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El Legado - Capítulo 36

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36: Capítulo 36 36: Capítulo 36 La presencia de mi abuelo Gustav había dejado una estela de tensión y preguntas sin respuesta, pero también, irónicamente, un nuevo nivel de libertad…

o al menos, una nueva herramienta fascinante: Urso.

Por lo cual, los días posteriores a su visita se volvieron un campo de pruebas para mi nuevo “asistente”.

“Urso, ¿podrías traerme ese libro de ‘Criaturas Míticas Menores’ de la biblioteca de Pietro?”, pedía, y un instante después, con un casi imperceptible (aunque amargo) pliegue en el espacio, el libro aparecía en mis manos.

“Urso, dile a Pietro que nos vemos en el roble después de la siesta, asegurate que lo reciba, incluso si está en el baño.” Un asentimiento silencioso era la única respuesta, pero sabía que el mensaje llegaría.

Mi favorito era: “Urso, avísame exactamente cinco minutos antes de que el panadero saque los bollos estrella de miel del horno.” ¡Nunca me había perdido una tanda caliente!

Esas masas esponjosas con forma de estrella, glaseadas en su superficie, que eran un digno homenaje a nuestro reino Quintus, eran simplemente un manjar divino.

Mamá, por supuesto, no estaba del todo contenta.

“Lexo, Urso no es un recadero ni un juguete”, me regañaba suavemente mientras el imponente hombre enmascarado me alcanzaba un vaso de agua que estaba a un metro de distancia.

Yo solo sonreía y le mostraba la carta que mi abuelo me había enviado (entregada por Urso, obviamente): “Para lo que necesite mi nieto.

Sin excepciones.

– G.” Mamá suspiraba, pero no podía discutir con la orden directa del Gran Maestre.

¡Usos ilimitados!

Fue Pietro quien sugirió una aplicación más…

productiva.

“Considerando la demostrada habilidad de tu tío Valerius para interactuar con tu Chronos, y la aparente afinidad espacial de Urso,” teorizó un día mientras jugábamos Netamino (él ganaba, como siempre), “sería lógicamente ventajoso utilizar a Urso como compañero de entrenamiento.

Podría ofrecer una resistencia o interacción única con tu habilidad temporal.” ¡Era una idea brillante!

Fuera de mi tío y quizás mamá (cuya demostración contra Valerius aún me daba escalofríos), no conocía a nadie más que pudiera siquiera percibir mi Chronos, mucho menos contrarrestarlo.

Entrenar con Urso podría ser la clave para entender y mejorar mi control.

Pero antes del entrenamiento, había asuntos más urgentes (al menos para mi paladar).

Urso acababa de “informarme” (con un gesto casi imperceptible de cabeza) que los bollos estrella estaban a punto de salir.

Convencer a mamá de dejarme ir al mercado fue más fácil esta vez; la presencia silenciosa y amenazadora de Urso a mi lado parecía tranquilizarla (o quizás simplemente intimidarla un poco).

“Con mucho cuidado, hijo.

Y vuelve antes de la cena.” En pocos minutos (Urso era excelente cargándome en su espalda) llegamos al puesto de panificados justo a tiempo El aire olía a gloria: pan caliente, azúcar caramelizada, miel tibia.

El panadero, quien parecía más un herrero que se equivocó de profesión, era un hombre corpulento con bigotes enharinados llamado Magnus, sacaba las bandejas doradas del horno.

Y allí estaba ella, Astrid, su voluptuosa hija, ayudándole a colocar los panes en el mostrador.

Era realmente guapa, con el pelo rubio recogido en una trenza práctica y harina adornando la punta de su nariz.

Y, por supuesto, allí estaba también Borin.

Apoyado contra un poste cercano, intentando parecer casual mientras flexionaba un bíceps del tamaño de mi cabeza.

Cuando la chica rubia levantó la vista y sus miradas se cruzaron, el hachero se enderezó y avanzó con la sutileza de un ariete.

“¡Astrid!”, bramó, haciendo que varios clientes saltaran del susto.

“¡Hoy…

tus bollos…

huelen especialmente…

eh…

redondos!” A lo cual ella parpadeó de manera muy coqueta, sonrojándose ante las palabras del gigantón.

“Eh…

gracias, Borin.

Son estrellas, en realidad.” “¡Estrellas!

¡Sí!

¡Como las que veo cuando entreno muy duro!”, continuó él, claramente sin saber qué más decir.

“¡Deberías verme entrenar!

¡Rompo rocas!

¡Con la cabeza!” (tiene la sutileza de un mapache) Magnus, para nada feliz luego de este intercambio, salió de detrás del mostrador, secándose las manos en el delantal, su expresión como una nube de tormenta a punto de granizar.

“Borin.

Otra vez.

¿No tienes…

hachas que afilar o algo?” “¡Solo admiraba la…

panificación!”, tartamudeó Borin, retrocediendo un paso ante la mirada fulminante del panadero.

Observé la escena con una mezcla de diversión y vergüenza ajena.

Pobre tipo.

Era un guerrero legendario, pero un completo desastre en el arte del cortejo.

Decidí intervenir.

Era hora de un plan.

Al momento que le pido a Urso que me levante en el aire como si fuera un ángel que vuela.

Arrodíllense mortales, ¡llegó Lexo en modo cupido!

