El Legado - Capítulo 38
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
38: Capítulo 38 38: Capítulo 38 (Punto de vista: ???
– Saturno) La luna llena colgaba inerte sobre el vasto lienzo negro del cielo anochecido, como un disco de plata pulida observándonos con fría indiferencia.
Su luz espectral se derramaba sobre los tejados apiñados de la Gran Aldea de los Cuatro Caminos, esculpiendo un paisaje de ángulos agudos y sombras traicioneras donde el bullicio del día se había rendido al silencio.
El viento nocturno, mi eterno confidente, mi cómplice invisible, deslizaba sus dedos helados entre las tejas gastadas, entonando un silencioso Sutra que acompañaba mi importante propósito.
Cada salto que daba en el aire era una sílaba solfeando en ese poema oscuro y tan abundante de estrellas.
Ligera, ingrávida, era una sombra danzando sobre otras sombras, a la vez que mis pies apenas besaban las superficies antes de impulsarse de nuevo, mi presencia era una efímera perturbación en el fluir constante de la eternidad.
Mi destino: una posada de aspecto sólido, aunque sin pretensiones, agazapada cerca del corazón palpitante de la aldea, la plaza mayor.
Allí, tras muros de piedra y madera, respiraba otro anómalo.
Al que llamaban Lexo.
El nombre de aquel humano, como su aura también emanaba, era un eco discordante en la armonía cósmica, una nota fuera de tono que resonaba con el peso ominoso de la profecía y el hedor inconfundible del desequilibrio.
El Legado de la Estrella Caída.
Un vórtice de poderes antagónicos, una singularidad nacida antes de tiempo, amenazando con desgarrar el delicado e intrincado tapiz del destino tejido durante eones.
Mi directiva, grabada dentro mi alma por orden de los Antiguos, era inequívoca: observar, medir la magnitud de la aberración, y si la amenaza al Gran Plan era confirmada, proceder a la neutralización.
Como Sexto Asiento en los Hijos del Crepúsculo, la desviación no es una opción; es una herejía que debe ser purgada.
Mi descenso final fue como el posarse de una pluma sobre suave terciopelo negro.
Aterricé en el alero que enfrentaba directamente la ventana asignada, un rectángulo oscuro y escondido en la fachada de la posada.
Mis sentidos, refinados por años de disciplina y la caricia de los vientos astrales, se extendieron como una red invisible, sondeando las energías vitales en el interior.
Allí veía la llama furiosa pero contenida del padre, quien parecía un héroe bastante poderoso, aunque ahora no era más que un rescoldo de gloria pasada ardiendo bajo cenizas de su propia resignación.
La luz materna, serena, noble, un faro de poder curativo y defensivo casi cegador en su pureza, pero con un núcleo de acero frío y una inesperada resonancia amarga…
heredada de su sangre, comprendo.
El eco terrenal y primario del extraño guardián de traje, a quien solo podía ver de espaldas ya que parecía masajear a la abominación, el cual, pese su actuar en estos momentos, parecía un pilar de fuerza bruta y lealtad absoluta.
Y en el centro de esta constelación incongruente, estaba el niño en cuestión.
La anomalía.
Un torbellino caótico de esencias: el dulce y embriagador aroma del Chronos recién despertado; el regusto amargo y punzante del Spatium; la claridad brillante de la Luz materna; la semilla latente de la Oscuridad primordial, esperando su estación; y bajo todo ello, las brasas incandescentes de los cuatro elementos fundamentales.
Era demasiado.
Una abominación de potencial puro, un error cósmico clamando por corrección.
Tensé mis músculos, preparándome para el cruce final, el salto a través del vacío bañado por la luna que me separaba de mi presa.
Y fue entonces cuando la noche misma pareció retener el aliento.
Una presencia.
Nueva.
Indetectable.
Imposible.
Mis instintos gritaron alarma un instante antes de que la figura tomara forma.
Emergió no de las sombras, sino como si fuera la sombra misma, condensándose en el tejado vecino.
Una silueta esbelta, femenina, envuelta en un traje negro de corte impecable que parecía devorar la pálida luz lunar.
Y el rostro…
oculto tras una máscara.
Blanca, pulida como el marfil, representando la cara sonriente y traviesa de un mono.
La disonancia entre la alegría artificial de la máscara y la quietud letal, la presión casi física que emanaba de la figura, era profundamente perturbadora.
