El Llamado del VOOG - Capítulo 17
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17: Capítulo 17: La batalla comienza 17: Capítulo 17: La batalla comienza —Entonces, ¿te dan el nuevo departamento esta semana?
—preguntó Adrián, recargado en su silla con un café en la mano y una expresión relajada, como si hablar de mudanzas fuera lo más emocionante de su día.
Deirdre asintió mientras guardaba unos papeles en su escritorio.
—Sí.
El viernes, si todo va según lo planeado.
Al menos ya no estaré acampando entre cajas.
Gracias otra vez por guardar mis cosas, en serio.
—No hay problema.
Me gusta sentirme útil —dijo con una sonrisa ladeada—.
Y oye, si necesitas ayuda con la mudanza, o incluso si solo quieres alguien que te haga compañía mientras desempacas, ya sabes dónde vivo.
—¿Tan desesperado estás por una excusa para no hacer nada?
—rió Deirdre, dándole un empujón amistoso en el brazo.
—Me has descubierto.
Qué vergüenza.
Ambos rieron, el ambiente entre ellos más liviano que en días anteriores.
Esa risa fue interrumpida cuando Alex apareció en la sala, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
—¿Y qué es tan gracioso?
—preguntó, alzando una ceja.
Adrián se levantó con un gesto exagerado de resignación.
—Nada que te interese.
Yo ya terminé mi break.
A trabajar se ha dicho.
—Y con una sonrisa hacia Deirdre—.
Avísame si necesitas ayuda con la mudanza.
Cuando se fue, Alex se acercó a Deirdre, aún con esa expresión de sospecha que últimamente no se molestaba en disimular.
—Ese tipo no me termina de convencer.
—¿Sigues con eso?
¿Estás celoso o qué?
—¿Yo?
—resopló Alex, cruzando los brazos—.
Por alguien como él, jamás.
—Claro, claro… —dijo Deirdre, divertida, mientras volvía a concentrarse en su pantalla.
El resto del día transcurrió de forma monótona, con el murmullo de teclados, llamadas breves y el constante zumbido de las luces del lugar.
Pero cuando el sol comenzó a caer, tiñendo los ventanales de un naranja apagado, Deirdre se levantó, lista para volver a casa.
Adrián la alcanzó cerca de la entrada.
—¿Vas para el centro?
—preguntó.
—Sí.
¿Te vienes?
—Vamos.
Caminaron juntos, el ruido del tráfico envolviéndolos como un telón de fondo.
La conversación fluía sin prisa, sin demasiadas pretensiones.
Solo dos personas compartiendo el final de una jornada.
Hasta que, al doblar por una calle estrecha, una figura familiar apareció entre la multitud.
Cristina.
Y a su lado, un chico de expresión seria y ropa deportiva.
Natsu.
—¡Deirdre!
—llamó Cristina, alzando una mano.
—¿Cristina?
Qué raro encontrarte aquí.
—Vine con Natsu a dar una vuelta.
—Cristina los saludó a ambos y luego miró con atención a Adrián—.
¿Él es tu amigo?
—Sí, él es Adrián.
Y este es Natsu.
—Mucho gusto —dijo Adrián, tendiéndole la mano a Natsu, quien simplemente asintió sin cambiar su expresión.
Cristina miró a Deirdre, luego a Alex, y finalmente volvió a clavar sus ojos en ella.
—Necesito hablar contigo.
A solas.
—¿Pasa algo?
—Sí.
Algo raro.
Y prefiero explicártelo en otro lugar.
Donde nadie nos escuche.
Deirdre frunció el ceño, pero asintió.
Había algo en el tono de Cristina que no admitía discusión.
Adrián miró a ambos, notando el cambio de ambiente.
—¿Todo bien?
—Sí, solo cosas personales.
Te escribo luego —dijo Deirdre, dándole una sonrisa tranquilizadora.
Mientras Adrián se alejaba, Cristina tomó a Deirdre del brazo y empezó a caminar en dirección opuesta.
—¿Qué pasa?
