El Legado - Capítulo 32
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32: Capítulo 32 32: Capítulo 32 (Punto de vista de Garen) La estructura metálica y cilíndrica que encontramos medio enterrada bajo el lodo del río era…
desconcertante.
Cientos de metros de un metal negro y aceitoso que parecía repeler la suciedad y el agua.
No había junturas visibles, como si estuviera hecha de una sola pieza.
Y en su superficie, grabado con una precisión imposible, un símbolo extraño: una ‘X’ estilizada con siete pequeños círculos hundidos dispuestos a su alrededor.
Nunca había visto nada igual.
“¿Qué demonios es esto?”, gruñó Borin, golpeando el metal con el pomo de su hacha.
El sonido fue sordo, absorbido, como si el material estuviera protegido por algo más que su propia dureza.
Una barrera de maná, quizás, pero de un tipo que no reconocía.
“Antiguo”, murmuró Lyra, sus dedos rozando los extraños símbolos.
“Más antiguo que los registros élficos más viejos de los que tengo uso de razón.
Es como si la tierra misma lo hubiera olvidado y recordado a la vez.” Depositando con sutileza su mano sobre la superficie, pero sin apoyarla del todo.
“¿Un arma de dioses guerreros?”, aventuró Borin para nada satisfecho y siempre pensando en términos bélicos.
“Quizás una prisión para alguna bestia primigenia.” “O una semilla estelar que cayó y echó raíces extrañas”, replicó Lyra con su típica metáfora natural.
“Un capullo esperando florecer.” “¡Bah!
¡Semillas estelares!
¡Seguro que es una fortaleza subterránea de algún rey loco lleno de tesoros y trampas mortales!”, insistió Borin.
“Te estás volviendo viejo y predecible, como los nudos de tu barba”, suspiró Lyra.
“Siempre pensando en luchar y saquear.
Si no te apuras a encontrar algo más en la vida, la hija del panadero se casará con alguien más joven que pueda seguirle el ritmo y darle la docena de hijos que quiere.” Borin se puso rojo como un tomate.
“¡Al menos yo no escondo mi edad detrás de lociones élficas y pretendo ser una niña eterna con orejas puntiagudas!” “¡Ya basta!”, intervine, poniéndome entre ellos antes de que empezaran a lanzarse algo más que insultos.
El aire crepitó por un segundo ante la elevación de mi poder igneo, aquí no necesitaba contenerme.
“Tenemos una misión.
Hay algo dentro de esa cosa, algo que los Hijos del Crepúsculo querían ocultar.
Mantengan el foco en lo importante.” Me ignoraron ostentosamente, pero la tensión disminuyó.
Kael, que había estado examinando el símbolo grabado con una concentración absorta, como si estuviera en otro mundo, finalmente habló.
“Hay una forma de entrar.
Aquí.” Señaló uno de los siete círculos del símbolo.
“Es una secuencia.
Requiere un pulso de maná específico…
creo que puedo replicarlo.” Con cuidado, mi compañero, maestro del atributo Aerum, canalizó una pequeña cantidad de su energía de viento, modulándola con precisión hasta que coincidió con una resonancia sutil que emanaba del círculo.
Hubo un leve clic, y una sección del cilindro metálico se deslizó hacia adentro silenciosamente, revelando una abertura oscura.
El interior era, como decirlo, inesperado.
No era una fortaleza húmeda ni una prisión oscura.
Era lujoso, casi como un palacio sacado de un cuento de hadas infantil.
Las paredes eran de un material blanco y liso que emitía una luz suave y propia.
Había muebles extraños, de formas curvas y elegantes, hechos de materiales desconocidos.
Luces flotantes iluminaban corredores que se perdían en la distancia.
Y aparatos extraños, paneles con símbolos luminosos que cambiaban, esferas que zumbaban suavemente…
Nada tenía sentido.
“Esto no es antiguo”, murmuró Lyra, su asombro evidente.
“O es tan antiguo que parece nuevo.” “Huele a trampa”, gruñó Borin, con su hacha lista y haciendo ademanes de oler realmente.
Yo sentía lo mismo.
Demasiado limpio, demasiado silencioso.
No había ni una mota de polvo, ni signos de ocupación reciente.
“Alerta máxima”, ordené con una mirada.
Todos asintieron.
Apenas habíamos dado unos pasos por el primer corredor cuando un sonido metálico resonó detrás de nosotros.
La puerta se había cerrado.
Y de las sombras de los corredores laterales, surgieron figuras corriendo hacia nosotros.
Eran humanoides, pero encorvados, con pelaje grisáceo, hocicos alargados y ojos rojos y brillantes.
Hombres rata.
Docenas de ellos, armados con espadas oxidadas y lanzas improvisadas.
¡Una emboscada!
“¡Formación Delta!”, grité.
Años de luchar juntos hicieron que reaccionáramos como un solo organismo.
Borin se convirtió en el ancla, su hacha creando una zona de muerte frente a él, la tierra bajo sus pies (o más bien, el suelo extraño de este lugar) endureciéndose para darle estabilidad.
Lyra desató una lluvia de flechas de hielo y vapor desde la retaguardia, ralentizando y diezmando a los atacantes.
Kael era un borrón, sus dagas destellando mientras se movía entre los enemigos, cortando tendones, creando aperturas, desapareciendo antes de que pudieran contraatacar.
Yo me enfoqué en los más grandes y los que intentaban flanquearnos, mi espada de fuego abriéndose paso entre sus filas desorganizadas.
