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El Llamado del VOOG - Capítulo 14

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14: Capítulo 14: Historia de Fantasmas III 14: Capítulo 14: Historia de Fantasmas III El viento de la montaña cesó de repente, como si la misma naturaleza contuviera el aliento.

Deirdre y Alex se encontraban frente a la figura encapuchada, cuyos ojos brillaban con un fulgor extraño, casi etéreo.

Y entonces, todo cambió.

La montaña, el cielo, el paisaje a su alrededor… se desvaneció en un parpadeo, como si se tratara de una pintura que alguien acababa de borrar con un trapo.

El suelo bajo sus pies se volvió plano y blanco, como un lienzo sin terminar.

No había horizonte, ni montaña, ni sol.

Solo un espacio vacío e infinito, como si estuvieran en el interior de una pintura aún no pintada.

La figura encapuchada se mantuvo de pie frente a ellos, imperturbable.

—Bienvenidos a la prueba.

— dijo con voz suave, pero con una fuerza abrumadora detrás.

Alex miró a su alrededor con cautela, sus manos ya listas para la acción.

—¿Podemos volver a la montaña?

El aire fresco me gustaba más.

—Silencio.

— dijo la figura, ahora con un tono más firme.

—Uy, qué genio.

La figura bajó lentamente la capucha.

Y por primera vez, pudieron ver su rostro.

Una mujer de cabello blanco como la nieve, ojos completamente negros con destellos dorados en el centro.

Su piel parecía hecha de pinceladas suaves, como si ella misma fuera parte de la pintura.

—Mi nombre es Elizabeth.

Deirdre dio un paso al frente, sus ojos entrecerrados.

—¿Qué eres exactamente?

Elizabeth la miró fijamente.

—Soy un remanente.

Un eco del VOOG de Albert, creado para proteger lo que él dejó atrás.

Alex chasqueó los dedos.

—¿Así que eres como un programa de seguridad con forma humana?

—Algo así.

— respondió sin emoción.

Elizabeth caminó lentamente por el espacio blanco, sin que sus pasos hicieran ruido.

—Sigo la orden que se me dio: guardar un objeto destinado a ti, Deirdre.

Deirdre frunció el ceño, sintiendo cómo una mezcla de emoción y rabia comenzaba a hervir en su interior.

—Entonces, si Albert me lo dejó… ¿por qué no me lo entregas de una vez?

Elizabeth se detuvo y la miró con intensidad.

—Porque no estoy segura de que seas digna de recibirlo.

Deirdre apretó los puños, su voz saliendo con fuerza.

—¡Albert me eligió!

Si él me dejó algo, entonces soy más que digna de tenerlo.

Elizabeth cerró los ojos por un segundo, como si meditara sus siguientes palabras.

—Entonces… comienza la prueba.

Y desapareció.

El suelo tembló, como si una fuerza desconocida hubiera despertado.

A su alrededor, manchas negras comenzaron a formarse en el suelo blanco.

Primero pequeñas, como gotas de tinta.

Luego crecieron… se alargaron… se levantaron.

Formas humanoides.

Retorcidas.

Hechas completamente de tinta.

Sus ojos eran vacíos.

Sus bocas abiertas en silenciosos alaridos.

Y no había una.

Había cientos.

Tal vez miles.

La voz de Elizabeth resonó como un eco en el aire: —Si logran sobrevivir durante una hora… serán considerados dignos.

Deirdre retrocedió instintivamente, sintiendo el peso de la amenaza.

—¿Una hora…?

¿Contra todo esto?

—Oh, eso no es nada.

— dijo Alex con una sonrisa confiada, poniéndose delante de ella.

Sus manos comenzaron a arder en llamas vivas, pero no eran fuego común: era energía viva, naranja con tonos azulados que le recorría los brazos como si estuvieran cubiertos de runas candentes.

—Déjamelo a mí, ama.

—¿Qué estás haciendo?

Alex crujió los nudillos, con sus ojos ardiendo del mismo tono que sus llamas.

—Voy a acabar con todos.

—¿Tú solo?

—¿Acaso dudas de mí?

Deirdre abrió la boca… luego la cerró.

—Un poco.

Alex sonrió de lado.

—Entonces presta atención.

Voy a darte un espectáculo de fuegos artificiales, cortesía del VOOG más subestimado del equipo.

Y sin esperar respuesta, corrió directo hacia los monstruos de tinta.

La primera criatura levantó una garra oscura… Pero Alex la atravesó de un puñetazo en llamas, haciendo que explotara en un estallido de tinta que se evaporó al tocar el suelo.

—¡UNO!

— gritó.

Dos más saltaron por los lados.

Alex giró sobre sí mismo, sus llamas se extendieron como un látigo en forma de espiral.

—¡DOS, TRES!

Deirdre lo observaba con una mezcla de asombro, incredulidad… y una pizca de orgullo.

—¿Cómo…?

¿Desde cuándo…?

La voz de Elizabeth volvió a escucharse, ahora sonando más interesada que antes.

—Curioso.

Él… no fue parte del plan.

Deirdre apretó los puños.

—Bueno, pues aquí está.

Y no va a dejar que caiga.

Alex se deslizó entre enemigos, saltó sobre uno, usó sus hombros como trampolín y cayó con un golpe tan fuerte que hizo temblar el suelo, creando un círculo de fuego a su alrededor.

—¡¿QUIÉN SIGUE?!

Las criaturas rugieron sin voz, corriendo en masa hacia él.

Deirdre cerró los ojos por un momento, respiró profundo y sacó su arma.

—Está bien, Alex.

— murmuró.

—No vas a luchar solo.

Y se lanzó al combate también.

Durante los siguientes minutos, las llamas de Alex y la determinación de Deirdre se convirtieron en una danza violenta, hermosa y perfectamente sincronizada.

Y el reloj… apenas comenzaba a contar.

Las criaturas de tinta caían una tras otra, sus cuerpos deformes estallando en nubes oscuras con cada golpe incandescente de Alex.

Las llamas envolvían sus brazos como si fueran extensiones vivas de su voluntad, danzando y rugiendo a cada impacto.

Pero lo más sorprendente no era su fuerza… Era la conexión con Deirdre.

Desde su lugar, Deirdre observaba la batalla con asombro creciente, su corazón latiendo con fuerza, no solo por el caos a su alrededor, sino por algo más profundo, algo que sentía dentro de sí.

—No lo entiendo… — murmuró, apretando el puño contra su pecho.

—Pero desde que lo invoqué… hay una parte de mí que conoce su poder.

Como si siempre hubiese estado ahí.

Como si… hubiera nacido con él.

Ella no tenía entrenamiento.

No conocía las técnicas ni los nombres de los movimientos que Alex ejecutaba.

Pero sabía lo que podía hacer.

Lo que podía dar.

Y, sobre todo… Sabía cómo hacerlo más fuerte.

—¡Alex!

— gritó desde la distancia, su voz firme y decidida.

—¡Tú puedes!

Dale con todo, sin miedo.

¡No pares!

Las llamas de Alex ardieron más intensamente, como si sus palabras fueran gasolina pura.

El VOOG rió entre golpes, su fuego creando un muro alrededor de sí mismo mientras barría con una docena de enemigos.

—¡Eso es, ama!

¡Así se habla!

¡Sigue gritando, que esto se pone bueno!

Los monstruos seguían apareciendo, pero Alex los destruía en oleadas, sus movimientos cada vez más rápidos, más precisos.

Deirdre comenzó a sonreír.

Por primera vez en días, semanas, quizá meses, sentía esperanza real.

—Quizá… — murmuró —quizá sí podamos lograrlo.

—¿De verdad lo crees?

La voz llegó como un susurro helado a su oído.

Deirdre se congeló.

Al girarse, Elizabeth estaba justo a su lado, de pie como si hubiese estado allí todo el tiempo.

Su rostro inexpresivo, sus ojos negros como tinta con destellos dorados.

—¡¿Cómo llegaste aquí?!

— exclamó Deirdre, retrocediendo un paso.

—Siempre estuve aquí.

— dijo con calma.

—Te observaba.

—¿Qué…?

Elizabeth la miró fijamente, como si evaluara cada rincón de su alma.

—Eres interesante, Deirdre.

Eres fuerte, sí.

Y tu VOOG es… peculiar.

