El Legado - Capítulo 42
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42: Capítulo 39.6 [Extra 02] 42: Capítulo 39.6 [Extra 02] (Punto de vista: Lyra) El tiempo, para mi pueblo, fluye como un río majestuoso y profundo, sus corrientes lentas pero inexorables, erosionando montañas y puliendo piedras a lo largo de incontables estaciones.
Para los humanos, sin embargo, parece ser un torrente apresurado, un parpadeo febril entre el nacimiento y el olvido.
Y para el pequeño Lexo…
el tiempo era algo completamente diferente, una herramienta caprichosa, un aroma dulce y peligroso que se adhería a su aura como el polen de una flor primaveral.
Su sexto ciclo solar se acercaba, un hito insignificante en la escala élfica, pero un evento de considerable importancia en su corta y tumultuosa existencia.
Era costumbre, incluso entre los efímeros humanos, marcar tales ocasiones con obsequios, símbolos de afecto o guía.
Garen y Elara se encargarían de lo práctico y lo protector.
Borin, sin duda, regalaría algo ruidoso o puntiagudo.
Kael optaría por lo sutilmente útil o directamente críptico.
Mi contribución, decidí, debía ser un puente hacia el mundo más vasto, un recordatorio de la belleza y la profundidad que existen más allá de los límites de su pequeña aldea y sus crecientes problemas.
Una caracola del Gran Océano.
Un fragmento de la canción eterna del mar.
Mi problema logístico era algo esperable.
El Gran Océano se encontraba a varios días de viaje hacia el oeste, a través de rutas costeras que, aunque pintorescas, no siempre eran seguras.
Y mis actuales compañeros de “escolta” no eran precisamente el grupo ideal para una misión delicada de recolección de conchas.
Borin consideraría las olas un desafío personal y probablemente intentaría luchar contra la marea.
Kael se dedicaría a “adquirir” perlas de las ostras locales sin permiso.
Necesitaba un acompañante…
diferente.
Fue entonces cuando mi mirada recayó en Urso.
El asistente enmascarado del Gran Maestre Gustav.
Una entidad de poder espacial considerable y silencio absoluto.
Intrigante.
Y, crucialmente, asignado a la protección y servicio de Lexo.
Argumenté (con la lógica élfica más serena que pude reunir) ante Garen y Elara que un viaje a la costa para obtener un “componente natural con propiedades calmantes y estabilizadoras” (la caracola) beneficiaría directamente el bienestar del niño, y que la presencia de Urso garantizaría la máxima seguridad y eficiencia.
Sorprendentemente, aceptaron, quizás aliviados de tenerme ocupada lejos de las discusiones sobre la escuela por un par de días.
Así comenzó nuestra improbable expedición: Yo, Lyra, la elfa milenaria, y él, Urso, un enigma enmascarado.
Comunicarme con Urso era un ejercicio de observación sutil.
No hablaba, ni siquiera asentía o negaba con la cabeza de forma convencional.
Respondía a preguntas directas con un ligero cambio en su postura, una inclinación casi imperceptible de la máscara, o simplemente…
actuando.
“Urso,” dije mientras nos preparábamos para partir, señalando un pequeño saco de viaje que había preparado.
“Necesitaremos provisiones básicas.” Sin una palabra, Urso extendió una mano.
El espacio junto a él se plegó sobre sí mismo por un instante con un olor amargo casi imperceptible, y una cesta de viaje perfectamente equipada apareció en su lugar, conteniendo raciones de viaje compactas, agua purificada y…
¿un delantal rosa con volantes cuidadosamente doblado?
Levanté una ceja.
Urso permaneció inmóvil.
Aparentemente, el delantal era parte de su equipamiento estándar ahora.
Decidí no preguntar.
El viaje a la costa fue muy eficiente.
Urso no caminaba; se deslizaba a través del espacio.
Daba un paso, y el paisaje a su alrededor se desenfocaba y recomponía instantáneamente varios metros más adelante.
Intentar seguirlo a pie era inútil.
Simplemente me ofrecía una mano enguantada, y con un ligero tirón que retorcía la realidad, estábamos kilómetros más allá.
Llegamos a la costa en lo que normalmente habría tomado tres días de viaje a caballo antes de que el sol alcanzara su cenit.
Era desconcertante y extrañamente estimulante.
La costa era salvaje y hermosa.
Acantilados azotados por el viento caían sobre playas de arena blanca salpicadas de rocas oscuras y bañadas por olas turquesas que rompían con un rugido constante.
El aire salado llenaba mis pulmones, un bienvenido cambio del aroma terroso del bosque.
“Necesito encontrar la caracola perfecta,” le expliqué a Urso, señalando la línea de la marea.
“Una que haya sido pulida por el tiempo y las olas, que contenga la verdadera voz del océano.” Comencé mi búsqueda, caminando por la orilla, mis sentidos élficos sintonizados con las sutiles energías de la arena y el mar.
