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El Legado - Capítulo 28

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28: Capítulo 28 28: Capítulo 28 La escena frente a mí es una danza brutal.

Borin, mi corpulento y bonachón “tío”, se mueve con una agilidad sorprendente para su tamaño, avanzando y retrocediendo en partes iguales, sin perder la intensidad entre las arremetidas.

Su hacha de guerra, creada hace instantes desde las profundidades de la misma tierra bajo nuestros pies, parece silbar en arcos demoledores mientras el enemigo sigue destruyéndolas como si fueran de papel.

Pero la bestia de seis brazos es…

irreal.

No solo se compara en altura al amigo de papá, sino que sus habilidades rozan lo absurdo, se desliza y esquiva con la gracia de un bailarín macabro.

Cada uno de sus seis brazos se mueve independientemente, bloqueando, desviando, contraatacando.

El arma de Borin, que he visto partir troncos como si fueran mantequilla, es detenida una y otra vez por antebrazos que parecen hechos de mármol gris.

El sonido de los impactos es sordo, pesado, destructivo.

“¡Devolver…

los huevos…

tu… niño!”, gruñe la bestia entre golpes, su voz como piedras moliéndose.

Cada palabra es un esfuerzo, pero la intención es clara.

“¡Tendrás que pasar sobre mi cadáver, escoria!”, ruge Borin, lanzando un golpe bajo que la criatura evita saltando hacia atrás con una velocidad pasmosa.

Pietro está a mi lado, pálido y temblando, pero sus ojos analíticos no dejan de observar.

“¡Escóndete, Pietro!”, le grito con urgencia.

Él asiente y se desliza detrás de unos barriles de agua cercanos.

Mi mente corre a mil por hora.

¡Chronos!

Podría detener el tiempo, darle una apertura a mi aliado, o incluso intentar atacar yo mismo.

Pero…

¿y si la bestia es más rápida que mi activación?

¿Y si anticipa mi movimiento?

Un error y…

no quiero ni pensarlo.

Es un riesgo enorme.

¿Qué haría papá?

¿Lyra?

¿Kael?

Evaluar, buscar una oportunidad, no lanzarse a ciegas.

Mientras dudaba, un susurro, casi inaudible por encima del estrépito del combate, rozó por mi mente.

No era Eos.

Era…

¿Lyra?

«¡Borin, muévete!

¡AHORA!» No hubo vacilación.

En el instante en que su mensaje fue recibido, Borin, con una confianza nacida de años luchando juntos, se lanzó hacia atrás, rodando por el césped como si su vida estuviera en peligro.

En ese instante, la realidad se distorsionó sobre sí misma y, con un aroma a humedad febril, el cielo se desgarró entre lágrimas inertes.

Mi sorpresa era mayúscula.

No fue una lluvia de flechas.

Fue un diluvio, una tormenta de proyectiles invocada desde la nada.

Cien, doscientas flechas, quizás más, cayeron como granizo mortal sobre la posición donde la bestia había estado un segundo antes.

El aire se llenó de silbidos agudos y el impacto fue ensordecedor.

La mitad de las flechas brillaban con un frío antinatural, cubriendo el suelo y a la criatura de escarcha instantánea.

La otra mitad ardían con un vapor siseante, derritiendo la escarcha y quemando la piel grisácea donde impactaban.

Precisión asombrosa, poder aterrador.

¡Lyra!

Un alarido gutural y lleno de dolor surgió del epicentro de la tormenta de flechas.

Cuando el vapor y el polvo de escarcha comenzaron a disiparse, impulsados por una leve brisa huracanada (¿Kael?), la visión fue brutal.

Tres de los seis brazos de la criatura colgaban inútiles, cercenados limpiamente o destrozados por impactos directos.

La piel marfil poco conservaba su color, estaba quemada, congelada y perforada.

Pero no había caído.

Mientras la bestia rugía de furia, sus pies comenzaron a hundirse.

Borin, ya recuperado de su voltereta, golpeó el suelo con el pie, y la tierra bajo la criatura se convirtió en un fango espeso y pegajoso.

El agua de las flechas derretidas de Lyra se mezcló con él, creando una trampa de lodo casi inescapable.

Todo bestialmente calculado.

Y entonces, desde un punto imposible sobre la criatura, descendió papá como un martillo.

Su espada, no la de madera de entrenamiento, sino una hoja de acero vivo, ardía con una llama de Fuego tan intensa que parecía tan celeste como el cielo despejado, similar a mi experimento anterior pero infinitamente más estable y poderosa.

Aterrizó suavemente, la hoja silbando mientras se detenía a un milímetro del cuello grueso de la bestia atrapada.

Espera…

¿y mamá?

Miro alrededor, buscándola.

Y entonces, la veo.

No llegó corriendo.

Simplemente está allí, de pie junto a papá, una mano apoyada ligeramente en su hombro, su rostro sereno, pero con una frialdad en los ojos que nunca le había visto.

Apareció en un parpadeo.

Su velocidad…

no es normal.

Ahí entiendo que ella es mucho más que solo curación.

Mamá nos mira a Pietro y a mí, y su expresión se suaviza un instante antes de volverse firme.

“Lexo, Pietro.

Entren dentro.

¡Ahora!

Esto no es un lugar para niños.” Su tono no admite réplica.

Obedecemos, corriendo hacia la puerta trasera de la casa mientras Kael aparece silenciosamente al lado de Lyra, ambos vigilando a la bestia inmovilizada y mutilada.

(Punto de vista de Borin) Maldita sea, esa cosa era rápida.

Y fuerte.

Seis brazos…

sucio bastardo.

Bloqueaba todo lo que le lanzaba.

Inteligente, también.

Hablaba, preguntaba por los huevos del renacuajo.

Sabía lo que buscaba, pero atacó con una furia irracional, sin estrategia, solo fuerza bruta y velocidad.

Raro.

Ahora está aquí, gruñendo y maldiciéndonos en alguna lengua extraña mientras lo arrastramos Garen y yo por el túnel hacia las celdas bajo el puesto de guardia.

Lyra y Kael nos cubren, por si acaso.

Elara ya se ha ido a casa, después de asegurarse de que ninguno de nosotros estuviera herido y de lanzarnos una mirada que prometía una seria conversación sobre el estado del patio.

“¿Dijo algo más, Borin?”, pregunta Garen mientras cerramos la pesada puerta de barrotes reforzados de la celda.

El aire aquí abajo es frío, húmedo, huele a piedra mojada y a desesperación antigua.

“Nada útil”, gruño, limpiando un poco de lodo grisáceo de mi hacha.

“Solo maldiciones y algo sobre un ‘Legado perdido’.

No dio nombres, ni de dónde venía.” Kael se materializa a nuestro lado, haciendo que Lyra dé un respingo casi imperceptible.

En sus manos sostiene una bolsa de tela basta.

La abre y revela…

tres huevos de oro y uno de diamante multicolor.

“Nunca estuvieron enterrados en el patio, Garen”, dice Kael con su típica sonrisa evasiva.

“Demasiado obvio.

Los tenía yo, bajo un encantamiento de ocultación menor en mi habitación.” Suelto un bufido.

Típico de Kael.

Paranoico, pero efectivo.

“Bien pensado”, admite Garen, asintiendo.

“Por fin se dieron a conocer”, murmura Lyra, sus ojos fijos en la puerta de la celda tras la cual la bestia ha empezado a golpear rítmicamente.

“Sabíamos que los huevos atraerían atención eventualmente.

Ya no podían esperar más.” Unas horas después de que Lyra amablemente se predispusiera a interrogarlo a solas.

Nos informó y Garen decidió que era hora de hacerle también algunas preguntas más, ”la vida de mi familia es sagrada” dijo sin vacilar.

Nos miramos los cuatro.

La tranquilidad había sido una ilusión.

El pasado, la razón por la que dejamos la vida de aventureros, siempre estuvo ahí, esperando.

Y ahora, ha llamado a la puerta.

Volvemos a la celda.

La bestia nos mira con odio puro desde la penumbra.

“Vamos a hablar”, dice Garen, su voz tranquila, pero con un filo de acero.

“¿Quién te envió?

¿Qué es esa ‘tribu nómada’ que busca al ‘Legado’?” La criatura se ríe, un sonido horrible.

Pero bajo la presión combinada de la presencia intimidante de Garen, la fría amenaza de Lyra, la sombra inquietante de Kael y mi propia demostración de fuerza bruta (y quizás algún “estímulo” menos sutil), finalmente cede.

La información es fragmentaria, arrancada a regañadientes.

Habla de los “Hijos del Crepúsculo”, una tribu nómada que vaga por los bosques más profundos y salvajes, rara vez vista por ojos civilizados.

Adoran a entidades oscuras y antiguas.

Y buscan activamente un niño que llaman el “Legado de la Estrella Caída”, una profecía, un ser destinado a traer un gran cambio al mundo.

Un ser que, según sus chamanes, ha despertado recientemente.

Un ser de poder primordial.

Quién traerá a los 7 dioses antiguos de su letargo.

Y así será el principio del fin.

Un niño…

Nos miramos de nuevo, la misma comprensión helada reflejada en los ojos de todos.

El Legado sea muy posiblemente…

¡Lexo!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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