El Legado - Capítulo 8
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8: Capítulo 8 8: Capítulo 8 La conversación entre mamá y mi tío es tensa.
No estoy en la misma habitación, me han dejado “durmiendo” (je) en mi cuna, pero las voces llegan apagadas a través de la puerta entreabierta.
Oigo fragmentos: “…situación insostenible…”, “…incursiones cada vez más audaces…”, “…necesitamos a alguien que inspire a las tropas, hermana…”.
La voz de mamá es firme, pero con un deje de preocupación: “…él ya hizo su parte, Valerius…”, “…nuestro lugar está aquí ahora…”.
Entonces, la voz de papá, grave y calmada, se une a la conversación.
No sé qué dice exactamente, pero el tono cambia.
Hay un silencio, luego la respuesta de mi tío suena casi…
aliviada.
Poco después, la puerta se abre.
Papá entra, seguido de mamá y mi tío.
Borin, Lyra y Kael están en el umbral, con una expresión seria pero expectante.
El gigante bonachón se arrodilla junto a mi cuna, para quedar a mi altura.
Su rostro tiene una determinación que no le había visto desde que nací, una sombra del “Colmillo Cenizo” que tanto susurraban.
“Lexo, pequeño campeón”, dice en voz baja, su enorme mano acariciando mi cabeza.
“Papá tiene que salir un tiempo.
Hay gente que necesita ayuda cerca de la frontera, para que los problemas no lleguen hasta aquí, hasta nuestro hogar.” Sus ojos buscan los míos, como si realmente esperara que entendiera.
Y lo hago.
“Es mejor detener las chispas antes de que se conviertan en incendio, ¿verdad?” haciendo un gesto fraternal frente contra frente, para luego dirigir la mirada hacia sus compañeros y ante su gesticular asentimiento, continua ”Borin, Lyra y Kael vendrán conmigo.
Volveré pronto, te lo prometo hijo.” Como si todo esto hubiera sido coreografiado de antemano y luego de que mi padre fuera con sus camaradas, mi tío Valerius se acerca.
“Tu padre es un verdadero héroe, Lexo.
El Reino tiene una deuda con él, y me enorgullece que haya aceptado prestar su fuerza una vez más.” Satisfecho por lo dicho y asintiendo para sí mismo, saca algo de su armadura: un pequeño reloj de bolsillo, de plata, con grabados intrincados.
Lo limpia cuidadosamente con el revés de su capa y lo coloca con delicadeza en mi mano regordeta.
“Un pequeño regalo de tu tío.
Para que cuentes los minutos hasta que vuelva.” El metal es frío y pesado, pero ahora es tan cálido como su gesto.
Parece buen tipo.
Mamá me toma en brazos, puedo sentir la humedad de sus lágrimas en mi espalda.
Su abrazo es fuerte, protector.
Acepta la decisión de papá, aunque siento la preocupación por la tensión y rigidez de sus delicados músculos.
Ella sabe, mejor que nadie, los peligros que él enfrentó en el pasado y que aun con toda su fuerza, experiencia, el destino suele ser bastante caprichoso.
Papá se vuelve un segundo, ya imbuido dentro de su armadura cobriza, listo para irse.
Me mira una última vez, con una mezcla de orgullo, amor y una tristeza que intenta ocultar.
Y en ese momento, con toda la fuerza que mis pequeños pulmones y mi mente adulta pueden reunir, lo digo.
Mi primera palabra clara, inequívoca.
“¡Papa!” El tiempo parece detenerse.
El rostro de Garen se quiebra.
Las lágrimas que derramó cuando di mis primeros pasos no son nada comparadas con esto.
Se arrodilla de nuevo, me abraza con fuerza, pero con cuidado, su rostro enterrado en mi costado.
Siento sus lágrimas mojar mi ropa de bebé.
“¡Sí!
¡Soy papá!”, solloza con una risa ahogada.
“¡Lo soy!
¡Y volveré, Lexo!
¡Te lo juro, volveré!” Mientras acepto su abrazo, siento una oleada repentina y poderosa dentro de mí.
Esa pequeña canica caliente en mi pecho, mi núcleo al 50%, ¡arde!
Es como si la intensidad emocional del momento, el amor de mi padre, mi propia voluntad expresada en esa palabra, actuaran como un catalizador inesperado.
Siento que los fragmentos restantes de energía, los que aún estaban dispersos, son absorbidos violentamente hacia el centro.
¡WHOOSH!
La sensación es abrumadora pero no dolorosa.
Es como llenar un vacío.
Cuando papá finalmente se recompone y se levanta, secándose las lágrimas, siento mi interior diferente.
Más completo.
Más sólido.
La pantalla azul no aparece, pero sé, con absoluta certeza, que algo fundamental ha cambiado.
Mi núcleo…
ha dado un salto gigantesco.
Ya no es el 50%.
Se siente…
casi completo.
¿Un 80%?
¿Quizás más?
Es una sensación de poder latente mucho mayor que antes.
Papá se despide de mamá con un beso profundo y cargado de promesas silenciosas.
Luego, él y sus amigos, ahora un pequeño pero formidable grupo de combate, salen de casa, se reúnen con los soldados de Valerius y se marchan del pueblo.
Los veo alejarse desde la ventana, en brazos de mamá, aferrando el ahora frío reloj de bolsillo en mi mano.
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