Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Legado - Capítulo 41

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Legado
  4. Capítulo 41 - 41 Capítulo 395 Extra 01
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

41: Capítulo 39.5 [Extra 01] 41: Capítulo 39.5 [Extra 01] (Punto de vista: Pietro Varrone) El zumbido de la multitud poco a poco se desvanecía, mientras el olor acerado del metal golpeado por el herrero empezaba a ser reemplazado por el aroma dulzón del sol que venía desde el poniente.

Una cacofonía de regateos, risas y demostraciones de oficios había dado paso a un silencio casi inquietante.

Levanté la vista del intrincado mapa de rutas comerciales pre-Gremio que había adquirido (a un precio, debo admitir, bastante razonable tras señalar un par de inconsistencias cartográficas flagrantes al vendedor), y mi ceño analítico se frunció.

Anomalía detectada.

Los parámetros ambientales habían cambiado drásticamente.

La densidad de población había disminuido en un estimado 98.7%.

El nivel de ruido circunstancial había caído por debajo del umbral de significancia estadística.

Y, lo más preocupante, el conglomerado de auras caóticas pero familiares que constituían la unidad escolta de Lexo (incluyendo la perturbadora nulidad enmascarada conocida como Urso) había desaparecido por completo del rango perceptible inmediato.

Mi procesador mental interno (como me gustaba referirme a mi cerebro) llegó a una conclusión lógica e inevitable: me habían olvidado.

No hubo pánico.

El pánico es una respuesta emocional ineficiente ante una situación logística adversa.

Simplemente experimenté una oleada de leve irritación.

¡La falta de protocolos adecuados de confirmación de personal antes de la partida era inaceptable!

Habría que redactar un memorándum para el Capitán Garen sobre la implementación de procedimientos de recuento más rigurosos para futuras expediciones.

Pero primero, el problema inmediato: el transporte.

La Gran Aldea de los Cuatro Caminos estaba a dos semanas de viaje a pie de Villa Serena.

Una opción inaceptable por su ineficiencia temporal y exposición a variables no controladas (bandidos de bajo nivel, fauna local, condiciones meteorológicas adversas).

Necesitaba una solución más pragmática.

Fue entonces cuando mi aguzado sentido del olfato (afinado por años de identificar el moho en pergaminos antiguos) detectó un aroma familiar y reconfortante: pan recién horneado, con un distintivo toque de miel quemada y la leve acidez de la masa madre.

Giré sobre mis talones y allí estaba: Magnus, el panadero de Villa Serena, terminando de cargar su robusto carro con sacos de harina y varias cajas cuidadosamente envueltas.

Su rostro rubicundo estaba salpicado de harina, y murmuraba para sí mismo sobre la “calidad inconsistente de la levadura silvestre en esta región”.

Me acerqué con la debida formalidad, ajustándome las gafas que, como siempre, amenazaban con deslizarse por mi nariz.

“Maestro Panadero Magnus, saludos.

Percibo que sus actividades comerciales en esta localidad han concluido.” Magnus se sobresaltó, casi dejando caer un saco de harina.

Me miró de arriba abajo, sus pobladas cejas enharinadas arqueándose.

“¿Pietro?

¿El pequeño sabelotodo amigo de Lexo?

¿Qué demonios haces todavía aquí?

Pensé que te habías ido con esa banda de locos hace horas.” “Se ha producido un error en la coordinación logística de mi unidad de transporte designada”, expliqué con precisión.

“Como resultado, requiero un medio alternativo para regresar a Villa Serena.” Magnus soltó un resoplido que levantó una pequeña nube de harina.

“¡Error logístico, dice!

¡Con esa gente, me sorprende que no hayan olvidado también sus cabezas!

¡Son un torbellino todos, cada uno y sus…

agregados!” Se secó el sudor (y más harina) de la frente.

“Bueno, supongo que la suerte te sonríe, muchacho.

Justo me dirijo a Villa Serena.

El alcalde me hizo un pedido especial urgente.” Hizo una mueca.

“Una tarta de cumpleaños de tres pisos de galleta con glaseado de crema de mantequilla, manzanas y la forma exacta del escudo de Quintus.

¡Como si fuera fácil!

¡Para el cumpleaños del pequeño Lexo, nada menos!

Parece que el alcalde quiere ganarse puntos con la familia.” Una tarta para mi mejor amigo.

Interesante.

Eso explicaba la urgencia.

“Entendido, Maestro Magnus.

En ese caso, ¿sería permisible solicitar acomodo en su vehículo de transporte a cambio de, quizás, asistencia en la optimización de la distribución de la carga para maximizar la estabilidad y minimizar el estrés estructural del eje?” Magnus parpadeó.

“¿Optimizar la qué?

Mira, muchacho, puedes venir si quieres.

Pero no toques mis sacos de harina, no intentes ‘mejorar’ mi receta secreta de masa madre, y si empiezas a hablar de ‘jurisprudencia sobre derechos de crecimiento radicular’ como te escuché la otra vez, te bajo en mitad del camino.

¿Entendido?” Asentí solemnemente.

“Términos aceptables.” El viaje de regreso fue…

una experiencia educativa de índole diferente.

El carro de Magnus olía intensamente a levadura, harina y trabajo honesto.

Rebotaba en cada bache del camino con una falta de suspensión que habría hecho llorar a cualquier ingeniero.

Me senté sobre un saco de harina (tras analizar su densidad y capacidad de carga, por supuesto), mi preciado mapa pre-Gremio cuidadosamente guardado, y observé.

Magnus era un hombre de rutinas sencillas y opiniones firmes.

Se quejaba del clima, del precio del trigo, de los guardias que le cobraban peaje (injustamente, según él), y de la creciente popularidad del pan de molde industrializado (“¡Eso no es pan, es aire con corteza!”).

Intenté iniciar una conversación sobre las implicaciones económicas a largo plazo de la producción artesanal frente a la industrial, pero me cortó con un gruñido y me ofreció un bollo ligeramente quemado.

(“Coma, muchacho, pareces hecho de alambre y libros viejos”).

El bollo, debo admitir, era empíricamente delicioso a pesar de su imperfección estética.

En un momento dado, una de las ruedas del carro empezó a hacer un ruido preocupante.

Magnus se bajó a inspeccionarla, maldiciendo en voz baja.

Yo, aplicando principios básicos de física y análisis de estrés de materiales, identifiqué rápidamente una tuerca floja y un ligero desequilibrio en la carga trasera.

Le indiqué el problema con precisión.

Magnus me miró con sorpresa, apretó la tuerca con una llave inglesa enorme, redistribuyó un par de sacos según mis cálculos, y el ruido cesó.

“Vaya”, murmuró, rascándose la cabeza enharinada.

“Eres un pequeño diablillo listo, ¿eh?

Quizás no seas tan inútil después de todo.” Fue el mayor cumplido que recibí en todo el viaje.

Finalmente, tras dos semanas que parecieron mucho más largas debido a la falta de estímulo intelectual avanzado (aunque aprendí bastante sobre los diferentes tipos de hongos que pueden afectar a la harina de centeno), llegamos a Villa Serena.

El sol se ponía, pintando el cielo con los mismos tonos anaranjados y púrpuras que había visto la noche de mi partida…

o más bien, de mi “no partida”.

El carro se detuvo frente a casa.

Mi abuela fue la primera en verme, dándome un fuerte abrazo.

“¡Pietro!

¡Cariño!

¿Dónde estabas?” El Capitán Garen, quien parecía estaba tomando nota de todo lo ocurrido, se acercó, rascándose la nuca con aire avergonzado.

“¡Ah, Pietro!

¡Mil disculpas!

Hubo un pequeño…

eh…

descuido en el recuento al salir de Cuatro Caminos.

Me alegro de que encontraras cómo volver.” Suspiré internamente.

Descuido.

Una palabra inadecuada para describir una falla sistémica en los protocolos de viaje.

Pero decidí no iniciar una conferencia sobre gestión de riesgos en ese momento.

Simplemente me ajusté las gafas.

“El Maestro Panadero Magnus proveyó transporte”, expliqué con calma.

“A cambio de consultoría sobre optimización de carga vehicular.” Magnus, que estaba terminando de acomodar todo en el asiento que ahora ya estaba vacío resopló.

“Sí, claro.

‘Consultoría’.” Guiñándome un ojo amistosamente, a la vez que se despedía con una mano.

Había sido un desvío inesperado, pero instructivo.

Y al menos, no me perdería el pastel y el cumpleaños.

Aunque tendría que asegurarme de que Urso recibiera una copia de mi propuesto protocolo de verificación de pasajeros antes de nuestro próximo viaje.

La eficiencia, después de todo, era primordial.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo