Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Legado - Capítulo 50

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Legado
  4. Capítulo 50 - 50 Capítulo 46
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

50: Capítulo 46 50: Capítulo 46 (Punto de vista: Lexo) El aterrizaje tuvo la elegancia de un saco de papas lanzado desde un tercer piso.

Me di de bruces contra el suelo, escupiendo ceniza gris que sabía a pan quemado, a sal y a algo avinagrado que no llegaba a entender.

Y prefiero no saber.

Me levanté, sacudiéndome el polvo del cuerpo (que ya estaba hecho una mugre andante) y miré a mi alrededor.

Si la depresión clínica tuviera un código postal, definitivamente sería este.

El cielo era de un gris plomizo que te daba ganas de quedarte en cama un domingo lluvioso para siempre, y el suelo era roca volcánica muerta.

—Vaya —murmuré, palpándome las costillas para asegurarme de que seguían ahí—.

El Gato se ha superado.

De la arena de gladiadores al escenario de una película muda y triste.

¿Dónde está el payaso llorando?

No había payasos.

Solo niebla.

Una niebla espesa y pegajosa que se aferraba a los tobillos.

Azul no estaba por ninguna parte.

Genial.

Solo, en Silent Hill versión isekai.

La risa del Gato Sonriente resonó, pero no en mi cabeza, sino rebotando en las rocas como una pelota de goma maldita.

“¡Bienvenidos al Páramo de las Angustias!

¡Aquí no se trata de quién golpea más fuerte, sino de quién se rompe primero!

¿Tienen traumas?

¡Claro que sí!

¡Sáquenlos a pasear!” —¡Cállate, bola de pelos!

—grité al cielo.

La respuesta fue un silencio repentino.

Y luego, pasos.

De la niebla emergió una figura pequeña.

Coletas saltarinas.

Vestido amarillo.

—¿Lila?

—pregunté, bajando la guardia por un estúpido segundo.

Ella levantó la vista.

Su rostro estaba pálido, sus ojos eran agujeros negros.

—Me soltaste —dijo, su voz infantil distorsionada como una grabación vieja—.

Dejaste que el pájaro me llevara.

Querías los huevos.

No te importaba yo.

Sentí un pinchazo en el estómago.

—Eso no es verdad.

Yo salté…

—¡Mentira!

—gritó, y su cuerpo se deformó, convirtiéndose en una versión grotesca del Pájaro Sombra, pero con la cara de Lila gritando en el pecho.

Se lanzó hacia mí.

—¡Mierda!

—Instinto puro.

¡PAUSA!

El mundo se congeló.

La Lila-Monstruo quedó suspendida en el aire, sus garras a centímetros de mi nariz.

No tenía tiempo para psicoanálisis.

Saqué la espada que había robado en la arena.

—Lo siento, amiga —murmuré.

¡REANUDA!

Me tiré al suelo rodando (torpemente) mientras ella pasaba por encima, y lancé un tajo a sus piernas.

Mi espada conectó, pero no hubo sangre.

La figura se disolvió en humo negro.

—¿Eso es todo?

—dije, jadeando, intentando sonar valiente—.

¿Fantasmas de culpa?

Muy original.

Leí mejores tramas en los foros de internet de mi vida pas…

No terminé la frase.

La niebla se arremolinó y escupió a tres figuras más.

Borin, con el brazo colgando en un ángulo antinatural (el recuerdo de la bestia de seis brazos).

—¿Un guerrero?

—gruñó, escupiendo sangre—.

Eres un niño jugando con juguetes peligrosos.

Por tu culpa casi muero.

Lyra, con flechas clavadas en su propio cuerpo.

—Tu existencia atrae el caos, Lexo.

El bosque ardió por ti.

Y Kael…

el tipo simplemente me miraba con decepción, sosteniendo monedas que se convertían en arena.

—No vales el esfuerzo.

—Vale, capto la indirecta —dije, retrocediendo.

Mi corazón iba a mil.

Sabía que eran falsos.

¡Lo sabía!

Pero verlos así, escucharlos decir mis peores inseguridades…

dolía más que un golpe físico.

Se abalanzaron sobre mí al mismo tiempo.

—¡Spatium!

—Tiré de mi hilo mental y aparecí tres metros atrás, con el estómago revuelto por el salto.

El Borin de sombra golpeó el suelo donde yo estaba, agrietando la roca.

Lyra-Sombra disparó flechas que silbaban como lamentos.

¡Piensa, Lexo!

No puedes matarlos a todos a espadazos.

Son sombras.

Oscuridad.

¿Qué vence a la oscuridad?

¡Luz!

La afinidad de mamá.

Esa que apenas uso porque curar no me llama demasiado la atención.

Cerré los ojos un segundo, esquivando una daga de Kael por los pelos (gracias, Chronos defensivo).

Visualicé el núcleo de mamá.

Cálido.

Brillante.

No para curar una herida, sino para quemar la infección.

—¡Hágase la luz, bastardos!

—grité.

Empujé todo el maná que pude hacia afuera.

