El Legado - Capítulo 51
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51: Capítulo 47 51: Capítulo 47 (Punto de vista: Lexo) Si pensaba que el Páramo de las Angustias era deprimente, lo que sucedió a continuación redefinió mi concepto de “mal ambiente”.
La expulsión de Tick-Tock no fue el final.
Fue el insulto que despertó al verdadero monstruo.
El cielo de plomo no solo se rompió; se derritió.
Las nubes grises comenzaron a gotear como cera caliente, revelando un firmamento que no era espacio, sino una estática furiosa de colores que dolían a la vista.
Y en medio de ese caos cromático, los ojos del Gato se abrieron.
No eran dos.
Eran miles.
Ojos amarillos, verticales, reptilianos, parpadeando en cada roca, en cada grieta, en el aire mismo.
Y la sonrisa…
ya no estaba.
En su lugar, una grieta dentada en la realidad, una boca cósmica que no prometía diversión, sino aniquilación.
El ronroneo se convirtió en un rugido de distorsión que hizo sangrar mis oídos a pesar de la barrera de Luz.
“JUEGO…
TERMINADO,” la voz no venía de arriba.
Venía de mis propios huesos, vibrando con una furia divina.
“INTRUSOS.
GUSANOS.
¿SE ATREVEN A ROMPER MIS JUGUETES EN MI PROPIO PATIO?” La realidad se dobló.
El suelo bajo las Máscaras se convirtió en fauces de cristal afilado.
El aire se transformó en ácido hirviendo.
No era magia.
Era voluntad pura.
El Gato no lanzaba hechizos; él era el mundo, y el mundo nos quería muertos.
“¡Formación defensiva!”, ladró Gustav, su voz amplificada por la Oscuridad, cortando el estruendo.
Las Máscaras reaccionaron con una coordinación sobrenatural.
Monkey golpeó el suelo.
[Biotic: Bosque de Hierro].
Un domo instantáneo de troncos negros y metálicos surgió para protegernos de la lluvia ácida.
Pero el Gato simplemente parpadeó, y el hierro se convirtió en mariposas de papel que ardieron al instante.
Monkey retrocedió, jadeando, su magia transmutada por un capricho divino.
Shark levantó ambas manos.
[Chronos: Rebobinado Local].
Intentó deshacer la transmutación, devolver el hierro a su estado sólido.
El Gato se rió, un sonido como cristales rompiéndose.
El tiempo alrededor de Shark se fracturó; vi cómo su brazo envejecía y rejuvenecía mil veces en un segundo, la paradoja haciéndole gritar de dolor mientras su máscara azul se agrietaba.
Y de un segundo a otro, se lanzaron al ataque.
El que parecía un Lobo se convirtió en una sombra plateada; la ninfa voluptuosa con máscara de Serpiente se volvió un veneno gaseoso, y el de pinta de Cuervo se transformó en una bandada de cuchillas de afiladas.
Intentaron flanquear la presencia omnipresente, pero el Gato editó el espacio entre ellos.
De repente, estaban corriendo en círculos, atacándose a sí mismos, atrapados en bucles espaciales de confusión asfixiante.
Era imposible.
Era un dios contra mortales, por muy poderosos que fueran.
“¡Es inútil!”, gritó Azul, protegiéndose la cabeza mientras el suelo intentaba comernos.
“¡Controla la realidad!
¡No podemos ganar aquí!” Solo X y Gustav mantenían la posición.
X, la anomalía, era un ancla en la tormenta.
Cada vez que la realidad intentaba borrarnos, X lanzaba un golpe de “Nada”, creando burbujas de estabilidad donde la lógica del Gato no podía entrar.
Pero incluso él estaba siendo empujado hacia atrás, sus pies surcando zanjas profundas en el suelo que cambiaba de roca a agua y luego a fuego.
Gustav observaba, su rostro una máscara de concentración gélida.
Su aura de Oscuridad era un manto denso que absorbía los ataques de realidad del Gato, pero veía el sudor en su frente.
Estaba calculando.
“¡BORRAR!”, rugió el felino despiadado.
Una mano gigante, hecha de constelaciones y vacío, descendió del cielo fracturado para aplastarnos como a insectos.
“¡Ahora!”, ordenó Gustav.
“¡X, rompe el anclaje!
¡Urso, la Puerta!” X concentró todo su poder, su aura gris volviéndose casi negra.
Dio un salto hacia la mano cósmica y lanzó un puñetazo ascendente.
[VACÍO ABSOLUTO: COLAPSO] El impacto fue silencioso.
Un agujero negro momentáneo apareció en la palma de la mano gigante, devorando la energía del ataque y creando una distorsión masiva que hizo tambalearse al cielo entero.
El Gato aulló de frustración.
Fue la distracción que necesitábamos.
Urso, que había estado protegiéndome a mí y a Azul, chasqueó los dedos de ambas manos a la vez.
No fue un portal elegante.
Fue un desgarro brutal en el tejido de Ethernatus.
Vi el cielo azul y normal de mi mundo al otro lado.
“¡Todos fuera!”, rugió Gustav.
Monkey agarró a Shark (que seguía temblando por el ataque temporal).
Lobo, Serpiente y Cuervo se destrabaron de sus bucles y saltaron hacia el portal.
Urso nos empujó a Azul y a mí con una fuerza telequinética suave pero irresistible.
“¡Vamos, abuelo!”, grité, girándome en el borde del portal.
Pero Gustav no se movió.
Se quedó allí, en medio del Páramo que se desintegraba, su bastón clavado en el suelo cambiante, su capa ondeando en un viento que no existía.
X aterrizó a su lado, fiel como una sombra de plomo.
“El portal no se mantendrá abierto si él sigue concentrado en nosotros”, dijo Gustav, su voz tranquila, casi suave en medio del apocalipsis.
Me miró una última vez, sus ojos oscuros brillando con un orgullo feroz.
“Debes irte, Lexo.
Aprende.
Crece.
No es aun una batalla para tí.
Nos veremos pronto.” “¡Ciérralo, Urso!”, ordenó sin mirarnos.
Urso vaciló una fracción de segundo, luego sus manos hicieron un movimiento de cierre.
Lo último que vi antes de que el portal colapsara fue al Gato Sonriente condensando toda su furia, todo el cielo, toda la arena, en una forma humanoide gigantesca y grotesca hecha de pesadillas coloridas, descendiendo sobre las dos figuras solitarias.
Y a mi abuelo, Gustav, el Gran Maestre, sonriendo.
No una sonrisa amable.
Una sonrisa depredadora.
Su aura de Oscuridad estalló, expandiéndose como una marea de tinta, elevándose para encontrarse con la divinidad loca, convirtiendo el día en noche absoluta.
Un humano desafiando a una deidad infinita.
El portal se cerró y el silencio del bosque de mi mundo nos golpeó como un mazo de piedra sobre el cráneo al descubierto.
Estábamos a salvo.
Pero la verdadera batalla, la de los titanes, acababa de empezar al otro lado.
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