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El Legado - Capítulo 39

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39: Capítulo 39 39: Capítulo 39 (Punto de vista de Lexo) Me desperté con esa sensación gloriosa y ligeramente desorientada que le sigue a un sueño profundo y sin interrupciones.

Hacía tantas noches que no dormía así, probablemente desde antes de que la bestia de seis brazos decidiera redecorar nuestro patio (y lo hermoso que era ese lugar antes de su visita).

Dejando la nostalgia y el sano delirio para otro momento, me estiré en la cama algo dura de la posada, sintiendo mis cinco años (casi seis) más que recargados.

El sol entraba con muchas ganas por la ventana, prometiendo un día…

probablemente lleno de más cosas raras y absurdos por doquier.

Soy un imán para esas cosas.

Por lo que, en un solo movimiento corporal, me levanté y asomé mi reloj de bolsillo al pasillo, de tal manera que me apuntara el reflejo y dotara de una visión más periférica del exterior.

La puerta de la habitación de Kael estaba entreabierta.

Lo vi allí, bostezando ampliamente, con el pelo revuelto y vestido con…

¿un pijama blanco adornado con conejitos rosas?

Parpadeé.

¿El maestro del sigilo, el asesino silencioso, dormía con pijama de animales cute?

Mi respeto por él aumentó exponencialmente, aunque por razones completamente inesperadas.

Definitivamente, quiero uno así de ositos.

Justo cuando estaba procesando esta gran imagen mental impagable, un golpe suave pero firme resonó en mi puerta.

No era un nudillo o algo mecánico, más bien, era el sonido inconfundible de un bastón de madera golpeando sobre un marco también del mismo material.

Por lo que tuve que levantarme de mi posición cuerpo al piso y atender al molesto visitante, quien quiera que fuese.

Al abrir, encontré a mi abuelo Gustav quien estaba allí, impecable como siempre, ni un cabello canoso fuera de lugar y con sus ojos ya analizando mi estado matutino.

Aunque su típica cara de pocos amigos no le favorecía, tampoco sentía malas intenciones a conmigo, por lo que le brindé mi mejor sonrisa infantil.

“Arriba, querido nieto”, dijo con una amabilidad que seguía pareciéndome sospechosa.

“El sol ya está en su momento ideal y la Muestra de Oficios hoy nos espera” abriendo un papiro antiguo como si allí hubiera anotado su itinerario.

”Hoy haré de guía personal.

Te mostraré las maravillas de la artesanía local y, de paso, visitaremos mi humilde oficina del Gremio aquí en Cuatro Caminos.

Es la más avanzada tecnológicamente de la región” añadió con un brillo de orgullo en los ojos.

“Al menos, hasta que terminemos de construir la nueva sede central en…

bueno, digamos que cerca de tu casa.” Guiñándome un ojo.

Genial, pensé.

Nunca es demasiada supervisión para Lexo.

La “Muestra de Oficios” resultó ser menos una “escuela” y más una feria caótica y ruidosa al aire libre, ubicada en un enorme edificio de piedra que parecía haber tragado una ciudad pequeña y ahora sufría de indigestión arquitectónica.

Ocupaba la plaza principal y se desbordaba por las calles adyacentes.

A las afueras, docenas de puestos improvisados competían por la atención.

Herreros sudorosos golpeaban metal al rojo vivo (con resultados de calidad variable), carpinteros mostraban sillas que parecían diseñadas por alguien que odiaba las espaldas humanas, pintores ofrecían retratos que hacían que el sujeto pareciera víctima de una enfermedad desconocida, y un tipo con aspecto polvoriento intentaba vender “libros raros” que parecían sospechosamente recién impresos.

Era un pandemónium de actividad, lleno de familias de pueblos cercanos arrastrando a niños llorosos o sobreexcitados, tanto nobles como campesinos, todos por igual.

El aire olía a serrín, metal caliente, estiércol de caballo y el optimismo desesperado de los pequeños comerciantes aprovechando la muestra.