No fue un rayo láser sagrado.

Fue más como un flash de cámara mal regulado.

Un estallido blanco y desordenado.

Pero funcionó.

Los fantasmas chillaron mientras la luz tocaba su “piel” de humo y se disolvieron en la nada.

Me quedé allí, jadeando, con las manos en las rodillas.

—Tomen eso…

traumas de la infancia.

La terapia me va a salir carísima.

La niebla empezó a disiparse un poco, empujada por mi estallido de luz.

Y entonces lo vi.

A unos veinte metros, Azul estaba de rodillas.

Su capa estaba hecha jirones.

Había sangre real, roja y brillante, goteando de su brazo y de un corte feo en su frente.

No estaba luchando contra un fantasma.

Estaba rodeado por docenas.

Reconocí las siluetas oscuras.

Eran…

¿nosotros?

No, eran versiones fallidas de él mismo.

Ecos de fracaso.

Y en medio de ellos, una figura alta y oscura que le gritaba cosas que no podía oír, pero que hacían que el chico se encogiera.

Azul lanzó una liana de planta espinosa, pero uno de los fantasmas la agarró y la rompió.

Estaba agotado.

Iban a acabar con él.

—¡Oye!

—grité, corriendo hacia él.

—¡Nadie golpea a mi rival de juegos de mesa excepto yo!

Activé Chronos de nuevo.

Esta vez, extendí la burbuja lo más que pude para incluirlo a él.

¡PAUSA!

Corrí.

Dios, cómo odiaba correr con estas piernas cortas.

Llegué hasta él, me puse espalda con espalda y levanté mi espada.

¡REANUDA!

La realidad volvió de golpe.

Los fantasmas se abalanzaron.

—¡Levántate, Azul!

—le grité, parando un golpe que iba a su cuello—.

¡Si te mueres aquí, prometo que le diré a todos que perdiste al Netamino porque te comiste las piezas!

Azul soltó una risa tosca y dolorosa.

Se puso en pie tambaleándose.

—Eres…

insoportable.

—Es mi encanto.

¿Luz?

—Planta —respondió él, limpiándose la sangre de los ojos.

—Bailemos.

Fue un caos absoluto.

Yo soltaba destellos de luz para aturdirlos y frenaba el tiempo cuando se acercaban demasiado.

Azul usaba sus lianas para barrerlos o crear escudos momentáneos.

Eran demasiados.

Cada vez que destruíamos uno, dos más salían del suelo gris.

Eran sus miedos, sus culpas, y al parecer, el chico tenía muchas.

Estábamos perdiendo.

Mi maná estaba en rojo.

El brazo de Azul sangraba demasiado.

Y entonces, la risa del Gato volvió.

Más fuerte.

Más cruel.

“¡Delicioso!

¡El sufrimiento compartido sabe mejor!

Pero ya me aburrí.

Terminemos con esto.” El suelo tembló.

Frente a nosotros, la ceniza y la niebla se arremolinaron para formar una sola figura gigante.

Tenía seis brazos.

Tenía la cara de mi padre, pero con los ojos del Gato.

Y en sus manos, sostenía los cuerpos inertes de mamá y Pietro.

Era una aberración diseñada para romperme.

—Lexo…

—gimió la falsa mamá—.

¿Por qué no fuiste más fuerte?

Sentí que mis rodillas cedían.

Era demasiado.

No podía luchar contra eso.

Era mi pesadilla hecha realidad.

La espada se me resbaló de la mano sudorosa.

—Se acabó —susurró Azul, dejándose caer al suelo.

La figura gigante alzó un puño colosal para aplastarnos.

Cerré los ojos, esperando el impacto, maldiciendo mi suerte, maldiciendo al Gato, maldiciendo no haber comido una última galleta.

Pero el golpe nunca llegó.

En su lugar, el cielo gritó.

“¿QUÉ…?

¿QUIÉN SE ATREVE?”, chilló el Gato, su voz perdiendo la compostura por primera vez.

Abrí los ojos.

El cielo de plomo sobre nosotros se estaba agrietando.

No como un huevo, sino como tela siendo rasgada por unas garras invisibles.

Una presión…

Dioses, una presión que conocía.

No era miedo.

Era autoridad.

Era la oscuridad, pero no la de este lugar de pacotilla.

Era una oscuridad real, densa, pesada.

—¿Abuelo?

—susurré, incrédulo.

La grieta se abrió de par en par, y una onda de choque negra barrió el Páramo, desintegrando al gigante de ceniza, a los fantasmas y a la niebla en un solo latido.

Del agujero en el cielo, descendieron varias figuras vestidas de negro.

Y en el centro, bajando con la calma de quien viene a regañar a un niño travieso (o a destruir un mundo), estaba Gustav.

Miré a Azul, que tenía los ojos como platos bajo su máscara rota.

—¿Ese…

es…?

—preguntó con un hilo de voz casi inentendible.

Sonreí, una sonrisa temblorosa pero llena de un alivio histérico.

—Sí.

Y creo que el minino acaba de meterse en un lío muy gordo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo