El Legado - Capítulo 22
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22: Capítulo 22 22: Capítulo 22 ¡Cuatro años han pasado ya!
El tiempo, irónicamente, vuela cuando no lo estás deteniendo activamente.
Cumplir cinco años significa que ya no soy un bebé torpe, sino un niño pequeño con piernas que (casi siempre) van a donde quiero y una boca que no para de hablar en mi habitual tono mezzo soprano.
Mi Mundo a los 5 Años: Mi rutina se ha asentado como el polvo fino sobre los muebles de nuestra casa ampliada (los “tíos” ahora tienen habitaciones propias, construidas con la ayuda experta y ocasionalmente destructiva de Borin).
Los días tienen un ritmo predecible (casi siempre) aun así llenos de aprendizaje.
Lila: Mi mejor amiga ya no es la niña tímida que apenas balbuceaba.
¡Ahora habla por los codos!
Sus coletas de un vivo color cobrizo (siempre impecables, gracias a su madre) rebotan a su ritmo, mientras me cuenta historias interminables sobre sus tan variadas muñecas, los bichos que encuentra en el jardín o lo que sea que se le pase por la cabeza.
Jugamos casi todos los días, ya sea en su casa (la del alcalde sigue siendo más grande, pero la nuestra es más divertida con Borin, Lyra y Kael cerca) o en la mía.
Nos entendemos perfectamente, aunque a veces me cuesta seguir su torrente de palabras.
Sigue siendo mi cómplice en travesuras menores y la única persona de mi edad que no me mira raro (probablemente porque crecimos juntos).
Mamá: Las mañanas son sagradas.
Ella es mi principal maestra.
Ya leo con fluidez (gracias, [Aprendizaje Rápido] y su paciencia infinita) y mi escritura está mejorando, aunque mi letra sigue siendo un garabato.
Lo más fascinante es cuando la ayudo en la clínica.
Ya no solo paso paños; identifico hierbas, mezclo ungüentos simples bajo su supervisión, e incluso a veces canalizo una pizca de mi Luz (vestigial, pero ahí está) para acelerar la curación de cortes menores.
Los pacientes, que vienen de todas partes atraídos por la fama de la “Gran Maga Elara” (un título que ella odia pero que todos usan), me miran con una mezcla de asombro y diversión.
“¿Ese pequeñín es su aprendiz, Lady Elara?”.
Ella solo sonríe y dice: “Tiene manos curiosas y un corazón dispuesto”.
Sabe que soy diferente, por supuesto.
Después del Despertar, tuvimos una conversación muy seria (bueno, ella habló, yo escuché atentamente) sobre la necesidad absoluta de control y discreción.
Ella guía mi práctica de Luz, siempre en privado, siempre enfocada en la curación y la moderación.
Los Tíos Postizos (Borin, Lyra, Kael): Varios días a la semana, me “secuestran” para ir al mercado o hacer recados por el pueblo y sus alrededores (siempre con la advertencia de mamá resonando: “¡Nada peligroso!”).
Son mis mentores del mundo real, con ellos veo el mundo de otra manera.
Borin me enseña a observar la estructura de los edificios (“¡Mira esa viga de la atalaya de la guardia, renacuajo, está mal puesta!
¡Se caerá con un buen viento!”), a evaluar la fuerza de un animal de carga, y rudimentos de combate cuerpo a cuerpo que son más bien juegos de empujones y equilibrio.
Lyra agudiza mi observación (“¿Cuántas personas llevan sombrero rojo en la plaza, Lexo?
¿De dónde sopla el viento hoy?
¿Esa nube traerá lluvia?”), me enseña a moverme en silencio por el bosque cercano y los principios básicos del rastreo.
Kael…
bueno, Kael me enseña a detectar carteristas (señalándolos discretamente), a negociar precios (con resultados cómicos), a desatar nudos complicados y, en general, a pensar “lateralmente”.
Sus lecciones son caóticas, prácticas y tremendamente útiles.