—preguntó Deirdre, en voz baja.
Apenas Adrián se alejó entre la gente, Cristina miró a Deirdre con una sonrisa ladina y los brazos cruzados.
—Tienes que admitir que se ven bien juntos —dijo, en tono juguetón—.
A veces me divierte verlos.
Adrián parece tan… feliz cuando está contigo.
Deirdre resopló, algo incómoda.
—Ay, Cristina, no empieces.
Solo somos dos compañeros saliendo del trabajo.
Ya.
Natsu, que había estado en silencio hasta ahora, levantó una ceja, con esa calma que lo caracterizaba.
—Así empiezan las historias de romance, ¿no?
Caminatas al atardecer, bromas compartidas, miradas cómplices… Alex bufó con fuerza desde detrás de Deirdre.
—No hay ninguna historia de romance aquí, ni habrá.
Eso lo aseguro yo.
Natsu lo miró con una expresión de falsa inocencia, claramente disfrutando de la provocación.
—¿Ah, no?
Porque todas las señales están ahí.
Las miradas, las sonrisas, el tono… está todo.
Te estás quedando atrás, compañero.
—¡Tú ni siquiera los conoces!
—exclamó Alex, dando un paso al frente—.
¿Y desde cuándo eres experto en lenguaje corporal?
Lo tuyo es mirar todo como si fuera una partida de ajedrez, así que mejor calla.
—¿Molesto?
—respondió Natsu, sonriendo apenas—.
Qué raro en ti, Alex.
Sueles ser más ecuánime.
—¡Molesto no!
Solo me molesta que hables como si supieras algo, cuando claramente no sabes nada de lo que pasa entre nosotros.
¡Ni siquiera sabes lo que es el contexto emocional!
Cristina los observaba alternar ataques verbales como si estuviera viendo a dos niños discutir por una consola de videojuegos.
—¿Van a pelear o se van a besar?
Porque honestamente esto ya parece una telenovela —dijo con un suspiro—.
Parecen críos.
Deirdre se encogió de hombros y se cruzó de brazos, resignada.
—Uno se acostumbra.
Al principio intentas mantener la paz… pero luego simplemente aceptas que tienes una versión viva del caos al lado todo el tiempo.
—Qué adorable —dijo Alex con sarcasmo, aún fulminando a Natsu con la mirada.
—A lo que vine —interrumpió Cristina, recuperando su tono serio—.
Llevo varios días siguiendo a alguien.
No estaba segura, pero esta mañana lo confirmé.
Está vinculado a la Cábala Nocturna.
Deirdre se enderezó como si acabaran de empujarle el pecho con una piedra.
—¿Qué?
¿Cristina, estás loca?
¡Eso es peligrosísimo!
¿Qué hacías siguiéndolos sola?
—No es como si pudiera ignorarlo —replicó Cristina, desafiante—.
Desde lo de Erika, he estado observando ciertos movimientos.
Este tipo se mueve como si fuera un mensajero.
Conecta puntos, lleva mensajes y no se detiene mucho tiempo en un solo lugar.
Pero lo más preocupante es esto…
Sacó una pequeña libreta de su chaqueta, una de esas con hojas amarillas llenas de anotaciones garabateadas.
Se la extendió a Deirdre.
—Escuché a dos hablar sobre un “despertar”.
Algo grande.
No sé qué significa exactamente, pero mencionaron que ocurriría en unos días.
Si la Cábala planea algo así…
no podemos quedarnos de brazos cruzados.
Deirdre revisó las anotaciones, sus labios apretándose con cada línea.
Las fechas, los puntos marcados en un mapa de la ciudad, y un símbolo que reconoció al instante: el mismo que había visto en el panfleto aquella vez.
—Mierda…
—murmuró.
—Por eso vine.
Hay que reunir al grupo.
No sé cuántos están activos, ni si todos están preparados.
Pero necesitamos hablar.
Hoy mismo.
Deirdre asintió, ya no había lugar para dudas.
—Está bien.
Esta noche.
¿Dónde?
—En el departamento de Jessica —dijo Cristina—.
Arthur está con ella.
Les dejé un mensaje temprano y dijeron que podíamos reunirnos ahí.
¿Puedes contactar tú a los demás?
—Yo me encargo —respondió Deirdre con decisión—.
Ve adelantándote.
Te alcanzo en un rato.
Cristina le puso una mano en el hombro antes de partir.
—Gracias.
Y cuídate, ¿sí?
Si están cerca de la ciudad, no sabemos cuándo podrían atacarnos otra vez.
Cuando Cristina y Natsu se alejaron por una calle lateral, Alex se acercó a Deirdre en silencio.
Por un momento, no dijo nada.
Solo la observó, la seriedad reemplazando cualquier sarcasmo anterior.
—Esto no va a parar, ¿cierto?
—No —respondió ella, sin girarse—.
Apenas está comenzando.
La tarde se escurrió con la rapidez que solo acompaña a los días tensos.
Cuando el sol se ocultó por completo y las luces de la ciudad tomaron el relevo, el apartamento de Jessica se convirtió en el centro neurálgico de lo que parecía una guerra inminente.
En la sala, con una mesa repleta de papeles, pantallas encendidas, bocadillos olvidados y tazas de café medio vacías, Jessica revisaba información en su laptop mientras Arthur recortaba unas hojas de periódico con paciencia inusual.
—No me gusta esto —dijo Jessica, sin apartar los ojos de la pantalla—.
Todo huele a emboscada.
A algo que están montando desde hace semanas y que apenas ahora entendemos.
Arthur, más tranquilo, asintió.
—Se siente como si alguien moviera las piezas desde hace mucho.
Esto no es espontáneo.
Hay un patrón.
Y si Cristina tiene razón… entonces están a punto de dar el primer golpe.
—¿Y nosotros?
—preguntó Jessica, cerrando el portátil con un golpe seco—.
¿Vamos a esperar o vamos a movernos antes?
La puerta se abrió con un leve chirrido.
Cristina fue la primera en entrar, seguida de Natsu.
Él, con sus manos en los bolsillos, se acomodó en una esquina sin decir nada, como siempre.
Cristina saludó con una sonrisa rápida antes de acercarse a la mesa.
—Ya están informados, supongo.
—Sí.
Revisamos lo que mandaste —respondió Jessica—.
La simbología coincide con documentos antiguos sobre la Cábala.
Algunos de estos lugares ya estuvieron marcados en incidentes previos.
Están haciendo algo en la ciudad.
Solo no sabemos qué…
todavía.
Arthur se levantó, dejando las tijeras a un lado.
—Pero lo sabremos.
Y cuando lo hagamos, estaremos listos.
Los miembros del equipo fueron llegando uno tras otro, con miradas preocupadas y pasos pesados: Jonny con su usual chaqueta de cuero, Mai con su cabello recogido y su semblante firme, Daniel ajustando los guantes sin parar, Henry con sus auriculares colgando del cuello.
Deirdre entró en último lugar, seguida de Alex que no tardó en dejarse caer en el sofá como si aquello fuera solo una reunión social más.
—Bien —dijo Jessica, mirando a todos desde el centro de la sala—.
Estamos todos.
Que alguien comience.
Cristina dio un paso al frente, los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—He estado siguiendo a alguien desde hace un par de semanas —dijo con voz clara—.
No sabía exactamente quién era al principio, pero después de cruzarme con él varias veces y observar sus movimientos, estoy segura de que tiene conexión directa con la Cábala Nocturna.
Muy directa.
Daniel levantó una mano sin esperar que se lo pidieran.
—Yo también.
Aunque es otro sujeto distinto.
Uno más silencioso, más meticuloso.
También está vinculado.
Y, por las conversaciones que logré interceptar, lo que planean ocurrirá muy pronto.
No hay duda.
—Esto es una locura —dijo Jonny, dejando caer su mochila al suelo con un golpe seco—.
Pero si es cierto lo que están diciendo, entonces no queda más remedio.
Tenemos que estar listos.
Porque pase lo que pase, va a ser grande.
Deirdre, de pie entre Alex y Henry, frunció el ceño.
—¿Listos para qué?
¿Alguien tiene idea concreta de lo que está pasando o seguimos con suposiciones?
Fue Mai quien respondió, su tono directo como siempre.
—Están intentando forzar el despertar del VOOG del líder de la Cábala.
El silencio que siguió fue breve pero pesado.
—¿Forzar el despertar?
—repitió Deirdre.
—Sí.
Si lo logran, ese VOOG será mucho más poderoso de lo normal —continuó Mai—.
Y si despierta bajo un ritual como el que planean… no será un VOOG común.
Será una entidad casi imposible de contener.
Alex levantó la mano con gesto casual, como si interviniera en una clase.
—Entonces, ¿sería como… un jefe final?
¿Con luces dramáticas y todo eso?
Porque si vamos a morir, al menos quiero que sea cinematográfico.
Mai le soltó un golpe en el brazo sin pensarlo demasiado.
No fue fuerte, pero lo suficiente para hacerlo callar.
—¿Te parece gracioso esto?
No estamos jugando.
Alex fingió ofenderse, sobándose el brazo.
—¡Auch!
Solo intento aligerar el ambiente.
¿No ves que todos están más tensos que un cable de alta tensión?
—Suficiente —intervino Jessica, firme—.
Vamos a centrarnos.
Si ese despertar es inminente, entonces no podemos quedarnos de brazos cruzados.
Tenemos que actuar.
Cuanto antes.
—¿Qué tan pronto?
—preguntó Cristina, volviendo al centro de la sala—.
¿Hablamos de días, horas…?
Natsu fue quien respondió esta vez, con su tono tranquilo pero cargado de convicción.
—Lamentablemente, debe ser ahora.
Ya empezó.
Henry se puso de pie tan rápido que la silla chirrió.
Su mirada, enfocada en la pantalla del proyector, se volvió más intensa.
—Se activó un domo.
Todos giraron la cabeza hacia él.
—¿Otro?
—preguntó Jessica.
Alex entrecerró los ojos mirando la imagen proyectada.
El cielo no era negro como en los encuentros anteriores.
Esta vez, brillaba con un rojo oscuro que parecía arder sobre la ciudad.
—Este domo es diferente —dijo con voz baja.
Todos se acercaron para observar.
El mapa mostraba un área amplia en el sector industrial, justo donde comenzaban los antiguos almacenes del este de la ciudad.
Las coordenadas parpadeaban en rojo.
—Ese color… —murmuró Jonny—.
Es un domo real.
Mai asintió, seria.
—Comenzaron antes de lo previsto.
—No —dijo Henry con firmeza—.
Comenzaron justo a tiempo.
El ritual que están usando tarda dos días en completarse.
Por eso activaron el domo ahora: para tener el espacio, el aislamiento y el tiempo necesarios.
Cristina frunció el ceño.
—¿De qué están hablando exactamente?
Mai dio un paso adelante y señaló la pantalla.
—Eso que ves no es un domo común.
Es un domo real.
Una especie de battle royale.
Todos los VOOGs y sus invocadores que estén dentro están obligados a participar.
No hay forma de escapar, y si estás adentro… o peleas, o mueres.
Un silencio sepulcral recorrió la sala.
—Y como nosotros estamos unidos ahora como equipo —añadió Henry—, entraremos como una sola unidad.
Pero debemos enfrentarnos a todos los demás.
Y créanme, muchos ya están adentro.
—Entonces no tenemos otra opción —dijo Natsu, mirando a todos con calma—.
Debemos ir directo a la cabeza.
Cortar el centro de esta operación.
Detener el ritual antes de que termine.
—¿Sabes dónde está?
—preguntó Arthur, que hasta ahora no había dicho una palabra.
—Sí.
—Natsu asintió—.
En el centro del domo.
Es ahí donde se concentra la energía.
Y eso es exactamente lo que están usando para despertar a su VOOG.
—Perfecto —dijo Alex, encendiendo sus puños en llamas con una sonrisa feroz—.
Ya me hacía falta una buena pelea.
Vamos, que yo me encargo de lo que sea.
Arthur sacó su revólver con un movimiento preciso, el metal brillando bajo la luz cálida del departamento.
Su rostro era de piedra.
—No hay tiempo que perder.
La batalla ya empezó.
—Se giró, apuntando hacia el este—.
Es ahí.
Siento que toda la energía se concentra en ese punto exacto.
Jessica frunció el ceño al mirar el mapa.
—En esa dirección… solo hay almacenes.
Cristina abrió los ojos, de pronto recordando algo.
—¡Ahí es donde solía ir el hombre que seguía!
Siempre terminaba su ruta en esa zona.
Pensé que era solo una fachada… —No lo era —dijo Jonny, apretando los puños—.
Esa es la base.
La base de la Cábala.
Ahí es donde debemos ir.
El grupo entero se quedó en silencio por unos segundos.
Luego, Jessica habló, su voz decidida.
—Entonces no hay más que hablar.
Vamos a entrar.
Vamos a detener esto.
Porque si no lo hacemos… no quedará nadie que pueda.
Las calles estaban desiertas.
No como una ciudad dormida, sino como si alguien o algo hubiera arrancado la vida del lugar por completo.
Los pasos del equipo resonaban en el asfalto, secos, sin eco.
El cielo rojo del domo los envolvía con una amenaza constante.
Era como caminar dentro de una herida abierta.
Deirdre, caminando junto a Alex, rompió el silencio con la voz tensa.
—Entonces tenemos dos días para terminar con esto, ¿no?
Daniel, que iba unos pasos más adelante, negó con la cabeza sin girarse.
—No exactamente.
El tiempo dentro de un domo real no funciona igual.
Para nosotros puede parecer que han pasado solo unas horas…
pero allá afuera podrían haber transcurrido días.
Incluso más.
—¿Y eso no es algo que se podía decir antes de cruzar?
—murmuró Jonny con sarcasmo.
—Sí, bueno, perdón por no traer un reloj cuántico encima —replicó Daniel.
Alex giró hacia Deirdre con una media sonrisa.
—En resumen: tenemos que acabar con esto lo más rápido posible.
Antes de que afuera todo el mundo se dé cuenta que no hemos vuelto.
—Perfecto.
Nada como una presión extra —dijo ella, exhalando por la nariz.
El grupo dobló por una esquina, y todos se detuvieron al unísono.
Frente a ellos, de pie en medio de la calle, había dos figuras.
Dos hombres, uno de ellos alto, con un abrigo largo y una sonrisa torcida, el otro con una postura más agresiva y la mirada fija en el equipo.
—Y aquí vienen —dijo el de abrigo, dando un paso adelante con teatralidad—.
Mis primeras víctimas.
Qué suerte la mía.
Serán los primeros en caer para gloria de la Cábala.
A su lado, un aura oscura comenzó a emanar, densa como humo.
Un VOOG emergió, musculoso, con una armadura negra que parecía hecha de metal líquido.
Avanzó un par de pasos y habló con una voz grave que vibraba en el aire: —Soy Enrico.
Y yo seré su rival.
Prepárense para caer ante mí…
Pero no terminó la frase.
En un parpadeo, Natsu se movió.
Sus tonfas brillaron bajo la luz roja del domo y, en un solo golpe, destrozó el equilibrio de Enrico.
El cuerpo del VOOG voló hacia atrás como una muñeca rota, chocando contra un auto estacionado que se dobló por la fuerza del impacto.
—No tenemos tiempo para eso —dijo Natsu, con la voz más gélida que jamás se le había escuchado.
Sus ojos no reflejaban emoción, solo necesidad.
El invocador quedó paralizado, los ojos desorbitados, viendo cómo su VOOG intentaba moverse en el suelo sin éxito.
—¿Q-qué… qué fue eso?
—balbuceó.
