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El Legado - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Capítulo 40 Fin tomo 1
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40: Capítulo 40 [Fin tomo 1] 40: Capítulo 40 [Fin tomo 1] (Punto de vista de Lexo) Regresar a Villa Serena después del circo ambulante que fueron aquellos días en la Aldea Cuatro Caminos tuvo el efecto calmante de un hermoso baño tibio…

justo antes de que me arrojaran un balde de agua helada lleno de responsabilidades y asuntos familiares.

Pero oye, al menos la casa olía bien.

A mamá y sus hierbas, a papá y su olor a “guardia honesto que no acepta sobornos de su hijo (probablemente)”, a Borin y su sutil aroma a hidromiel rancio, y ahora, a ese toque casi imperceptible de “vacío espacial con posibles notas amargas” que parecía seguir a Urso.

Sí, definitivamente hogar, dulce hogar.

La normalidad relativa era como esa manta vieja y cómoda que sabes que está llena de agujeros, pero te sigue gustando.

Y entonces, el universo decidió recordarme que mi vida era cualquier cosa menos normal: cumplí seis años.

Seis vueltas al sol en este planeta con magia, monstruos raros y parientes con poderes cósmicos y dudosas intenciones.

La “fiesta” fue una versión casera y menos concurrida de la cena interrumpida por mi abuelo.

Patio trasero, sol de la tarde, la misma pandilla de protectores/tutores/causantes de caos.

Papá, Mamá, Borin (luciendo sospechosamente orgulloso de sí mismo, probablemente había logrado no ofender a nadie ese día), Lyra (observando una abeja con interés científico), Kael (cuya presencia era más una sugerencia que un hecho), Lila (un torbellino de coletas y preguntas sobre por qué los árboles no hablaban), Pietro (ya inmerso en un pergamino que parecía datar de la Edad de Bronce), y por supuesto, Urso, plantado junto a la pared como el monolito enmascarado más elegante y probablemente letal del mundo.

El alcalde y su esposa hicieron una aparición cameo para dejar un pastel gigantesco (Magnus el panadero claramente seguía intentando evitar que Borin hablara con su hija…

Y quizás también quería deshacerse de un excedente de producción) y luego se retiraron discretamente, quizás intuyendo que las celebraciones familiares de Yo & Asociados tendían a escalar de manera impredecible.

El ambiente era…

agradablemente tenso.

Como una comida familiar donde todos saben que alguien va a sacar a relucir esa vieja deuda o a pelearse por los terrenos de la abuela, pero por ahora, todos sonríen y se pasaban la ensalada.

Borin contaba su versión épica de la “derrota” de los bandidos, donde él solo, con una ramita como arma, los había hecho huir despavoridos (curiosamente, omitió al hombre del delantal rosa y el cucharón).

Lila intentaba explicarle a Pietro la compleja estructura social de sus muñecas, mientras él murmuraba algo sobre “patrones matriarcales en sociedades simuladas de baja complejidad”.

Era casi entrañable y hasta me sacaban una sonrisa.

Luego, comenzó el desfile de regalos, cada uno reflejando perfectamente la personalidad (o la falta de ella) del donante: Papá: Una espada corta de cobre, tamaño niño, con nuestro “escudo familiar” improvisado grabado, donde podía verse medio dibujo de una flama y la otra mitad con rayos de luz.

“Para que aprendas a usarla como es debido, campeón”, dijo, con ese brillo de orgullo paternal que casi me hacía olvidar que probablemente podría partirme en dos con una cuchara de postre.

“Y recuerda, la seguridad primero.

No queremos más hachas en la cocina.” (Mirada significativa a Borin).

Mamá: Un cristal azul pálido en un cordón.

“Para tus meditaciones, mi pequeño torbellino”, murmuró, acariciándome el pelo.

“Te ayudará a enfocar esa energía caótica tuya.

Y quizás a limpiar un poco ese núcleo tuyo, que parece el fondo de una chimenea olvidada.” Su sonrisa era dulce, pero sus ojos decían: Más te vale usarlo.

Borin: ¡El jabalí de piedra!

¡Lo había conseguido!

Aparentemente, el trato final involucró “servicios de desratización bárbara” para la tienda del vendedor.

Junto a lo que fuera eso (que ahora ocupaba un lugar de honor en el porche, asustando a los carteros), me dio una pequeña piedra de afilar.