“Saturno”, la voz que fluyó de detrás de la máscara era un instrumento perfectamente afinado, neutra en tono, casi melodiosa, pero cada sílaba cortaba el aire como un fragmento de obsidiana.
“Sexta de los Caídos.
Tu presencia aquí…
no es bienvenida.” Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, adoptando una postura defensiva, la energía del viento arremolinándose a mi alrededor como un manto invisible.
Reconocí la firma energética subyacente, la resonancia profunda y antigua.
Una Máscara.
Las leyendas solo contadas entre los círculos más elevados de mi orden cobraron, en este momento, una dimensión aterradora.
Seres de un poder inimaginable, almas forjadas, talladas con suma precisión, los cuales poseían el potencial bruto para encarnar a las deidades primordiales, pero a quienes el destino, en su infinita crueldad o sabiduría, les había negado la ignición final, el Despertar Primigenio para ser un Legado.
Se decía que eran mitos, ecos de un poder antiguo y perdido, herramientas de fuerzas extinguidas e incluso de guardianes ancestrales.
Enfrentar a una baja deidad así, aquí y ahora, quien custodiaba a su vez al epicentro mismo de la perturbación, sería algo problemático en sí mismo.
Por lo cual decidí hablarle mientras ideaba algún plan.
“Máscara de Mono, la famosa Monkey.
Veo que los archivos del Gremio son más completos de lo que aparentan”, respondí, forzando mi voz a mantener una calma que no sentía, adhiriéndome a la formalidad incluso cuando mi corazón martilleaba contra mis costillas.
“Los mitos ciertamente caminan esta noche.
No sabía que el decadente Gremio hubiera caído tan bajo como para recurrir a tales…
reliquias…
para hacer de niñeras.” Lancé la palabra “reliquia” como un dardo envenenado.
La máscara sonriente permaneció impasible, pero sentí una fluctuación en su aura, un endurecimiento.
“Algunos niños,” replicó la voz acerada, “requieren una supervisión…
especializada.
Un cuidado que entidades como la tuya no pueden comprender.
Declara tu propósito aquí, Hija del Crepúsculo.
Ahora.
Y quizás,” – un matiz casi imperceptible de amenaza se deslizó en el tono – “tu inevitable retirada sea menos…
dolorosa.” Enderecé la espalda, dejando que el viento jugueteara con los bordes de mi capucha.
La retirada no estaba contemplada.
Aún no.
“Vengo como observadora,” declaré, mi voz resonando con la autoridad de mi posición.
“A evaluar al que perturba el Gran Equilibrio.
Al falso Legado cuya existencia misma amenaza con deshacer eras de cuidadosa y sagrada planificación.” “El equilibrio es una danza delicada, no un estado estático,” replicó Monkey, y sentí una barrera invisible y silenciosa cerrarse alrededor de la posada, una distorsión sutil en el aire que olía vagamente a tierra removida y espacio comprimido.
“Y la observación,” continuó, “suele ser el preludio de la interferencia.
No habrá interferencia esta noche.” El aire entre nosotras crepitó con energía contenida.
La luna se ocultó tras una nube fugaz, como si apartara la mirada del conflicto inminente.
Las palabras se habían agotado.
Solo quedaba la danza de la destrucción.
Ataqué sin previo aviso.
Un rápido movimiento de mis dedos, y una hoja de viento puro, comprimido hasta alcanzar la densidad del acero, silbó a través del aire nocturno hacia el corazón de la Máscara.
Simultáneamente, tejí hilos de gravedad bajo sus pies, buscando aplastarla contra el tejado, convertirla en un blanco inmóvil para mi siguiente golpe.
La reacción de Monkey fue instantánea, casi precognitiva.
El tejado bajo ella no se hundió ni se agrietó.
En cambio, un pilar de roca negra y lisa, extraída de las entrañas mismas del edificio, surgió con la velocidad de un pensamiento, interceptando mi hoja de viento en una explosión de chispas y aire desplazado con furia animal.
Al mismo tiempo, sus manos dibujaron complejos mudras en el aire iluminado por la luna, y el entorno cobró vida propia.
De repente, aquellas tejas a su lado, se levantaron como escamas de un iracundo dragón, formando escudos improvisados.
A la vez que decenas de pináculos afilados de caliza brotaron como los dientes de un tiburón hambriento, buscando empalarme desde abajo.
¡Tierra!
Su afinidad primordial era esa, la fuerza inamovible, la paciencia de la piedra, la furia contenida de la montaña.