Aunque todo el mundo me ignora.

Mejor sigamos.

“¡Señor Magnus!”, dije con mi voz más dulce e infantil, acercándome al mostrador mientras Urso permanecía inmóvil a unos pasos.

“¡Quiero dos de esos increíbles bollos estrella que cocina, por favor!

¡Y uno para mi amigo Borin!” Magnus me miró, con su expresión suavizándose ligeramente.

“Claro, pequeño Lexo.

Aquí tienes.

Lo mejor, para mi mejor cliente.” entregándome los bollos calientes.

“Gracias”, dije.

Luego me giré hacia Astrid, fingiendo timidez.

“Señorita Astrid…

mi tío Borin es una leyenda, un aventurero legendario, que cuenta historias increíbles de aventuras.

De dragones, tesoros, reliquias, incluso cofres de oro sin abrir.

Dice que le gustaría contárselas a alguien que aprecie las buenas historias.” Miré al nervioso gigante, que parecía haberse quedado sin aire.

“Pero es un poco tímido para preguntar.” Astrid miró a Borin, luego a mí, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

“¿Historias de aventuras?

Suena…

interesante.” Miró a su padre, quien resopló, pero no dijo nada.

“Tal vez…

podrías contarme una mientras doy un paseo por el río después de cerrar, Borin.

Si no estás demasiado ocupado rompiendo rocas con la cabeza.” ¡Éxito!

Borin casi se desmaya de la emoción.

Logró asentir torpemente.

Compré mis bollos (pagando con monedas de cobre que me regaló Kael el otro día) y nos retiramos estratégicamente mientras el panadero seguía mirando al compañero de mi padre con sospecha.

Caminamos de vuelta a casa en silencio (Urso encargándose de llevar los bollos sin que se enfriaran).

Por lo que la siguiente hora fue un espectáculo.

Borin, presa del pánico pre-cita, revolvió su escaso guardarropa.

“¿Esta piel de oso dice ‘soy sensible’?”, preguntó, sosteniendo una piel raída.

“Negativo”, intervino Pietro, quién había sido convocado por mi y traído por Urso, el cual observaba todo con fascinación clínica.

“Según ‘Etiqueta y Decoro para la Nobleza Menor’, un jubón de paño limpio sería más apropiado.” “¡No tengo jubón!”, rugió como si fuera un grito de batalla.

“¿Y si me pongo…

mi casco de guerra?

¡Es brillante!” “Quizás solo una camisa limpia, Borin”, sugerí diplomáticamente.

Finalmente, optó por su túnica menos manchada y un intento fallido de peinar su barba rebelde.

Antes de salir, arrancó unas flores silvestres de aspecto peculiar que crecían cerca del cobertizo.

(Descuida fortachón, no le diré nada a mamá) “¡Flores!

¡A las mujeres les gustan las flores!”, declaró triunfante.

Lo vi alejarse con la planta en la mano y recé por su éxito.

¡Tu puedes guerrero!

Despidiéndolo como un maestro a su pupilo que había alcanzado la iluminación.

Mientras Urso secaba las lágrimas de mi rostro con un pañuelo de ositos.

Decidimos esperarlo hasta que volviera.

Mientras Pietro estaba leyendo, yo intentaba descifrar las notas que anotó en su cuaderno e idear el próximo entrenamiento con mi asistente.

Al cabo de una hora, Borin regresó.

Solo.

Su expresión era una mezcla tragicómica de confusión y ligera vergüenza.

“¿Y bien?”, pregunté ansioso.

El bárbaro suspiró, emitiendo un sonido como el de un tren descarrilado.

“La encontré junto al río.

Le di la flor.” Hizo una pausa.

“Empezó a estornudar sin parar.

Dijo que era alérgica al ‘polen del Clavel Nocturno’, que es venenoso si lo inhalas mucho, y que Lyra me había advertido sobre esa flor la semana pasada.” Otra pausa.

“Luego su padre apareció con un rodillo de amasar y me sugirió ‘enérgicamente’ que fuera a practicar mi lanzamiento de hacha…

lejos del río y si era posible lejos de la ciudad.” Pietro anotó algo en su libreta.

“Interesante correlación entre intento de cortejo y reacción alérgica inducida por flora localmente tóxica.

Hipótesis: Se requiere un análisis botánico previo a la entrega de obsequios florales.” Pobre Borin.

Al menos lo había intentado.

Esa noche, decidido a relajarme después de tanto drama romántico ajeno, decidí probar una receta de galletas de avena que mamá me había enseñado.

Saqué los ingredientes: harina, azúcar, huevos, avena…

“Urso”, dije.

“¿Podrías ayudarme a batir los huevos?” El hombretón enmascarado asintió.

Le pasé un bol y un batidor.

Mamá había insistido en que Urso llevara un delantal (uno con volantes rosas que encontró en algún sitio) cuando estuviera en la cocina “para proteger su elegante traje”.

La imagen era surrealista: un asistente silencioso y potencialmente letal, con máscara y traje negro impecable, cubierto por un delantal rosa con volantes, batiendo huevos con una eficiencia robótica mientras yo, un niño de cinco años cubierto de harina, le daba instrucciones.

Sí, lo que aprendí hoy sobre las citas es…

¡Qué ricas galletas!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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