El Legado - Capítulo 43
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43: Capítulo 39.7 [Extra 03] 43: Capítulo 39.7 [Extra 03] (Punto de vista: Garen) El sol de la tarde empezaba a descender, tiñendo de naranja las paredes del puesto de guardia.
Había sido un día inusualmente tranquilo en Villa Serena.
Demasiado tranquilo.
Mi instinto, afilado por años de batallas y emboscadas, me decía que la calma a menudo precede a la tormenta.
O, en este caso, a la estupidez.
Un sonido metálico repetitivo rompió el silencio.
Clang…
shiiing…
clang…
Provenía del patio de entrenamiento trasero.
Fruncí el ceño.
Se suponía que Thom, el joven guardia de turno, estaba limpiando las armas, no haciendo ruido.
Dejé mi té y me asomé por la ventana trasera.
Tal como sospechaba, no estaba trabajando.
Posaba allí con su lanza de práctica de madera.
Pero no hacía aquellos ejercicios básicos que le había enseñado.
Ahora se movía con una fluidez nueva, sus paradas eran precisas, sus estocadas rápidas.
Y frente a él, apenas visible si no sabías dónde mirar, estaba Kael, con dos simples dagas de madera, deslizándose como humo, probando la defensa de Thom, desviando su lanza con toques mínimos, a la vez que le indicaba correcciones que apenas llegaban a mis oídos, aun así, parecían divertirse.
Suspiré.
Por un lado, me alegraba ver a Thom esforzándose por mejorar.
Tenía madera de buen guardia.
Por otro lado, Kael como instructor era como pedirle a un zorro que cuidara el gallinero.
Sus métodos eran…
poco ortodoxos, por decir lo menos.
Y se suponía que Thom estaba limpiando el armero.
Decidí intervenir antes de que Kael le enseñara a Thom cómo desarmar a alguien usando solo un botón de camisa.
Por lo que salí al patio tratando de mantenerme tranquilo, comprimiendo mi presencia para evitar me notaran.
“Veo que el armero ya está reluciente, ¿verdad, Thom?”, pregunté con una calma calculada.
Ambos se congelaron.
Thom se puso rígido como una tabla, la lanza de madera temblando ligeramente en sus manos.
“Ca-Capitán…
yo…
estábamos…” “Revisando la integridad estructural del equipo de entrenamiento, Garen”, intervino Kael suavemente, guardando sus dagas de madera en el cinturón con una fluidez exasperante.
“Una práctica esencial para garantizar la seguridad de nuestros valientes guardias.” “Ah, la ‘integridad estructural'”, repetí, arqueando una ceja.
“Curioso.
Parecía más bien un duelo privado en horario de servicio.” Les lancé una mirada severa.
“Ya que ambos tienen tanta energía de sobra para ‘revisiones estructurales’, quizás les apetezca una evaluación de desempeño más…
exhaustiva.” Desenvainé mi propia espada pesada de cobre laminado.
“Demuéstrenme lo que han aprendido.
Los dos contra mí, ahora.” Thom palideció visiblemente.
Kael, sin embargo, sonrió, y esta vez, la sonrisa no era solo burlona.
Eran los ojos de un depredador que huele a su presa.
“Con gusto, Capitán.
Jugaremos en serio, ¿cierto?
Ha pasado mucho tiempo.” Sentí una vieja chispa encenderse en mi interior.
La sangre del guerrero, nunca del todo dormida.
Asentí lentamente.
“Como quieran.
Pero aténganse a las consecuencias.
¡Prepárense!” Y entonces, el patio dejó de ser un simple espacio de entrenamiento.
El aire alrededor de mi espada se onduló y estalló en llamas.
No el naranja controlado que usaba para intimidar, sino un azul celeste intenso, casi blanco en el centro.
El calor era palpable, el aire crepitaba, y volutas de vapor se elevaban del suelo húmedo a mi alrededor mientras mi aura de Fuego se manifestaba plenamente.
Kael dejó escapar una risa corta y emocionada.
Dejó caer las dagas de madera.
“¡Eso me gusta más!” Extendió las manos, y el viento respondió a su llamado.
El aire a su alrededor se arremolinó, levantando polvo y hojas secas.
Pequeños tornados, no más grandes que mi puño, se formaron en sus palmas, girando a una velocidad increíble.
Luego, con un gesto rápido, lanzó los tornados hacia mí.
En pleno vuelo, el aire comprimido se solidificó momentáneamente, transformándose en dagas translúcidas de puro viento que silbaban hacia mí con intención letal.
Thom, inspirado por la demostración (o quizás simplemente aterrado), plantó su lanza de madera en el suelo.
Cerró los ojos y el frío se apoderó del patio.
El agua de un charco cercano se congeló instantáneamente.
La humedad del aire se condensó y se adhirió a su lanza de madera, capa sobre capa, hasta que ya no era madera, sino una lanza sólida de dos metros de hielo azulado y reluciente, que irradiaba un frío que calaba los huesos.
¡Fuego, Aire y Hielo!
La “práctica sutil” se había convertido en una batalla campal elemental en toda regla.
“¡Ahora!”, gritó Kael.
Las dagas de viento llegaron primero, una docena de ellas desde diferentes ángulos.
