El Legado - Capítulo 52
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52: Capítulo 48 52: Capítulo 48 (Punto de vista: Gustav) El portal se cerró y el silencio me golpeó como un mazo.
No era oscuridad lo que nos rodeaba.
Era ausencia.
El tipo de vacío que no se ve, se padece.
Como el síndrome del miembro fantasma: sabes que el brazo ya no está, pero sigues sintiendo el dolor en los dedos que no existen.
Así era este lugar: la realidad de Ummo, nuestro hermoso mundo, había desaparecido, pero mi mente seguía buscando desesperadamente un punto de referencia que ya no estaba.
El Gato no estaba contento.
Eso era obvio.
La sonrisa que conocía, esa mueca burlona que torturaba a mi nieto, se había transfigurado.
Ya no tenía forma definida.
Tenía presencia.
El aire se volvió espeso, viscoso como el alquitrán.
Respirar dolía; hablar era tragar vidrio molido.
—X —dije.
Mi voz sonó ajena, amortiguada, como si hablara desde el fondo de un ataúd sellado—.
Contención.
Protocolo Omega.
Mi titán de compañero no dudó.
Se lanzó hacia la entidad.
Vi su cuerpo convertirse en…
nada.
En una singularidad que absorbía la magia como una esponja seca.
Esa era su habilidad suprema: el [Vacío Absoluto].
Contra humanos, era invencible.
Contra bestias, letal.
Contra esto, fue como intentar secar el océano con un tetera.
El Gato no esquivó.
No contraatacó.
Simplemente, asimiló.
Vi el poder de X, capaz de borrar montañas, desaparecer en su interior sin dejar ni una onda en la superficie.
Y luego vi su ser deshacerse.
No en pedazos físicos, sino en conceptos.
Lo vi transmutar en cristal, en agua, en polvo, en niño, en anciano, en nada…
todo en el lapso de un parpadeo.
Lo devolvió a su forma original, sí, pero esa forma temblaba.
X, el invencible X, estaba roto de formas para las que no existen palabras.
Entonces la mirada cayó sobre mí.
Invoqué mi Oscuridad.
No las sombras con las que juegan los ladrones.
La Oscuridad Primordial.
Esa que hace que la vejiga del hombre más valiente traicione su dignidad antes de ver al enemigo.
Alcé un [Horizonte de Sucesos], una esfera negra de negación absoluta.
Luz, sonido, magia, vida; nada debía pasar.
El Gato rio.
No con sonido, sino con presión atmosférica.
Sentí mis costillas crujir una a una.
Mi bastón, tallado en madera de un Yggdrasil ancestral que había aguantado diez guerras, estalló como una ramita seca.
Caí de rodillas.
La sangre brotó de mi nariz, caliente, espesa, real.
Humana.
Era inútil.
Nos habíamos metido en la jaula del león creyendo que los barrotes eran para protegernos a nosotros, cuando en realidad eran para proteger al mundo de él.
Alcé la vista, forzando a mi mente analítica a trabajar sobre la desesperación.
Y vi la verdad.
Este lugar era un cementerio.
No de cuerpos, sino de tiempos.
De universos que nunca fueron.
De Legados que fallaron.
El Gato no era un guardián.
Era un carroñero cósmico.
Se alimentaba de los mundos que se pudrían antes de madurar.
—Ummo…
—dije, escupiendo un coágulo de sangre—.
Ummo es solo otro cadáver en tu despensa, ¿no?
Un cultivo.
El ser detuvo su asalto.
La sonrisa volvió, pero más grande.
Más real.
Era una cicatriz en el tejido de la existencia cortada con una guadaña profana.
“UMMO ES UN JARDÍN.
Y YO SOY EL JARDINERO.
A VECES HAY QUE PODAR.
A VECES, LA FRUTA SE DEBE PUDRIR…
PARA HACER VINO.” Su atención, pesada como una estrella de neutrones, se desplazó hacia donde había estado el portal.
Hacia Lexo.
“ESE CHICO…
TIENE SABOR.
UN MATIZ DISTINTO.
CAÓTICO.
NO HE CATADO ALGO ASÍ EN EONES.” Me puse en pie.
Temblando, roto, pero en pie.
