El Legado - Capítulo 18
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18: Capítulo 18 18: Capítulo 18 La velocidad del Tigre Blanco es irreal.
Antes de que pueda procesar completamente la situación, el caos se desata.
Borin es golpeado por una garra chispeante que atraviesa su defensa de tierra improvisada como si fuera papel, enviándolo a estrellarse contra un árbol con un crujido enfermizo.
Lyra por su parte intenta crear distancia, pero un rayo teledirigido la alcanza en el hombro; grita y cae, su arco rodando lejos.
Kael es una sombra danzante, esquivando y distrayendo, pero el tigre anticipa su movimiento y lo golpea con la cola, un impacto sordo que lo lanza contra las rocas.
Papá ruge, su espada de fuego arde con furia, pero el monstruo es simplemente demasiado rápido, demasiado fuerte.
Un zarpazo brutal con garras de hielo lo envía volando hacia atrás, su espada cayendo lejos mientras impacta contra el suelo, inmóvil.
Todo en un suspiro, lo que dura una gota de agua en caer a un estanque.
De esa manera acontece el peor resultado, Los Cuatro Grandes, leyendas de Rango A, fueron derrotados en segundos.
Y entonces, la mirada azul glacial del tigre se clava en nosotros.
Mamá refuerza el escudo de Luz a nuestro alrededor, pero sé que no será suficiente.
La bestia carga, un borrón blanco y eléctrico.
El impacto contra la barrera es como un trueno.
La luz parpadea, se agrieta…
y cede.
Mamá grita mi nombre y me empuja detrás de ella justo cuando las fauces heladas del tigre se cierran.
No me alcanzan a mí, pero sí a ella.
Oigo su grito ahogado, veo la sangre florecer en su costado, manchando su ropa y la hierba.
Cae sobre mí, un peso protector pero débil, susurrando mi nombre antes de que sus ojos se cierren.
En ese instante, el mundo se rompe.
El miedo, la furia, la desesperación…
algo explota dentro de mi pecho.
Siento como si el tiempo mismo se desgarrara a mi alrededor.
El rugido del tigre se convierte en un eco silencioso, el goteo de la sangre de mamá se detiene en el aire, las hojas a medio caer quedan suspendidas.
Todo, excepto yo, está congelado.
La mirada del tigre sigue fija en mí, pero no hay movimiento, solo una estatua de depredador a punto de dar el golpe final.
Una pantalla violeta corrupta, con matices azulados, parpadea de repente con una urgencia fría.
[¡Condiciones Extremas Cumplidas!] [¡Habilidad Única Desbloqueada!] [Chronos – Manejo del Tiempo (Activo/Pasivo)] – Nivel Máximo.
Sub-Habilidad Activa Disponible: [Pausa de Tiempo (Básico)] Duración: Desconocida.
Costo de MP: Masivo y Continuo.
¿Activar [Pausa de Tiempo]?
[SÍ] / [NO] Mi mente grita ¡SÍ!
antes siquiera de terminar de leer.
Siento un tirón inmenso en mi MP, pero el mundo permanece congelado.
¿Cuánto durará?
No lo sé.
No importa.
Mamá…
Me levanto, temblando, apartando con cuidado a mi madre herida.
Miro al tigre inmóvil.
El miedo sigue ahí, pero ahora está cubierto por una capa de hielo de pura determinación.
Todo lo que he aprendido.
Todo lo que he observado.
Es ahora o nunca.
Me acerco a la bestia congelada.
Siente mi presencia, sus ojos me siguen, pero no puede moverse.
Cierro los ojos por una fracción de segundo.
Tiro de la energía de mi núcleo, de la tierra bajo mis pies, del aire a mi alrededor, del agua en el arroyo, de la luz tenue del atardecer, del calor residual de la espada de papá.
¡Todo!
Siento mi núcleo arder, expandirse, casi romperse…
y asentarse.
¡99%!
¡Casi completo!
Abro los ojos y extiendo mis manos de bebé hacia el tigre.
“¡Tierra!”, pienso, recordando a Borin.
El suelo bajo el tigre se agrieta, gruesas raíces y púas de roca brotan, atravesando sus patas inmóviles.
