros amenazantes…
y algo dentro de mí hace clic.
No pienso.
Actúo.
Mi núcleo, ese 80% sólido y cálido, vibra con intensidad.
Recuerdo la sensación del viento, el elemento Aire que tanto vi usar a Kael para salvarse de todas las situaciones en las que se metía.
Deseo con toda mi fuerza que los perros se vayan, que dejen a Lila en paz.
¡FUERA!
No hay conjuros, ni luces brillantes.
Solo una repentina y antinatural ráfaga de viento que surge de la nada, justo alrededor de los perros.
No es una tormenta, pero es lo suficientemente fuerte y localizada como para levantar polvo, hacerles perder el equilibrio y asustarlos muchísimo.
Aúllan sorprendidos y confundidos, dan media vuelta y salen corriendo del parque con el rabo entre las piernas.
Todo pasa en un instante.
Miro a mi alrededor rápidamente.
Mamá está a mi lado, con cara de preocupación.
La madre de Lila también.
Nadie parece haber notado la ráfaga antinatural, solo a los perros huyendo y mi pequeña amiga llorando en el suelo.
¡Uf!
Suerte de principiante…
o quizás el control fue más instintivo de lo que creía.
Mientras mamá me revisa y consuela a Lila junto a su madre, siento una nueva oleada dentro de mí.
Más fuerte que la que sentí con papá.
Es como si ese acto instintivo, esa primera aplicación real y exitosa de mi voluntad sobre el mundo exterior usando mi núcleo, hubiera roto una barrera final.
La energía se asienta, se refina, se completa.
El 80%…
ya no.
Siento una plenitud casi total.
¡Esto debe ser el 90%!
La pantalla no parpadea, pero la sensación interna es inequívoca.
La madre de Lila, una mujer bien vestida y con un aire de autoridad tranquila, nos agradece profusamente.
“Oh, Elara, muchas gracias por revisarla y curarla.
Y tú también, pequeño…
¿Lexo?
¡Qué valiente has sido al querer protegerla!
Lila se asusta mucho con los perros.” Me da una palmadita en la cabeza.
Luego se presenta formalmente, aunque mamá ya la conoce, claro.
Ahí me entero que es la esposa del alcalde del pueblo.
“Como agradecimiento por cuidar y ayudar a Lila” dice la mujer con una sonrisa amable, “nos encantaría que vinieran a merendar a casa mañana por la tarde.
A mi esposo le gustaría agradecerles personalmente.”
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