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El Legado - Capítulo 23

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23: Capítulo 23 23: Capítulo 23 Un día, papá me propone algo diferente.

“Campeón, ¿Te gustaría ver dónde trabaja tu fantástico papá?”.

Mis ojos se iluminan.

Pasar el día con el Capitán suena mucho más emocionante que clasificar hierbas con mamá (aunque eso también tiene su encanto).

Ella duda un poco, pero mi increíble progenitor la convence (“Solo estará en la oficina conmigo, Elara, ¿qué podría pasar en el puesto de guardia de Villa Serena?”).

El puesto de guardia es…

modesto.

Una pequeña oficina con un escritorio robusto (lleno de papeles que papá mira con resignación), un tablón con avisos del pueblo, un par de sillas bastante rústicas y un armero con algunas lanzas y espadas de aspecto funcional.

Hay otro guardia de turno, su compañero Thom, quien se alista torpemente cuando entramos.

“Capitán.

Pequeño Lexo”, saluda el joven calvo de bigotes, intentando no mirar fijamente mi altura.

“Tranquilo, Thom”, dice papá, colgando su capa.

“Hoy tengo un asistente especial.” Guiñándome un ojo, para acto seguido sentarme en una de las sillas junto a la suya, la cual es demasiado alta, dejando mis pies colgando.

En un intento de ser un buen hijo, trato de parecer útil.

Empujo algunos papeles en el escritorio de papá para “ordenarlos” (él los vuelve a poner en su sitio con un suspiro disimulado).

Intento pulir la empuñadura de una espada corta que está sobre una mesa (papá me la quita suavemente diciendo “Esta no es de madera, campeón”).

Resignado, vuelvo a mi silla y observo a Thom afilar una lanza plateada ornamentada en tribales que recorren hasta su base, todo con una concentración que me parece admirable, a la vez que tararea contento sin dejar de vigilar por la ventana en la base de la guardia.

La mañana transcurre con una calma casi soporífera, rota solo por aldeanos que vienen a preguntar cosas triviales (“Capitán, ¿ha visto mi gallina Berta?”, “Capitán, ¿sabe si el panadero volverá pronto al pueblo?”).

Papá responde a todo con una paciencia infinita, aunque a veces veo un tic en su ojo.

Y entonces, llega el entretenimiento.

Dos vecinos irrumpen en la oficina, hablando uno por encima del otro.

Son el viejo Hemlock, un granjero gruñón con cejas como orugas peludas, y la viuda Periwinkle, una mujer anciana y dramática que siempre lleva demasiadas flores en el sombrero como para plantar un jardín sobre su cabeza.

“¡Capitán Garen, tiene que hacer algo!”, chilla la viuda Periwinkle, agitando un pañuelo.

“¡Ese…

ese bárbaro de Hemlock ha vuelto a mover la cerca!

¡Sus nabos están invadiendo mi jardín de rosas!” “¡Mis nabos tienen derecho a crecer!”, gruñe Hemlock, golpeando el escritorio con un dedo nudoso.

“¡Y fue su gato quien desenterró mis patatas premiadas!

¡Ese minino del demonio!” “¡Fluffy nunca haría eso!

¡Es un alma sensible!”, solloza la viuda.

“¡Usted asustó a mis pobres rosas que ahora han marchitado!” “¿¡Asustar flores!?

¡Las rosas son plantas, no se asustan, mujer!”, brama Hemlock.

Papá se masajea las sienes.

“A ver, a ver, cálmense los dos.

Thom, trae el mapa de parcelas” Indicando con su índice hacia una estantería con varios rollos, de la cual su compañero trae uno y abre completamente sobre el escritorio ”Hemlock, ¿cuándo notó lo de… el felino?” y mirando hacia el otro lado ”Señora Periwinkle, ¿exactamente dónde están los…

nabos invasores?” Mientras papá intenta mediar en la “Guerra de los Vegetales”, noto a un niño que ha entrado sigilosamente detrás de la viuda Periwinkle.