Al menos 100 enemigos estimaban mis apreciaciones, no parecían superiores al rango C, pero su numero y el escaso espacio a nuestro alrededor, hacían la lucha una labor de estrategia, mas que de fuerza.
”Eviten los ataques frontales, apunten a sus puntos ciegos” concentrándome en uno de esos monstruos ”La nuca parece serlo” en el momento que mi espada impactaba sobre uno de ellos carbonizándolo.
A lo que continuo ”Nada de movimientos expansivos, manténganse en lo físico y contenido, este espacio cerrado debe ser un mecanismo para asfixiarnos” Ya conforme ”¡Vamos!” La lucha fue corta pero brutal.
Los hombres rata no eran muy fuertes individualmente, pero su número era considerable.
Pronto, el lujoso corredor estuvo lleno de cuerpos…
o casi.
Como siempre, Kael había dejado a uno vivo, aunque convenientemente incapacitado y atado con una cuerda que apareció de la nada.
Estaba a punto de empezar el interrogatorio cuando una figura diferente emergió de un corredor más adelante.
Era similar a la bestia que nos atacó en casa: seis brazos, piel grisácea, pero esta vez la piel parecía más arenosa, adaptada a un entorno diferente.
Llevaba una especie de túnica o tapado de monje, raída y vieja.
Y nos hizo una clara señal de paz, levantando dos de sus manos vacías.
No parecía hostil.
La figura intentó hablarnos, pero su lenguaje era inentendible, lleno de chasquidos y silbidos.
No teníamos manera de comprenderlo con nuestras herramientas actuales.
Gesticulaba mucho, señalándose a sí mismo, luego a los hombres rata muertos (con una expresión que parecía de disgusto), y luego nos hizo señas para que lo siguiéramos.
Intercambiamos miradas.
Otra trampa.
Pero Kael, con su habilidad para sentir intenciones ocultas, negó levemente con la cabeza.
“No detecto engaño.
Aquí solo hay curiosidad…
y miedo.” Decidimos seguirlo, aunque con extrema cautela.
Nos guio por corredores laberínticos hasta una sección diferente de la estructura.
Aquí, el ambiente cambió.
Ya no era lujoso; era funcional, habitado.
Y estaba lleno de seres como él, de seis brazos y piel arenosa.
Docenas, quizás cientos, acurrucados en las sombras, mirándonos con ojos grandes y asustados.
Niños se escondían detrás de sus padres.
No eran guerreros; parecían…
refugiados.
Mi estómago se revolvió.
¿Eran ellos los verdaderos habitantes de este lugar?
¿Éramos nosotros los invasores?
El ser que nos guiaba nos llevó a una cámara central, una especie de santuario.
En el centro, sobre un pedestal, había huecos con la forma exacta de tres huevos de oro y uno ligeramente más grande.
Nos señaló los huecos, luego a sí mismo y a su gente, y luego hizo un gesto de arrebatar.
Su mensaje era claro: los huevos eran suyos, su descendencia, y habían sido robados.
Luego nos llevó a otra cámara, cuyas paredes estaban cubiertas de pinturas murales antiguas pero vívidas.
Contaban una historia.
Seres como ellos emergiendo del agua, siendo recibidos por figuras que parecían humanas.
Luego, imágenes de conflicto, malentendidos, miedo por parte de los humanos.
Finalmente, los seres de seis brazos retirándose a esta estructura metálica, hundiéndose bajo el agua, escondiéndose del mundo exterior.
Una historia de refugio que duraba cientos, quizás miles de años.
Y entre las pinturas, una destacaba.
Mostraba a un ser de seis brazos entregando un huevo brillante a una figura humana rodeada de luz, bajo una estrella fugaz.
El Legado.
La profecía.
¿Veían a Lexo, el supuesto Legado, como su salvación?
¿O como una amenaza?
“El que nos atacó en casa…”, murmuró Lyra.
“No era un monstruo irracional.
Era uno de ellos.
Un explorador, quizás, intentando recuperar a sus hijos robados.” “Y los Hijos del Crepúsculo”, añadió Kael.
“Incendiaron el campamento falso para hacernos creer que los habitantes se habían ido o habían sido destruidos.
Nos manipularon para que lucháramos contra estos seres.” “Una guerra sin sentido”, concluí, sintiendo una oleada de ira.
“Alguien quería que nos elimináramos mutuamente.” Las piezas empezaban a encajar, pero el cuadro general era aún más confuso y peligroso.
¿Quién estaba moviendo los hilos?
¿Y por qué robar los huevos y atraer nuestra atención hacia estos seres ocultos?
¿Tenía que ver con mi hijo?
Le indicamos al ser de seis brazos que necesitábamos tiempo.
Que no éramos sus enemigos.
Él asintió con cautela, su expresión difícil de leer.
Salimos de la estructura metálica, el camino ahora despejado de hombres rata, y sellamos la entrada de nuevo utilizando el método opuesto con el que entramos.
De vuelta en el bosque cerca de nuestro hogar, bajo la luz de una luna menguante, el silencio era pesado.
“Tenemos que informar de esto”, dije finalmente.
“Al alcalde, por supuesto.
Y a Valerius.
Que él se lo comunique al Rey.” “Y tenemos que hablar con Elara”, añadió Lyra en voz baja.
“Sobre esa vidente extraña que mencionó Lexo.
Ella inició todo esto.” Asentí.
Demasiadas preguntas.
Demasiados peligros acechando en las sombras.
Mi hijo estaba en el centro de todo.
Y yo iba a averiguar por qué.
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