Deirdre entrecerró los ojos.

—¿Qué estás diciendo?

—Albert sabía que eventualmente obtendrías un VOOG.

Lo esperaba.

Incluso dejó instrucciones para protegerte si llegaba el momento.

Elizabeth miró hacia Alex, quien seguía luchando con fiereza.

—Pero debo admitir que estoy sorprendida… por la capacidad que tiene.

—¡¿Entonces por qué haces todo esto?!

— gritó Deirdre, frustrada.

—¡¿Por qué nos atacas si sabes que esto es lo que Albert quería?!

Elizabeth cerró los ojos lentamente.

—Porque no pienso dártelo tan fácil.

Antes de que Deirdre pudiera reaccionar, Elizabeth se movió como una sombra viva, apareciendo detrás de ella con velocidad inhumana.

Un brazo se cerró como una tenaza alrededor de su cuello, y Deirdre jadeó al sentir cómo la fuerza del agarre le quitaba el aliento.

—¡A-Alex…!

Alex, al escuchar su voz, volteó de inmediato.

—¡DEIRDRE!

Pero fue entonces que cientos de criaturas surgieron del suelo, rodeándolo por completo.

—¡No… no, no, no!

— murmuró Alex, sus llamas creciendo mientras intentaba abrirse paso.

Golpeó a una, luego a otra.

Cinco, diez, veinte.

Pero por cada una que derribaba, aparecían diez más.

Comenzaron a golpearlo por todos lados, algunos con garras, otros con tentáculos oscuros.

Su fuego resistía, pero comenzaba a menguar.

—¡DEIRDRE!

— gritó, cayendo de rodillas cuando un golpe directo lo empujó hacia atrás.

Deirdre intentó gritar, pero el brazo de Elizabeth le presionaba el cuello con fuerza controlada.

—Míralo.

— dijo Elizabeth con voz baja y venenosa, su boca junto a la oreja de Deirdre.

—Míralo ahora que no tienes fe en ti misma.

—¿Q-qué…?

—Tu conexión con él es fuerte, sí.

Pero está atada a tu voluntad.

Tu decisión.

Tu poder de creer.

Deirdre comenzó a temblar, su respiración errática.

—Ahora que dudas… que temes… que no haces nada, él se vuelve débil.

Porque tú lo haces débil.

Elizabeth apretó más fuerte, su voz susurrante y cruel.

—Definitivamente… no eres digna.

Deirdre cerró los ojos, sintiendo la presión, la impotencia.

—Y pensar que Albert… te tenía en tan alta estima.

Elizabeth soltó una risa amarga.

—Siempre hablando de lo maravillosa que eras.

De lo fuerte.

De lo noble.

Su tono se volvió más frío, más lleno de veneno.

—Pero yo solo veo una mujer patética.

Las palabras atravesaron a Deirdre como cuchillas.

—He estado en esa casa durante mucho tiempo.

Observándote.

Observando cómo te ahogabas en tu auto compasión y tu dolor, sin hacer nada.

Sin moverte.

Desperdiciando el tiempo.

Deirdre temblaba, no solo por el agarre, sino por lo que estaba escuchando.

—¿Qué te vio él… que yo no puedo ver?

Elizabeth cerró los ojos, decepcionada.

—Quizá… solo fue un error.

Y en ese momento, mientras Alex seguía luchando por llegar hasta ella, ensangrentado, golpeado, pero aún de pie… Las palabras de Elizabeth eran cuchillas.

Frías.

Cortantes.

Cargadas de veneno.

Deirdre no podía respirar.

No solo por el brazo apretado que la sujetaba del cuello, sino porque cada frase, cada acusación, la golpeaba más que cualquier enemigo físico.

“Patética.” “Autocompasiva.” “Un desperdicio.” Una parte de ella quería gritar que no era cierto.

Pero otra… temía que sí lo fuera.

Y entonces, cayó.

No en el suelo, sino en su mente.

El mundo a su alrededor desapareció, tragado por un negro absoluto, un espacio vacío donde no existía el tiempo ni el cuerpo.

Solo ella.

Ella y su duda.

Se vio a sí misma de rodillas, en medio de esa oscuridad, abrumada por sus pensamientos.

—¿Por qué dudo…?

