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El Llamado del VOOG - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Capítulo 15 La Calma Antes de la Tormenta
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15: Capítulo 15: La Calma Antes de la Tormenta 15: Capítulo 15: La Calma Antes de la Tormenta El cielo de la ciudad estaba despejado por primera vez en días.

Las nubes grises que solían cubrirlo como un manto pesado habían cedido al sol, y una brisa ligera acompañaba el movimiento de las hojas en las aceras.

Deirdre caminaba a paso firme por la calle, su cabello recogido de forma sencilla, ropa casual pero con ese estilo elegante y práctico que la caracterizaba.

A su lado, como una sombra incómodamente habladora, iba Alex.

—No puedo creerlo… — decía con una sonrisa burlona mientras se estiraba los brazos detrás de la cabeza.

—¿Una cita, Deirdre?

¿Tú?

¡Con Adrián!

Pensé que tu corazón pertenecía solo a la justicia y la destrucción de organizaciones malvadas.

Deirdre rodó los ojos sin detenerse.

—No es una cita.

Es una salida.

Como amigos.

Nada más.

Alex puso cara de escéptico y levantó las cejas.

—Amigos que se ven fuera del trabajo, se visten bien y se encuentran en cafeterías bonitas.

Ajá, claro, claro.

Muy amigos.

Deirdre suspiró, y por un momento pensó en ignorarlo… pero no pudo resistirse.

—Mira, Adrián es un buen tipo.

Amable, educado… divertido incluso.

Se merece al menos una oportunidad.

Alex frunció el ceño con una sonrisa traviesa.

—¿Entonces admites que es una cita?

—¡No!

— replicó, y le dio un codazo en el brazo.

—Es una conversación civilizada entre dos adultos funcionales.

—Entonces ¿por qué estás nerviosa?

—No estoy nerviosa.

—¿Y por qué me llevas contigo?

—¡No te llevo contigo!

— dijo ella, deteniéndose de golpe y mirándolo.

—Estás siguiendo como una garrapata hiperactiva.

Alex hizo una reverencia exagerada.

—Soy tu sombra de confianza.

Tu escudo viviente.

Tu…

ángel guardián ardiente.

—Lo único ardiente que tienes es tu ego.

Alex rio.

—Mira, solo estaré cerca por si pasa algo.

Tú sabes, un ataque sorpresa de la cábala nocturna, un portal interdimensional… o si el chico resulta ser un agente encubierto.

Nunca se sabe.

—No va a pasar nada de eso.

— murmuró ella, aunque por dentro no podía evitar pensar “bueno, con mi suerte…” —Además… — continuó Alex —te prometo que seré invisible a los ojos de Adrián.

No sabrá que estoy ahí.

Como un ninja.

O un gato bien entrenado.

Deirdre le lanzó una mirada de advertencia.

—Más te vale, Alex.

Porque si lo arruinas… no te lo voy a perdonar.

—¡Palabra de VOOG!

— dijo, llevándose una mano al pecho dramáticamente.

Minutos después, llegaron frente a una cafetería pequeña, acogedora y decorada con luces cálidas y ventanales llenos de plantas.

Adrián ya estaba en la puerta, revisando su reloj con una sonrisa nerviosa en los labios.

Al verla, se iluminó por completo.

Dejó el celular en el bolsillo y se adelantó con entusiasmo.

—¡Hey, Deirdre!

¡Qué bueno que llegaste!

Pero antes de que pudiera abrazarla o siquiera llegar completamente a su lado… Alex le puso el pie discretamente.

—¡Ugh!

— Adrián tropezó, sus brazos agitaron el aire como aspas descontroladas y cayó de bruces al suelo con un estruendo seco pero cómico.

—¡Adrián!

— exclamó Deirdre, corriendo hacia él, claramente alarmada.

Él levantó una mano, con el pulgar en alto, y desde el suelo soltó una risa nerviosa.

