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El Llamado del VOOG - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 La Próxima Batalla
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16: Capítulo 16: La Próxima Batalla 16: Capítulo 16: La Próxima Batalla La noche había sido larga, pero en la casa de Jessica y Arthur, reinaba una calma extraña.

La sala era pequeña pero acogedora, decorada con estantes repletos de libros de ciencia y fantasía.

Una lámpara tenue iluminaba el espacio mientras Deirdre, aún con ojeras visibles, sostenía una taza de café entre sus manos.

Alex estaba echado en el sillón, de cabeza, hojeando una revista al revés.

—…y entonces, el paquete explotó.

— relató Deirdre, su voz más cansada que enojada.

—Literalmente explotó.

Si no fuera por Alex…

Arthur, sentado en una butaca con un libro abierto en el regazo, frunció el ceño, pensativo.

—Es extraño.

— dijo mientras se ajustaba las gafas.

—Ese no es el modus operandi típico de la Cábala Nocturna.

Ellos tienden a actuar con más sutileza.

Ataques directos como este son… poco elegantes para su estilo.

—¡Quizá fue un grupo rival de admiradores secretos!

— intervino Alex desde el sillón, alzando una mano como si fuera una hipótesis seria.

—¡Una guerra de fans!

¡Explosiones!

¡Romance!

¡Telenovela!

Deirdre le lanzó una mirada fulminante.

—No es momento para bromas, Alex.

—Solo trato de aligerar el ambiente.

— respondió, girando en el sillón para quedar en una postura casi normal.

—La tensión aquí puede cortar queso.

Jessica, que entraba en ese momento con una bandeja de galletas, suspiró con paciencia.

—Dale un respiro, Deirdre.

Si no fuera por él, probablemente estarías en peor estado.

Deirdre bajó la mirada, sus dedos jugando con las dos pequeñas alianzas de plata que ahora colgaban de una cadena en su cuello.

Las sostuvo entre sus dedos, apretándolas con suavidad.

—Lo sé.

— dijo finalmente.

—Y agradezco que haya estado ahí.

Pero eso no cambia el hecho de que mañana tengo que lidiar con el papeleo, la policía… y ver qué demonios pasará con mi departamento.

Jessica le dio una galleta y le sonrió.

—Un problema a la vez.

—Sí.

— murmuró Deirdre, aceptando la galleta casi con resignación.

—Y además — agregó Alex con una sonrisa confiada —, seguro todo se arreglará.

No hay nada que un poco de encanto y algo de fuego bien dirigido no puedan solucionar.

Deirdre soltó una pequeña risa, breve pero real.

—Ojalá fuera tan sencillo.

La noche pasó lentamente, con conversaciones dispersas, teorías sobre el enemigo y, finalmente, un sueño pesado que arrastró a todos al descanso.

Al día siguiente, el sol se filtraba a través de las cortinas de la sala.

Deirdre caminaba por la acera, móvil en mano, con Alex a su lado.

El tráfico matutino rugía a lo lejos, y el aire estaba impregnado del aroma de pan recién horneado y café de puestos callejeros.

—Sí, entiendo.

— decía Deirdre, su voz templada mientras hablaba por teléfono.

—Pero por favor, necesito saber si podré reparar el apartamento o si tendré que buscar otro lugar.

Del otro lado, su casero respondía con evasivas.

Alex caminaba a su lado, las manos en los bolsillos, observando cada coche que pasaba, cada persona que los cruzaba, con ojos de halcón.

No confiaba en nadie ahora.

—No, no, lo entiendo.

— continuó Deirdre, apretando la mandíbula.

—Solo… por favor, avísenme lo antes posible.

Necesito estabilidad ahora mismo.

Hizo una pausa, escuchó la respuesta, y finalmente soltó un suspiro largo.

—Gracias.

Que tenga buen día.

Colgó y bajó el móvil, frotándose el rostro con frustración.

—¿Todo bien?

— preguntó Alex sin rodeos.

—Tan bien como puede estar alguien que podría quedarse oficialmente sin hogar.

— dijo ella en tono seco.

Alex le dio un golpecito en el hombro con su codo.

—Siempre puedes mudarte conmigo.

Te advierto que mi cocina es una dimensión de caos, pero tiene su encanto.

Deirdre sonrió cansada.

—Preferiría dormir en un banco del parque.

—¡Hey!

— fingió indignarse.

—¡No subestimes el sofá de los campeones!

Ambos se detuvieron frente a un edificio de fachada gris y escudo policial en la puerta.

La comisaría.

Alex dejó de bromear.

Se puso serio de inmediato.

—¿Lista para otra batalla, ama?

Deirdre miró el edificio, sintiendo el peso de todo lo que había pasado en menos de veinticuatro horas.

La pérdida.

La amenaza.

La promesa de venganza.

Tomó las alianzas colgando de su cuello y las apretó con fuerza.

—Sí.

— dijo en voz baja.

—Lista.

Y, juntos, cruzaron las puertas, sabiendo que lo que estaba por venir sería mucho más que simples preguntas y respuestas.

Deirdre dejó escapar un pequeño suspiro mientras ajustaba el peso de su bolso al cruzar el vestíbulo de la comisaría.

—La parte más difícil empieza ahora.

— murmuró.

—¿Más difícil que casi volar por los aires?

— preguntó Alex, caminando invisiblemente a su lado, sus pasos silenciosos en comparación con el bullicio del lugar.

—Sí.

— respondió ella en voz baja.

—Porque aquí no hay golpes, no hay fuego… solo papel.

Mucho papel.Y burocracia.

Alex soltó un bufido divertido.

—Mi antigua némesis… el formulario 38B.

Deirdre llegó hasta la puerta del despacho del comisario, golpeó dos veces y entró.

Era una sala sencilla: escritorio grande, sillas de vinilo, diplomas enmarcados en las paredes y el aroma persistente de café barato.

Mientras Deirdre se sentaba y comenzaba a relatar todo lo sucedido, Alex se movía como una sombra a través del lugar, explorando con curiosidad los rincones del despacho, los archivadores y las placas polvorientas.

Su expresión era relajada, pero su mente trabajaba rápido.

Ya sabía quién había enviado el paquete.

—Los Diez Dedos.— pensó, frunciendo el ceño mientras hojeaba disimuladamente un informe sobre la cábala nocturna.

Era un grupo antiguo, peligroso, casi mitológico entre los VOOGs.

Cada uno de sus miembros representaba un dedo de una “mano” simbólica, y sus poderes eran especializados y letales.

—Fue el Quinto Dedo… seguro.

— reflexionó Alex.

—Ese bastardo siempre prefería las trampas indirectas a los enfrentamientos frontales.

Eso significaba que otros Dedos podrían aparecer pronto.

Y si ya sabían dónde estaba Deirdre… —El tiempo se está acabando.

Pero por ahora, no podían lidiar con ellos.

Primero, la Cábala Nocturna.

Un rato después, Deirdre salió del despacho, frotándose la frente con frustración.

—Listo.

— dijo.

—Firmé, expliqué, firmé de nuevo… firmé una tercera vez para decir que firmé.

Alex apareció a su lado, visiblemente relajado, metiendo las manos en los bolsillos.

—Tranquila.

La policía se encargará de atrapar a los malos.

Ahora toca lo importante: volver a casa.

—A casa… — repitió Deirdre con una mueca amarga.

—Eso suena raro ahora.

—A casa de Jessica.

— corrigió Alex, empujándola suavemente por el hombro para animarla.

Deirdre sonrió apenas mientras ambos caminaban hacia la salida.

El trayecto fue rápido.

La ciudad parecía indiferente al caos que había envuelto a Deirdre las últimas 24 horas.

La vida seguía: autos que pasaban, vendedores ambulantes, niños corriendo por las aceras.

Cuando llegaron al edificio de Jessica, Alex soltó un comentario distraído: —¿Notas algo raro?

—¿Que no ha explotado nada en los últimos cinco minutos?

— respondió Deirdre con sarcasmo.

—No, no… — dijo Alex, ladeando la cabeza como un perro curioso.

Algo estaba fuera de lugar.

Abrieron la puerta del departamento, y lo primero que notaron fue el sonido sutil de movimiento.

Deirdre entrecerró los ojos.

—¿Jessica está cocinando?

Pero al entrar a la cocina… se congelaron.

Las sartenes, cucharas y tazas flotaban en el aire, girando lentamente como si estuvieran en gravedad cero.

Alex se quedó en la puerta, mirando la escena como si fuera lo más normal del mundo.