Es de mi tamaño, lleva unas gafas redondas que le resbalan un poco por la nariz y sostiene un libro grueso con aire serio.

Me mira con curiosidad, sus ojos inteligentes evaluándome detrás de los cristales.

Papá finalmente logra un armisticio (Hemlock reparará la cerca, la viuda vigilará a Fluffy más de cerca, y los nabos invasores serán donados al próximo festival del pueblo).

Al despedirse, la viuda presenta al niño.

“Este es mi nieto, Pietro.

Vino a visitarme desde la ciudad.

Es un niño muy listo, ¿verdad, cariño?” Pietro se ajusta las gafas y asiente con seriedad.

“La resolución del conflicto fue pragmática, abuela, aunque ignora la jurisprudencia sobre derechos de crecimiento radicular transfronterizo.” Hemlock resopla y se va.

Papá parpadea.

“¿Derechos de…

qué?” “Está leyendo un libro de leyes antiguo que encontró”, suspira la viuda.

“No le haga caso, Capitán.” Pietro se acerca a mí mientras su abuela termina de hablar con papá.

“¿Tú eres Lexo?”, pregunta, su voz clara y precisa.

“Sí”, respondo.

Él mira la pequeña espada de madera que papá me dejó tener a mano.

“Esa guarda es incorrecta para una espada de parada.

Debería ser más curvada para proteger los nudillos.” Parpadeo.

Nadie me había dicho eso.

“¿Tú…

sabes…

espadas?”, pregunto.

“Leo sobre ellas”, dice encogiéndose de hombros.

“Y sobre muchas otras cosas.

El año que viene empiezo en el colegio de oficios.

Aprenderé herrería, quizás alquimia.” “¿Colegio…

oficios?”, pregunto, mi interés se dispara.

“Sí”, explica Pietro.

“Todos los niños van a partir de los seis años.

Te enseñan un oficio útil, por si…

bueno, por si no Despiertas.

Pero también dicen que es bueno para encontrar a los que sí tienen magia pronto, para que no hagan explotar nada por accidente.” Me mira fijamente.

“¿Tú irás?” La idea me golpea con fuerza.

¡Un colegio!

¡Aprender cosas nuevas sistemáticamente!

¡Con otros niños!

¡Podría aprender sobre herrería, alquimia, quizás incluso historia o magia de forma más estructurada!

Y sí, la idea de estar con otros niños, de tener una experiencia más “normal”, es extrañamente atractiva.

Miro a papá, que ha terminado de hablar con la viuda.

Corro hacia él y tiro de su pantalón.

“Papá…

¿puedo…

ir…

colegio?”, pregunto, poniendo mis mejores ojos de cachorro abandonado, una técnica que he perfeccionado observando a Lila conseguir dulces extra.

Papá me mira, luego a Pietro que se despide con un asentimiento educado, y luego suelta un largo suspiro.

“Eh…

¿colegio?

¿Ya?

Campeón, tú…

tú aprendes mucho aquí con mamá y con nosotros.” Se ve claramente incómodo.

“¡Porfa, papá!

¡Pietro va!

¡Quiero aprender cosas!”, insisto, añadiendo un pequeño temblor en el labio inferior para acentuar mi dramatismo escénico.

Papá, el héroe legendario, el Capitán de la Guardia, el hombre que se enfrentó a un Tigre Blanco milenario y quien sabe a cuantas bestias más…

se derrite.

“Ay, está bien, está bien”, cede, revolviéndome el pelo.

“Pero…

no sé qué dirá tu madre, campeón.

El colegio es…

para todos.

Y tú eres…

especial.

Tendré que hablar con ella muy seriamente, pero lo intentaré.

Te lo prometo hijo”.

Sé que convencer a mamá será la verdadera batalla.

Pero por ahora, la posibilidad está abierta.

¡Colegio!

La idea burbujea en mi cabeza con emoción mientras empiezo a imaginarme en ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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