—Estoy bien, estoy bien… — dijo con humor.

—Créeme, me he caído de cosas más altas.

Deirdre le ofreció la mano para ayudarlo a levantarse, con un gesto apenado.

—Lo siento, debió haber sido… no sé, un desnivel raro.

Desde un banco cercano a la entrada, Alex silbaba con inocencia, mirando hacia otro lado como si no hubiera pasado absolutamente nada.

Deirdre lo miró fijamente desde la puerta.

Su ceja izquierda temblaba levemente.

—Alex…

Él se encogió de hombros sin dejar de sonreír.

—Dijiste que no me viera… no dijiste que no interfiriera.

—¡Eso es lo mismo!

—¡Técnicamente no!

—¡Técnicamente voy a lanzarte por una ventana!

Adrián la miró sin entender muy bien de qué hablaba, solo frotándose la rodilla con una sonrisa resignada.

—¿Tienes hermanos, Deirdre?

—No, pero tengo un VOOG y es peor.

— Dijo sarcásticamente.

—Oye.

— murmuró Alex desde lejos, —Eso fue ofensivo.

Cierto, pero ofensivo.

Finalmente, Deirdre entró al café con Adrián, intentando centrar su atención en él.

Mientras tanto, Alex se sentó en un banco fuera del local, sacando una revista de astronomía que nadie entendía por qué llevaba encima.

—Solo una salida de amigos.

— murmuró, hojeando.

—Veremos si sigue pensando eso después de que él le cuente que le gustan las películas francesas mudas.

La calma reinaba por ahora, pero bajo la superficie de la normalidad, había fuerzas en movimiento.

Y mientras Deirdre intentaba recordar cómo se sonreía sin pensar en monstruos hechos de tinta, Alex sabía que esa paz no iba a durar.

La cafetería tenía ese tipo de atmósfera reconfortante que uno no espera encontrar tras sobrevivir una dimensión de tinta y fuego: jazz suave de fondo, baristas sonrientes, plantas colgantes con macetas pintadas a mano.

Y en medio de ese oasis urbano, Deirdre y Adrián estaban sentados frente a frente en una mesa junto al ventanal, rodeados por el murmullo de conversaciones ajenas y el aroma de café recién molido.

Adrián hablaba animadamente, usando las manos con gestos amplios, y Deirdre lo miraba con una sonrisa genuina que no había mostrado en mucho tiempo.

Su expresión estaba relajada, su risa salía fácil, sin tensión.

—…y cuando el jefe me dijo “usa tu intuición”, no pensé que se refería a mi sentido arácnido, así que terminé tirando todo el archivo por la ventana.

Literalmente.

Deirdre soltó una carcajada, cubriéndose la boca con una mano.

—¿Cómo sobrevives con ese nivel de caos?

Adrián sonrió con picardía.

—Me adapto.

Además, lo compenso con encanto.

— se encogió de hombros.

—Y un poco de suerte.

—Mucho.

— agregó Deirdre riendo.

Desde la distancia, Alex observaba con recelo mezclado con aburrimiento.

Estaba en una mesa más atrás, fingiendo leer un menú, con unas gafas oscuras enormes que apenas ocultaban lo evidente.

—¿Encanto?

— murmuró.

—Pff.

¿Eso es todo lo que se necesita hoy en día?

Aprovechando que un camarero pasaba cerca con una bandeja, Alex extendió discretamente el pie y empujó uno de los bordes, haciendo que el vaso de café se volcara directamente sobre la camisa de Adrián.

—¡Oh!

— gritó el camarero, horrorizado.

—¡Ah!

— exclamó Adrián, mirando su camisa manchada mientras se ponía de pie de un salto.

—¡Adrián!

— Deirdre se levantó, atónita.

—¿Estás bien?

Adrián se miró, luego miró a Deirdre… y simplemente se echó a reír.

—Sí, sí, tranquila.

— dijo con una sonrisa enorme.