Arthur, que observaba la escena con los brazos cruzados, murmuró para el grupo: —Natsu se ha vuelto muy fuerte…
—Sí, y eso que apenas calentó —dijo Alex, con una mezcla de admiración y preocupación—.
En una pelea contra él… no sé si duraría más de cinco minutos.
Bueno, quizá seis si me concentro.
Mai le lanzó una mirada de advertencia.
—Agradece que está de nuestro lado.
Y mejor guarda energías para lo que viene.
Sin perder más tiempo, el grupo continuó su marcha en dirección a los almacenes del distrito industrial.
Las estructuras oxidadas y los contenedores apilados se alzaban como esqueletos de una civilización olvidada.
Todo el lugar olía a polvo, aceite seco… y algo más.
Algo podrido.
Jessica se detuvo al borde de una rampa de carga.
—El líder de la Cábala está aquí.
Lo siento.
Su energía está… inquieta.
Daniel se acercó, mirando el edificio como si intentara ver a través de él.
—Podríamos dividirnos en parejas y explorar poco a poco.
Si nos movemos en formación, podríamos cubrir más terreno sin exponernos demasiado.
—¿Y si es una trampa?
—preguntó Jonny.
No hubo tiempo para responder.
Una risa resonó en los altavoces rotos del almacén, vibrando por las paredes como una plaga de insectos.
—Qué puntuales…
Las víctimas de la noche han llegado.
De repente, el suelo crujió.
Deirdre apenas tuvo tiempo de mirar abajo antes de que todo se viniera abajo.
Una serie de trampas se activaron al instante y el piso metálico cedió, convirtiéndose en compuertas que se abrieron sin previo aviso.
Uno por uno, todos cayeron.
La oscuridad los tragó.
Deirdre cayó con fuerza, rodando por una pendiente de concreto hasta chocar contra una viga oxidada.
Alex cayó junto a ella, su cuerpo brillando por un instante al activar su defensa para evitar el impacto.
—¡Diablos!
—dijo Deirdre, levantándose torpemente—.
¿Qué acaba de pasar?
Alex escupió polvo y se puso de pie, mirando a su alrededor.
Estaban en una especie de subnivel, una sala metálica con pasillos estrechos y puertas oxidadas.
—Un VOOG lo hizo —dijo, observando las paredes—.
Separarnos fue intencional.
Nos dividieron para debilitarnos.
Pero por el olor, los sonidos… sí, todavía estamos dentro de los almacenes.
—Perfecto —bufó Deirdre—.
Me encanta cuando los villanos siguen clichés de película de terror.
—Al menos no pusieron música espeluznante —añadió Alex con una sonrisa torcida.
Pero no terminaron la broma.
Una figura emergió de entre las sombras.
Un hombre alto, delgado, con los ojos cubiertos por una máscara de hueso.
A su lado, una mujer de cabello corto y blanco como la ceniza, con una chaqueta roja y una sonrisa demasiado tranquila.
El hombre habló primero.
—Si quieren salir de aquí, tendrán que pasar por mí.
Su voz era grave, pero sin fuerza.
Como si disfrutara hablar solo por el gusto de amenazar.
La mujer dio un paso al frente, colocándose entre ellos y el pasillo.
—No, querido.
Yo me encargo de estos dos.
Tú ve con los otros.
Ellos no parecen tan entretenidos como estos.
El hombre se encogió de hombros y desapareció por una puerta lateral.
Alex encendió sus puños en fuego, dando un paso adelante.
—Parece que tenemos compañía.
¿Nombre, o voy a llamarte “pelo ceniza”?
La mujer rió suavemente y extendió la mano.
Un aura púrpura empezó a rodearla mientras su VOOG, una criatura ágil con garras curvas y una máscara sin ojos, emergía detrás de ella.
—Puedes llamarme Alyss.
Y será un placer destrozarte, fuego lindo.
—Ya empezamos con los apodos… —murmuró Deirdre.
Alex miró a su compañera y asintió.
—Listos o no… vamos.
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