La batalla se convirtió en un torbellino.
Mis ataques eran fluidos, impredecibles, aprovechando la libertad del aire y el peso invisible de la gravedad.
Ráfagas cortantes que buscaban fisuras en su defensa pétrea, súbitos pozos gravitatorios que intentaban desequilibrarla o desviar sus proyectiles rocosos, dando potentes saltos que desafiaban la lógica, asistidos a su vez por corrientes de viento huracanadas emanando de mi cuerpo.
Era una danza mortal, girando sobre el ambiente artificialmente silencioso.
Ella respondía con una parsimonia de movimientos brutalmente eficientes.
Muros de roca que surgían como pensamientos defensivos, fragmentos de teja y piedra lanzados con la precisión de un maestro arquero, el propio suelo ondulando y agrietándose bajo mis pies, intentando atraparme, frenarme.
Era la agilidad etérea del viento contra la solidez implacable de la tierra.
Durante un instante fugaz, un único latido de mi corazón acelerado, creí haber encontrado la ventaja.
La gravedad.
Era mi aliada contra su poder terrenal.
Intensifiqué la presión a su alrededor, sintiendo cómo sus movimientos se volvían una fracción más lentos, sus defensas de roca formándose con un retardo casi imperceptible.
La acosé sin piedad, una tormenta de viento y peso invisible, buscando la grieta, la apertura definitiva.
Un golpe concentrado de viento huracanado hizo añicos uno de sus escudos de piedra más grandes, dejándola expuesta por una milésima de segundo.
¡Mi oportunidad!
Reuní mi poder, formando una esfera de gravedad intensificada, un pequeño agujero negro personal listo para colapsar sobre su centro…
Y entonces, el universo se inclinó sobre su eje.
Monkey dejó de retroceder.
El aura de tierra sólida que la rodeaba se retiró, reemplazada por algo nuevo.
Algo…
vivo.
Una energía densa, palpitante, que olía a tierra húmeda después de la lluvia, a clorofila y a descomposición, un aroma acre y penetrante, vagamente similar al amargor del Spatium, pero orgánico, salvaje, indómito.
El aire a su alrededor se tiñó de un verde fosforescente, una luz enfermiza que parecía pulsar con vida propia.
“Subestimas los jardines ocultos que entretejen nuestra realidad, Sexta,” dijo la Máscara, y por primera vez, su voz perdió la neutralidad.
Había un matiz inconfundible de…
¿diversión cruel?
¿O era la alegría primordial de la naturaleza desatada?
Vita una est, vita oritur, rerum sator, evigila tua lethargia, Biotic!
La palabra apenas había abandonado sus labios enmascarados cuando el tejado bajo sus pies explotó.
No con roca.
No con tierra.
Sino con una erupción violenta de vida vegetal antinatural.
Enredaderas gruesas como pitones, cubiertas de espinas del tamaño de dagas, se lanzaron hacia mí desde todas direcciones, silbando en el aire como látigos vivientes.
A la vez, miles de raíces nudosas, negras y retorcidas, brotaron desde las paredes y las tejas como los tentáculos de un kraken subterráneo, buscando aprisionar mis miembros.
Flores carnosas, de colores vibrantes y patrones hipnóticos, se abrieron con una velocidad escalofriante, liberando nubes de esporas iridiscentes que distorsionaban la luz y el aire, nublando mis sentidos, induciendo un vértigo nauseabundo.
Sentí un terror frío y primordial trepar por mi espina dorsal.
Esto no era Tierra.
Esto era [Biotic].
El poder de la vida misma, la biokinesis en su forma más agresiva y aterradora.
¡El Legado de Tertius, el Tercer Reino!
¡Tierra y Vida!
La sinergia era una pesadilla hecha realidad.
La batalla se transformó instantáneamente en una lucha desesperada por la supervivencia.
Yo ya no atacaba; solo esquivaba, cortaba, desviaba.
Mis hojas de viento apenas lograban cercenar las lianas más gruesas antes de que otras diez tomaran su lugar.
Mis ráfagas de aire dispersaban las esporas alucinógenas, pero nuevas flores brotaban constantemente.
Manipulaba la gravedad con frenesí, intentando aplastar las raíces que emergían del suelo, pero eran tenaces, resistentes, impulsadas por una fuerza vital antinatural.
El poder bruto que poseía Monkey era peor aun mayor al de una catástrofe, era una marea de mana verde y espinoso que amenazaba con consumirme.
