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El Legado - Capítulo 45

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45: Capítulo 41 45: Capítulo 41 (Punto de vista: Lexo) Caer por un agujero de colores psicodélicos detrás de un conejo rosa de arlequín no estaba exactamente en mi lista de planes para después de mi sexto cumpleaños.

Francamente, mi humilde lista solía incluir cosas más mundanas como “convencer a mamá de que me deje practicar con fuego real con papá” o “encontrar una forma de ganarle a Pietro al Netamino”.

Pero aquí estaba, dando tumbos en una especie de túnel caleidoscópico que olía vagamente a té de manzanilla y a la desesperación de las leyes físicas rindiéndose.

Aterricé (si se le puede llamar así a dejar de caer y empezar a flotar torpemente) no sobre hierba o piedra, sino sobre…

nada.

O más bien, sobre una extensión infinita de arena fina y pálida bajo un cielo que no podía decidirse.

Era un lienzo arremolinado de púrpuras profundos, naranjas enfermizos y verdes biliosos, con ocasionales vetas de un azul inquietantemente normal.

No había sol, ni luna, solo esta luz difusa y opresiva que emanaba del propio cielo.

El aire era seco, cálido, y sabía a polvo y a…

¿tiempo?

Sí, ese olor dulce y embriagador que a veces percibía débilmente a mi alrededor cuando usaba Chronos, aquí era casi palpable, mezclado con algo metálico y rancio.

“¡Por aquí, enano temporal, no te quedes embobado con el paisaje!”, la voz sarcástica del conejo arlequín me sacó de mi estupor.

Estaba a unos metros, dando golpecitos impacientes con una pata en la arena.

“¿O acaso esperabas un comité de bienvenida con canapés?

Llegas tarde, recuerda.” Miré a mi alrededor.

Era un desierto.

Un desierto surrealista.

A lo lejos, vi árboles.

O al menos, formas que parecían árboles, pero que cambiaban de tamaño constantemente, encogiéndose hasta ser brotes y luego disparándose hasta alturas ridículas en cuestión de segundos, como si la propia naturaleza estuviera indecisa sobre su escala.

En el horizonte lejano, enormes columnas de arena marrón giraban lentamente, como tornados perezosos hechos de polvo y tiempo estancado.

“¿Dónde…

estamos?”, pregunté, mi voz sonando extrañamente apagada en el aire inmóvil.

“¡Ethernatus!”, anunció el conejo con una floritura irónica.

“El Reino del Tiempo Eterno, el Nexo de las Posibilidades, el Cruce de Todas las Líneas Temporales, el Lugar Donde los Relojes Vienen a Morir…

elige tu epíteto rimbombante favorito.

Básicamente, es el centro de operaciones para los que jugamos con el tic-tac.” Señaló las tormentas distantes.

“Consejo gratuito: evita las Tormentas de Arena Cronal.

Tienden a…

desincronizar tus recuerdos.

Puedes acabar pensando que eres tu propio bisabuelo o una ameba particularmente filosófica.

Muy confuso.” Espectacular, pensé.

Un desierto psicodélico con torbellinos de amnesia y árboles con problemas de crecimiento, guiado por Bugs Bunny después de una mala noche en el casino.

Mi día mejoraba por momentos, o eso esperaba.

¡Oh diosa mágica de la fortuna que hongo habrás probado!

El conejo empezó a dar saltitos por la arena, indicándome que lo siguiera.

“¿Y tú quién eres exactamente, además de un mamífero con un gusto cuestionable en moda?”, pregunté, caminando tras él, la arena fina filtrándose en mis zapatos.

“Puedes llamarme Tick-Tock”, dijo sin voltearse.

“Soy un…

facilitador.

Un guía turístico a través del manicomio temporal.

Y tú, pequeño Legado Anómalo, eres el nuevo recluta.

O la nueva víctima.

Depende del día.” haciendo un gesto con una de sus orejas ”Depende.

Todo depende.” Seguí al bípedo arlequín a través del paisaje ondulante y extraño.

El silencio era opresivo, roto solo por el vaivén de la arena y los ocasionales estallidos sónicos distantes cuando uno de los árboles gigantes decidía encogerse demasiado rápido.

Finalmente, llegamos a algo que rompía la monotonía arenosa: un pequeño domo de cristal oscuro, semienterrado, que palpitaba con una luz interna tenue.