Mi abuelo Gustav nos guiaba a través de la multitud con la facilidad de un tiburón blanco navegando entre sardinas enlatada.

Papá y mamá iban a mi lado, sus miradas escrutando constantemente los alrededores, probablemente buscando asesinos enmascarados o, peor aún, parientes lejanos.

Borin parecía un niño en una tienda de dulces (o de hachas), maravillado por la fuerza del herrero local.

Lyra examinaba las hierbas en un puesto de alquimia con una expresión de leve disgusto élfico.

Kael, como era de esperar, había desaparecido, probablemente “evaluando la seguridad” (o los bolsillos) de los asistentes.

Y Urso…

Urso simplemente existía detrás de mí, un vacío silencioso y enmascarado que hacía que la gente se apartara instintivamente, creando una pequeña burbuja de espacio personal a mi alrededor.

Bastante útil, la verdad.

Lila estaba en el paraíso.

Daba grititos de emoción ante un puesto con tejidos de colores chillones, se maravillaba con un títere de madera mal tallado y casi provoca un incidente diplomático al intentar abrazar a un poni rosa particularmente malhumorado.

Papá tuvo que intervenir antes de que el equino, ya algo cansado, decidiera usar sus dientes contra la bendición de coletas.

Pietro, que había sido “teletransportado” por Urso directamente desde su habitación (aún con el pelo revuelto y aferrando una taza de té vacía), observaba todo con su habitual desapego analítico.

“La disposición logística de los puestos es subóptima”, comentó mientras pasábamos junto a un alfarero cuya rueda parecía a punto de desintegrarse.

“La densidad de flujo de visitantes crea cuellos de botella en los sectores C y D.

Y la aleación utilizada por ese herrero”, añadió señalando a Borin, que ahora discutía animadamente sobre técnicas de templado, “presenta una fragilidad inherente por encima de los 800 grados.” Lo miré y suspiré.

Incluso en una feria para niños, Pietro encontraba la manera de ser exasperantemente preciso.

Luego, sus ojos se iluminaron al ver un puesto polvoriento que vendía mapas antiguos, reliquias y cosas a su estilo.

Por lo que, de un segundo a otro, corrió hacia ese lugar, murmurando algo sobre “cartografía pre-Gremio”.

”Sí, ve tranquilo amigo, nadie te detiene”.

Dije al aire, suspirando exageradamente.

El que parecía disfrutar del espectáculo era mi abuelo, pese a que sus ojos nunca dejaban de escanear, de analizar el entorno, se lo sentía a gusto.

Nos mostró donde quedaba la sede del Gremio, un edificio moderno y sorprendentemente elegante escondido detrás de la fachada caótica de la feria.

Su estilo era el de un edificio futurista, con aires de ciencia ficción (aun dentro de un mundo de magia como este).

Por fuera estaba revestido al por completo con metal pulido, cristales de distintos colores que mostraban información importante y varios accesos desde donde entraban y salían decenas de aventureros.

“Tecnología punta,” explicó el nono con orgullo.

“Comunicadores arcanos de largo alcance, sistemas de detección mágica, archivos digitales, todo lo que necesites está aquí dentro, querido Lexo” Era impresionante y ligeramente intimidante, demostrando que su poder e influencias eran más que solo arrugas.

Me pregunté cuántos de estos puestos avanzados tenía repartidos por los reinos y si en algún momento podría visitarlos.

Sin poder entrar, ya que nos dijeron que aún no lo habían preparado (prefiero no saber honestamente que están preparándome).

Pasamos la mañana recorriendo la Muestra.

Vi niños de mi edad intentando clavar clavos torcidos en lo que parecía una madera con símbolos, mezclar pociones que soltaban humo de colores sospechosos o tejer bufandas que parecían más bien redes de pesca.

Era…

entrañable, supongo.

En el sentido de “miren todos cómo estos infantes se esfuerzan antes de que la dura realidad de no tener magia los aplaste”.

Mi cinismo interno hoy no tenía su chispa habitual, debo estar por resfriarme.

