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El Legado - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Volumen 2 Prólogo
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44: Volumen 2: Prólogo 44: Volumen 2: Prólogo (Punto de vista: ???) La arena ardía bajo mis pies descalzos, en un círculo perfecto de polvo dorado y sangre seca bajo un cielo perpetuamente crepuscular.

Cien oponentes.

Cien ecos del poder que yo mismo blandía, pero distorsionados, menores.

Cien usuarios de Chronos, cada uno un fracaso del destino, un intento fallido de replicar un Verdadero Legado, como yo.

Me rodeaban con miedo, en un mar de rostros tensos, auras temporales temblando con intenciones hostiles.

Patético.

Eran los restos de la Guardia Púrpura de Septimus, los custodios autoproclamados del Tiempo, ahora reducidos a gladiadores desesperados en esta arena olvidada en los pliegues del Espacio.

Sus afinidades secundarias eran un mosaico inútil de la situación: lanzas de hielo que se formaban e impactaban contra sus aliados entre vórtices que invocaba delante de ellos, bolas de fuego que chisporroteaban y se extinguían antes de alcanzarme, muros de tierra que se erigían y colapsaban en bucles temporales acelerados con un pestañeo, ráfagas de viento que perdían su fuerza contra mi barrera inmutable.

Usaban Chronos para cambiar sus movimientos, para crear reflejos temporales de sí mismos, para intentar prever mis ataques.

Pobres ilusos, ya habían perdido antes incluso de empezar.

Mi propio núcleo, un sol blanco y puro de poder primordial estabilizado, pulsaba bajo mi esternón, como una fuente inagotable de maná.

Spatium y Chronos danzaban en mis venas, una sinfonía cósmica que solo yo podía dirigir.

Con mi afinidad a la Luz formaba una esfera iridiscente a mi alrededor, no un escudo pasivo, sino una membrana activa que desviaba hechizos menores y alertaba de amenazas mayores.

El aire mismo era mi arma de largo alcance, mis proyectiles invisibles.

Y en mis manos…

¡Biotic!

Con un pensamiento, lianas gruesas, esmeraldas y cubiertas de espinas negras como las tinieblas, brotaron de mis antebrazos, enroscándose como serpientes vivientes.

No eran simples plantas; eran extensiones de mi voluntad, tejidas con maná vital y endurecidas con ecos de la afinidad terrestre que también poseía, aprendida hacía tanto tiempo.

Ambas extremidades se convirtieron en látigos gemelos, silbando en el aire, buscando carne.

Floté unos centímetros sobre la arena ardiente, una concesión a la practicidad más que una necesidad.

El primer grupo cargó, una docena de ellos, sus movimientos acelerados artificialmente, dejando estelas borrosas.

Uno, un especialista en Tierra-Tiempo, intentó atrapar mis pies con manos de piedra que surgían del suelo en un instante.

¡Spatium!

El espacio bajo mis pies se comprimió.

La arena se dobló sobre sí misma, creando un vacío momentáneo donde deberían haber estado mis pies.

Las manos de piedra se cerraron sobre la nada, y antes de que el usuario pudiera reaccionar, uno de mis látigos Biotic se estrelló contra su pecho con la fuerza de un ariete, lanzándolo hacia atrás como algo roto e inservible.

Otro, un maestro del Aire-Tiempo, desató un torbellino de cuchillas de viento aceleradas.

Mi barrera de Luz onduló, absorbiendo y disipando la mayoría, pero algunas rozaron mi piel.

Dolor fugaz.

Irrelevante.

Respondí con mi propio Aire, pero no con cuchillas.

Envié una onda de choque sónica concentrada, un pulso invisible que viajó a través de su flujo temporal acelerado y lo golpeó de lleno, haciéndolo caer inconsciente al instante, sangrando por los oídos.

El combate se convirtió en una carnicería eficiente.

Mis látigos gemelos eran una tormenta verde y espinosa, rompiendo huesos, desgarrando escudos temporales.

Mis ataques de Aire eran precisos, buscando puntos débiles, interrumpiendo concentraciones.