— susurró.

—¿Por qué… siempre tengo miedo?

Se abrazó los brazos, sintiendo la desesperanza treparle por la espalda.

—¿Qué… debo hacer?

Y entonces… llegó el calor.

No físico, sino algo que nacía desde lo más profundo de su alma.

Una presencia.

Majestuosa.

Arrolladora.

Imponente.

Una voz masculina surgió desde lo alto, como el rugido de un dios hablando entre montañas: —¿Eres tú… quien heredó mi voluntad de conquistar el mundo?

Los ojos de Deirdre se abrieron con fuerza.

El vacío desapareció de golpe y fue reemplazado por un nuevo escenario.

Una ciudad.

En ruinas.

En llamas.

Y, sin embargo, majestuosa.

La arquitectura era de otra época, columnas gigantes, estandartes dorados ondeando en la tormenta.

Era como si estuviera en medio de un campo de batalla… y a la vez, en el corazón de un imperio.

Y allí, frente a ella, de pie en lo alto de una plataforma, se encontraba una figura imposible de definir.

Un hombre joven, imponente, su cuerpo envuelto en una capa de oro y púrpura, una espada en la espalda y una corona de laurel sobre su cabeza.

Su rostro estaba oculto por sombras… pero sus ojos brillaban como soles.

Deirdre no lo reconocía.

No podía.

Pero sabía quién era.

El hombre alzó un brazo.

Le apuntó.

Y con una voz que parecía tejer el destino con cada palabra, dijo: —Tómalo.

Deirdre se estremeció.

Sintió cómo algo dentro de ella se quebraba… y algo mucho más grande tomaba su lugar.

Las memorias regresaron de golpe.

Albert.

Sonriendo.

Acariciándole el cabello.

Diciéndole que era fuerte, incluso cuando ella se negaba a creerlo.

Su risa.

Su mirada cuando hablaban de sueños.

Y luego… Alex.

Molesto.

Tonto.

Agotador.

Pero también… leal.

Divertido.

Inesperadamente sabio.

Ella lo quería.

Aunque a veces lo negara.

Aunque lo negara incluso para sí misma.

Ambos eran parte de su historia.

Y ambos la habían llevado hasta aquí.

Una luz dorada estalló dentro de su pecho.

Y entonces… algo nuevo nació.

Alex, aún arrodillado, jadeaba mientras la sangre manchaba el suelo blanco.

Las criaturas seguían apareciendo.

Él luchaba.

No paraba.

No importaba cuánto doliera.

—Deirdre… — murmuró.

—¡Solo… aguanta…!

Y entonces lo sintió.

Un calor brutal.

Un latido que no era suyo.

Una explosión de energía que lo atravesó por completo.

Levantó la vista justo a tiempo para ver cómo los ojos de Deirdre brillaban con un dorado intenso.

Y entonces… —¡AAAAAHHHH!

— gritó ella, rompiendo el agarre de Elizabeth.

Una explosión de fuego dorado envolvió su cuerpo, haciendo retroceder incluso a las criaturas cercanas.

Su cabello se encendió en llamas doradas, danzando como una corona de fuego.

Su respiración era temblorosa… pero su mirada, indomable.

Y lo más sorprendente: no era consciente de nada de esto.

Solo sentía.

Solo creía.

Y esa creencia, esa fuerza… hizo eco en Alex.

—Oh… sí.

— murmuró Alex, una sonrisa alzándose en su rostro sangriento.

—Así se hace, ama.

Su cuerpo se cubrió de llamas doradas y naranjas, como una armadura antigua.

Pero no una cualquiera.

Hombreras con grabados helénicos.

Guanteletes que parecían forjados en los fuegos del Olimpo.

Grebas talladas con leones y relámpagos.

Un yelmo fantasmal que se formaba y desvanecía a voluntad.

Y en sus manos… un kopis ardiente, una espada curva de fuego puro.

Alex caminó hacia adelante, su aura expandiéndose como un sol naciente.

—¡Les presento mi nueva formación táctica: Falanje Ardiente!

Los monstruos se lanzaron contra él… Y fueron arrasados.

Cortes precisos, movimientos de avanzada y defensa como si hubiera entrenado con un ejército durante años.