Me moví, mi espada de fuego azul dejando estelas incandescentes en el aire mientras desviaba y disipaba los proyectiles aéreos.
Cada impacto creaba una pequeña explosión de aire caliente y viento disipado.
Mientras estaba ocupado con las dagas, Thom cargó.
Su lanza de hielo era pesada, poderosa.
Cada estocada buscaba congelar, cada barrido amenazaba con romper mis huesos con el impacto helado.
Choqué mi fuego contra su hielo.
¡Vapor!
Nubes densas y siseantes llenaron el lugar, ocultándonos momentáneamente.
Era una lucha de voluntades elementales, calor contra frío, la mi espada humeando bajo las llamas, el hielo de su lanza agrietándose y reformándose con cada parada.
Kael usó el vapor como cobertura.
Desapareció y reapareció a mi lado, esta vez con un torbellino más grande formándose a su alrededor, amenazando con atraparme y desgarrarme.
Tuve que liberar una onda de Fuego expansiva para repelerlo, sintiendo el tirón en mi núcleo.
La pelea fue reñida, un caos espectacular de elementos chocando.
Esquivé una lluvia de carámbanos afilados que Thom hizo llover desde arriba, paré una ráfaga de viento cortante de Kael que casi me arranca la capa, y respondí con columnas de fuego que los obligaron a separarse y buscar cobertura detrás de los (ahora muy dañados) postes de entrenamiento.
Estaban mejorando.
Thom mostraba un control del Hielo sorprendente, crudo pero potente.
Kael era tan letal y esquivo como siempre, usando el Aire con una creatividad mortal.
Me estaban presionando de verdad.
Una sonrisa genuina se dibujó en mi rostro.
¡Esto es vida!
Quizás me dejé llevar un poco.
En un momento de concentración total, mientras paraba una estocada de hielo particularmente viciosa de Thom y simultáneamente disipaba un vórtice de viento de Kael, canalicé demasiado Fuego.
Mi espada brilló con una intensidad blanca cegadora, y una ola de calor puro barrió el patio.
El hielo de Thom se evaporó instantáneamente con un sonido como el de mil teteras hirviendo.
El propio Thom salió despedido hacia atrás por la onda de choque térmica, aterrizando con un “¡Auch!” en un montón de heno convenientemente ubicado (o quizás Kael lo puso allí con el viento, nunca se sabe).
Kael, atrapado por la misma onda expansiva, fue lanzado contra la pared del puesto de guardia con un golpe sordo que hizo vibrar la estructura.
Se deslizó hasta el suelo, dejando una marca con forma de Kael en la madera.
Y yo…
bueno, el retroceso de liberar tanta energía de golpe me hizo perder el equilibrio y tropecé hacia atrás, chocando espectacularmente contra el abrevadero de los caballos, que se partió en dos con un crujido lastimero, empapándome de agua fría y maloliente.
Nos quedamos allí los tres, tirados en diferentes partes del patio, jadeando, doloridos, y en mi caso, apestando a caballo mojado.
El silencio que siguió fue ensordecedor, roto solo por el goteo del agua del abrevadero roto.
“Bueno…”, jadeó Kael desde el suelo, frotándose la cabeza.
“…creo que…
la integridad estructural…
necesita revisión…
ahora.” Thom solo gimió desde su montón de heno.
Me levanté con dificultad, chorreando agua y oliendo a establo.
Los miré.
Luego miré el patio destrozado.
El suelo quemado y congelado en parches, el abrevadero roto, la marca de Kael en la pared…
Suspiré.
“De acuerdo”, dije, mi voz ronca.
“Lección aprendida.
Los tres…
a la clínica de Elara.
Ahora.” Cojeando y apoyándonos unos en otros, nos dirigimos hacia allí.
La perspectiva de enfrentar la mirada tranquila pero increíblemente juzgadora mi esposa mientras curaba nuestras heridas autoinfligidas era casi peor que la pelea misma.
Mientras Elara nos remendaba (a mí con una ceja arqueada por el olor a caballo, a Thom con comentarios sobre la importancia de controlar el frío para evitar la hipotermia inducida por la magia, y a Kael con una advertencia sobre conmociones cerebrales y la necesidad de no usar las paredes como cojines), tomé una decisión ejecutiva.
“Thom,” dije con mi voz de Capitán más severa.
“Por usar magia elemental sin autorización y participar en combate no reglamentado durante horas de servicio…
te serán descontadas dos semanas de sueldo.” El chico asintió miserablemente.
“Y tú, Kael,” continué, mirándolo fijamente.
“Por instigar dicho combate, poner en peligro a un guardia bajo mi mando y, francamente, por ser tú…
tienes prohibido acercarte a menos de diez metros de la guardia durante un mes.
Y le debes a Magnus tres tartas de manzana que acabo de pedir.” Kael abrió la boca para protestar, pero la mirada glacial que le lanzó Elara desde el otro lado de la sala lo silenció al instante.
Había que pagarle con algo a mi señora o sino hoy dormía con Borin en el patio.
Suspiré de nuevo.
Ser Capitán en Villa Serena era definitivamente un trabajo de tiempo completo.
Y a menudo, implicaba curar a mis propios (ex) compañeros de sus estupideces.
Al menos, la tarde ya no fue aburrida.
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