“¡Para que siempre estés listo!

¡Un guerrero sin filo es como…

como un pastel sin hidromiel!” Su lógica era impecable.

Lyra: Una caracola marina pulida, grande y hermosa.

“El océano guarda secretos antiguos, pequeño Lexo”, explicó con su sabiduría élfica.

“Escucha su eco y recuerda la vastedad del mundo…

y lo fácil que es perderse si no prestas atención a las corrientes.” Un regalo poético y probablemente una advertencia sutil sobre mi tendencia a meterme en líos.

Kael: Un paquetito sospechosamente ligero.

Dentro, un juego de ganzúas de práctica creadas con madera y hueso.

“Para la agilidad mental y digital”, dijo con un guiño.

“Abre puertas, abre mentes…

o al menos, abre esa caja de galletas que tu madre esconde encima del armario.” Junto a ellas, un mapa dibujado a mano.

“¿Tesoro?” pregunté, esperanzado.

“El mejor árbol de manzanas del reino”, respondió.

“Casi tan valioso como el oro, si sabes cuándo cosechar.” Práctico, como siempre.

Pietro: Un cuaderno grueso y varios lápices de carbón.

“Documentación, Lexo.

La clave del progreso científico y mágico reproducible”, sentenció, ajustándose las gafas.

“Registra cada parámetro de Chronos.

Duración, coste, efectos subjetivos, anomalías olfativas…

todo.

Y te traje ‘Tractatus magico-philosophicus, Volumen I’.

Una lectura ligera para empezar.” Lectura ligera, pensé.

Claro, Pietro.

Lila: Un dibujo vibrante hecho con lo que parecían ser bayas machacadas.

Representaba una figura alta y enmascarada (Urso, supuse) golpeando a un montón de monigotes con un cucharón gigante, mientras dos figuras más pequeñas (nosotros) aplaudían.

Arte moderno en su máxima expresión.

También me dio una piedra muy lisa.

“¡Brilla si la mojas!”, anunció.

Probablemente mi regalo favorito.

Y entonces, llegó el momento estelar de Urso.

Se adelantó silenciosamente, sosteniendo una bandeja de plata reluciente (¿cuántas de esas tenía?).

Sobre la bandeja, humeando deliciosamente, había una montaña de mis galletas de avena favoritas, horneadas a la perfección.

El calor que emanaban era intenso; la propia bandeja brillaba con un tenue resplandor anaranjado, como si acabara de salir de la forja de un volcán.

Urso, impasible tras su máscara, sostenía la bandeja al rojo vivo con sus manos desnudas (bueno, enguantadas, pero aun así), sin mostrar la menor señal de incomodidad.

Asintió en mi dirección, ofreciéndome la primera galleta.

Un poco calientes, amigo.

admití para mis adentros mientras cogía una (con mucho cuidado), tener un asistente espacial superpoderoso con resistencia térmica absurda tiene sus ventajas culinarias.

Más tarde, llegaron los paquetes “oficiales”.

Tío Valerius envió un manual sobre “Defensa Estratégica contra Entidades Extraplanares” (lectura para dormir, seguro) y la nota habitual: “Cuerda.

Cada.

Noche.

-V.” Abuelo Gustav fue más…

directo.

Un juego de muñequeras de entrenamiento hechas de un metal pesado que parecían absorber mi maná para aumentar su resistencia, y una tarjeta con una sola frase: “Nieto querido: El poder es una herramienta.

Domínala, o te dominará a ti.

Espero resultados.

-G.” Motivación a través de la intimidación.

Un clásico familiar, al parecer.

Mientras el sol se despedía pintando el cielo de tonos imposibles, papá y mamá me dieron la noticia oficial sobre la escuela, con el tono de quien anuncia una sentencia cuidadosamente negociada.

Sí, iría.

Pero con más escolta que un rey en territorio enemigo.

Kael y Lyra harían de “estudiantes de intercambio cultural” (discretos como ellos solos, seguro), Urso sería mi “tutor personal asignado por el Gremio”, y Borin vigilaría desde un poco más lejos (probablemente desde la taberna más cercana).

Era un compromiso, una forma de cumplir las reglas sin dejarme realmente solo.

Acepté.

Era eso o la prisión domiciliaria perpetua.

Esa noche, después de que la casa finalmente se calmara y solo quedara el eco de los ronquidos de Borin, salí al patio.