Usaba Chronos con moderación, no para pausas largas –innecesario contra estos diletantes– sino para aceleraciones breves y brutales, apareciendo detrás de un mago de Fuego-Tiempo justo cuando lanzaba su hechizo, aplastando su cráneo con un golpe imbuido de fuerza Biotic antes de que pudiera siquiera registrar mi presencia.

O desacelerando a un grupo que intentaba una formación defensiva, convirtiéndolos en blancos fáciles para mis proyectiles sónicos.

Spatium era mi escudo y mi daga invisible.

Doblaba el espacio para que ataques destinados a mí impactaran contra sus propios compañeros.

Comprimía el aire alrededor de un sanador temporal hasta asfixiarlo.

Expandía momentáneamente el espacio dentro de la guardia de un guerrero acelerado, haciendo que sus propios músculos se desgarraran por la tensión antinatural.

Era brutal.

Era necesario.

Eran ecos fallidos, callejones sin salida de la evolución mágica.

Eran un insulto al verdadero poder del Tiempo y el Espacio.

En menos de lo que dura un suspiro normal, la arena estaba despejada.

Cien cuerpos yacían rotos o inconscientes a mis pies.

El hedor a ozono temporal, sangre y clorofila llenaba el aire viciado del crepúsculo eterno.

Respiré hondo, no por cansancio, sino por rabia.

Esto no era una victoria.

Era una limpieza tediosa.

“¡Sal de ahí, maldito felino!”, grité al aire vacío, mi voz resonando en la quietud antinatural de la arena.

“¡Sé que estás aquí!

¡Deja de jugar con tus ratones y muéstrate!” Una risa.

Una risa incorpórea, que parecía venir de todas partes y de ninguna, resonó en mi cabeza.

Y entonces, apareció.

O más bien, su sonrisa apareció primero, flotando en el aire como un neón macabro: una curva imposiblemente ancha, llena de dientes demasiado afilados.

Luego, dos ojos reptilianos, verticales, amarillos y llenos de una diversión cruel y antigua, se materializaron sobre la sonrisa.

El resto de su forma era una sugerencia, un contorno vago de pelaje a rayas que se desvanecía y reaparecía, nunca del todo allí.

El Gato Sonriente.

El Embaucador Cósmico.

La entidad que me había traído aquí, a este purgatorio de realidades rotas.

“¿Tan impaciente, pequeño Legado?”, ronroneó la voz en mi mente, la diversión goteando como veneno dulce.

“¿No disfrutaste del calentamiento?

Eran de los mejores que Septimus pudo ofrecer en esta línea temporal.” “¡Silencio!”, rugí, lanzando mis látigos Biotic hacia la sonrisa flotante.

Pasaron a través de ella como si fuera humo, sin encontrar resistencia.

Lancé un pulso de Aire concentrado.

Se disipó inofensivamente.

Intenté doblar el Espacio a su alrededor.

Fue como intentar doblar el vacío mismo.

Era una deidad, o algo tan cercano que la diferencia era académica.

Mi poder, vasto como era, era insignificante contra él.

“Tut, tut.

Modales, Ummano, modales”, se burló el Gato, su sonrisa ensanchándose aún más, si eso era posible.

“La frustración no te sienta bien.

Te hace predecible.” Estaba a punto de desatar una oleada de Chronos puro, de intentar congelar incluso a esa abominación, aunque sabía que era inútil, cuando algo llamó mi atención por el rabillo del ojo.

A la derecha, en el borde de la arena, donde las gradas rotas se perdían en la penumbra, había una figura.

Pequeña.

Cubierta por una capucha azul oscura y un pequeño antifaz que ocultaban su rostro.

Solo un niño.

Pero sus ojos…

bajo la sombra de la capucha, vi un destello.

Una mirada que conocía.

Unos ojos llenos de una inteligencia y una confusión que me eran dolorosamente familiares.

Eran…

mis ojos.

De hace mucho tiempo.

Esa fracción de segundo de reconocimiento, de shock existencial, fue todo lo que necesitó mi verdadero enemigo para derrotarme.

No sentí el golpe.

No vi al atacante.

Solo una explosión de dolor absoluto en la parte posterior de mi cráneo, y luego, oscuridad.

La arena dorada se precipitó hacia mí mientras mi conciencia se desvanecía, mi último pensamiento una pregunta confusa: ¿Quién…?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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