—¡Ataque de flanco!

— gritó, girando con una danza de fuego y acero.

—¡Formación tortuga, versión explosiva!

Elizabeth, aún recuperándose del estallido inicial, observó en completo asombro.

—Esto… esto es… Sus ojos se abrieron por completo.

—Una resonancia.

Su voz tembló por primera vez.

—Creí que era un mito… o algo que solo ocurría una vez cada billón de VOOGs.

Volteó a ver a Deirdre, cuyas llamas aún no se apagaban, cuyos ojos brillaban como si el universo mismo la atravesara.

—No cabe duda… — susurró.

—Deirdre está destinada a algo grande.

Una sonrisa amarga cruzó su rostro.

—Ella no es fuerte sola… Miró a Alex, que ahora dominaba el campo de batalla como un general invencible.

—Pero cuando acepta lo que siente… y confía… se vuelve imparable.

Y entonces, desde el cielo rojo del mundo pintado… comenzó a sonar un tambor.

La hora estaba por terminar.

Pero la verdadera prueba… apenas comenzaba.

El calor en el aire no era natural, era el de una batalla a punto de alcanzar su punto máximo.

Las llamas doradas aún ardían a su alrededor.

El suelo temblaba.

El eco del poder compartido entre Deirdre y Alex resonaba en cada rincón del mundo pintado.

Pero Elizabeth no había terminado.

Sus ojos, antes serenos, ahora se afilaban con una mezcla de asombro y decisión.

—Es hora de la parte final de esta prueba.

— declaró con solemnidad.

Levantó una mano y todas las criaturas restantes se congelaron en su sitio… …y comenzaron a licuarse.

Sus cuerpos de tinta negra se derritieron, uniéndose como si fuesen absorbidos por una fuerza superior.

Las sombras se arrastraban por el suelo, girando en espiral, formando un remolino viscoso que se elevaba cada vez más alto.

Y de ese torbellino… surgió una criatura colosal.

Un monstruo de tinta.

Altísimo, con cuernos de pinceladas rotas, ojos sin pupilas y garras que parecían hechas de trazos malditos.

Su forma era humanoide, pero inestable, cambiando de contorno como si aún no supiera qué quería ser.

Elizabeth lo observó con expresión grave.

—Tu creación final, hecha con la esencia del juicio.

— dijo al ente.

—Acaba con él.

Deirdre no se inmutó.

Sus ojos aún brillaban, pero no con la intensidad explosiva de antes.

Ahora, su voz era serena.

Firme.

Confiada.

—Te lo dejo a ti, amigo mío.

Alex giró la cabeza ligeramente, y al ver su expresión tranquila, sonrió con una calidez extraña para el campo de batalla.

—A su orden, mi rey.

Y entonces avanzó.

Con una velocidad que desafiaba toda lógica, Alex se lanzó hacia la criatura.

Su cuerpo aún cubierto con la armadura de fuego.

La bestia rugió, haciendo temblar el suelo.

Alex respondió con una llamarada que cubrió sus brazos, impulsándose hacia el pecho del enemigo con un puño encendido como una estrella.

—¡¡Ataque de ariete!

— gritó, impactando con una fuerza sísmica.

El monstruo retrocedió, pero no cayó.

Sus garras se extendieron y rasgaron el aire, forzando a Alex a girar en el aire y aterrizar con elegancia.

—¡Formación de escudos, ofensiva!

— exclamó, creando múltiples copias ilusorias de su escudo de fuego que giraban a su alrededor como una falange defensiva.

Saltó entre ellas, rebotando como un rayo viviente, acuchillando al monstruo una y otra vez con técnicas inspiradas en el combate de los antiguos ejércitos helénicos.

—¡Estratagema de Aníbal!

Una explosión dirigida desde dos flancos envolvió al monstruo.

Este rugió con rabia, su cuerpo comenzando a desestabilizarse.

Alex respiraba con fuerza.

Su cuerpo estaba al límite, pero su espíritu… indomable.

Y entonces, con un último grito, lanzó su ataque final: —¡Golpe del olimpo!

Saltó alto, tan alto que casi alcanzó el cielo de la pintura, y descendió con su puño envuelto en fuego puro, como un cometa descendiendo con furia divina.