—He sobrevivido a almuerzos con mi abuela.

Esto no es nada.

—Lo siento tanto… seguro fue un accidente… — murmuró Deirdre, visiblemente avergonzada.

Desde una planta decorativa, Alex asomó la cabeza y susurró dramáticamente: —Claro que fue un accidente… orquestado por la justicia.

Deirdre lo fulminó con la mirada, lo cual solo hizo que Alex le guiñara un ojo antes de desaparecer nuevamente entre las mesas.

La cita continuó a pesar de los pequeños desastres orquestados por cierto VOOG invisible: • El azúcar del café de Deirdre desapareció misteriosamente.

• Un florero cayó justo al lado de su silla sin explicación aparente.

• El ventilador de techo giró tan rápido que la carta de menús salió volando… directo a la cara de Adrián.

Y sin embargo… Adrián no perdió la sonrisa ni una sola vez.

—Supongo que el universo solo está probando mi sentido del humor hoy.

— dijo mientras le ofrecía su servilleta a Deirdre.

Ella no pudo evitar reír con él.

—¿No te enoja?

Digo… han pasado demasiadas cosas raras.

Adrián negó con la cabeza.

—La vida ya tiene suficientes momentos pesados.

Estas cosas son como comedia slapstick en tiempo real.

Si no te ríes… te amargas.

Y yo prefiero reír.

Deirdre lo miró unos segundos.

Había sinceridad en sus ojos.

Esa ligereza sin ser superficial.

Ese optimismo que ella había perdido hace tiempo.

—Eres… sorprendentemente maduro.

— dijo, aún sonriendo.

—No es madurez.

— respondió él, tomando su taza de nuevo.

—Es una defensa emocional muy bien entrenada.

Ambos se rieron.

Pero entonces, Adrián frunció levemente el ceño, como si algo le hubiera quedado en la cabeza.

—Por cierto… más temprano dijiste que tenías un VOOG molesto.

¿Eso era una especie de broma interna o…?

Deirdre se tensó apenas por un segundo.

—¿Eh?

Ah, no.

Fue solo un… comentario al azar.

Sin sentido.

Un… chiste.

—¿Un chiste con siglas raras?

— bromeó él.

Alex, que había reaparecido en otra mesa cercana con una taza de café ajena en la mano.

—VOOG.

Lo leí una vez.

En Europa, cuando trabajaba en un archivo histórico.

Aparecía en un texto antiguo relacionado con Alejandro Magno.

Deirdre giró lentamente, sorprendida.

—¿Qué…?

—Sí.

En un manuscrito dañado que hablaba sobre entidades vinculadas a la voluntad de los grandes conquistadores.

El término “VOOG” estaba inscrito a un lado… como si alguien lo hubiera añadido siglos después.

Me pareció curioso.

Adrián hablaba con calma, entre sorbos de café y comentarios dispersos, como si la conversación fluyera sola, sin esfuerzo ni máscaras.

—Cuando trabajé en el archivo de historia en Europa, en Florencia, me encontré con un texto dañado.

Uno de esos que están a medio descifrar y que nadie ha terminado de traducir y estaba este término extraño que me llamó la atención… “VOOG”.

Al escucharlo, Alex —que seguía en una mesa cercana, fingiendo leer un periódico abandonado— bajó el papel lentamente, con el ceño levemente fruncido.

—¿VOOG?

— repitió Deirdre, disimulando su sorpresa.

—¿En serio?

Adrián asintió con una sonrisa.

—Sí, lo curioso es que aparecía en un texto sobre Alejandro Magno.

Aunque no estaba claro si era parte del texto original o una anotación posterior.

Aun así, me llamó la atención.

—¿Y qué decía exactamente?

—Poco.

Es un término ambiguo.

— explicó él, encogiéndose de hombros.

—Tal vez una mala traducción, tal vez algo simbólico.

