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El Legado - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 Capítulo 465 Extra 04
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53: Capítulo 46.5 [Extra 04] 53: Capítulo 46.5 [Extra 04] (Punto de vista: Tick-Tock) A uno le ocurre que empieza el ciclo —o lo que sea que pase por tiempo en esta clepsidra rota que llamamos Ethernatus— con el cuello de encaje bien almidonado y las orejas sintonizadas en la frecuencia del absurdo, esperando que la eternidad sea esa cosa circular y amable donde los granos de arena caen como gotas de miel.

Pero no.

De golpe, el cielo decide rasgarse como un pergamino viejo, y ahí estás tú, parado sobre un peñasco que no es del todo sólido, viendo cómo la simetría se va al abismo porque a un grupo de turistas se les antojó bajar sin ofrenda.

La ruptura no sonó.

No hubo crujido ni estruendo alguno.

Fue un error de caligrafía en la página del universo.

Un hueco negro, obsceno, por donde se filtraron esas figuras vestidas de luto y pretensión.

Y en el centro, el anciano.

Ese tal Maestre Gustav, irradiando una gravedad tan pesada que sentí cómo mis propios engranajes internos chirriaban de herrumbrosa acidez.

Entonces, la Voz.

No esa que se oye con los oídos, sino la que te vibra en la raíz del colmillo y te reescribe la esencia.

El Jefe felino.

El Gran Ethernatus mismo siendo despertado de golpe y con mal humor.

«SÁCALOS DEL TABLERO, CONEJO.

CORTALES EL HILO.

HAZ QUE SU AYER SEA UNA FALACIA.

GANA TIEMPO.» La orden no admitía prórrogas ni súplicas.

Había que actuar.

Así que hice mi entrada, chillando, distorsionando, siendo la pesadilla rosa que se espera de un servidor leal.

Un poco de teatro para la galería, un poco de “soy el guardián de este laberinto”.

Y entonces, el viejo señaló su sombra.

Y de la sombra salió…

Eso.

No era un hombre.

Llevaba una gabardina tejida con niebla de tormenta, sí, y tenía dos piernas y dos brazos, supongo, pero eso era pura cortesía geométrica.

Era un error en el tejido.

Una mancha de tinta viva.

Se llamaba X, o eso dijo el confiado anciano, como si una letra pudiera contener el horror de no ser.

Se movió.

Corrección: dejó de estar allá para estar acá.

Frente a mi hocico.

Sin el trámite vulgar del desplazamiento.

—¡Lento!

—grité, y activé la burbuja.

Mi especialidad.

El tiempo es cera y yo soy la llama.

Aceleré mi propia existencia hasta que el mundo se volvió una pintura estática.

Podía ver el polvo de estrellas suspendido, la luz arrastrándose como un caracol perezoso.

Me lancé contra él.

Mil golpes.

Mil patadas cargadas de entropía concentrada.

Envejecimiento acelerado en los nudillos, paradojas en las puntas de los pies.

Lo golpeé en el pecho, en la máscara, en las rodillas.

Lo golpeé con la furia de quien sabe que el tiempo fuese la única moneda válida y mis bolsillos estuvieran vacíos.

Pero X no estaba allí.

O sí estaba, pero no cuándo yo estaba.

Levantó la mano.

Un gesto aburrido, inevitable.

Y el aire se volvió gris.

No el gris de la ceniza, sino el gris de un espejo ciego, de la nada antes de la creación.

[VACÍO: PUNTO CERO] Mis golpes entraron en su aura y se olvidaron.

No rebotaron.

No dolieron.

Simplemente, dejaron de ser eventos.

La Causalidad hizo una reverencia y se marchó al exilio.

Sentí el frío.

No el placer gélido de la nieve, sino cero absoluto que existe entre el vacío de las estrellas.

La frialdad de saber que tu madre nunca te tejió en el útero y eres la nada misma.

—¿Qué…?

—alcancé a balbucear, mi burbuja temporal estallando como una pompa de jabón contra una aguja.

Y entonces me tocó.