El impacto partió al monstruo en dos.

Y en un estallido de tinta… desapareció.

El silencio reinó.

La luz bajó.

La tensión se evaporó como el humo.

Deirdre se acercó con pasos firmes, aunque cansados.

Cuando estuvo a su lado, sonrió levemente.

—Bien hecho.

Alex iba a responder con una broma, pero entonces las llamas doradas de Deirdre comenzaron a apagarse.

Su cabello volvió a su tono original.

Sus ojos perdieron el brillo de la resonancia.

Y su cuerpo… cedió.

—¡Oye!

— exclamó Alex, dando un paso al frente para atraparla justo antes de que cayera al suelo.

La sostuvo entre sus brazos con cuidado, bajándola lentamente.

—¿Deirdre?

¿Estás bien?

Deirdre abrió los ojos lentamente, con la respiración agitada.

—¿Qué… pasó?

Alex sonrió con suavidad, su tono esta vez tranquilo.

—Parece que ganamos.

Deirdre cerró los ojos unos segundos, dejando escapar un suspiro aliviado.

Y en un suspiro, todo cambió.

El campo de batalla desapareció.

El cielo oscuro se volvió claro.

La tinta se evaporó.

Y cuando Deirdre volvió a abrir los ojos… Estaban en la cima de la montaña.

El cielo despejado.

La brisa soplando suavemente.

Y ahí… estaba Elizabeth.

De pie, tan estoica como siempre, pero ahora con una expresión distinta.

—Estoy impresionada.

Su tono había cambiado.

Ya no había desprecio.

Ni juicio.

Solo respeto.

—Albert… lo estaría también.

Deirdre y Alex se miraron por un momento.

No dijeron nada.

No necesitaban hacerlo.

Porque sabían que, juntos, habían superado algo más que una prueba.

Habían dado un paso hacia algo mucho más grande.

El cielo en la cima de la montaña pintada era tan claro que parecía un espejo celeste, reflejando cada aliento de viento y cada respiro de los presentes.

Deirdre, aún débil por el esfuerzo, descansaba en los brazos de Alex, que se había arrodillado para no soltarla.

La quietud era nueva, merecida… y extrañamente cálida.

Alex rompió el silencio con su tono habitual, aunque la fatiga aún se notaba en su voz: —Al fin… ¡derroté al maldito fantasma!

Deirdre soltó una risita mientras se recostaba contra él.

—Alex… te dije mil veces que el fantasma nunca existió.

Elizabeth, de pie a unos metros, soltó una carcajada elegante, que sonó como el eco de una campana lejana.

—Oh, no, no, no… él no estaba del todo equivocado.

Alex parpadeó.

—¿Eh?

Elizabeth se llevó una mano al pecho, su rostro mostrando diversión por primera vez.

—Yo no soy el fantasma, claro.

No puedo mover objetos ni provocar accidentes domésticos.

Eso no es parte de mis habilidades… pero hay algo en esa casa.

Deirdre arqueó una ceja.

—¿Estás diciendo que… sí existe un fantasma?

Elizabeth asintió con solemnidad.

—Lo he visto.

Varias veces.

Y… sí.

Ha molestado a Alex.

Más de una.

Alex abrió los ojos como platos, su rostro mezclando vindicación y horror.

—¡¿Lo ves?!

¡Te lo dije!

¡Yo no destruí la cocina ni tapé el baño!

—Esto es una locura.

— murmuró Deirdre, aunque con una sonrisa divertida.

—¡Justicia!

— gritó Alex, levantando un puño en señal de victoria.

—¡Al fin se hace justicia en este mundo!

Elizabeth volvió a recuperar su tono más neutro.

—Tengan cuidado.

Ese fantasma no es cualquiera.

Es de origen VOOG.

Deirdre se tensó, su sonrisa desvaneciéndose.

—¿Cómo que de origen VOOG?

Elizabeth miró hacia el cielo por un instante, como buscando la respuesta entre las nubes.

—No sé exactamente su naturaleza.

Solo he sentido su presencia.

Pero hay algo particular… siempre está vinculado al número 8.

En ese instante, la expresión de Alex cambió por completo.

Su sonrisa se desdibujó.

Su mirada se volvió más fría.