Deirdre abrió la boca para decir algo, pero justo en ese momento, todo cayó al suelo con un estruendo espantoso.

¡CRASH, BANG, CLANK!

La cafetera explotó en vapor.

Las tazas se rompieron en mil pedazos.

Las cucharas rebotaron en el suelo como pequeños proyectiles de acero.

Deirdre soltó un grito ahogado y se cubrió instintivamente la cabeza, retrocediendo varios pasos.

—¡¿Qué demonios fue eso?!

— exclamó, mirando con incredulidad la cocina en ruinas.

Alex se cruzó de brazos con expresión satisfecha.

—Te dije que el fantasma nos siguió.

Deirdre lo miró con incredulidad.

—¿Eso es el famoso “fantasma”?

¿El que supuestamente rompía la cocina?

—Exactamente.

— asintió Alex, orgulloso.

—Ahora es nuestro compañero de piso.

—¡NO quiero un fantasma como compañero de piso!

Alex se encogió de hombros.

—Mejor que muchos de los que he tenido.

Deirdre resopló, masajeándose las sienes.

—Esto es un desastre… —Nah, — dijo Alex con una sonrisa.

—Es nuestro desastre.

Y mientras Deirdre recogía resignadamente los restos de una taza rota, una parte de ella no pudo evitar sonreír ligeramente.

La noche caía lentamente sobre la ciudad, tiñendo los edificios de un gris profundo mientras las luces comenzaban a encenderse como estrellas dispersas.

En una azotea, cuatro figuras vigilaban en silencio.

Daniel sostenía un par de binoculares militares de alta precisión, su postura relajada pero alerta.

A su lado, Jonny también observaba, apoyado contra la barandilla, con las manos en los bolsillos.

Mai estaba sentada en el borde de la azotea, moviendo las piernas en el aire como si estuviera en un columpio, y Henry se mantenía más atrás, revisando un pequeño dispositivo de energía VOOG.

El edificio que observaban era sencillo, anodino… pero lo que escondía dentro era todo menos ordinario.

—¿Qué opinas del equipo?

— preguntó Daniel en voz baja, sin apartar la vista de los binoculares.

Jonny dejó escapar una risa breve mientras bajaba los suyos.

—Hace mucho que no trabajábamos en equipo.

— dijo, cruzando los brazos.

—Pero no me desagrada.

De hecho, diría que es un grupo interesante.

—¿Ah, sí?

— preguntó Daniel, arqueando una ceja.

Jonny asintió, sonriendo con esa calma suya que parecía inamovible.

—Natsu y Cristina son…

peculiares.

Carismáticos.

Tienen esa energía que puede levantar a un equipo entero incluso en los peores momentos.

Me hacen reír, y eso es decir mucho.

—Definitivamente.

— murmuró Mai desde el borde.

—Jessica y Arthur son todo lo contrario.

— continuó Jonny.

—Centrados, metódicos.

Un ancla necesaria para tanta locura alrededor.

Son como los adultos responsables en una fiesta de adolescentes hiperactivos.

Henry soltó una risa seca.

—Bien descrito.

Daniel bajó los binoculares un segundo, interesado.

—¿Y qué piensas de Alex y Deirdre?

Jonny guardó silencio un momento, su mirada fija en las ventanas iluminadas del edificio objetivo.

—Son un caso especial.

— dijo al fin.

—Alex… — sonrió de lado —, sé que parece un payaso el noventa por ciento del tiempo, pero hay algo en su energía.

Un poder latente que no he visto en muchos VOOGs.

Y Deirdre… Su voz se volvió un poco más seria.

—Deirdre tiene potencial.

Un potencial enorme.

Se mueve con torpeza emocional todavía, duda, se frena… pero cuando rompa esa barrera, va a ser alguien que incluso los VOOGs antiguos respetarían.

Mai rió suavemente, apoyando la barbilla en las rodillas.

—A mí me parece ridículo.

— dijo, divertida.

—Alex me agrada, pero habla demasiado.

Y siempre está diciendo tonterías.

Henry, que había permanecido en silencio, cerró su dispositivo y lo guardó en su chaqueta.

—Es loco pensar que ese tipo pueda ser tan poderoso.

— comentó.

—Su apariencia no ayuda.

Si lo ves sin saber quién es, parece un VOOG oscuro escapado de un museo de horrores.

