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El Legado - Capítulo 37

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37: Capítulo 37 37: Capítulo 37 Con aquella visita de mi ilustre (y para nada aterrador) abuelo, nuestra vida había dado otro giro virtuoso, en esta tuerca sin rosca llamada existencia.

Urso, mi estimado “asistente” personal, era una presencia constante y silenciosa, un monolito enmascarado con habilidades espaciales que convertían cualquier asunto trivial que se me ocurriera en algo instantáneo.

Honestamente, era como tener un mayordomo ninja con teletransportación incorporada.

¿El inconveniente?

Que mamá me lanzaba miradas de desaprobación cada vez que le pedía a Urso que me acercara el salero que estaba literalmente a treinta centímetros.

“No es un sirviente, Lexo”, decía.

“Él es…

bueno, es complicado”.

Sí, mamá, “complicado” era la palabra del año en esta casa.

Pero incluso con un guardaespaldas/recadero con poderes espaciales, la vida no podía quedarse quieta, ni dejar de avanzar.

Con la Escuela de Oficios en la Gran Aldea de los Cuatro Caminos (parece que en este reino hay un fetiche con ese cuarto número) cerniéndose como una oportunidad más que prometedora (o amenazante, según a quién preguntaras).

La situación me intrigaba.

¿Una escuela de verdad?

¿Aprender cosas estructuradas?

¿Otros niños que no fueran Lila o el enciclopédico cuatro ojos de Pietro?

Sonaba…

casi normal.

Una frase que rara vez aplicaba a mi existencia.

El alcalde, probablemente viendo una oportunidad de oro para que su preciosa Lila tuviera un compañero de juegos (y quizás un guardaespaldas no oficial con afinidades elementales múltiples y tendencias cronoquinéticas), había movido sus hilos burocráticos.

Pietro me lo confirmó una tarde, entre fintas y movimientos calculados en su ejército de Netamino.

“La recomendación formal fue aprobada, Lexo.

Además, posees una beca completa asegurada, alojamiento y alimentación.” Adelantando un general por encima de mi segundo príncipe en una jugada maestra por su parte, ”Ingresaremos en el próximo ciclo, en dos semanas desde este momento”, anunció con la misma emoción que al describir la composición química de la tierra.

“La formación dura seis años, culminando cuando cumples doce con una evaluación de aptitud mágica… para aquellos con potencial, claro” lanzándome una mirada compleja por encima de sus gafas – “luego de confirmado su núcleo potencial, proceden al interinato obligatorio de un año previo al Despertar formal a los trece.” Seis años.

Era una eternidad en tiempo de niño, pero un parpadeo comparado con mi vida anterior, supongo.

Y el interinato… obligatorio.

Pietro tenía razón, intentar escabullirme de un sistema diseñado para detectar y gestionar la magia, siendo yo la definición andante de “magia anómala”, sería como intentar esconder un elefante que brilla en la oscuridad dentro un armario pequeño a medianoche.

La conversación con mis padres fue, como esperaba, digna de un drama familiar de alta alcurnia con explosiones ocasionales, momentos de mucha tensión y Urso masajeándome los hombros (¿Existe algo que no pueda hacer bien este asistente?) “¿Enviar a Lexo solo a esa aldea?”, la voz de mamá sonaba consternada, mientras sus manos apretaban inconscientemente un mortero como si fuera el cuello de su esposo.

“¿Con todo lo que sabemos ahora sobre los Hijos del Crepúsculo y el ‘Legado’?” Podía sentir el aura de luz vibrar a su alrededor, para nada pacifica como siempre.

Papá nervioso se peinaba la barba con los dedos, mientras su mente batallaba entre el deseo de darme una vida normal y el instinto protector del guerrero legendario que alguna vez fue.

“Pero amor, entiende, es la ley.

Es la escuela.

Todos los niños van…

o casi todos.

Quizás un poco de normalidad…” Su voz se apagó.

Ambos sabíamos que la “normalidad” había zarpado del puerto hacía mucho tiempo en mi caso.

“La normalidad es un lujo que quizás no podamos permitirnos, Garen”, replicó mamá suavemente, pero con firmeza.

“Podemos enseñarle aquí.

Con nosotros.

Con Borin, Lyra, Kael…

incluso con Urso.” A lo cual, el mencionado asistente mío, que ahora estaba inmóvil en un rincón, pareció asentir casi imperceptiblemente, o quizás solo fue una corriente de aire.