Urso me seguía a una distancia respetuosa, su figura oscura un extraño contraste con la brillante luz del sol y la espuma blanca.
Fue entonces cuando surgieron los problemas.
Al parecer, esta sección particular de la costa era el territorio de caza de una colonia de Carcinus Rex, o Cangrejos Reyes Acorazados.
Criaturas del tamaño de pequeños ponis, con caparazones gruesos como la piedra y pinzas capaces de partir un escudo de madera.
Emergieron de las olas y las grietas de las rocas, atraídos por nuestra presencia, sus múltiples ojos negros fijos en nosotros.
Rango D+, quizás C- individualmente, pero peligrosos en grupo.
Saqué mi arco, preparando una flecha de agua presurizada.
Pero antes de que pudiera tensar la cuerda, el enmascarado actuó.
Se puso el delantal rosa.
Parpadeé, confundida.
¿Era algún tipo de ritual de batalla desconocido?
Luego, de un bolsillo dimensional (supuse), sacó…
una espátula de metal y una sartén de hierro fundido de tamaño considerable.
Parece que esta vez se lo tomará más en serio que contra aquellos bandidos del otro día, pensé.
Sin esperar, los Cangrejos Reyes cargaron furiosos, elevando sus pinzas y chasqueando amenazadoramente.
Urso se encontró con el primero con una velocidad que desmentía su tamaño.
Usó la sartén como un escudo improvisado (¡CLANG!), desviando una pinza que buscaba aplastarlo.
Luego, con un movimiento fluido y preciso, deslizó la espátula bajo el cangrejo y, con una fuerza increíble, lo volteó sobre su espalda, dejándolo pataleando inútilmente en la arena.
Repitió la maniobra con los siguientes tres cangrejos con la misma eficiencia absurda: sartén para bloquear, espátula para voltear.
Era…
extrañamente hipnótico.
Y completamente ridículo.
Un cangrejo más grande intentó flanquearlo.
A lo cual mi compañero, sin siquiera mirar, lanzó la sartén como un disco.
Giró en el aire y golpeó al cangrejo en un costado con un impacto metálico que lo hizo tambalearse y retirarse hacia el mar.
Luego, la sartén regresó a la mano de Urso como si estuviera atada a un hilo invisible (¿más manipulación espacial?).
En menos de un minuto, la playa estaba despejada, salvo por media docena de Cangrejos Reyes volteados y confundidos.
Urso se quedó allí, sartén en una mano, espátula en la otra, delantal rosa ondeando suavemente con la brisa marina.
Luego, con calma, volvió a guardar sus “armas” y se quitó el delantal.
Lo miré, incrédula.
“¿Utensilios de cocina?”, fue todo lo que pude articular.
Él inclinó ligeramente su máscara.
Entendí el mensaje implícito: Son herramientas eficientes para la tarea asignada.
Sacudí la cabeza, una pequeña sonrisa escapando de mis labios.
Este viaje era definitivamente más extraño de lo que había anticipado.
Continué mi búsqueda, encontrando finalmente la caracola perfecta: grande, iridiscente, con el peso del océano en su espiral.
Mientras admiraba mi hallazgo, noté que Urso estaba examinando uno de los cangrejos volteados con lo que parecía…
¿interés culinario?
Luego miró hacia el mar, luego de nuevo al cangrejo.
“Urso,” dije con cautela.
“Esas criaturas no son…
comestibles.
Su carne es tóxica.” Él me miró, luego señaló hacia el mar, y luego hizo un gesto como de recoger algo del agua y llevárselo a la boca (o donde estaría su boca debajo de la máscara).
Me llevó un momento entender.
“¿La avena?
¿Crees que la avena para las galletas de Lexo viene del mar?” Urso ladeó la cabeza, un gesto que claramente indicaba confusión.
Sonreí.
“No, Urso.
La avena es un grano.
Crece en campos, en la tierra.
Como el trigo para el pan.” Hice un gesto hacia la tierra firme.
“No tiene nada que ver con los peces o los cangrejos.” Hubo una larga pausa.
Podía casi sentir los engranajes lógicos trabajando detrás de la máscara impasible.
Luego, ya satisfecho por alguna razón que desconozco, se irguió y miró fijamente hacia el exterior, como si acabara de descubrir un continente perdido en su propia comprensión del mundo.
El viaje de regreso fue tan rápido y eficiente como la ida, aunque sentí que Urso estaba un poco más…
pensativo.
Llegamos a Villa Serena con tiempo de sobra para el cumpleaños de Lexo.
Entregué la caracola, un pequeño pedazo del vasto y misterioso océano para un niño cuyo propio potencial era igualmente vasto y misterioso.
Y mientras observaba a Urso reanudar su estoica vigilia, no pude evitar preguntarme qué otras ideas erróneas sobre el mundo cotidiano albergaría detrás de esa misteriosa máscara.
Quizás la próxima vez le explicaría que el arroz no viene de las nubes.
Sería educativo…
Para ambos.
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