Fue un puñetazo, dirían los cronistas vulgares.

Pero no.

Fue una censura.

El tipo me pegó en el centro del pecho y sentí cómo me arrancaban el pasado, el futuro y tres siglos de historia personal.

Intenté rebobinar.

¡Gira atrás, maldita sea, gira atrás!

Tiré de los hilos del tiempo, buscando desesperadamente el segundo donde aún no me dolía la existencia.

Pero X golpeó a través del rebobinado.

Su puño cruzó la barrera del “antes” y me encontró en el “ahora”, clavándome en un “nunca” absoluto.

El impacto me desarmó.

Literalmente.

Me sentí disperso, molécula a molécula, una lluvia de esquirlas de realidad gritando en silencio.

Salí despedido.

Atravesé rocas que no estaban ahí hace un momento.

El desierto se convirtió en una mancha borrosa de dolor y humillación.

Aterricé.

O me estrellé.

O el suelo decidió abofetearme la espalda.

Estaba roto.

Mi reloj de bolsillo, mi preciosa ancla, estaba hecho añicos a mi lado, las manecillas girando locas, marcando horas que no existen en ningún ciclo solar.

Tosí, y lo que salió no fue sangre, fue tiempo líquido, dorado y espeso, manchando mi traje de arlequín.

Aquel demonio estaba ahí de nuevo.

Caminando sobre la nada.

Me agarró de las orejas.

Qué indignidad.

Qué falta de respeto por la fauna local.

—El Maestro Gustav —dijo, y su voz era el sonido de una montaña derrumbándose en el océano—, dice que te apartes.

Me lanzó.

Volé.

Mientras cruzaba el horizonte de mi propia derrota, vi algo.

O mejor dicho, el Jefe me dejó ver algo.

Una última instrucción grabada a fuego en mi mente fracturada mientras caía hacia los límites exteriores del Páramo.

«El cambio, conejo.

El cambio.

Protege la semilla.

Deja que se lleven la cáscara.» Aterricé en una grieta profunda, lejos, muy lejos de la batalla de titanes que empezaba a devorar el cielo.

Me dolía hasta el nombre.

Pero ahí estaba.

Escondido en la penumbra de la roca, envuelto en una membrana de estasis protectora que el Jefe había tejido sutilmente (y sin avisar, maldita sea su estampa divina), estaba el cuerpo.

Pequeño.

Capa azul.

Antifaz.

Aquel doppelganger defectuoso.

Estaba dormido, o en un sueño sin sueños, desconectado del flujo.

Respiraba con esa cadencia suave de los que no saben que el universo se está yendo al abismo a su alrededor.

Lo miré.

Miré hacia el horizonte donde las explosiones de Oscuridad y Realidad fracturada pintaban el cielo de negro y colores prohibidos.

—Genial —escupí, limpiándome el líquido visceral de la boca—.

Simplemente magnífico.

El Jefe había hecho el trueque.

Mientras aquel maestre y su mascota de vacío jugaban a ser dioses, mientras yo recibía la paliza de mi existencia para distraer al personal, el Gato había deslizado una copia, un avatar, una marioneta con ojos amarillos en el lugar de este chico.

Y ahora me tocaba a mí.

El conejo magullado.

El guía turístico pateado.

Levanté al chico.

Pesaba poco, pero cargaba con la densidad de un plan cósmico que me superaba.

—Espero que tengas razón, Jefe —murmuré al aire viciado, mientras las sombras se alargaban y el portal de los intrusos se cerraba a lo lejos—.

Porque si no, me va a tocar barrer todo este desastre yo solo.

Y odio limpiar.

Ajusté los jirones de mi traje, recogí los pedazos de mi reloj y, cojeando con una dignidad prestada, cargué al verdadero ser de ropa azulada hacia las profundidades de las cavernas, donde el tiempo no corre y las preguntas nunca encontraran respuesta.

Teníamos que esperar.

La costumbre de sobrevivir, después de todo, es la única que no se pierde, ni siquiera cuando te borran del mapa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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