“El ascensor”, anunció Tick-Tock, haciendo un gesto hacia el domo.

“¿Esperabas escaleras?

¡Qué mundano!” La entrada se abrió con un silbido suave al acercarnos.

El interior no era un ascensor normal.

Era una cabina cilíndrica hecha del mismo cristal oscuro, sin botones visibles.

En cuanto entramos, la puerta se cerró y empezamos a ascender a una velocidad vertiginosa, pero sin sensación de movimiento.

Las paredes de cristal se volvieron transparentes, revelando…

el espacio.

Estrellas incontables, nebulosas de colores vibrantes, galaxias girando en la distancia.

Estábamos subiendo a través del cosmos.

Mi asombro inicial fue rápidamente reemplazado por mi cinismo habitual.

Claro, un ascensor espacial en medio de un desierto temporal.

¿Por qué no?

El ascensor se detuvo suavemente, abriéndose a una plataforma flotante frente a una estructura inmensa.

Era una torre, pero no hecha de piedra o metal.

Parecía tejida de pura luz y tiempo solidificado, cambiando sutilmente de forma y color, extendiéndose hacia arriba hasta perderse en el vacío estrellado.

“La Torre Anímica”, presentó mi guía con un deje de falsa reverencia.

“El archivo central de todas las líneas temporales vinculadas a Chronos.

Aquí, cada poseedor del don – o la maldición, según se mire – puede echar un vistazo a su propia existencia.

Pasado, presente y futuros potenciales.

Una biblioteca de ‘hubieras’ y ‘podrías’.” Me guio al interior.

La torre era aún más extraña por dentro.

Pasillos que se retorcían en ángulos imposibles, salas donde la gravedad parecía opcional, ecos de voces y risas que no pertenecían a nadie presente.

Llegamos a una cámara circular vasta.

En el centro, flotaba una esfera luminosa que palpitaba suavemente.

“Acércate, novato”, me instó Tick-Tock.

“Pon la mano.” Dudé un instante, pero la curiosidad (y la falta de otras opciones) me ganó.

Coloqué mi mano sobre la esfera.

No estaba ni fría ni caliente.

Sentí un ligero cosquilleo, y la esfera se iluminó intensamente.

La cámara entera se transformó.

Las paredes desaparecieron, reemplazadas por una visión infinita de hilos luminosos que se extendían en todas direcciones, entrelazándose, separándose, brillando con intensidades variables.

Millones, billones de hilos.

Un telar cósmico.

“El Gran Tapiz”, susurró el conejo, con su tono por una vez desprovisto de sarcasmo.

“Cada hilo, es una vida.

Una línea temporal.

Ven y observa el tuyo.” Un hilo en particular, más brillante que los demás, vibró ante mi toque.

Vi imágenes fugaces parpadear a lo largo de él: mi nacimiento, la sonrisa de mamá, el entrenamiento con papá, el ataque del Tigre Blanco, la feria de Cuatro Caminos…

Vi bifurcaciones, puntos donde una elección diferente creaba un hilo nuevo, a veces más tenue, a veces más brillante.

Vi cómo algunos hilos se quemaban y desaparecían abruptamente – futuros fallidos, muertes prematuras.

Vi otros que se extendían hacia futuros desconocidos y complejos.

Era hermoso y aterrador a la vez.

La fragilidad de la existencia, la infinidad de posibilidades en una misma persona.

“Has sido aceptado, Legado”, dijo Tick-Tock, sacándome de mi trance.

La visión del telar se desvaneció, volviendo a ser la cámara circular.

“Tu conexión con Chronos es…

inusualmente fuerte para tu tamaño.

Y caótica.

Muy entretenida para los observadores.” Sonrió mostrando sus dientes de conejo.

“Muy entretenida, claro que sí.

Pero esto solo fue la introducción niño.

La segunda prueba te espera.

En la Arena.

Solo los mejores, los más…

¡Interesantes!…

continúan.” Volviendo a reir de forma muy rara.

De la nada, me tendió un paquete doblado, que vaya a saber uno de donde lo sacó.

Era una capa con capucha de un azul profundo, casi nocturno, y un antifaz gomoso a juego, hecho de un material suave y extraño.

“Uniforme obligatorio”, explicó.