Lo que siempre creí, un gran estanque de maná, se estaba agotando demasiado rápido, mi control sobre el Aire y la Gravedad se deshilachaba bajo la presión implacable, mis reservas de maná continuaban disminuyendo a un ritmo alarmante.
Por lo que ya intuyendo el desenlace, estaba reuniendo mis últimas fuerzas para una maniobra final, una implosión gravitatoria total a mi alrededor, una táctica suicida que podría llevarme a ella conmigo o simplemente desintegrarme, cuando una nueva presión descendió sobre el campo de batalla.
Una presión que hizo que la furia vegetal de aquella máscara pareciera una simple brisa infantil de verano.
Era oscuridad.
Profunda.
Absoluta.
Una oscuridad que no era la ausencia de luz, sino una presencia tangible, una entidad antigua y poderosa que parecía absorber no solo la luz de la luna, sino también el sonido, el calor, la esperanza.
Mi propia afinidad con las sombras palidecía hasta la insignificancia ante esto.
Provenía de una figura ahora visible en un tejado cercano, una figura que había estado observando todo el tiempo, oculta incluso a mis sentidos aguzados.
El anciano.
Gustav.
El Gran Maestre del Gremio.
Su aura era un agujero negro de poder insondable, un vacío que amenazaba con devorar la realidad misma.
Nuestras miradas se cruzaron a través del caos menguante.
Sus ojos penetrantes, carentes de emoción, me vieron.
No con ira, ni con desdén, sino con el frío reconocimiento de un entomólogo observando a un insecto particularmente molesto.
Luego, con una parsimonia casi casual, levantó una mano arrugada e hizo un simple chasquido con los dedos.
No hubo explosión.
No hubo rayo de energía.
El mundo a mi alrededor simplemente…
se retorció.
La realidad misma pareció doblarse y gemir bajo una voluntad invisible e irresistible.
Sentí como si cada átomo de mi ser fuera agarrado y estrujado por una fuerza cósmica.
No fue un golpe físico, fue una anulación existencial.
Perdí el control de mis poderes, del viento, de la gravedad, incluso de mi propio cuerpo por un instante eterno.
Fui lanzada hacia atrás como una muñeca de trapo rota, el aire expulsado de mis pulmones en un jadeo silencioso, aterrizando con un impacto brutal en un tejado a varias calles de distancia.
El dolor fue agudo, pero el miedo era paralizante.
Me levanté con dificultad, mi cuerpo magullado, mi orgullo hecho añicos.
El anciano no había atacado de nuevo.
Permanecía inmóvil, una silueta oscura contra la luna indiferente.
Su mensaje era inequívoco: Esto ha terminado.
Tú no eres nada.
La Máscara de Mono también estaba quieta, la marea verde de [Biotic] ahora en calma, pero expectante, un jardín mortal listo para atacar de nuevo a una orden.
Mi mente, entrenada para el análisis táctico incluso en la derrota, evaluó la situación en una fracción de segundo.
Varias figuras más, con máscaras diferentes, ahora visibles en las sombras circundantes, observando en silencio.
Máscaras.
Plural.
Y el Gran Maestre, cuyo poder desafiaba la comprensión.
La misión de observación había concluido de la manera más humillante posible.
La neutralización del anómalo era, en este momento, una fantasía suicida.
Activé el cristal de sigilo que llevaba oculto en mi guantelete.
Una gema negra que se calentó al instante y liberó una densa nube de humo opaco y distorsionador, cargado de energía que confundía los sentidos mágicos.
Era mi última carta, mi vía de escape.
Canalizando mis últimas reservas de maná, usé una ráfaga de viento para impulsarme y un tirón gravitatorio para acelerar mi caída hacia los callejones oscuros de abajo.
Desaparecí en el laberinto de sombras de la aldea.
La retirada no era solo estratégica; era la única opción para sobrevivir.
Había subestimado gravemente la protección del Legado.
El Gran Plan…
el Gran Plan necesitaría una revisión fundamental.
Y yo necesitaba informar a los otros Asientos.
Inmediatamente.
(Punto de vista: Gustav) Observé aquella nube de humo negro disiparse poco a poco en la brisa nocturna.
Allí estaba, Saturno, la sexta en orden jerárquico, de auquellos autoproclamados caídos.
Se mostraba hábil con el Aire y la Gravedad, aunque, sin duda, demasiado impulsiva.
Y, pese a nuestro escepticismo, la logramos superar.
