El Legado - Capítulo 2
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2: Capítulo 2 2: Capítulo 2 ¡Ah, el gateo!
La primera probada de libertad motora, aunque sea a ras de suelo.
Mis rodillas probablemente lo lamentarán en el futuro, pero por ahora, es mi vehículo personal para explorar el pequeño universo de nuestra casa y el patio trasero.
Y mientras me arrastro como una oruga con determinación, esa sensación extraña persiste, justo ahí, bajo el esternón.
No es doloroso, es más bien…
una presencia.
Un pequeño sol latente esperando combustible.
Ahora que tengo unos dos meses y mi coordinación ojo-mano (o más bien ojo-gateo) ha mejorado, también noto esos…
¿fragmentos?
Son como diminutas motas de luz cálida dispersas por todo mi cuerpo.
No las veo con los ojos, claro, es una percepción interna, casi como sentir el flujo de mi propia sangre, pero más sutil, más…
mágico.
¿Será esto el maná?
¿O algo precursor?
Parece que vivo en un pueblo llamado Villa Serena, que como su nombre indica, es bastante tranquilo.
No parece destacarse por nada en particular, tiene casas medievales, un gran parque central donde hace de mercado abierto por las mañanas, un palacio enorme y ornamentado que intuyo será la casa de gobierno en el lado norte, un bosque hacia el oeste y nuestra casa casi en la periferia yendo hacia el sur.
En el este hay un camino de tierra, con una improvisada atalaya de varios metros de altura, que me imagino servirá de guardia y controlará tanto la salida como accesos al lugar.
”Campeón, ahí trabaja papá” Señalando con orgullo el espacio de madera alto, el cual dudo como soporta los vientos.
Por lo que aburrido decido tomarlo de la nariz para que deje de hablar un rato.
Algo que parece funcionar, ya que me mira embobado y me lanza al aire bastante alto para luego agarrarme y repetir varias veces el mismo proceso.
”Querido, lo estás asustando.
No seas tan bruto” Dice mamá llevándome a la calidez de sus brazos.
”Mi pequeño y bonito Lexo” jugando con mis manitos y alzándome suavemente.
Una escena que se repite casi a diario cuando vamos al mercado a comprar y paseamos juntos en familia.
Incluso los aldeanos son muy amables con nosotros, nos hacen regalos y hacen lugar para que podamos comprar primeros aun exista una extensa fila esperando antes.
Mi lugar favorito para gatear es cerca del borde del patio, donde papá -Garen, un ex-héroe con músculos que podrían partir troncos- hace sus entrenamientos matutinos.
Observarlo es fascinante.
No es solo fuerza bruta; hay un ritmo, un flujo en sus movimientos con la espada de madera.
A veces, cuando ejecuta una serie de golpes particularmente intensa, juraría que siento una leve vibración en mi propio núcleo, como si resonara con su esfuerzo.
¿Estará usando alguna técnica que involucre energía interna, aunque no sea magia en el sentido clásico?
Luego está mamá -Elara, una sanadora, muy refinada y con manos gentiles-.
Que cuando no está atendiendo a algún aldeano con un corte feo o una fiebre misteriosa, a menudo se sienta en silencio, con los ojos cerrados.
Meditación, supongo.
Pero cuando cura, es diferente.
Veo esa luz suave y cálida envolver sus manos, y siento una conexión más directa con mi propio núcleo y esos fragmentos dispersos.
Es como si su energía “llamara” a las motas dentro de mí, haciéndolas vibrar suavemente.
Entiendo, según puedo adivinar por sus conversaciones, que en este mundo existe un despertar en torno a los 13 años; probablemente sea cuando este sistema interno madura naturalmente y se activa.
Pero…
¿y si no espero?
La idea es tentadora.
Aquí estoy, con la madurez de una vida pasada, consciente de los tropos y las posibilidades.
¿Esperar 13 años?
¡Eso es una eternidad en tiempo de bebé!
Además, si estos fragmentos están destinados a unirse en el núcleo eventualmente, ¿por qué no intentar darles un empujoncito?
Así que, mientras finjo masticar una brizna de hierba (una actividad muy de bebé, debo mantener las apariencias), cierro los ojos y me concentro.
Intento “sentir” uno de esos fragmentos en mi brazo y…
tirar de él.
Mentalmente, claro.
Como intentar mover un dedo del pie que se ha quedado dormido.
Frustración.
Es como intentar agarrar humo con guantes de boxeo.
Puedo sentir los fragmentos, puedo sentir el núcleo, pero el “hilo” que los conecta, o la fuerza para moverlos, simplemente no está ahí.
O quizás sí está, pero mi control es tan tosco como mi habilidad para caminar.
Después de varios minutos de concentración intensa (que probablemente desde fuera parecen un bebé quedándose embobado mirando una mosca), consigo…
¿algo?
Una de las motas más cercanas al núcleo, en mi pecho, parece vibrar con más intensidad.
¿Se movió un poquito?
¿O solo fue mi imaginación hiperactiva de reencarnado?
No hay fuegos artificiales, ni una notificación del sistema, ni un aumento repentino de poder.
Solo esa leve vibración y una sensación de agotamiento mental desproporcionada para el esfuerzo.
Vaya, esto va a ser más difícil de lo que pensaba.
Quizás intentar mover la energía interna sin tener el cuerpo desarrollado sea como intentar correr un maratón con las piernas de un recién nacido.
Lógico, supongo.
Aun así, esa pequeña vibración…
fue algo.
No fue nada.
Es una prueba, por pequeña que sea, de que mi intuición podría ser correcta.
Los fragmentos pueden ser influenciados.
Solo necesito encontrar la manera.
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