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El Legado - Capítulo 24

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24: Capítulo 24 24: Capítulo 24 La clínica de mamá es mi segundo hogar.

Ya no solo observo como antes, ahora participo.

Con cinco años, mis manos son lo suficientemente diestras para moler hierbas en el mortero sin esparcirlas por todas partes (la mayor parte del tiempo) y para limpiar heridas con una delicadeza que sorprende a los pacientes.

Hoy, bajo la atenta mirada de mamá, estoy tratando un corte limpio en el brazo de un leñador.

“Solo un poquito de Luz, Lexo, para sellar los bordes”, murmura mamá.

Me concentro, recordando sus enseñanzas, y canalizo una ínfima cantidad de mi MP.

Una luz pálida, apenas visible, brota de mis dedos.

El flujo de sangre se detiene casi al instante, los bordes de la herida se ven menos rojos.

El leñador, un hombretón curtido, me mira con los ojos muy abiertos.

“Increíble, Lady Elara…

el pequeño tiene el don”, dice con entusiasmo.

Mamá solo sonríe.

“Aún está aprendiendo, pero no dudo de las capacidades de mi pequeño” mientras me abrazaba con suavidad, en su habitual gesto maternal, al notar el nerviosismo que tenía por tantos halagos.

Justo cuando el leñador se iba, dejando un saco de patatas especialmente grandes como pago (“¡La mejor cosecha en años, gracias a su bendición del año pasado, Lady!”), entró una figura que logró captar mi atención de inmediato.

Era una mujer, pero definir la edad que tenía era imposible.

Su rostro, profundamente arrugado como la corteza de un árbol viejo, contrastaban con sus vivaces ojos de un azul brillante y penetrante, llenos de una chispa juvenil y traviesa.

Vestía variadas capas de tela de colores apagados y texturas variopintas (lana, cuero, seda deshilachada), adornadas a su vez con extrañas joyas hechas de madera pulida, huesos tallados y piedras sin cortar.

Su hedor era una mezcla de especias lejanas, humedad y a tierra removida.

No encajando en absoluto con nuestro pequeño pueblo o alguien que hubiera visto antes.

Se acercó cojeando ligeramente, mientras se apoyaba en un nudoso bastón de madera oscura.

Ignorando a mamá por un momento y clavando por completo su mirada en mí.

Puedo sentir un leve desgarro, aunque indoloro, atrapar mi espíritu como si de alguna manera oscura estuviera leyéndome el alma.

“Un corte limpio”, dice, con su voz rasposa como hojas marchitas en una arboleda otoñal.

“Pero esa energía que usaste niño…

interesante.

Muy…

controlada para ser tan jovencito.” Tosiendo de forma seca y llevándose un trapo de su capa para expectorar allí.

Mamá, con su tan afilada intuición, se interpone suavemente.

“Bienvenida, viajera.

¿Necesita ayuda?” La anciana desvía su mirada hacia mamá.

“Quizás… Un viejo dolor en la pierna.

Nada que la famosa Luz de Gran Maga Elara no pueda aliviar… o eso dicen.” Mientras mamá examinaba su pierna, aprovecho para recordar el sistema monetario que Kael amablemente me explicó (con ejemplos prácticos sobre cuánto no debería costar una manzana podrida, mientras abría un cofre vaya a saber uno donde lo encontró).

Aquí usamos el Cobre como base (1 Cobre compra una hogaza de pan pequeña).

Luego viene la Plata (1 Plata = 100 Cobres), con la que puedes vivir modestamente un par de semanas en el pueblo.

Después está el Oro (1 Oro = 1000 Cobres o 10 Platas), una moneda más común en ciudades o para compras grandes.

Y finalmente, el Diamante (1 Diamante = 100,000 Cobres o 100 Oros), una moneda casi mítica usada para transacciones masivas entre reinos o grandes organizaciones como el Gremio de Aventureros, que administra y estandariza la moneda en los Siete Reinos.

Papá, como Capitán, gana unas 4 Platas al mes, un buen sueldo aquí donde puedes alquilar una habitación sencilla por 20 o 30 Cobres la noche.

Mamá, sin embargo, rara vez ve monedas.

Acepta lo que la gente puede dar: comida, herramientas, a veces incluso armaduras de aventureros agradecidos por sus nobles servicios.

Es un sistema basado en la confianza y la necesidad mutua, he de ahí el trueque.

Luego de terminar de curar a la anciana, cuya cojera parece disminuir notablemente.

La mujer asiente, satisfecha.

“Ah…

mucho mejor.

La fama no miente.” Rebusca en una de sus muchas bolsas.

Mamá niega con la cabeza.

“No es necesario, señora.

Ayude a otro en el camino, si puede.” Con una mirada humilde y llena de convicción.

La anciana sonríe, mostrando unos dientes sorprendentemente blancos.

“La ayuda se paga con ayuda.

No tengo muchas monedas…” Saca una pequeña bolsa de cuero que tintinea débilmente.

“…pero tengo otras cosas.” Vuelve a clavar sus ojos azules en mí.

“Tú, pequeño sanador de manos pequeñas.

Ven aquí, te has ganado un pago.”  Antes de que pueda reaccionar, toma mi brazo.

Sus dedos son sorprendentemente fuertes y fríos.

Cierra los ojos por un instante.

“Veo…

un brillo enterrado.

