El Legado - Capítulo 47
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47: Capítulo 43 47: Capítulo 43 (Punto de vista: Lexo) La arena era un infierno azul y celeste, a la vez que el sonido de una guerra en miniatura acontecía a mi alrededor.
Mi espada, que parecía más un cerrillo gigante de fuego y crepitante, consumía mi maná a un ritmo brutal, pero era lo único que mantenía a raya al tipo con pinta de lagarto y su aliento fétido, frente a mí.
Este contendiente, que también poseía un barbijo gelatinoso, aunque de tonos gris veteado y naranja, era rápido, ágil, y parecía disfrutar saltando sobre mí como una rana con esteroides mientras lanzaba garras de viento (¡viento y fuego quizás, por los colores!) que mi barrera de Luz apenas desviaba.
Al mismo tiempo, el mago de Tiempo-Agua (definitivamente Agua, no Hielo puro como el del compañero de papá; ya que se evaporaba ni bien hacía contacto sobre la arena caliente) seguía lanzando sus chorros acelerados.
Esquivarlos requería usar Spatium constantemente, pequeños saltos espaciales de apenas un metro, apareciendo y desapareciendo como un mosquito con hipo.
Cada salto me dejaba nauseabundo y consumía una porción de maná que no me podía permitir.
Ahora entendía el poder de Urso.
Mover mi pequeño cuerpo unos metros era agotador; mover su enorme masa (y la mía, y ocasionalmente cestas de picnic cargadas con esos deliciosos bollos estrella de Quintus, con glaseado de miel) a través de kilómetros…
Por lo que mi asistente gigantón debía tener un núcleo con el poder y refinamiento de una luna pequeña o una eficiencia energética absurda.
O ambas.
Mis reservas de maná estaban bajando peligrosamente.
El indicador mental que evitaba tanto visualizar estaba parpadeando en rojo.
La espada de fuego celeste flaqueó, volviéndose azul oscuro y naranja.
La fatiga de usar Spatium y mantener la barrera de Luz empezaba a pesar en mis músculos de seis años.
Y, por supuesto, porque el universo tiene un sentido del humor sádico, un tercer contendiente decidió unirse a la fiesta.
Un anciano con una barba blanca tan larga que podría haberla usado como bufanda, y un antifaz marrón tierra, surgió de la arena a mi derecha.
Con un gesto de sus manos arrugadas, lanzó una tormenta de arena y piedras afiladas hacia mí.
¡Tierra-Tiempo, probablemente!
Genial, pensé con amargo sarcasmo.
Justo lo que necesitaba.
Un trío mortal compuesto por un lagarto saltarín, un tipo con una manguera a presión temporal y Gandalf el Marrón cabreado.
Mientras esquivaba un chorro de agua, saltaba sobre una garra de viento y me protegía de la arena con un destello de Luz desesperado, oí vítores desde arriba.
Miré fugazmente hacia donde deberían estar las gradas inexistentes.
Cientos de Gatos Sonrientes, copias multicolores y burlonas del original, aplaudían y maullaban con deleite cada vez que un contendiente caía.
Una pesadilla andante hecha de pelaje psicodélico y sonrisas de piano.
Definitivamente, este lugar no estaba bien de la cabeza.
Justo cuando el lagarto se preparaba para otro salto y el anciano levantaba más arena, un susurro siseante, casi divino, rozó mi oído, tan claro como si estuviera a mi lado, pero diferente a la voz de Eos o Tick-Tock: “Miau…
A tu derecha, pequeñín…
La batalla está en la arena…
no en las nubes…
L5396…” ¿L5396?
¿Era un código?
¿Una coordenada?
¿La contraseña del wifi de Ethernatus?
Antes de poder procesarlo, tuve que usar Spatium de nuevo para esquivar al lagarto de feria, que aterrizó donde yo había estado un instante antes.
El olor a reptil sudado era horrible.
La situación era insostenible.
Tres contra uno.
Mi maná bajo mínimos.
Iba a caer.
Fue entonces cuando vi al otro chico.
El que se parecía a mí, el que llamaré “Azul” por su capa (mi creatividad estaba bajo mínimos también, aun para nombrar a un futuro y posible rival).
No estaba luchando contra uno o dos.
Estaba enfrentándose a un grupo de al menos veinte contendientes.
Y no estaba perdiendo.
Se movía con una gracia fluida, casi como si flotara.
Lianas espinosas brotaban del suelo a su alrededor, atrapando, golpeando, desviando ataques.
A la vez que atacaba usando lianas como quien portara una selva dentro.
Mientras sentía las sutiles fluctuaciones temporales a su alrededor, aceleraciones breves, ecos defensivos…
¡Tiempo-Planta!
Una combinación aterradora.
Pero no sentí el sabor amargo del Spatium en su estilo.
Interesante.
Era un olor acre que desconocía, pero a la vez se sentía familiar en mí.
Todo era demasiado extraño aquí.
Sin mediar palabras, Azul despachó a sus veinte oponentes con una eficiencia brutal pero elegante.
Luego, con una velocidad pasmosa, se lanzó hacia mi pequeña melé.
Dos de sus lianas atraparon al anciano de la arena, inmovilizándolo.
Otra desvió el chorro de agua del mago Tiempo-Agua.
Me dio la apertura que necesitaba contra el lagarto.
Tomé una decisión rápida.
