El Legado - Capítulo 34
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34: Capítulo 34 34: Capítulo 34 (Punto de vista de Garen) El regreso a Villa Serena fue tenso.
Las revelaciones sobre esa estructura sumergida, los seres de seis brazos y la manipulación de los Hijos del Crepúsculo nos pesaba como plomo.
Apenas llegamos, tuve una conversación complicada con el alcalde, informándole lo mínimo necesario para justificar una mayor vigilancia sin causar pánico.
Luego vino la charla con Valerius.
Le expuse nuestros hallazgos, la conexión con el “Legado” y la posible amenaza sobre Lexo.
Él escuchó con su impasibilidad habitual, pero vi un nuevo cálculo en sus ojos.
Asintió, dijo que informaría al Rey y que tomaría “medidas apropiadas”.
Y entonces, con la misma rapidez con la que llegó, se marchó.
Un pestañeo, una distorsión espacial casi imperceptible, y ya no estaba.
O eso creía.
Pero una parte de mí sospechaba que el General aún podría estar observando desde algún pliegue del espacio.
(Punto de vista de Lexo) Justo antes de irse y ya portando su brillante armadura dorada, mi tío Valerius se detuvo frente a mí, ignorando la mirada vigilante de mamá.
Se inclinó y me susurró: “Dale cuerda al reloj cada noche, sobrino.
Es importante.
Si se detiene por mucho tiempo…
se rompe.” Me mostró fugazmente el reloj de bolsillo que me regaló.
“Es un oopart, una reliquia fuera de tiempo.
Pasa de generación en generación en nuestra familia, esperando al portador adecuado.
Un legado para otro legado, podrías decir.” Me guiñó un ojo, un gesto cargado de significados que apenas empezaba a comprender.
Luego, con una sonrisa encantadora que hizo suspirar a la hija del panadero (una chica muy guapa, la verdad, voluptuosa, con mejillas sonrosadas y trenzas rubias), que casualmente pasaba por allí, Valerius se despidió con un gesto elegante.
La mirada que le lanzó a la chica no pasó desapercibida para Borin, quien soltó un gruñido que hizo vibrar las ventanas y, sin pensarlo dos veces, le lanzó su hacha de mano.
¡PUM!
Mi tío General ya no estaba allí, claro, esquivándola con una fluidez insultante que apenas dejó una estela amarga en el aire.
El hacha, siguiendo su trayectoria, se estrelló contra la pared de nuestra cocina, incrustándose peligrosamente cerca de la olla donde mamá preparaba la cena.
El silencio que siguió fue aterrador.
La Gran Maga (alias mamá) se giró lentamente, llegaba a vérsele una vena palpitando en su sien.
Una distorsión espacial casi invisible, un brillo amargo y furioso, celeste y crepitante, emanó de ella.
Siendo el guardia Thom, quién había venido a traer un informe a papá y aquel que presenció la escena con horror, el gigante y el general salieron despedidos hacia la calle como si fueran plumas atrapadas en un huracán, aterrizando sobre la tierra en un montón polvoriento y quejumbroso.
“La falta de control sobre las emociones primarias”, comentó Lyra con su calma élfica milenaria, mientras usaba un poco de agua controlada desde sus manos para apagar las llamas que empezaban a incendiar la comida por el descuido.
“Conduce a resultados…
desordenados.” En medio del caos, vi a Kael deslizarse silenciosamente hacia la olla, tomar una porción generosa de estofado con un cucharón que apareció de la nada, y desaparecer tan sigilosamente como había llegado.
O eso creía él.
Mamá, sin siquiera girarse, extendió una mano hacia atrás.
Hubo otra distorsión momentánea, y el cucharón lleno de estofado estaba de vuelta en su mano, flotando sobre la olla.
Un segundo después, un grito ahogado y el sonido de otro cuerpo impactando contra el montón fuera de la casa indicaron que Kael se había unido a Borin y Valerius.
Mamá sí que daba miedo cuando se enfadaba.
“Lexo, ayuda a poner la mesa, por favor”, dijo mamá, su voz volviendo a la normalidad, aunque con un ligero filo.
“Parece que tendremos invitados.” Suspiré.
Mi familia era un circo ruidoso y peligroso.
Ayudé a poner la mesa, extendiendo el mantel, colocando los platos de madera y los cubiertos.
El olor del estofado (ahora a salvo) empezaba a llenar la casa.
Poco después, papá regresó.
Venía acompañado por el alcalde, su esposa y una radiante Lila, que corrió a saludarme.
Y detrás de ellos, venía Pietro.
Iba vestido inusualmente formal, aunque seguía fiel a sus tonos marrones, con un pequeño chaleco y una camisa bien planchada.
Bajo el brazo, cargaba un libro tan grueso que parecía una enciclopedia medieval, un tomo que apenas podía sostener con su complexión delgada y su metro veinte de estatura (para sus cinco años, era alto, pero el libro era enorme).
Nunca le había preguntado cuándo cumplía años, me di cuenta.
La velada comenzó con mucho bullicio.
Historias del pueblo, risas de Lila, comentarios analíticos de Pietro sobre la composición del estofado, papá intentando mantener la paz…
Y, por un momento, casi se sintió normal.
Un momento de paz en medio del caos constante que parecía ser mi vida.
O eso esperaba.
Justo cuando mamá servía el postre (pastel de manzana, mi favorito), un golpe firme resonó en la puerta.
No fuerte, pero sí autoritario.
Todos nos quedamos en silencio.
Papá frunció el ceño y fue a abrir.
En el umbral se encontraba un hombre que no había visto antes.
Era anciano, encorvado por los años, con el cabello canoso hasta los hombros y una nariz prominentemente aguileña que dominaba un rostro surcado de arrugas.
Pero sus cejas, aún oscuras y bien marcadas, enmarcaban unos ojos grises sorprendentemente agudos y penetrantes.
Vestía ropas sencillas, pero de buena calidad, y se apoyaba ligeramente en un bastón de madera oscura.
El alcalde se levantó de un salto, casi volcando su silla.
“¡Gran Maestre!
¡Qué…
qué inesperada visita!
¿Qué lo trae por Villa Serena?” Pietro quien parece que tampoco salir de su asombro, se le cayó el libro de sus manos, para luego mirarme con sus lentes empañados y darme un pequeño asentimiento nervioso.
¿Qué querrá decir con eso este freak?
¿Gran Maestre?
¿Del Gremio?
El hombre sonrió, una mueca que no alcanzó sus ojos penetrantes.
“Asuntos importantes, alcalde.
Asuntos del Gremio que requieren mi atención personal.” Su mirada recorrió la habitación, pasando por encima de todos hasta posarse en mí.
“Y por supuesto,” añadió, su voz rasposa pero firme, “quería conocer a mi nieto.” ¡¿NIETO?!
¡Él era Gustav!
¡El padre de mi padre!
¡El jefe del Gremio!
El hombre del que papá prefería no hablar ni aun de buen humor.
¡Abuelito dime tu!
El ambiente se congeló.
Mamá se levantó lentamente, colocándose a mi lado.
Papá se interpuso entre el anciano y yo, su postura tensa.
Gustav ignoró la tensión palpable y se acercó a mí con pasos lentos pero firmes.
Se detuvo frente a mí y me tendió una mano arrugada pero fuerte.
“Lexo, ¿Cierto?
He oído muchísimas cosas interesantes sobre ti, muchacho.” Su sola presencia era abrumadora.
Sentí una presión que superaba con creces la de papá y mamá juntos.
Este hombre era poderoso.
Peligroso.
Y definitivamente no era buena idea tenerlo como enemigo.
Esbocé mi sonrisa más infantil y adorable, esperando que sirviera de algo.
Mientras papá y mamá iniciaban una conversación tensa y en voz baja con él, me concentré en lo que sentía.
Algo era extrañamente familiar en su presencia, pero a la vez diferente.
Intenté percibir su aura, como a veces hacía con mamá o papá.
Y lo sentí.
No era la Luz cálida de mamá, ni el Fuego contenido de papá, ni el Aire esquivo de Kael o la Tierra sólida de Borin, ni siquiera el Espacio amargo del tío Valerius.
Era…
oscuridad.
Una oscuridad profunda, controlada, antigua.
Como la noche sin estrellas en lo profundo de un océano inerte.
¿Será acaso atributo Oscuridad?
¿Lo opuesto a mamá?
Mi instinto gritó peligro.
Tenía que salir de ahí, observar desde la distancia.
Me concentré, intentando activar [Chronos], aunque fuera por un segundo para escabullirme…
Nada.
La habilidad no respondió.
Era como intentar encender una lámpara sin combustible.
El poder estaba ahí, lo sentía en mi núcleo, pero el interruptor…
estaba desactivado.
Bloqueado.
Levanté la vista, alarmado, y me encontré con la mirada aguda de mi abuelo Gustav.
Una sonrisa amable, casi paternal, curvó sus labios.
“Aún no te vayas, querido nieto”, dijo suavemente, su voz resonando con un poder apenas velado que me heló la sangre.
“Tenemos mucho de qué hablar.” Y girándose hacia mis padres, en un temple dominante, agregó ”Tráiganme un plato ahora mismo.
¡Yo me quedo a cenar!”
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