“Reglas de la casa.

Póntelo.” Tomé la capa y el antifaz con recelo, dándole una mirada sospechosa al guía raro este que me acompañaba.

La capa era ligera pero cálida, como si fuera un hule tejido de plástico.

El antifaz, o lo que fuera esto, en cuanto lo acerqué a mi cara, se adhirió suavemente, moldeándose a mis contornos como si estuviera vivo.

Cubría la mitad inferior de mi rostro, dejando solo mis ojos y frente visibles.

No obstruía mi visión ni mis demás sentidos, pero la sensación era…

extraña.

Como tener una segunda piel, similar a un barbijo, sensible de maná extendiéndose en mi cara.

“Nadie puede sonreír aquí más que el Jefe”, explicó Tick-Tock con un guiño sarcástico.

“Políticas de la empresa.

Control de la moral y todo eso.” carraspeando ”Además te permite respirar, tiene traductor automático incorporado y está muy a la moda en este lugar, como verás pronto”.

Me guio fuera de la Torre Anímica, de vuelta al “ascensor” espacial, que nos depositó no en el desierto, sino en una especie de anfiteatro gigantesco excavado en roca flotante.

Cientos, quizás miles, de figuras estaban reunidas allí.

Eran de todas las edades, desde niños apenas mayores que yo hasta ancianos encorvados.

Pertenecían a razas que nunca había visto: seres con piel de corteza, humanoides con rasgos felinos, criaturas hechas de cristal translúcido…

pero todos vestían la misma capa azul y el mismo antifaz que yo.

Éramos un ejército anónimo de viajeros del tiempo.

Y en el centro de la arena, sobre una plataforma elevada, estaba Él.

El Gato Sonriente.

Pero no era solo una sonrisa y unos ojos flotantes esta vez.

Tenía cuerpo.

Un cuerpo enorme, obeso, cubierto de un pelaje a rayas que cambiaba constantemente de color como un arcoíris enfermo de comer crayones a diario en el desayuno.

Estaba recostado perezosamente en un trono que parecía hecho de relojes derretidos.

Su sonrisa era una mueca descomunal que dejaba ver hileras de dientes como teclas de piano.

Sus ojos amarillos y reptilianos recorrieron a la multitud con una mezcla de aburrimiento y anticipación cruel.

Irradiaba un poder antiguo y juguetón que hacía que el aura de mi abuelo Gustav pareciera la de un simple aprendiz.

Él era el guardián de este lugar.

El maestro de ceremonias de este circo temporal.

“¡Bienvenidos, bienvenidos, pequeños saltamontes temporales!”, ronroneó el mishi gigantón, con su voz retumbando en el anfiteatro sin necesidad de amplificación.

“¡Bienvenidos a la Gran Arena de la Selección!

¡Donde los dignos…

sobreviven!

¡Y los indignos…

bueno, digamos que su línea temporal sufre una…

edición espontánea!” Soltó una risa extraña, un sonido burbujeante y disonante que erizó el vello de mi nuca.

“¡Solo los mejores continúan!

¡Solo los más entretenidos tienen la oportunidad de…

quizás…

volver a casa!” La risa burbujeante se intensificó, y de repente, el suelo bajo mis pies desapareció.

Caí.

De nuevo.

Aterricé con un golpe sordo sobre la arena pálida del desierto de Ethernatus.

El anfiteatro, la multitud, el Gato…

todo se había desvanecido.

Estaba de vuelta bajo el cielo arremolinado y opresivo.

Me levanté, sacudiéndome la arena, mi mente intentando procesar el último giro absurdo.

Justo entonces, choqué con alguien que también acababa de aterrizar torpemente a mi lado.

Era otro niño, quizás un poco mayor que yo, vestido con la misma capa azul y barbijo de maná.

Se levantó rápidamente, mirándome con una intensidad sorprendente.

Su voz, cuando habló, era extrañamente cálida, familiar, aunque más profunda, más dura.

“Este,” dijo, mirándome con unos ojos que parecían demasiado viejos para su rostro infantil oculto por el antifaz, “no es un lugar para niños.” Parpadeé.

Había algo en su postura, en su voz…

¿era…?

No podía ser.

Pero la sensación de familiaridad era innegable.

El desierto de Ethernatus acababa de volverse mucho, mucho más extraño.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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