Había previsto su movimiento, o al menos, la posibilidad de una intervención de los Hijos del Crepúsculo.
Su interés en mi nieto era lógico, dada la naturaleza de su poder y las antiguas profecías que ambos lados conocían, aunque interpretaran de manera diferente.
“Buen trabajo conteniéndola, Monkey”, dije, mi voz rompiendo el silencio que había descendido sobre los tejados ahora tranquilos.
La Máscara se inclinó levemente, la última voluta de energía [Biotic] verde desvaneciéndose de su aura como niebla matutina.
La máscara sonriente parecía ahora un poco más satisfecha.
“Subestimó nuestra preparación, Gran Maestre.
Y la versatilidad de los jardines.” “La arrogancia suele cegar incluso a los más poderosos,” asentí.
“Una lección que aquella encapuchada escondida en la oscuridad aún parece incapaz de aprender.” Miré hacia la oscuridad donde Saturno había desaparecido.
“Pero su audacia confirma nuestras sospechas.
No son simples fanáticos escondidos en los bosques.
Tienen poder, organización, y están dispuestos a actuar.” “Fue prudente sugerir adelantar la Muestra de Oficios y trasladar al joven Legado y su…
pintoresca comitiva…
hasta aquí,” comentó Monkey.
“Sacarlo del relativo aislamiento de Villa Serena nos brindó este escenario controlado para la intercepción.” “Una maniobra necesaria,” confirmé.
“Aunque ahora, Cuatro Caminos se convierte en un punto focal.
La seguridad debe ser absoluta.” Hice un gesto casi imperceptible, y de las sombras más profundas emergieron tres figuras más, silenciosas como fantasmas.
Trajes negros idénticos, máscaras únicas: un cuervo de cobre, un lobo de plata vieja, una serpiente de oro.
Mis otros ojos y manos en el mundo.
Más Máscaras leales al Gremio, leales a mí.
“Raven, Wolf, Serpent.
Saturno ha huido.
Rastréenla.
No la enfrenten directamente a menos que sea absolutamente necesario.
Su prioridad es la inteligencia: sus rutas, sus contactos, su base de operaciones.
Quiero conocer la estructura de los Hijos del Crepúsculo desde dentro.” Las tres figuras asintieron al unísono y se disolvieron en las sombras tan rápido como habían aparecido.
Ahora quedaba el desorden físico.
Miré los tejados destruidos por la intensa batalla, las tejas sueltas, las cicatrices dejadas por la roca y las espinas.
Testigos silenciosos de un conflicto que nunca había ocurrido oficialmente.
Me volví hacia la última figura que había permanecido inmóvil, una silueta andrógina observando desde la oscuridad de una gárgola cercana.
La Máscara de Tiburón, de un azul profundo como el océano abisal.
“Shark,” ordené.
“Ahora mismo necesito de tu especialidad” mirándolo fijamente ”Restaura el lienzo de esta realidad en su estado previo al ataque.” Shark asintió sin palabras.
Levantó una mano pálida, huesuda, y sentí brotar de él la vibración familiar pero ajena de Chronos.
Aunque esta era muy diferente a la de Lexo.
Era fría, precisa, inmensamente controlada, como el tic-tac de un reloj cósmico.
Así, en un instante, el tiempo alrededor de la zona de combate comenzó a retroceder visiblemente.
Las tejas rotas saltaron de nuevo a sus lugares originales, las marcas de quemaduras y congelación se desvanecieron, las enredaderas marchitas se encogieron hasta desaparecer, el polvo se asentó en patrones inalterados.
En menos de un minuto, todo el campo de batalla que habíamos presenciado hace unos minutos, había vuelto a su estado previo, bañados por la luz inocente de la luna, como si la batalla brutal hubiera sido solo una pesadilla olvidada al despertar.
La aldea volvía a estar impoluta.
Perfecto.
La discreción era primordial.
Volví mi mirada hacia el sur, hacia la distante Villa Serena, pero mis pensamientos estaban aquí, en este cruce de caminos lleno de vida y peligro, y, sobre todo, en el niño que dormía en la posada, ajeno a las guerras secretas que se libraban en su nombre.
El juego había cambiado irrevocablemente.
Las apuestas eran más altas que nunca.
Y yo, Gustav, Gran Maestre del Gremio, tenía la intención de controlar el tablero.
Aunque Lexo, mi nieto, seguía siendo la pieza más poderosa…
y la más impredecible.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com