“¡Aire!”, pienso, recordando a Kael y mi propia práctica.
El aire alrededor del felino se comprime, formando cuchillas invisibles que cortan todo hacia su dirección.
“¡Hielo!”, pienso, recordando a Lyra.
La humedad del aire se condensa y se congela en afiladas esquirlas que perforan su pelaje, hasta su núcleo.
“¡Fuego!”, pienso, recordando a papá.
Una esfera de calor blanco e intenso se forma en mi palma y la lanzo contra cuerpo maltrecho de la bestia, carbonizándola.
No hay sonido en el tiempo detenido, solo una cacofonía silenciosa de destrucción elemental concentrada en un solo punto.
El cuerpo del tigre se convulsiona bajo el asalto cuadra-elemental, su forma congelada se agrieta, se quema, se perfora.
No sé si es suficiente para vencerlo, pero he gastado casi toda mi energía ofensiva.
Sin perder un instante, me doy la vuelta y corro hacia mamá.
El tirón de la [Pausa de Tiempo] es brutal, mi MP se vacía a un ritmo alarmante.
Me arrodillo a su lado, pongo mis manos sobre su herida enrojecida.
“¡Luz!”, suplico internamente, canalizando todo lo que me queda, toda mi afinidad vestigial, toda mi desesperación.
Una luz pálida, mucho más débil que la de mamá pero más intensa que cualquiera que haya producido antes, envuelve la herida.
Siento mi maná agotarse por completo, la oscuridad invade los bordes de mi visión.
La herida parece cerrarse lentamente…
muy lentamente…
El mundo vuelve a moverse con un tirón violento.
El rugido moribundo del tigre resuena y luego se apaga.
El sonido de la sangre goteando regresa.
Y yo…
caigo de lado, la conciencia desvaneciéndose.
Mi último pensamiento es para mamá…
(Punto de vista de Elara) Dolor.
Frío.
Oscuridad…
No, una luz cálida.
Un calor familiar que expulsa el frío de mis huesos.
Abro los ojos con dificultad.
El dolor punzante en mi costado…
se ha ido.
Toco la zona; la tela de mi ropa está desgarrada y manchada de sangre seca, pero debajo, la piel está…
intacta.
Curada.
¿Cómo?
Me incorporo, confundida.
Miro a mi alrededor.
Garen, Borin, Lyra, Kael…
todos están tirados, heridos, pero empiezan a moverse, a gemir.
Vivos.
Y allí, a pocos metros, yace la imponente forma del Tigre Blanco de Ruda, inmóvil, con múltiples heridas humeantes y congeladas, claramente derrotado.
Y a mi lado…
Lexo.
Mi pequeño Lexo, inconsciente, pálido como la cera, pero respirando.
Una tenue aura de Luz residual se aferra a él, desvaneciéndose.
La fuente de mi curación.
La causa probable de la derrota del monstruo.
El shock me golpea como una ola fría, seguido de una oleada de terror y luego…
un amor tan feroz que me corta la respiración.
Ignorando mi propio estado, lo reviso primero.
Está agotado, completamente drenado de energía, pero vivo.
Sin heridas.
Luego, mi instinto de sanadora toma el control.
Me levanto, mis piernas tiemblan, y voy hacia Garen.
Mi maná está bajo, pero suficiente para una curación básica.
Lo estabilizo.
Luego Borin, Lyra, Kael.
Heridas graves, pero ninguna potencialmente mortal ahora que la amenaza inmediata ha pasado.
Finalmente, vuelvo con él.
Lo tomo en mis brazos con cuidado, acunándolo contra mi pecho.
Su pequeño cuerpo está frío.
Lo envuelvo en mi capa.
“¿Qué eres, mi pequeño?”, susurro, acariciando su suave cabello.
“¿Qué has hecho?”.
No hay respuesta, solo su respiración tranquila.
Lo abrazo más fuerte, sintiendo una mezcla abrumadora de orgullo, miedo y un amor incondicional.
Mi hijo.
Mi pequeño milagro.
Mi responsabilidad.
Tendremos mucho de qué hablar…
cuando despierte.
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