—Así que ya están apareciendo… — dijo en voz baja, más para sí mismo que para los demás.

Elizabeth asintió, su rostro también más serio.

—Pensé que entenderías.

Deirdre los miró a ambos, confundida.

—¿De qué están hablando?

Alex no respondió.

Solo bajó la mirada.

Elizabeth, sin embargo, suspiró con suavidad.

—Más adelante lo sabrás.

Pero ahora… Se giró y extendió una mano hacia el aire.

De la nada, como si arrancara un pedazo del mundo pintado, apareció una caja dorada con bordes antiguos.

—Esto es lo que Albert me pidió proteger.

La caja flotó hacia Deirdre, y al verla, sus ojos se llenaron de algo que no había sentido en mucho tiempo: Una mezcla de nostalgia, miedo… y esperanza.

Pero Elizabeth no terminó ahí.

Con un gesto, dos objetos más aparecieron flotando a su lado: —Y estas son las dos cosas más.

Deirdre frunció el ceño.

—¿Qué son?

Elizabeth miró directamente a sus ojos.

—No puedo responderte todavía.

Primero necesitas saber una historia.

Alex se recostó suavemente contra una roca, aún sosteniendo a Deirdre.

—¿Una historia?

¿Con dragones?

¿Magos?

¿Conspiraciones internacionales?

Elizabeth sonrió apenas.

—Peor.

Una historia real.

El viento sopló con más fuerza, haciendo ondear el cabello de Deirdre, y las llamas residuales que quedaban en sus mechones dorados parpadearon una última vez antes de apagarse por completo.

—Escuchen con atención… — dijo Elizabeth, dando un paso hacia ellos.

Elizabeth se acercó, serena.

Deirdre aún se encontraba en los brazos de Alex, más recuperada, pero con el cuerpo aún tembloroso tras la intensidad de todo lo vivido.

—Deirdre… — comenzó Elizabeth —Hay algo que debo contarte antes de desaparecer por completo.

Deirdre la miró con atención, mientras Alex soltaba un suspiro cansado y cruzaba los brazos detrás de la cabeza, aún arrodillado.

—¿Es una historia con fantasmas?

Porque si sí, ya tuve suficiente por hoy.

— dijo Alex, medio en broma.

Elizabeth ignoró su comentario con una sonrisa fugaz.

—Hace algunos años, cuando tú y Albert viajaron a Venecia, él me llevó a conocer a alguien especial.

Una vidente… una mujer que sabía sobre los VOOGs.

Deirdre ladeó la cabeza.

—¿Albert me ocultó eso?

—No lo hacía con malas intenciones.

— respondió Elizabeth con serenidad.

—La mujer le mostró cosas… cosas que ninguno de nosotros creyó posibles.

Ese día aprendimos la habilidad de evitar los domos de batalla.

Pero lo más importante fue una visión.

Elizabeth miró directamente a Deirdre, con un brillo dorado en los ojos.

—Una visión donde tú, Deirdre… te enfrentabas al Rey de los VOOGs.

El silencio se volvió denso.

—Wow, eso es… súper conveniente.

— comentó Alex con sarcasmo.

—Una profecía misteriosa.

¿También había niebla y una voz dramática de fondo?

Elizabeth lo miró con paciencia.

—El destino no es algo fijo, Alex.

Puede cambiar con cada decisión.

Pero esa visión fue suficiente para que Albert comenzara a planear… todo.

—¿Planear qué?

— preguntó Deirdre, su voz cargada de confusión.

Elizabeth respiró hondo.

—Albert no quería que te involucraras con los VOOGs.

Quería protegerte, mantenerte fuera de todo esto.

Pero se obsesionó con aquella visión.

Con tu papel en lo que venía.

Así que diseñó un camino en el que tú misma encontraras el hechizo de invocación.

—Pero… — murmuró Deirdre —fue Cristina quien lo encontró.

Elizabeth asintió.

—Así es.

El plan cambió.

El destino también.

Pero, en el fondo, siempre estuvo pensado para ti.

Deirdre se quedó en silencio, su mirada bajando.

—Ahora… — continuó Elizabeth —he venido a darte más que respuestas.