Fue mi turno de intervenir, era ahora o nunca.

Por lo que puse mi mejor cara de “niño razonable que entiende las preocupaciones de los adultos, pero tiene un punto válido” (como siempre).

“Pero mamá, papá…

Pietro dice que, si puedes despertar, tienes que ir al interinato.

Si no voy a la escuela ahora, ¿no será más sospechoso después?

¿Un niño que aparece de la nada con magia ya despierta?

¿Alguien con linaje real por si fuera poco?

Llamaría más la atención, ¿no?” Utilicé la lógica, el arma preferida de mi mejor amigo.

Y, crease o no, ¡funcionó!

Mejor incluso que los ojos de cachorro, o mis perfectas adiciones teatrales.

Dicho esto, ambos Intercambiaron una larga mirada.

El peso de las reglas del Reino, la presión del Gremio (y lo que sea que planee mi abuelo), sumado por supuesto a mi propio argumento lógico, los convencieron.

Suspiraron casi al unísono, ya no había más que hablar.

Iría a la escuela.

La decisión, sin embargo, desencadenó una reacción en cadena con eventos desafortunados, que nadie anticipó del todo.

Tal vez no debería de haber sido tan eufórico.

“¡¿Qué?!

¡¿Enviar al renacuajo a ese nido de víboras de Cuatro Caminos?!”, rugió Borin cuando se enteró, golpeando la mesa con un puño que hizo bailar los platos (Urso estabilizó la mesa con una mano antes de que volcara).

“¡De ninguna manera!

¡Alguien tiene que asegurarse de que no lo timen en el mercado o lo convenzan de unirse a una banda de bardos errantes!

¡Yo voy!” Su lógica era…

peculiar, pero su lealtad, inquebrantable.

Kael se materializó junto a Borin, haciéndolo saltar.

“Si Borin va,” dijo el ninja de viento con su habitual tono neutro, “la probabilidad de que él se una a una banda de bardos errantes para cantar desafinado después de una pelea de taberna aumenta un 73%.

Se requiere supervisión táctica.” Traducción: Kael también iba.

Lyra suspiró, emitiendo un sonido sutil como un viento cálido entre las hojas de otoño.

“Donde estos dos van, inevitablemente florece el caos.

Supongo que tendré que ir a podar los problemas antes de que enraícen demasiado profundo.” Con esto, la preciosa elfa también se apuntaba.

Y Urso, por supuesto, simplemente se inclinó levemente.

Su presencia era una declaración silenciosa: donde yo fuera, él iría.

No admitía discusión.

Papá se llevó las manos a la cabeza.

“¡Por todos los dioses!

¡No podemos llegar a una escuela con una escolta que parece un ejército privado y una leyenda viviente!” Al final, tras una negociación que involucró mapas, posibles rutas de emboscada (cortesía de Kael), análisis de la calidad del hidromiel local (cortesía de Borin) y un debate sobre la durabilidad de los carruajes (cortesía de Lyra), se llegó a un “compromiso”.

Lila y yo viajaríamos en un carruaje más pequeño y discreto.

Papá, considerado el “menos intimidante” del grupo (lo cual era hilarante en sí mismo), nos acompañaría dentro.

El resto – mamá, Borin, Lyra, Kael y Urso – abordarían su viaje en el viejo y maltrecho “Intrépido”, siguiéndonos a la vez que se mantenían a una distancia prudencial pero listos para intervenir si, bueno, si Borin intentaba unirse a los bardos cantores.

El viaje de dos semanas fue absolutamente largo.

En serio, muy largo.

Compartir un espacio confinado con papá (cuyo modo “preocupación silenciosa” era casi peor que los regaños), y Lila (cuyo repertorio de preguntas parecía infinito: “¿Por qué el cielo es azul?”, “¿Las vacas vuelan si saltan muy alto?”, “¿Urso come debajo de la máscara?”) puso a prueba mi paciencia de adulto reencarnado.

El otro carruaje, que a veces veíamos a lo lejos, parecía una fiesta rodante o una batalla campal, dependiendo del día.

Oíamos fragmentos de canciones desafinadas de Borin, el silbido ocasional de una flecha de práctica de Lyra, y una vez, un destello de energía espacial que sugería que Urso había tenido que “reubicar” un árbol caído del camino.

Normalidad, pensé con sarcasmo.

Esto es mi versión de un viaje escolar.