Cerca de mis pies había un arco corto caído y unas pocas flechas dispersas, probablemente de algún contendiente desafortunado.
Solté mi espada de fuego (ya casi apagada de todos modos) y agarré el arco y una flecha.
Recordé las lecciones de Lyra sobre la postura, la tensión de la cuerda…
y recordé a Kael.
Comprimir el aire.
Canalicé mi afinidad de Aire en la punta de la flecha, no para crear una daga, sino un pequeño vórtice giratorio justo delante de la punta.
¡Una flecha perforadora remolinante!
¡Fwish!
La flecha salió disparada.
El aire comprimido le dio una velocidad y un poder de penetración absurdos.
Atravesó la defensa de viento improvisada del lagarto y lo golpeó limpiamente en el hombro.
Chilló y cayó hacia atrás, fuera de combate.
Azul ya había neutralizado al mago Tiempo-Agua y al anciano Tiempo-Tierra, atrapándolos en capullos de enredaderas.
Nos miramos por encima de nuestros oponentes caídos.
Asentí levemente.
Él hizo lo mismo.
Una alianza tácita, quizás.
O al menos, un reconocimiento mutuo.
Pero toda esta acción, toda esta lucha desesperada por la supervivencia, quedó eclipsada por otra figura que se movía por la arena como una fuerza de la naturaleza.
Era él.
Mi quijada tapada por el barbijo se desencajó.
Increíble, ojalá pudiera sacarme una selfie con semejante influencer de la arena.
El sujeto en cuestión se movía como una poesía danzante y letal.
Vi cómo activaba Chronos, pero no como yo lo hacía, ni siquiera era una pausa total y torpe.
Era una burbuja contenida a su alrededor, fluctuando, expandiéndose y contrayéndose.
Ralentizaba a un enemigo que cargaba, aceleraba su propio golpe para que impactara antes de que el oponente pudiera reaccionar, incluso parecía rebobinar un instante para esquivar un ataque sorpresa.
¡Control!
¡Precisión!
Usaba Chronos de pausa, de aceleración, de desaceleración, ¡incluso de retroceso localizado!
Y todo dentro de esa burbuja personal para minimizar el gasto de maná.
Era…
magnífico.
Y aterrador.
De repente, se detuvo.
Su lucha había terminado, sus oponentes derrotados.
Levantó la vista, no hacia las gradas fantasma, sino hacia el cielo arremolinado.
“¡Sal de ahí, maldito felino!”, gritó, su voz cargada de una furia y una frustración que resonaron en toda la arena.
“¡Sé que estás aquí!
¡Deja de jugar con tus ratones y muéstrate!” La sonrisa del Gato apareció sobre él, burlona como siempre.
Por lo que aquel maravilloso peleador, lanzó un ataque furioso, combinando sus látigos espinosos y distorsiones espaciales, pero pasaron a través de la aparición felina sin efecto.
Me quedé hipnotizado observándolo.
Su estilo de lucha, la forma en que combinaba los elementos, Chronos, Spatium, planta (pero por el aroma me imagino es algún poder similar, biológico)…
Era un espejo de mi propio potencial, llevado a su máxima expresión.
Era todo lo que yo podía llegar a ser.
Sentí una extraña conexión, un reconocimiento profundo…
Y entonces, nuestras miradas se cruzaron.
A través de la distancia, a través del caos de la arena, sus ojos se encontraron con los míos.
Hubo un instante de shock, de reconocimiento mutuo que desafiaba la lógica temporal.
En ese preciso instante, una figura apareció detrás del peleador.
Rápida como un pensamiento, doblegando la realidad sobre si misma.
Era ¡Tick-Tock!
El conejo arlequín, con su expresión ahora desprovista de sarcasmo, seria y concentrada.
A la vez que lo golpeaba en la nuca con el pesado mango de lo que parecía un bastón ornamentado (¿o era una lanza?).
Por lo que, quien parecía invencible, se desplomó, inconsciente, antes de tocar el suelo.
Y, sin esperar más, lo agarró, para luego ambos desaparecer en un destello de luz rosa y blanca.
¿¡Qué acababa de pasar!?
¿Tick-Tock lo había noqueado?
¿Por qué?
¿Estaban relacionados?
Antes de que pudiera siquiera empezar a procesar la locura, una presión aplastante descendió sobre todos nosotros, los contendientes restantes.
Nos estrelló contra la arena, inmovilizándonos, ahogando nuestros jadeos.
La fuerza venía de todas partes y de ninguna, una manifestación pura de poder absoluto.
Levanté la vista con dificultad.
La sonrisa del Gato Sonriente flotaba sobre nosotros, pero ahora estaba invertida.
Una mueca grotesca de disgusto y enfado.
“¡SUFICIENTE!”, rugió su voz felina, perdiendo todo rastro de diversión.
El sonido hizo vibrar mis huesos.
“¡Demasiado caos!
¡Demasiada…
imprevisibilidad!
¡Edición requerida!” La arena bajo nosotros se abrió, revelando un abismo psicodélico que giraba como un remolino de colores enfermizos y de tantos futuros rotos.
“¡Ahora,” siseó el Gato, su sonrisa invertida pareciendo devorar la luz, “la siguiente prueba!” Y caímos.
Todos nosotros.
Hacia el remolino.
Hacia lo desconocido.
Otra vez.
Maldita sea, fue mi último pensamiento coherente.
Realmente odio los portales.
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