Siento que estoy absorbiendo décadas de experiencia de aventureros a través de ellos.
Papá: Las tardes, casi al anochecer, son para mi papá.
Vamos al patio trasero con espadas de madera (la mía es pequeña, ligera, un regalo suyo), el escudo que me regalo.
Nuestras “sesiones de espada” son menos entrenamiento y más…
charla.
Mientras practicamos posturas básicas (él es infinitamente paciente con mi torpeza), me cuenta historias de su día como Capitán (generalmente anécdotas graciosas sobre disputas entre los vecinos del pueblo), me pregunta sobre mi día, o simplemente hablamos de nada en particular.
Su orgullo es palpable.
Cada bloqueo torpe que logro, cada parada afortunada, es celebrado con un “¡Bien hecho, campeón!”.
Sé que está conteniéndose inmensamente, pero estos momentos son preciosos.
Es mi papá, orgulloso de su hijo.
Mi Progreso Secreto: Aunque mi entrenamiento es ahora supervisado (Luz con mamá, físico/habilidades con los tíos y papá), sigo practicando en secreto cuando puedo.
Mi control sobre las afinidades vestigiales (Aire, Tierra, Fuego) mejora lentamente.
Puedo mover objetos pequeños con viento, hacer temblar una piedrecita con Tierra, o calentar ligeramente mi mano con Fuego.
Son trucos de salón comparados con mi Despertar, pero es progreso.
La habilidad [Chronos] sigue ahí, latente, una presencia que me da escalofríos.
No he intentado usarla desde aquel día.
Eos no ha vuelto a hablarme, pero a veces siento una…
¿observación?
en momentos extraños.
Tío Valerius: Una vez al mes, como un reloj de precisión, mi tío el General aparece.
Siempre trae algún pequeño regalo (libros de estrategia, mapas detallados, hasta incluso una brújula elegante).
E intenta cuando no está mamá cerca hablar conmigo a solas.
“Lexo, hay cosas importantes que debes entender sobre el Reino, sobre tu posición…”, empieza a decir.
Pero ella siempre interviene.
“Valerius, ya hemos hablado de esto.
Tiene cinco años.
Déjalo ser un niño.” La tensión entre ellos es palpable.
Mi tío suspira, me mira con sus ojos serios, y cede…
por ahora.
Sé que hay secretos que aún no me dicen.
Y entonces, en su última visita, la dinámica cambia.
Mamá está atendiendo una emergencia en la clínica.
Mi tío me lleva a caminar por el jardín donde Lyra ha plantado muchas flores.
Su rostro es más grave de lo habitual.
“Lexo,” dice, arrodillándose para mirarme a los ojos.
“Tu madre quiere protegerte, y lo entiendo.
Pero hay realidades que no pueden evitarse para siempre.” Hace una pausa, como reuniendo valor.
“He recibido un mensaje directo.
No es una petición, es…
una convocatoria.” Lo miro, esperando.
“El Rey Cedrón”, continúa Valerius, su voz baja y seria.
“Solicita que te presentes en la capital.
Quiere conocerte.” Asiento.
El Rey.
Suena importante, pero exagerado en esta situación.
No contento con mi expresión, respira hondo y continua.
“Hay una razón para su interés, querido sobrino.
Una razón que tu madre ha intentado ocultar por tu bien.” Me mira fijamente.
“El Rey Cedrón…
es mi padre y el padre de tu madre.” Espera a que lo procese.
El padre de mamá…
“Eso significa, Lexo,” concluye Valerius con una gravedad que me hiela la sangre, “que el Rey Cedrón…
es tu abuelo.” ¡Plow twist!
¿El Rey?
¿Mi abuelo?
Mi mente de cinco años (con un procesador adulto) lucha por comprender las implicaciones.
La realeza.
La política.
La razón del poder de mamá, su posible origen noble, su huida a este pueblo remoto…
Todo empieza a encajar de una forma aterradora y excitante.
Mi vida tranquila de entrenamiento y juegos está a punto de complicarse.
Y mucho.
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