El texto lo describía como una especie de… no sé, poder que usaban los grandes conquistadores para extender su dominio.

—Suena como una fantasía.

— murmuró Deirdre, mirando su taza.

—Exacto.

Yo no creo que sea real.

— dijo Adrián, riendo.

—Probablemente una metáfora o algo que alguien escribió para hacer más mística la figura de Alejandro.

Ya sabes cómo nos encanta exagerar la historia.

Deirdre levantó la mirada, su expresión neutral.

—Sí… es curioso pensar en algo así.

Adrián sonrió.

—Aunque, si existiera ese tipo de poder, ¿quién en su sano juicio podría tenerlo todo?

Deirdre se rió suavemente, llevándose la taza a los labios.

—¿Quién sería capaz, verdad?

Lo que Adrián no notó fue que Alex no volvió a hacer travesuras después de aquella conversación.

Se quedó en su asiento, en silencio, mirando por la ventana con una expresión inusualmente seria.

Sus dedos tamborileaban la mesa, su mente lejos del café, lejos incluso del presente.

Y por un momento… su máscara cayó.

El día transcurrió con calma, sin más incidentes.

Después de despedirse del café, Adrián acompañó a Deirdre hasta la entrada de su apartamento.

El ambiente era ligero, incluso un poco tímido.

—Me alegra que hayas aceptado venir hoy.

— dijo él, con las manos en los bolsillos.

—Fue… una buena tarde.

—Lo fue.

— respondió Deirdre, con una sonrisa genuina.

—Gracias por hacerme reír tanto.

—¿Entonces… crees que podamos repetirlo alguna vez?

Deirdre dudó apenas un segundo.

Luego asintió.

—Creo que sí.

Me encantaría.

—Genial.

— dijo Adrián, sin ocultar su alegría.

—Entonces… hasta pronto.

Se despidieron con una inclinación de cabeza y una sonrisa.

Nada más.

Nada menos.

Simple.

Sincero.

Tranquilo.

Y cuando él se alejó por la calle, silbando bajito, Deirdre entró al edificio con pasos ligeros.

Dentro del departamento, Alex ya la esperaba, echado boca arriba en el sofá, sosteniendo una bolsa de papitas abiertas y viendo el techo como si esperara que le hablara.

—Vaya, ¿ya terminó la cita de telenovela?

— preguntó sin girarse.

Deirdre cerró la puerta y dejó su bolso en la repisa.

—Gracias.

Por no molestar más.

Alex sonrió sin mirarla.

—De nada.

Estoy guardando ideas para la próxima.

Si van a repetir, necesito renovar el repertorio.

—Si intentas algo, te mato.

— dijo ella sin perder la compostura.

—Una muerte gloriosa.

— replicó él, llevándose una papa a la boca.

Deirdre fue hasta la cocina, sirvió un vaso de agua y luego regresó al salón, deteniéndose junto al sofá.

—¿Estás bien?

— preguntó con tono más serio.

Alex parpadeó.

Bajó el brazo y se sentó.

—¿Por?

—Desde que Adrián mencionó a Alejandro Magno, te pusiste… raro.

Alex la miró durante un largo instante.

Luego bajó la mirada.

—Estaba pensando.

— murmuró.

—En ese archivo del que habló… en esa palabra.

—¿VOOG?

Alex asintió.

—Sí.

Me trajo recuerdos.

Deirdre se sentó en el sillón frente a él, cruzando las piernas.

—¿Tomaste tu nombre de Alejandro Magno?

Alex asintió una vez más.

—Sí.

Fue… apropiado.

Hay muchos nombres en el mundo de los VOOGs.

Algunos los eligen sus amos.

Otros los crean ellos mismos.

Yo lo elegí.

—¿Crees que Alejandro Magno tuvo un VOOG?

— preguntó ella, con tono curioso.

Alex mantuvo la vista baja.

—Estoy casi seguro.

Conquistar medio mundo a los treinta… suena a alguien que no estaba solo.