Y, de repente, la monotonía se rompió una noche, a mitad de camino.

Acampábamos en un claro tranquilo, el fuego crepitaba, las estrellas brillaban y yo intentaba explicarle a Lila por enésima vez que no, las vacas no vuelan (y tampoco apostaré por ello).

De repente, con un crujido de ramas en la oscuridad y el brillo de varios ojos maliciosos, unos seres se manifestaron de entre los árboles.

Entrando a escena de una manera bastante infantil y poco coordinada, atropellándose entre ellos.

Sin esperar respuesta, un cabeza rapada, quien parecía ser el jefe, omitiendo lo mal que se vio eso, esperó a que los demás se pusieran de pie y continuó.

“¡Quietecitos todos!”, ladró con voz rasposa.

“¡Esto es un asalto!

¡Suelten la plata, las joyas y…

ese pastel de manzana que huele tan bien!” Mientras se relamía los labios y nos apuntaba con una lanza improvisada.

Frente a nosotros se hallaba un grupo de unos quince individuos recién salidos desde las sombras.

Por supuesto, eran bandidos.

Y por su aspecto – armaduras con parches, armas oxidadas, expresiones más desesperadas que feroces – eran del tipo más patético.

Oh, genial, pensé.

Más aficionados.

Antes de que papá pudiera siquiera ponerse en pie con su expresión de “Capitán decepcionado”, el infierno (o más bien, el caos absurdo) se desató desde el otro carruaje, que debió acercarse sigilosamente.

¡¡¡RRROOOOAAAAAR!!!

El grito de guerra de Borin hizo que los bandidos tropezaran hacia atrás.

Cargó como un jabalí enfurecido, su hacha un borrón brillante.

¡Fwish!

¡Fwish!

¡Fwish!

Tres flechas de Lyra encontraron sus blancos con precisión inhumana, inmovilizando a los líderes con redes de hielo o haciendo que soltaran sus armas con un siseo de vapor.

Kael fue un susurro.

Un bandido se giró para mirar, y de repente estaba en el suelo, atado con su propio cinturón, sin saber qué había pasado.

Otro intentó huir y tropezó con una cuerda invisible que apareció de la nada.

Y luego estaba Urso.

Oh, Urso.

Había estado ayudando a mamá con la cena y todavía llevaba puesto el infame delantal rosa con volantes sobre su traje negro.

Cuando un bandido particularmente tonto se abalanzó sobre él, Urso paró la espada mellada con la tapa de la olla de estofado (¡CLANG!), le dio un golpe seco en la frente con el cucharón de madera (¡THWACK!), lo desarmó con un elegante giro de muñeca, y lo dejó inconsciente con un golpe preciso en el cuello usando el mango del cucharón.

Todo en menos de tres segundos.

Luego se quedó allí, inmóvil, cucharón en ristre, delantal ondeando ligeramente con la brisa nocturna.

Los maleantes restantes se quedaron paralizados, mirando con horror al hombre enmascarado con delantal y utensilios de cocina letales.

La lucha había terminado antes de empezar.

“Aburrido… esperaba más desafío cuando los sentí venir hace kilómetros”, murmuró Kael decepcionado, mientras recogía las armas caídas.

Mamá suspiró, sacando sus ungüentos.

“Siempre creando trabajo extra…” Se acercó a curar a los bandidos (más por golpes y susto que por heridas graves).

“Pueden quedarse con sus vidas”, dijo papá, su voz resonando con autoridad.

“Dejen todo lo que no sea suyo y desaparezcan.

Y si vuelvo a ver sus caras por esta ruta…” No necesitó terminar.

Los bandidos, farfullando disculpas, dejaron caer sus pobres pertenencias (unas pocas monedas de cobre, un cuchillo oxidado, medio queso mohoso) y huyeron despavoridos hacia la oscuridad, lanzando miradas aterradas hacia Urso y su cucharón.

El resto del viaje fue tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Finalmente, después de lo que pareció una vida entera, las cuatro grandes rutas convergieron ante nosotros.

La Gran Aldea de los Cuatro Caminos se extendía hacia nosotros como un organismo vivo y desordenado.

Era un caos vibrante, un torbellino de actividad, muy distinto al lugar donde viví hasta ahora.

Bueno, pensé, observando el animado desastre desde la ventanilla del carruaje.

Hogar, dulce hogar…

o algo así.

Al menos no será aburrido.

Cerrando mis ojos para una merecida siesta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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