El Legado - Capítulo 27
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27: Capítulo 27 27: Capítulo 27 (Punto de vista de Garen) Estaba revisando los informes de patrulla, un trabajo tedioso que odiaba pero que venía con el título de Capitán, cuando la puerta del puesto de guardia se abrió de golpe.
Pietro, el amigo de mi hijo, entró como una exhalación, sus gafas torcidas, el rostro pálido y los ojos muy abiertos detrás de los empañados cristales.
Nunca lo había visto tan agitado; normalmente se movía con la calma deliberada de un erudito anciano.
“¡Capitán Garen!”, jadeó, apoyándose en el marco de la puerta para recuperar el aliento.
“¡Tiene que encontrar a Lexo!
¡Ahora!” Me levanté de un salto, el papeleo olvidado.
“¿Qué ocurre, Pietro?
¿Lexo está herido?” “No, no herido, pero…
¡hay alguien!
Una sombra…
me advirtió sobre los huevos que encontró Lexo.
Dijo que debían ser devueltos al bosque esta noche, o habría consecuencias.
¡Y sabe mi nombre, Capitán!
¡Sabe de mi familia!” La urgencia y el miedo genuino en su voz eran inconfundibles.
Una sombra.
Huevos.
Consecuencias.
La advertencia de la vieja vidente.
El incidente con el Pájaro Sombra.
Todo se conectó en mi mente con una desagradable sensación de hundimiento.
Lexo.
¿Qué demonios había traído esta vez?
“Thom, ¡toca la alarma!
¡Reúne a todos los guardias disponibles!”, ordené al joven compañero a mi lado, que palideció, pero obedeció al instante.
El sonido áspero de la campana de alarma del pueblo rompió la tranquilidad de la tarde.
Salí de la oficina, agarrando mi espada tan fuerte que sentía el rechinar de mis nudillos pidiendo calma.
“Pietro, quédate aquí.
Estarás más seguro”, le dije, pero mi atención ya estaba en otra parte.
Saqué de un bolsillo interior un pequeño diamante tallado, liso y frío al tacto.
Era opaco, casi gris.
Mi Cristal de Llamado, un objeto único vinculado a mis antiguos compañeros, una reliquia de nuestros días como los Cuatro Grandes.
Lo apreté con fuerza, canalizando una pequeña cantidad de mi propia energía de Fuego en él.
El cristal brilló con una luz anaranjada intensa por un instante y luego volvió a su estado opaco, pero sentí una débil resonancia pulsante responder desde tres direcciones diferentes.
Vendrían.
Miré hacia el bosque que bordeaba una parte del pueblo, el sol empezaba a ocultarse tras los árboles, tiñendo el cielo de un ocaso infinito.
En ese momento, una profunda incomodidad se asentó en mi estómago.
Los huevos…
¿qué clase de objetos eran para atraer tal atención y amenazas tan peligrosas?
Lo primero es proteger a Lexo, esa era mi prioridad absoluta.
Pero después…
después tendríamos una charla muy seria.
Sobre tocar cosas que no debe, sobre evitar tesoros que alguna rara vidente le indique, sobre cómo funciona el Gremio de Aventureros para evaluar lo que encuentre y por qué ciertas cosas es mejor dejarlas en paz.
El pensamiento del Gremio volvió a mi mente, ya no como una idea abstracta.
Quizás…
quizás fuera el momento.
Proponer una dependencia oficial aquí, en Villa Serena.
Nos daría una base de operaciones legítima, acceso a información, recursos…
y una capa extra de protección para Lexo bajo la bandera neutral del Gremio.
Podríamos manejarlo nosotros, los Cuatro Grandes retirados.
Sería perfecto.
Excepto por un detalle.
Establecer una nueva dependencia requeriría la aprobación regional del Gremio, y eso significaba…
él.
Gustav.
Mi padre.
El viejo zorro que dirigía todas las operaciones de la asociación con puño de hierro y una red de influencias que me ponía los pelos de punta.
Preferiría arrancarme las uñas antes que tenerlo metiendo sus narices aquí, especialmente con Lexo siendo…
lo que sea que sea Lexo.
No, tenía que haber otra manera.
Pero ahora, la prioridad era encontrar a mi hijo y neutralizar cualquier amenaza.
(Punto de vista de Lexo) El castigo había terminado, pero la inquietud por los huevos y la advertencia de la anciana persistían.
Decidí que necesitaba aclarar mi mente y, quizás, entender mejor mis propios poderes.
Era hora de meditar en serio, algo que había estado posponiendo.
Me senté en el patio trasero, bajo el árbol donde papá solía entrenar.
Cerré los ojos e intenté alcanzar ese estado de calma que mamá describía.
Mi objetivo principal: [Chronos].
Esa habilidad aterradora y fascinante.