—Pero murió joven.

— susurró Deirdre.

Alex levantó la mirada y por primera vez en horas, sus ojos no contenían fuego ni burla, sino un peso antiguo, viejo como la historia.

—Eso suele pasarle a la gente con VOOGs.

— dijo con una voz baja, casi triste.

El silencio que siguió fue diferente a los anteriores.

No incómodo.

Sino lleno de significado.

Como si una puerta se hubiera entreabierto y, por un instante, ambos hubieran podido mirar el interior.

Deirdre no dijo nada más.

Solo se levantó, caminó hasta su cuarto y antes de cerrar la puerta, murmuró: —Descansa, Alex.

Alex no respondió enseguida.

Y luego, con una sonrisa melancólica: —Tú también, ama.

Las luces del departamento se apagaron una a una.

Y en esa calma… La tormenta se preparaba para llegar.

Deirdre cerró la puerta de su habitación con un suspiro.

La cita, para su sorpresa, había salido mejor de lo que esperaba.

Adrián era divertido, amable… y, por alguna razón que no terminaba de comprender, la hacía sentir en paz.

Justo cuando se dejó caer en la cama, con intenciones de disfrutar un momento de silencio, alguien llamó a la puerta.

“Toc toc.” Su ceño se frunció.

—¿Quién será tan tarde…?

— murmuró, poniéndose de pie de nuevo.

Caminó hasta la puerta con paso curioso, pero sin alarmarse.

Al abrirla, no había nadie.

Solo el pasillo vacío.

Y en el suelo, un pequeño paquete cuidadosamente envuelto con papel oscuro y una cinta roja.

Deirdre levantó una ceja.

—¿Qué demonios…?

Se agachó para recogerlo y notó una pequeña tarjeta pegada en la parte superior.

La abrió.

“Un regalo de un admirador secreto.

Espero que te guste.” —¿Qué clase de cliché barato…?

— murmuró, girando la cabeza de un lado a otro, buscando algún rastro de quién lo dejó.

El pasillo seguía tan silencioso como antes.

Demasiado silencioso.

Llevó el paquete de regreso al departamento, cerrando la puerta detrás de ella.

Alex estaba en el sofá, medio recostado, leyendo lo que parecía una revista de recetas que había encontrado entre los restos de la cocina.

Levantó la vista cuando la vio entrar.

—¿Y eso?

¿Te llegó Amazon con una flor sorpresa?

—No.

— dijo Deirdre, aún confundida.

—Escuché que tocaron.

Salí… no había nadie, pero esto estaba en la entrada.

Tiene una nota de un “admirador secreto”.

Alex frunció el ceño lentamente, y se incorporó.

—¿Tocaron…?

Yo no escuché nada.

Deirdre parpadeó.

—¿Cómo que no?

Fue clarísimo.

Pero en lugar de responder, Alex se tensó como un resorte.

Sus ojos se iluminaron con un fuego que no era de broma esta vez.

—¡Deirdre, suéltalo!

— gritó, encendiendo sus puños al instante.

Sin perder ni un segundo, se lanzó hacia ella y la empujó con fuerza, tirándola al suelo y cubriéndola con su cuerpo en una maniobra explosiva de protección.

—¡¿Qué estás—?!

Y entonces… El paquete explotó.

Una llamarada desgarradora iluminó el departamento con una luz blanca cegadora.

Las paredes se estremecieron y parte del techo colapsó, lanzando escombros por todos lados.

La onda expansiva arrasó con muebles, ventanas y todo lo que había cerca.

Deirdre solo escuchó un zumbido agudo.

El mundo se volvió mudo.

Apenas podía ver.

Solo distinguía a Alex sobre ella, moviendo los labios rápidamente, sin que ella pudiera oír nada.

El humo la rodeaba.

El fuego comenzaba a extenderse.