Extendió una mano y una luz surgió en el aire, dejando flotar una pequeña caja sellada con símbolos dorados.

—Este es el objeto que Albert me pidió proteger… y ahora es tuyo.

Alex alzó una ceja, curioso.

—Esa caja… lo que hay dentro tiene poder, ¿verdad?

Yo conozco esa habilidad.

Elizabeth asintió.

—Correcto.

Es mi habilidad personal: dejar el poder en objetos.

Albert y yo la dominamos juntos.

—¿Entonces cuando Albert murió…?

— preguntó Deirdre, sorprendida.

—Su asesino no se quedó con su poder.

— explicó Elizabeth.

—Porque él ya lo había vinculado a este objeto.

Es un método raro, difícil de controlar, pero si el VOOG muere y su poder está en un objeto, ese poder permanece.

—Y ahora ese poder… — murmuró Alex.

—Es tuyo.

— terminó Elizabeth con suavidad.

—Tuyo y de Alex.

Él ya es fuerte, pero esto lo llevará a un nuevo nivel.

Elizabeth hizo una pausa y luego extendió ambas manos, liberando un flujo de energía dorada que envolvió a Deirdre y a Alex.

—Además de eso, les transfiero dos habilidades más: la de ocultar el domo de batalla… y la de dejar su poder en objetos.

—¿También podremos enseñar esto a los demás?

— preguntó Deirdre.

—Sí.

Lo necesitarán.

Lo que viene es más grande de lo que creen.

Alex se cruzó de brazos, mirándola con una expresión seria, casi respetuosa por una vez.

—¿Y tú?

¿Desaparecerás?

Elizabeth sonrió.

—Mi deber ha sido cumplido.

Mi esencia fue creada para proteger este legado… y ahora ya no es necesario que permanezca.

Deirdre bajó la mirada, conmovida.

—Gracias… por quedarte hasta ahora, prometo honrar la memoria de Albert.

Elizabeth le sonrió una última vez.

—Ya lo haces, Deirdre.

Ya honras su memoria.

Y entonces, su cuerpo comenzó a desvanecerse en trazos de pinceladas doradas, como si un artista la borrara suavemente del lienzo del mundo.

Alex observó en silencio.

—El remanente cumplió su misión.

Un último destello de luz blanca lo cubrió todo.

Cuando la luz se desvaneció, volvieron a estar en el departamento.

El real.

El de siempre.

Con las paredes ligeramente torcidas.

Con el mueble roto por algún accidente.

Con la cocina… medio reparada.

Y, lo más importante… con todos los demás ahí.

—¡DEIRDRE!

— gritaron Cristina y Jessica al unísono, corriendo a abrazarla con fuerza.

—¡Estás bien!

¡Sabíamos que lo lograrías!

— dijo Jessica, casi llorando.

Cristina la abrazaba con fuerza, pero igual murmuró: —¡Casi muero de estrés mientras tú salvabas el mundo!

—Lo logramos.

— dijo Deirdre con una sonrisa cansada, mientras Alex se estiraba al fondo.

—Sí, sí… yo los salvé a todos, por cierto.

Y no pienso dejar que lo olviden jamás.

Haré camisetas con mi cara.

—¡Ya cállate, Alex!

— dijo Mai, dándole un golpe seco que lo mandó directo al suelo.

—¡Ay!

¡Eso fue innecesario!

¡¡Mi cara!!

— gritó desde el piso.

Jonny y Daniel se acercaron.

—¿Y entonces?

— preguntó Jonny.

—¿Qué fue lo que dejó Albert?

Deirdre asintió lentamente y sacó la caja que había recibido.

Todos se reunieron alrededor mientras ella abría con cuidado el cierre dorado.

En su interior… Dos alianzas de plata.

Una con la inscripción: “De mí” Y la otra: “Para ti.” Nadie habló.

Por unos segundos, el silencio se volvió sagrado.

—Albert… — murmuró Jessica.

Daniel bajó la cabeza en señal de respeto.

Cristina se mordía el labio, conteniendo las lágrimas.

Y Deirdre, mientras sostenía las alianzas en sus manos, por fin entendió algo que no había querido aceptar hasta ahora.

Albert había creído en ella hasta el final.

Y ella… estaba lista para continuar su legado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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