La luna llena me observaba, testigo silenciosa de mi extraña vida.

Miré a mi peculiar familia a través de la ventana iluminada.

Protectores, mentores, amigos, fuentes constantes de caos y cariño.

Eran mi ancla en este mundo tan loco.

Pero sabía que mi camino se separaba de este pueblo donde nací, al menos en parte.

La escuela, los secretos, el poder…

Me acerqué al borde del patio, mirando el camino oscuro que serpenteaba fuera de Villa Serena.

Hacia aquella aldea, los seis años que vendrían.

¿Qué aprendería realmente allí?

¿Cómo ocultaría mis secretos?

¿Encontraría respuestas o solo más preguntas?

La emoción nerviosa luchaba contra mi humor habitual.

Seis años fingiendo ser un niño normal mientras aprendo a tejer cestas y evito explosiones temporales accidentales, pensé con ironía.

Suena como un plan infalible.

Allá voy, mundo…

prepárate para la decepción.

Fue entonces cuando sentí una intensa vibración.

Provenía del reloj de bolsillo que me había regalado mi tío, el cual colgaba bajo mi camisa.

Lo saqué instintivamente.

Se sentía extrañamente cálido, como si hubiera pasado el día bajo el sol.

Las manecillas, que siempre habían sido un ejemplo de precisión puntual (gracias a mi diligencia de darle cuerda todas las benditas noches), ahora giraban como locas, en un borrón dorado que desafiaba la física y la realidad misma.

El metal quemaba en mi palma.

La vibración se intensificó, un zumbido que resonó en mis huesos, y el mundo a mi alrededor perdió su solidez.

Los colores se desvanecieron, los sonidos se apagaron, todo se fundió en un blanco cegador y opresivo.

Estaba flotando.

De nuevo.

En la nada blanca.

Oh, genial, pensé con fastidio.

¿Otra intervención divina no solicitada?

¿Eos necesita más galletas?

Pero la figura que se materializó frente a mí no era aquella diosa juguetona.

Era, más bien, inesperadamente extraña.

Parecía un conejo.

Alto, delgado, vestido con un traje de arlequín de rombos rosas y negros que chocaba violentamente con el pelaje circundante.

Llevaba gafas diminutas sobre su nariz rosada y consultaba un reloj de cadena con una expresión de profundo aburrimiento.

“Vaya, por fin”, dijo el conejo, su voz era un siseo sarcástico, con un aire de hastío existencial.

“Ya era hora.

Algunos tenemos horarios que cumplir, ¿sabes?

No todos podemos permitirnos el lujo de flotar existencialmente después de una fiesta de cumpleaños.” Me miró de arriba abajo con sus ojos rosados y astutos.

“Tú debes ser el ‘Legado Anómalo’.

Francamente, esperaba algo más…

imponente.

O al menos, menos cubierto de migas de galleta.” Parpadeé.

“¿Un conejo arlequín parlante y sarcástico?” “Observador”, replicó el conejo con un suspiro exagerado.

“Sí, sí, conejo, arlequín, parlante, irresistiblemente sarcástico y actualmente muy retrasado en mi agenda gracias a la tardanza de alguien, quien prefiero no nombrar, pero se tardó una eternidad en activar este trasto.” Señaló mi reloj con un gesto de desdén.

“En fin, menos charla, más movimiento.

Hay un universo delante esperándonos y el Gato Sonriente odia esperar.

¡Vamos, vamos!” Se dio la vuelta con una pirueta ridícula y saltó hacia un desgarro en la blancura, un agujero que palpitaba con colores imposibles y olía vagamente a té de manzanilla y confusión.

Miré aquella distorsión especial con leve sospecha, luego la blancura en la que me encontraba, volví a observar mis manos (aún con alguna miga) y sonreí con ironía.

Un conejo rosa de arlequín.

Un Gato Sonriente.

Más locuras cósmicas.

Suspiré, el caos que me persigue había aumentado un nivel.

Supongo que la escuela de oficios deberá esperar.

Prioridades, Lexo.

Y con la resignación de alguien el cuál ya sabía que su vida acababa de dar otro giro hacia lo completamente bizarro, me lancé tras el conejo saltando dentro de ese agujero lisérgico.

“¡¡¡ALIIIICIAAAA!!!” (Fin del Tomo 1)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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