Pero Alex la levantó en brazos sin dudarlo y corrió hacia la salida, rompiendo lo que quedaba de la puerta con una patada.

La dejó a salvo, sentándola contra la pared del pasillo, mientras volvía a entrar sin perder el ritmo.

Deirdre jadeaba.

Su audición comenzaba a regresar poco a poco, como si el mundo se reiniciara lentamente.

Entonces escuchó una voz familiar que la sacó del aturdimiento: —¡DEIRDRE!

— Cristina venía corriendo, descalza, envuelta en una sudadera enorme.

Su rostro estaba blanco de preocupación.

—¡¿Estás bien?!

¡Oh por Dios, dime que estás bien!

—S-sí… — logró decir Deirdre, apenas enfocando su visión.

—¿Qué… qué pasó?

Cristina se arrodilló a su lado, tomándola del rostro.

—¡Una explosión!

¡Se escuchó desde nuestro departamento!

¡Adrian ya llamó a los bomberos!

¡Pensamos que había sido un ataque!

Deirdre miró hacia la entrada destrozada de su hogar… y vio a Alex salir cargando una pila de cosas que apenas logró rescatar: una caja de documentos, una foto enmarcada, dos plantas… y su silla de oficina.

Por supuesto.

—Lo esencial.

— murmuró Deirdre, aún aturdida.

—¡Oye!

— gritó Alex desde dentro del caos.

—¡Esto fue lo único que sobrevivió sin chamuscarse!

¡Y no iba a dejar morir a Planta #3!

¡Ya la había regado hoy!

—¿La silla, Alex?

— respondió Cristina con incredulidad.

En ese momento, Adrián apareció corriendo por el pasillo, con una mochila a medio cerrar y una chaqueta puesta al revés.

—¡¿Qué pasó?!

¿¡Están bien!?

—Si… — murmuro Deirdre.

—¡Escuché el estruendo y salí!

— dijo mientras corría a ayudar a Alex con las cosas.

—Buen oído.

— murmuró Alex, observándolo brevemente antes de soltar su carga.

Adrián ni lo miró raro, simplemente comenzó a mover escombros y ayudar a sacar lo que quedaba útil.

Casi como si… entendiera el caos y supiera moverse en él.

Minutos después, el lugar ya estaba rodeado de vecinos, bomberos, policías y paramédicos.

Una cinta amarilla comenzaba a cerrar el área mientras un oficial hablaba con Deirdre.

—Entiendo que usted estaba dentro del departamento cuando ocurrió la explosión.

—Sí… — respondió ella, cubriéndose con una manta que Cristina le había dado.

—Alguien dejó un paquete.

Y luego… —¿Cree que fue un ataque directo?

—No lo sé.

Es posible.

El oficial suspiró.

—Entonces necesitaremos que venga a la estación a rendir una declaración formal.

Esto puede escalar a un caso federal.

Pero antes de que Deirdre pudiera asentir, Alex se interpuso entre ambos.

—No esta noche.

— dijo con firmeza.

El oficial lo miró.

—Disculpe, pero esto— —Ella casi muere.

Está en estado de shock.

— dijo Alex, su tono ahora serio, directo.

—Hablaremos con ustedes mañana.

Y si insisten… tendré que insistir yo también.

El oficial, sin saber exactamente cómo replicar, miró a Deirdre… luego a Alex… y finalmente asintió.

—Está bien.

Pero mañana en la mañana, en la comisaría.

¿Entendido?

—Perfectamente.

— dijo Alex, sin sonreír.

Cuando el oficial se alejó, Cristina se giró a Deirdre.

—¿Qué crees que fue eso?

Deirdre miró hacia el humo aún saliendo de lo que antes fue su departamento.

Su hogar.

—Algo me dice que… — murmuró —la tormenta acaba de comenzar.

Las sirenas se alejaban lentamente mientras el humo comenzaba a disiparse.

Aunque los bomberos habían controlado el fuego, el aire aún olía a ceniza y pólvora.