—Y aún así, es uno de los nuestros.

— dijo Daniel con una pequeña sonrisa.

—¿Tú no tienes dudas?

— preguntó Jonny, girándose hacia él.

Daniel negó.

—No.

Vi a Alex en acción antes que todos ustedes.

Vi su resonancia con Deirdre.

Ese tipo podría incendiar un continente si quisiera… pero prefiere hacer bromas malas y salvar plantas de apartamento.

—Un héroe atípico.

— resumió Jonny.

—O el héroe que necesitamos.

— añadió Henry.

Daniel volvió a levantar los binoculares, enfocando una ventana en particular donde un grupo de hombres trajeados hablaban acaloradamente.

—Dejemos de hablar de filosofía.

— dijo en tono más serio.

—Ya encontré nuestro objetivo.

Todos se tensaron de inmediato.

—¿El líder de la Cábala?

— preguntó Mai, su tono agudo.

Daniel asintió.

—Sí.

Está ahí dentro.

Confirmado.

Y no está solo.

Hay al menos cinco VOOGs detectados, todos de rango intermedio.

Jonny cruzó los brazos, su rostro endureciéndose.

—Entonces es ahí donde debemos atacar.

—Correcto.

— dijo Daniel, bajando los binoculares y girándose hacia ellos.

—Ese es nuestro siguiente paso.

No habrá segunda oportunidad.

Y si logramos capturar o eliminar a su líder, la Cábala Nocturna se derrumbará por sí sola.

Henry exhaló lentamente, sintiendo el peso de lo que estaba por venir.

—¿Ya les avisaste a los demás?

—No todavía.

— respondió Daniel.

—Quería confirmar primero.

Jonny asintió, apretando los puños.

—Entonces, es hora de reunir a todos.

La próxima batalla empieza ahora.

La brisa nocturna ondeó sus ropas, y la ciudad bajo ellos parecía contener la respiración.

Porque esta vez, no era solo un ataque más.

Era el principio del fin.

En el pequeño pero acogedor departamento de Cristina, la atmósfera era completamente distinta a la tensión que se respiraba en la azotea o en las calles.

Aquí, las luces eran cálidas, había olor a palomitas recién hechas, y las risas llenaban el aire.

—¿¡Entonces te aceptó la cita!?

— exclamó Cristina, con los ojos como platos, mientras se lanzaba sobre el sillón, abrazando un cojín.

Adrián, sentado en el otro extremo, se rascó la nuca, sonriendo de forma algo tímida.

—Sí, tampoco me lo esperaba.

— admitió, soltando una pequeña risa.

—¡¿Cómo fue?!

¡Cuéntame todo!

— exigió Cristina, dando saltitos de emoción.

—Fue tranquilo.

— explicó Adrián.

—Tomamos café, hablamos de tonterías, reímos bastante… Hizo una pausa, bajando un poco la voz.

—Deirdre es…

diferente.

Me agrada mucho.

Tiene esa mezcla de fuerza y dulzura que no ves todos los días.

Cristina lo miró durante unos segundos, como evaluándolo.

—¿Y cuál es tu siguiente movimiento, don galán?

Adrián rió.

—No sé.

— confesó.

—No quiero apresurar nada.

Solo sé que quiero seguir conociéndola.

De verdad me gusta su forma de ser.

Cristina asintió lentamente, una sonrisa traviesa curvando sus labios.

—Deirdre es así.

— dijo, abrazando su cojín.

—Fuerte, decidida, algo torpe para mostrar sentimientos… pero increíblemente linda cuando se permite bajar la guardia.

Le apuntó con el dedo en señal de advertencia.

—Te advierto que si la lastimas, te perseguiré hasta el fin del mundo.

Adrián levantó ambas manos en señal de rendición, riendo.

—¡Jamás!

Lo digo en serio, Cris.

Quiero hacer las cosas bien.

Cristina soltó un suspiro dramático.

—Bien, bien.

— dijo, cerrando los ojos.

—Te otorgo mi bendición de hermana.

—¿Eso es oficial?

—¡Oficialísimo!

— respondió ella con solemnidad antes de reírse.

La conversación siguió fluida, entre bromas, pequeñas confesiones y el tipo de charla cómoda que solo los hermanos verdaderos —de sangre o de elección— pueden tener.

Mientras tanto, en el cuarto de Cristina, Natsu estaba tirado en el piso, viendo caricaturas en la televisión, con una expresión completamente seria pese a los colores brillantes y las explosiones absurdas en pantalla.

Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho y sus piernas estiradas.

Mientras veía cómo un gato animado explotaba de forma cómica por intentar atrapar un ratón, murmuró para sí mismo: —Siento que las cosas se van a poner intensas… Tomó un puñado de palomitas de una bolsa a su lado, sin apartar los ojos de la pantalla.

—Muy intensas.

El sonido de la risa de Cristina y Adrián flotaba desde la sala, pero Natsu sabía —por ese instinto que nunca fallaba en él— que la calma que disfrutaban ahora era solo el preludio de una gran tormenta.

Y esta vez… Nadie estaría completamente preparado para lo que venía.

Las calles nocturnas zumbaban suavemente bajo las farolas.

Los pasos tranquilos de Jessica y Arthur resonaban sobre la acera mientras caminaban, cargados de bolsas que pendían de sus brazos.

Jessica sostenía varias con soltura, su sonrisa brillando bajo la tenue luz.

Arthur, en cambio, parecía estar haciendo malabares para no dejar caer una montaña de paquetes.

—Estoy segura de que a Deirdre le va a encantar la cena que preparamos.

— dijo Jessica, ajustando una de las bolsas.

—Un buen té, un poco de pan dulce, algo casero…

Es justo lo que necesita después de todo lo que ha pasado.

Arthur, detrás de unas bolsas que casi le tapaban la cara, asintió.

—Un buen té caliente junto a eso… — murmuró —Será reconfortante.

Y probablemente lo último tranquilo que tengamos por un buen tiempo.

Jessica se rió suavemente, como si no quisiera darle importancia.

—Vamos, Arthur.

— dijo con ligereza.

—Los próximos días juntos van a ser interesantes.

Va a ser divertido convivir así, todos en el mismo espacio.

Arthur resopló, intentando reacomodar las bolsas que amenazaban con deslizarse de sus brazos.

—Estar cerca de Alex me estresa.

— admitió.

—Es como tener un niño hiperactivo con superpoderes.

No sabe ser serio ni aunque el mundo esté a punto de acabarse.

Jessica soltó una risita, divertida con la descripción precisa.

—Relájate un poco.

— dijo, dándole un pequeño empujón amistoso con el hombro.

—Alex puede ser un payaso, sí, pero también es el primero en ponerse serio cuando realmente importa.

Además, necesitamos esas risas de vez en cuando.

Arthur suspiró, ajustando otra bolsa.

—No olvides que estamos combatiendo a la Cábala Nocturna.

— recordó con tono grave.

—Alguien ya intentó matar a Deirdre.

No podemos bajar la guardia ni un segundo.

Jessica, sin perder su sonrisa, se detuvo un momento en la acera y lo miró a los ojos.

—Lo sé.

— dijo en voz baja.

—Créeme que lo sé.

Se acercó un paso más y, con una ternura que contrastaba con el peso de sus palabras, agregó: —Pero en este momento, solo vive lo que pasa.

Disfruta esta noche.

Mañana… lucharemos todo lo que haga falta.

Y acabaremos con la Cábala.

Juntos.

Arthur la miró durante un largo segundo.

Sus hombros tensos se relajaron apenas.

—Quizá me estoy preocupando demasiado.

— admitió finalmente.

Jessica sonrió aún más amplia.

—Siempre lo haces.

Es parte de tu encanto.

Sin previo aviso, lo abrazó.

Las bolsas crujieron y Arthur soltó un pequeño grito ahogado: —¡Cuidado!

¡¡Vas a tirar todo!!

Jessica rió con fuerza, apoyando la cabeza brevemente en su hombro.

—Shhh.

— susurró, divertida.

—Menos quejas.

Más amor.

Arthur, pese a su incomodidad inicial, no pudo evitar reír también.

Entre las bolsas que amenazaban con caer, el cansancio, las preocupaciones y la inminente guerra, había un momento de paz.

Un breve instante donde el mundo aún podía sentirse amable.

Y mientras seguían su camino de regreso al departamento, bajo el cielo estrellado, los engranajes del destino giraban silenciosamente en la oscuridad, preparando la próxima gran batalla que cambiaría sus vidas para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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