¿Cómo entrenarla?
Había intentado usar mini-pausas de tiempo, apenas una fracción de segundo, para esquivar alguna tarea doméstica o esconderme de Lila durante nuestros juegos.
Pero ella siempre me encontraba.
“¿Cómo?”, le pregunté frustrado un día.
Ella simplemente ladeó la cabeza y dijo: “Lexo tiene olor distinto cuando haces ‘eso'”.
¿Olor distinto?
Me baño todos los días con el jabón especial de hierbas que Lyra prepara, que según ella “cuida la piel como un músculo más”.
¿Qué aroma podría ser?
¿Tal vez una distorsión del maná que ella percibía inconscientemente?
Necesitaba saberlo.
Mientras miraba dos pequeños limones que cayeron del árbol, y aprovechando que justo pensaba en Lyra, recordé mi curiosidad sobre su magia.
Le pregunté cómo creaba hielo si su elemento era Agua.
Ella me miró con calma y dijo: “Lo que yo hago es controlar la energía cinética del agua, mi joven aprendiz.
Ralentizarla hasta la quietud del hielo, o acelerarla hasta el furor del vapor.
No es el elemento Hielo en sí mismo, que es una manifestación diferente, más…
primordial.” Extraño.
Pensé que Hielo era solo Agua fría.
Parece que la magia elemental es más compleja de lo que imaginaba.
La meditación sobre Chronos no iba a ninguna parte.
Frustrado, decidí practicar otra cosa.
Saqué mi espada de madera.
Recordé las posturas de papá, los movimientos fluidos.
Pero quería más.
¿Podría combinarlo con mi afinidad de Fuego?
Me concentré, canalizando maná hacia la hoja de madera.
Una pequeña llama anaranjada, como la de una vela, brotó en la punta.
Bien.
Ahora, ¿el siguiente paso?
Recordé el fuego de papá, intenso pero controlado.
Intenté alterar la temperatura, forzar más energía, comprimirla mentalmente.
La llama parpadeó, cambiando de naranja a un azul intenso, y luego, con un esfuerzo mayor, a un celeste casi blanco.
¡Lo logré!
Pero el coste…
la pantalla mental de MP disminuía rápidamente.
-5 MP por segundo.
Era potente, la madera alrededor de la llama celeste empezaba a humear, pero era terriblemente ineficiente.
Útil quizás para un golpe rápido, pero insostenible en un combate real…
por ahora.
Estaba tan absorto en mantener la llama celeste estable que no oí a Pietro acercarse hasta que habló, haciéndome sobresaltar y disipar la llama al instante.
“Lexo, ¿qué…
es eso llama azul?”, preguntó, parpadeando perplejo, antes de sacudir la cabeza como si descartara la idea.
“Olvídalo.
No importa ahora.
Tenemos asuntos más urgentes.
Lexo, ¿dónde enterraste el… tesoro?” Lo miré, aun recuperándome del susto.
“¿Los huevos?
Ah, en el patio, cerca del viejo cobertizo.
Están seguros.
Borin suele dormir la siesta por ahí, asustaría a cualquiera que se acercara.” Hice una pausa.
“Al menos, mientras no esté en la taberna o intentando ‘conquistar’ a la hija del panadero.” Pietro ignoró mi intento de humor, su rostro era pura tensión.
“¡Tenemos que devolverlos al bosque, Lexo!
¡Urgente!
¡Ahora mismo!” Antes de que pudiera preguntar por qué la repentina prisa, un ¡¡CRRAAAAASH!!
ensordecedor resonó desde el otro lado de la casa, seguido de un rugido gutural que no era humano.
Corrimos hacia el origen del sonido.
La cerca del patio estaba destrozada.
Y en medio del césped, donde Borin efectivamente había estado roncando momentos antes, ahora se alzaba una figura monstruosa.
Era humanoide pero grotescamente musculosa, con piel grisácea y coriácea y…
seis brazos nudosos.
Dos de sus brazos estaban bloqueando el descenso de la enorme hacha de guerra del gigante rubio, ¡y la criatura estaba sonriendo con una boca llena de dientes afilados!
“¡Borin!”, grité.
Él forcejeaba contra la fuerza imposible de la bestia, sus músculos tensos al límite.
Nos vio de reojo.
“¡Lexo!”, gruñó, sin perder la sonrisa de combate.
“¡Estoy algo ocupado ahora, muchacho!
¡Luego juego contigo renacuajo!” El monstruo soltó una risa gutural y sin perder el equilibrio, lo empujó con una fuerza descomunal, haciendo que retrocediera varios pasos, a la vez que mandaba a volar su hacha contra el cerco, desintegrándola en el acto.
Esto no era un juego.
Esto era serio.
Una feroz batalla estaba por comenzar.
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