La dignidad es lo único que se lleva un hombre a la tumba.
—Hagamos un trato —dije.
La diplomacia del condenado.
El suelo inexistente tembló con su diversión.
“¿UN TRATO?
¿QUÉ PUEDE OFRECER UN INSECTO, SALVO SU CRUJIDO AL SER APLASTADO?” —Hastío —respondí, apostando mi vida y la de mi linaje a la única debilidad inherente a la eternidad: el aburrimiento—.
Si lo matas ahora, el miedo lo paralizará.
Se esconderá de ti.
Se volverá cauto, gris.
Y finalmente, será aburrido a tus ojos.
Déjalo crecer.
Déjalo creer que ha ganado.
La desesperación es un vino que debe añejarse; es más dulce cuando viene después de la esperanza.
Déjalo madurar.
Y te prometo, por mi sangre y mi Gremio…
que el espectáculo que dará al final valdrá más que el bocado rápido que obtendrías hoy.
Silencio.
Pesado.
Eterno.
“UN JUEGO LARGO.
LA NARRATIVA DE LA CAÍDA LENTA.
ME PLACE.” La presión disminuyó.
Un ápice.
Lo suficiente para no morir.
“HAY TRATO, GUSTAV.
PERO RECUERDA: EL TIEMPO AQUÍ ES UN CÍRCULO.
ÉL VOLVERÁ.
TODOS VUELVEN AL HORNO AL FINAL.
LA ENTROPÍA SIEMPRE GANA.” Una garra invisible rasgó el aire.
No fuimos liberados.
Fuimos expulsados.
Escupidos como algo que deja mal sabor de boca.
La transición fue brutal.
Impactamos contra el suelo del bosque de Villa Serena.
Hierba húmeda.
Aire fresco.
Vida.
Me incorporé con un gemido.
X estaba ahí, un bulto inconsciente y roto, pero respiraba.
Escaneé el área frenéticamente.
Lexo no estaba.
Urso había cumplido su directiva final: evacuación prioritaria del objetivo.
Bien.
Pero el claro no estaba vacío.
Sentado sobre una roca musgosa, con una pierna cruzada sobre la otra, impecable, sin un rasguño ni una mota de polvo del infierno que acabábamos de visitar…
estaba al que mi nieto identificó como Azul.
Me miraba.
Y en sus ojos no había el miedo de un niño.
Había un reconocimiento antiguo.
—Fue una negociación competente, abuelo —dijo Azul.
Su voz.
Tenía dos tonos superpuestos.
La aguda de un niño y otra…
detrás.
Subterránea.
Como un eco gutural dentro de una caverna vacía.
Llevó una mano pequeña a su rostro y bajó lentamente el antifaz.
No vi a alguien herido ni asustado.
Vi una sonrisa.
La misma sonrisa ancha y depredadora que había visto en el Páramo.
—Tú…
—intenté articular, buscando mi magia, pero mi núcleo estaba seco.
El joven de azul sonrió más ampliamente.
Y por una fracción de segundo, el glamour humano parpadeó.
Las pupilas redondas se rasgaron verticalmente hasta ser finas líneas de oscuridad absoluta.
El iris se inundó de un amarillo sulfuroso.
No era quien parecía ser.
Nunca lo había sido.
—Me pregunto —susurró el niño, y la voz del Gato vibró en sus cuerdas vocales humanas—, ¿qué hará tu precioso Lexo cuando sepa que su mejor aliado en la arena…
siempre fui Yo?
Se llevó el dedo índice a los labios con una sutileza felina, un gesto universal de silencio.
Sus ojos volvieron a ser normales.
La maldad se replegó bajo la piel de un infante.
Se dio la vuelta y caminó hacia la espesura del bosque, silbando esa melodía discordante que no pertenecía a este mundo.
Me quedé solo en la noche, bajo las estrellas indiferentes de Ummo, comprendiendo finalmente la magnitud de nuestra derrota.
No habíamos escapado.
Aquella deidad simplemente nos había movido de tablero.
Y ahora, Lexo tenía una pieza del enemigo caminando a su lado, durmiendo en su misma escuela.
Y yo no podía decirle nada.
Porque esa fue la condición tácita del trato para dejarnos salir con vida: Silencio.
Eterno silencio.
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