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El Legado - Capítulo 33

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33: Capítulo 33 33: Capítulo 33 Con los Cuatro Grandes aún inmersos en esa misión secreta de la que nadie me contaba nada, la casa había adoptado una atmósfera peculiar.

Era tranquila, sí, demasiado tranquila sin los estallidos de risa de Borin (que ahora montaba guardia permanente en el patio como un oso enfadado) o las discusiones técnicas entre Lyra y Kael.

Pero bajo la calma, vibraba una tensión palpable, como truenos antes una tormenta de verano.

Mamá, quizás como una forma de canalizar su propia ansiedad, se había volcado de lleno en la clínica.

El flujo de pacientes parecía haber aumentado, atraídos por su creciente fama o quizás por la simple curiosidad tras el ataque de la bestia de seis brazos.

Y yo, convertido en su sombra y autoproclamado “aprendiz estrella” (más que nada porque mi arresto domiciliario no oficial me dejaba pocas alternativas), pasaba la mayor parte del día a su lado.

Descubrí que la curación era, irónicamente, un entrenamiento brutal.

Olvídate de blandir espadas o detener el tiempo; intentar cerrar una herida profunda o estabilizar la energía vital de alguien con agotamiento de maná requería una concentración láser y un control del flujo de energía que me dejaba mentalmente frito al final del día.

Mamá me permitía intervenir en casos cada vez más complejos, siempre bajo su mirada atenta que parecía anticipar cada error antes de que lo cometiera.

Usar mi Luz (vestigial) para sellar quemaduras leves, aplicar frío controlado con mi afinidad de Agua para bajar fiebres, o incluso actuar como un diminuto condensador de maná para absorber el exceso de energía caótica de un paciente…

cada acto era como empujar contra una pared invisible, forzando los límites de mi control y mi aún inexperto núcleo.

Ah, el núcleo.

Mi proyecto personal diario.

Después de aquel furioso despertar que tuve en el bosque, había quedado como un lienzo en blanco, sí, pero un lienzo hecho de carbón prensado, denso y oscuro.

Mi rutina de “limpieza”, como la llamaba mentalmente, era un ejercicio de paciencia infinita.

Me sentaba a meditar cada vez que tenía un momento, visualizando esa esfera negra en mi pecho e imaginando que la frotaba con un cepillo de dientes cósmico.

Era como intentar pulir el cráter de mi propio Despertar a mano.

Lento, frustrante, pero no inútil.

Día tras día, sentía que lograba raspar una capa infinitesimal de ese hollín primordial.

Ya no era carbón puro.

Ahora, si me concentraba mucho, podía distinguir vetas profundas de un rojo oscurísimo, el color del óxido antiguo o de las brasas a punto de extinguirse bajo una gruesa capa de ceniza.

Impuro, sí.

Rudimentario, también.

Pero era un cambio.

Curioso por cuantificar ese cambio, aproveché un momento en que mamá estaba preparando una infusión calmante a un mercader del pueblo, para echar un vistazo rápido a mi estado.

——————- Lexo Edad: 5 años y 8 meses.

Nivel: 2 – Rojo Óxido/Impuro – 50% – Progreso a Rojo Oscuro Estable.

HP: 35/35 (+3) | MP: 160/160 (+5) FUE: 5 | VIT: 6 (+1) | INT: 7 (+1) SAB: 7 (+1) | DES: 5 | MAG: 7 (+1) *Núcleo: Primordial – Multi-elemental *Habilidades Primordiales: – [Chronos]: [Pausa de tiempo] (Activo/Pasivo) Nv.1 – [Spatium]: [Resistencia a Pausa de tiempo] (Pasivo) Nv.1 *Habilidades adquiridas: – [Aprendizaje Rápido] (Pasivo) Nv.4 – [Sanación Básica] (Activo) Nv.1 – Adquirida *Afinidades Elementales: – Aire (Vestigial).

Nv.1 – Tierra (Vestigial).

Nv.1 – Agua (Vestigial).

Nv.1 – Fuego (Vestigial).

Nv.1 – Luz (Débil).

Nv.3 – Oscuridad (Vestigial) – Bloqueado- *Estado: Estable.

Mente Consciente, Entrenamiento (Magia Curativa/Control Elemental Básico), Refinamiento de Núcleo Activo.

———————————— ¡Ajá!

Los stats seguían subiendo lentamente, especialmente los mentales y mágicos gracias a la curación y la meditación.

¡Y había ganado [Sanación Básica] como habilidad reconocida!

El sistema incluso detallaba mi progreso en el refinamiento del núcleo: “Rojo Óxido/Impuro – 50% Progreso a Rojo Oscuro Estable”.

A mitad de camino para limpiar esta primera capa oscura.

¡Bien!

La monotonía del entrenamiento y el refinamiento se veía obstaculizada (o más bien, aderezada con irritación) por la continua presencia de mi tío Valerius.

Su excusa oficial seguía siendo la “seguridad regional”, pero su principal actividad parecía ser ocupar el mejor sillón de la sala, leer informes con aire de erudito y desplegar todo su encanto de noble general con cualquier paciente femenina menor de cuarenta años.

Era exasperante verlo allí, tan pulcro e inútil, mientras mamá trabajaba sin descanso y Borin sudaba patrullando el patio.

Sin embargo, no podía negar la presencia que emanaba: una autoridad tranquila, una inteligencia calculadora que se percibía incluso cuando hablaba del clima.

Un día, harto de intentar despegar el hollín de mi núcleo y habiendo memorizado ya la mitad del vademécum de hierbas de mamá, decidí buscar un tipo diferente de desafío.

“Tío Valerius”, dije con la mayor inocencia que pude fingir, “¿podríamos…

practicar un poco con las espadas?” Él levantó la vista de un mapa táctico, una chispa de diversión bailando en sus ojos generalmente serios.

“Por supuesto, sobrino.

Un poco de ejercicio nunca viene mal.

Aunque intenta no abollar mi armadura imaginaria esta vez.” Fuimos al patio.

Si las sesiones con papá eran un 80% charla y un 20% práctica suave, esto era una clase magistral sobre la inutilidad de mis habilidades actuales.

Si bien él no poseía la fuerza aplastante de papá o Borin, su esgrima era pura poesía mortal de precisión quirúrgica.

Cada movimiento era económico, preciso, devastadoramente eficiente.

“Tus pies, Lexo”, corrigió con calma mientras mi espada de madera pasaba a centímetros de su hombro porque él ya no estaba allí, habiéndose deslizado medio paso a la izquierda.

“Son tu ancla y tu pivote.

Si tu base es débil, tus ataques son hojas al viento que se pierden en la nada.” Esquivó otra estocada torpe con un simple giro de muñeca que desvió mi hoja.

“Y el torso.

No luches contra tu propio impulso.

Gira con la espada, extiende tu alcance, conserva tu energía.” Sus palabras tenían sentido, pero mi cuerpo de cinco años luchaba por obedecer.

La frustración creció.

¡Tenía Chronos!

¡Tenía que servir para algo!

En un impulso, ataqué de nuevo, una finta baja seguida de un rápido cambio a un corte alto, y activé la pausa.

(Pausa, pausa, baby!).

– PAUSA DE TIEMPO ACTIVADA – El mundo se congeló, un océano de mana purpurino brotó de mí, el cual se expandió al instante como un domo.

¡Ahora!

Me lancé hacia su guardia abierta, mi espada trazando un arco ascendente hacia su cabeza…

– PAUSA DE TIEMPO DESACTIVADA – …y mi hoja impactó contra la suya con un ‘clank’ seco.

Estaba allí.

Esperándome.

Su espada de madera había subido para interceptar mi golpe exactamente donde yo iba a impactar, como si hubiera visto el futuro o, más probablemente, como si mi tiempo detenido no fuera un obstáculo para su percepción espacial.

Su habilidad era desconcertante, casi insultante en su eficacia.

“Los trucos son para los desesperados, sobrino”, comentó mi tío, con su voz tranquila, aunque sus ojos brillaban ante este desafío divertido.

“Un oponente hábil no mira solo la espada, lee el cuerpo, la intención, el flujo de maná que precede al acto.

Tu pausa es una herramienta interesante, sin duda, pero si no la respaldas con fundamentos sólidos, es solo un retraso de lo inevitable.” Con una velocidad que no vi venir, su espada desvió la mía y su punta se detuvo, fría y firme, a un milímetro de mi garganta.

“Sin embargo,” concedió, retirando la espada, “admito que tu tenacidad es…

notable.

Que un niño de tu edad siquiera intente enfrentarme, y que además posea una habilidad tan peculiar sin colapsar inmediatamente…

Tienes una base sobre la que construir.

Mucho potencial, sobrino.

No lo desperdicies.” Quizás para enfatizar su punto, o simplemente porque le divertía mi frustración, hizo un movimiento repentino, una finta rápida seguida de un golpe descendente que, aunque claramente controlado, llevaba una fuerza implícita que me hizo cerrar los ojos con fuerza por puro instinto.

El impacto esperado nunca llegó.

En lugar de eso, un sonido sordo, como el de un melón gigante golpeando el suelo, resonó a mi espalda.

Abrí los ojos de golpe.

Mi tío Valerius estaba estampado contra una pared, ahora también resquebrajada, de la casa, deslizándose lentamente hacia el suelo con una expresión de total sorpresa y algo parecido al dolor.

Y donde él había estado un segundo antes, ahora estaba mamá, implacable como siempre.

Su rostro era una máscara de furia helada, una mano aún extendida en la dirección donde había estado antes mi oponente.

Puedo jurar que vi una distorsión casi invisible, un brillo amargo y fugaz, alrededor de su mano extendida antes de que desapareciera.

¡Spatium!

¡Definitivamente!

“¡Valerius!”, la voz de mamá era seda y acero, peligrosamente tranquila.

“Te lo advertí.

Te dije que fueras cuidadoso.” Mi tío se despegó de la pared con dolor, intentando recuperar algo de su dignidad mientras se sacudía el polvo inexistente de su impecable túnica.

“¿¡Siempre tan desmedida, hermana!?

¡Era una simple demostración!

¡Tenía todo bajo control!” Pero vi cómo evitaba la mirada de mamá y cómo sus manos temblaban ligeramente al ajustarse el cuello.

Sí, incluso el poderoso General Valerius Vanyae sabía cuándo no debía tentar a su hermana mayor.

Luego murmuró algo sobre “necesitar urgentemente más té” y se escabulló como una zarigüeya hacia la relativa seguridad de nuestra sala de estar.

Mamá suspiró, la furia disipándose de su rostro, reemplazada por una preocupación familiar mientras me revisaba con la mirada.

“¿Estás bien, Lexo?” Asentí, todavía un poco aturdido por la demostración de poder (de ambos, en realidad).

Más tarde, mientras el sol comenzaba a bajar, Lila apareció como un torbellino de coletas y energía.

“¡Lexo!

¡Pie no viene!”, anunció con un puchero adorable, dejándose caer en los escalones del porche.

“¡Dice que lee!

¡Malo!” Era evidente que Pietro estaba inmerso en su investigación sobre los huevos en la biblioteca de su familia.

Al menos alguien estaba progresando en ese frente.

Miré a Lila, que ya estaba intentando atrapar una mariposa con sus manos regordetas.

Simple, directa, sin complicaciones.

Una bocanada de aire fresco en mi vida cada vez más extraña.

Recordé la increíble reacción que tuvo la última vez que intenté darle un “empujón” de maná.

¿Podría funcionar de nuevo?

¿Podría ayudarla a consolidar ese núcleo incipiente?

“Lila”, la llamé suavemente.

“¿Jugamos a sentir las cosquillas mágicas otra vez?” Ella se giró de inmediato, sus ojos brillando de curiosidad.

“¿Las luces?

¡Sí!” Nos sentamos uno frente al otro.

Coloqué mis manos suavemente a centímetros de sus hombros, concentrándome en liberar un flujo aún más fino y controlado de maná puro.

La respuesta fue instantánea y deslumbrante, incluso para mí que solo la percibía indirectamente.

Lila resopló como si se hubiera quedado sin oxígeno (o tal vez demasiado de eso), a la vez que sus ojos se abrieron como platos.

“¡Wow!

¡Luces, muchas, Lexo!

¡Y acá!”, exclamó, riendo encantada.

Pude sentir claramente la energía dentro de ella arremolinándose, su núcleo formándose y estabilizándose a una velocidad pasmosa.

¡Estaba casi completo!

Su potencial era simplemente monstruoso, mucho más receptivo que el de Pietro, quizás incluso más que el mío propio antes de mi Despertar forzado.

“¿Lexo?”, preguntó, tocándose el pecho donde sentía el calor.

“Es tu magia, Lila”, le expliqué de nuevo, simplificándolo.

“Está creciendo.

Se está haciendo fuerte.

Eres increíble.” Ella sonrió, una sonrisa amplia y genuina.

Señaló hacia la clínica.

“¿Ele?” ¿Quería que mamá le enseñara?

Me reí.

“Tal vez, cuando seas un poco más grande.

Por ahora, solo intenta recordar esa sensación y hacerlo a diario, ¿estamos?” Le ofrecí ir a buscar las galletas que mamá había horneado esa mañana.

Aceptó con un grito de alegría.

Mientras caminaba hacia la cocina, el olor dulce de las galletas llenando el aire, mi mente inevitablemente volvió a esa pregunta persistente sobre mi vida pasada.

¿Quién había sido?

¿Un científico?

¿Un soldado?

¿Un simple oficinista soñador?

La respuesta seguía siendo una niebla impenetrable.

Sabía cosas de ese mundo, conceptos, tecnologías, historias…

pero ningún recuerdo personal.

¿Era una bendición o una maldición?

Quizás era mejor no saber, no arrastrar el equipaje de otro yo.

Era Lexo ahora.

Y eso ya era bastante complicado.

“¿Filosofando sobre el ser y la nada misma mientras las galletas se enfrían, pequeño crononauta?” La voz burlona de Eos resonó en mi cabeza, tan clara como si estuviera a mi lado.

Casi dejo caer el plato.

“Te lo he dicho”, manteniendo su tono divertido.

“El pasado es pasado.

Concéntrate en el presente, que tienes todavía mucho por crecer y mucho por hacer.” Crecer, pensé con ironía.

Tú tampoco pareces precisamente un titán, diosa entrometida.

Hubo una pausa, seguida de una risa cristalina que vibró en mi cráneo.

“¡Insolente!

¡Pero acertado!

Ahora ve a compartir eso delicioso que preparó tu mamá antes de que me las coma yo.” Sonreí.

Sí, definitivamente, mi presente era lo suficientemente interesante.

Y había galletas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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