Algo olvidado cerca del ‘Borde del Susurro’.

Un pequeño tesoro que espera ser reclamado”.

Abre los ojos, con su mirada intensa y a la vez desenfocada.

“Pero la espera poco ha de durar.

Debes ir pronto, niño.

Antes de que otros lo encuentren, o antes de que se pierda para siempre.” Soltándome.

“Ese es mi pago.

Úsalo sabiamente.” Sin decir nada más, se da la vuelta y sale de la clínica, desapareciendo tan rápido como llegó.

¿Un tesoro?

¿El Borde del Susurro?

Sé dónde está eso, es un acantilado conocido al límite del bosque cercano, llamado así por cómo suena el viento al pasar por sus rocas.

¿Y “pronto”?

La urgencia, esta profecía, incluso su voz profética resuena en mí.

¡Es hora de la aventura!

Espero a que mamá esté distraída con otro paciente.

Conozco la rutina, he practicado este simulacro infinidad de veces.

Me escabullo por la puerta trasera.

Activo todo lo que Kael y Lyra me han enseñado: pasos ligeros que apenas levantan polvo, respiración controlada, movimientos fluidos usando las sombras de los edificios.

Enmascaro mi pequeña aura de maná como papá me enseñó, una especie de “niebla” interna que la difumina.

Llego al borde del pueblo y me adentro en el sendero del bosque, sintiéndome como un verdadero ninja.

“¡Lexo!

¿Dónde va?”  Maldición!

Me giro y veo a Lila corriendo hacia mí, sus coletas volando, su rostro lleno de curiosidad.

¿Cómo…?

Supongo que la amistad tiene sus propios métodos de detección.

“Lila, no puedes venir.

Es…

importante”, intento sonar firme.

“¿Importante?

¿Lexo busca algo?

¡Yo quiero ir!”, dice, con sus ojos brillando de emoción.

“No, es peligroso.

Vuelve a casa”, insisto.

“¡No quiero!

¡Si tú vas, yo voy!”, replica, cruzándose de brazos con una terquedad que rivaliza con la de Borin.

Suspiro.

Discutir solo atraerá atención.

Y la anciana dijo “pronto”.

“Está bien, está bien.

Pero tienes que hacer exactamente lo que yo diga y no hacer ruido.

¿Entendido?” Ella asiente vigorosamente, su sonrisa triunfante.

“Y…

no te separes”, añado, sintiendo una punzada de responsabilidad.

Le tiendo la mano.

Ella duda un instante, luego toma mi mano.

Sus dedos son pequeños y cálidos.

Noto que sus mejillas se ponen un poco rojas y baja la mirada, pero aprieta mi mano con fuerza.

Emprendemos la marcha hacia el Borde del Susurro, yo guiando, ella siguiéndome en un silencio inusual, solo interrumpido por sus ocasionales jadeos emocionados al ver una flor bonita o una ardilla particularmente audaz.

El camino se vuelve más agreste a medida que nos adentramos.

El bosque aquí es menos transitado.

La luz del sol se filtra a través de un dosel más denso, creando patrones danzantes en el suelo cubierto de musgo.

Cruzamos arroyos cristalinos saltando de piedra en piedra (tengo que ayudar a Lila en un par de ocasiones, ya que su equilibrio no es tan bueno como el mío).

Sin detenernos demasiado, pasamos por un pequeño claro lleno de flores silvestres de colores vibrantes, un lugar idílico y tranquilo.

El aire huele a tierra húmeda, a pino y a las flores que acabamos de dejar atrás.

Es un viaje largo para nuestras pequeñas piernas; el sol ya empieza a bajar en el cielo cuando finalmente oímos el distintivo silbido del viento que da nombre a nuestro destino.

Salimos de la espesura del bosque y nos encontramos en un claro herboso que termina abruptamente.

Delante de nosotros, el Borde del Susurro: un acantilado rocoso que cae a pico hacia un valle boscoso muchos metros más abajo.

La vista es impresionante, el viento tira de nuestra ropa.

“¡Guau!”, exclama Lila, soltando mi mano para correr hacia el borde.

“¡Lila, cuidado!”, grito, pero es demasiado tarde.

Justo cuando ella se acerca al borde, una sombra enorme y veloz se cierne sobre nosotros desde arriba.

No hace ruido.

Es un pájaro gigantesco como la copa de un árbol adulto, de plumaje negro como la noche y ojos rojos y brillantes.

Un Pájaro Sombra.

Quienes son conocidos, según leí en un bestiario, por ser depredadores silenciosos y peligrosos.

Lila, sorprendida por la aparición repentina, tropieza con una raíz oculta en la hierba.

Cae hacia atrás con un gritito ahogado.

En ese instante de vulnerabilidad, el monstruo desciende como un rayo.

Pasando de mí, cierra sus enormes garras alrededor de la pequeña figura femenina.

Antes de que pueda reaccionar, e incluso, antes de que pueda siquiera pensar en usar magia, el enorme pájaro bate sus poderosas alas y se eleva, llevándose a mi amiga consigo, cuyo grito de terror es rápidamente ahogado por el viento mientras se precipitan sobre el borde del acantilado y hacia el valle profundo.

Me quedo paralizado ante el terrible escenario, el viento silbando a mi alrededor, el eco del grito de Lila resonando en mis oídos.

Debo hacer algo y urgente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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