Justo cuando nos preparábamos para irnos, ocurrió el inevitable incidente de eventos absurdos.

Por lo que pedí a Urso me trajera un jugo de manzanas y me senté en un lugar donde podía ver la función.

Esto es cine.

Borin, que se había quedado embelesado con una pequeña estatua de piedra de un jabalí con aspecto particularmente feroz (“¡Tiene mi espíritu!”, había declarado momentos antes), intentó regatear el precio con el vendedor, un anciano astuto con un solo diente.

La negociación degeneró rápidamente en un concurso de gritos y gestos amenazantes que atrajo una pequeña multitud.

“¡Te doy tres cobres y una de mis escamas de dragón mascota!”, ofreció Borin finalmente.

(Nota mental: preguntarle al gigantón ese sobre esa escama).

El vendedor entrecerró los ojos.

“¿Escama de dragón?

¿Es de las que brillan?” “¡Por supuesto que brilla!”, mintió Borin descaradamente.

Mientras papá intentaba separarlos antes de que llegara la guardia local (o antes de que el bárbaro realmente ofreciera una escama inexistente), Kael reapareció a mi lado, masticando algo con aire inocente.

Le tendió la mano a Lila.

“¿Quieres ver un truco?” Lila asintió emocionada.

A lo que el ninja de viento sacó una moneda de cobre, la hizo desaparecer…

y luego sacó de detrás de la oreja de mi amiga…

un huevo crudo.

El huevo resbaló de sus dedos y se estrelló en la cabeza del poni malhumorado que pasaba por allí.

El equino relinchó furioso y lanzó una patada trasera que envió a Kael volando hacia el puesto de cerámica, causando un estruendo de barro cocido rompiéndose.

Papá se tapó la cara con las manos.

Mamá suspiró profundamente.

Lyra simplemente negó con la cabeza.

Mi abuelo sonrió.

Y Urso…

Urso atrapó a Kael en el aire justo antes de que impactara contra una pila de jarrones particularmente caros, depositándolo en el suelo con delicadeza.

Quizás tenerlo cerca no era tan malo después de todo.

Mientras nos abríamos paso entre el caos resultante (papá pagando la cerámica rota, Borin todavía discutiendo por el jabalí, Kael quitándose yema de huevo del pelo), tuve un momento para reflexionar.

La Muestra de Oficios había sido…

una experiencia.

Vi niños aprendiendo, interactuando, preparándose para vidas “normales”.

Era un mundo diferente al mío, un mundo de habilidades tangibles, de trabajo manual, de expectativas realistas.

Me gustó la idea de aprender cosas nuevas, de la estructura…

pero también sentí una desconexión.

Mi camino era otro.

Esta feria era para los que seguían las reglas del mundo tal como era.

Yo, al parecer, estaba destinado a romperlas.

El viaje de regreso a Villa Serena comenzó esa misma tarde.

Los carruajes se pusieron en marcha, dejando atrás el bullicio de Cuatro Caminos.

El ambiente era más tranquilo que a la ida, pero sentía una vigilancia más intensa por parte de los adultos.

Papá y mamá viajaban conmigo y con Lila en nuestro carruaje esta vez, dejando el “Intrépido” a Borin, Lyra, Kael y Urso.

“Lexo, campeón”, dijo papá después de un largo silencio, mientras el paisaje empezaba a volverse familiar.

“Sobre la escuela…

hablaremos en casa.

Hay reglas que incluso nosotros debemos seguir.

Y hay cosas que necesitas entender sobre tu posición, sobre lo que se espera de ti.” Mamá asintió, su expresión seria.

“Será un desafío, mi pequeño.

Pero estaremos contigo en cada paso.” Suspiré internamente.

Reglas, expectativas, desafíos.

Parecía que la “normalidad” tendría que esperar un poco más.

Al menos, este viaje de vuelta prometía ser menos ruidoso.

Aunque, conociendo a mi familia, probablemente me equivocaba.

En ese momento, vi pasar una vaca volando.

Sí el mundo es complicado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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