La fachada del edificio seguía de pie, pero el departamento de Deirdre…

ya no era un hogar.

Los vecinos cuchicheaban desde las ventanas.

Algunos grababan con sus celulares.

Otros simplemente miraban en silencio, testigos mudos de algo que ninguno entendía por completo.

Y entonces, entre las sombras de la noche, llegó Natsu.

Caminaba con paso rápido y decidido, su expresión tan seria como siempre, pero había un leve brillo de preocupación en sus ojos.

—Revisé todo el perímetro.

— anunció al acercarse.

—El lugar entero.

No vi a nadie sospechoso.

Ninguna presencia extraña.

Cristina bufó, cruzándose de brazos mientras abrazaba con fuerza la manta que le cubría los hombros.

—¿Entonces qué?

¿Un admirador psicópata con acceso a explosivos?

— preguntó con sarcasmo.

—Porque el único enemigo real que tenemos es la Cábala Nocturna.

Y si ellos fueron… Su voz se apagó mientras miraba a Deirdre.

—¿Cómo supieron dónde vives?

— murmuró.

Deirdre, aún sentada en el bordillo del pasillo, bajó la mirada.

Tenía la ropa chamuscada, la cara manchada de hollín, pero sus ojos seguían firmes… aunque una sola lágrima rodaba silenciosa por su mejilla.

—Si fueron ellos… — dijo, con voz baja —entonces nadie está a salvo.

Alex, que aún tenía polvo sobre los hombros y la camisa rasgada, regresó con una caja entre los brazos.

La dejó con cuidado junto a ella.

—Pude salvar algunas cosas.

— dijo, más suave de lo habitual.

—Fotos, documentos, el anillo de Albert… Tu planta.

—¿La que siempre se te olvida regar?

— preguntó Cristina, intentando aligerar el momento.

—Oye, ¡hoy sí la regué!

— protestó Alex, señalando su propio pecho como si eso lo absolviera de todo.

Deirdre esbozó una pequeña sonrisa entre la tristeza.

—Gracias, Alex.

Por todo.

Él se sentó a su lado, sin decir nada más.

Solo la acompañó en el silencio, como si supiera que las palabras ya no bastaban.

Cristina se acercó y se agachó junto a las cajas.

—Mi hermano y yo nos encargaremos de esto.

Lo guardaremos en nuestro departamento, ¿vale?

Estará seguro con nosotros.

Adrián, que seguía ayudando a los bomberos a sacar escombros, alzó la mano al escuchar eso, haciendo un gesto de “sin problema”.

—Jessica también está en camino.

— añadió Cristina.

—Dice que te llevara a su departamento.

Es mejor que descanses allá esta noche.

No vas a dormir bien sola después de esto.

—No voy a dormir bien en ningún lado.

— dijo Deirdre con honestidad.

Pero aun así, se puso de pie lentamente.

Miró lo que quedaba de su puerta, de su sala, de su vida.

Y algo en su mirada cambió.

Ya no era solo la líder del equipo.

Ni la mujer que había perdido al amor de su vida.

Era alguien que acababan de intentar eliminar.

—Voy a encontrar al que hizo esto.

— dijo con un tono firme, helado.

—Y cuando lo haga… va a pagar.

Alex se levantó a su lado, su expresión seria, sin rastro de bromas ni sonrisas.

—Sí.

— dijo.

—Esto ya es personal.

Natsu, que hasta entonces había permanecido en silencio, asintió con firmeza.

—Mañana averiguaremos más.

Por ahora, descansa.

Si este fue su mensaje… responderemos con el nuestro.

Deirdre respiró hondo.

Por dentro estaba rota.

Pero por fuera… Era una llama contenida.

Lista para estallar.

Y mientras caminaba hacia el ascensor con Cristina, Adrián y Alex a su lado, supo que no importaba cuán fuerte fuera el enemigo… ella ya no caminaba sola.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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