Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Llamado del VOOG - Capítulo 19

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Llamado del VOOG
  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 Duelo de fuego
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

19: Capítulo 19: Duelo de fuego 19: Capítulo 19: Duelo de fuego El eco del primer disparo retumbó como un latido seco a lo largo del estrecho pasillo.

Arthur, con su revolver ya desenfundado, apuntaba al frente con determinación.

Jessica, apenas un paso detrás, se mantuvo a su espalda como sombra sigilosa.

—Te dejo todo a ti, Arthur —murmuró con una mezcla de confianza y tensión.

Él asintió sin apartar la mirada del fondo del pasillo.

La silueta del tirador se intuía entre la niebla de pólvora y luz titilante que apenas penetraba desde una vieja lámpara colgante.

Arthur avanzó con precisión, sus botas resonando como metrónomos en la antesala del duelo.

A cada paso, sus sentidos afilaban el instante.

¡Bang!

Un fogonazo emergió desde adelante.

¡Bang!

Arthur disparó en el mismo segundo.

Las balas se encontraron en el aire con un estruendo metálico que chispeó entre ellos.

Jessica contuvo el aliento.

—Es… increíble —susurró ella.

—Está usando un rifle de cerrojo —respondió Arthur, entre dientes, mientras recargaba mentalmente el ritmo—.

Por el sonido y el retardo, puedo calcular el tiempo exacto entre cada disparo.

No le tomará más de un segundo recargar… eso me da todo lo que necesito.

Otro disparo silbó, y otra vez Arthur respondió, el fogonazo de su revólver iluminando su rostro tenso.

—No me tomará más de seis rondas acercarme lo suficiente para desarmarlos.

Jessica asintió, con los ojos clavados en su compañero.

Arthur no solo estaba disparando, estaba leyendo a su enemigo.

Cada paso, cada ráfaga, era parte de una danza letal.

El pasillo se convirtió en una línea de fuego viva.

Los disparos chocaban como cuchillas entre sí, estallando en centellas que rebotaban contra las paredes y el suelo.

Arthur se deslizaba, esquivando por instinto, bajando y girando al ritmo de una coreografía que solo él conocía.

El revolver rugía, preciso, furioso, elegante.

—¡Quinto!

—contó entre dientes.

El silencio tras el siguiente disparo confirmó su deducción.

El oponente había perdido la cuenta, nervioso, o su mecanismo estaba trabado.

—Ahora —dijo Arthur.

En un movimiento repentino, corrió los últimos metros del pasillo, girando el cuerpo justo cuando la última bala enemiga rasgó el aire a centímetros de su oído.

Saltó, cayó rodando, y con una precisión quirúrgica disparó la sexta bala.

¡Clang!

El rifle voló por los aires, cayendo lejos del tirador.

Arthur se puso en pie, jadeando, con el arma aún humeante.

Al frente, un hombre de rostro cubierto levantó las manos, tembloroso.

Jessica apareció junto a él.

—Eso fue… magistral.

Arthur giró apenas la cabeza.

—Un duelo no es de quien dispara primero… sino de quien termina en pie.

Jessica lo miró con una media sonrisa.

—Recordaré no desafiarte nunca a un juego de puntería.

El pasillo quedó en silencio, y el eco del último disparo se desvaneció como un suspiro.

La pólvora aún flotaba en el aire como una niebla densa.

El silencio tras el último disparo era espeso, casi sólido.

Arthur mantenía la mirada fija en el tirador desarmado, mientras Jessica inspeccionaba el fondo del pasillo.

A pocos metros, emergía ahora una segunda figura.

Alto, sereno, con un abrigo largo que arrastraba por el suelo y una máscara dorada que ocultaba su rostro.

—Interesante despliegue, Arthur—dijo con una voz grave y modulada—.

Seis disparos, seis defensas.

Eficiencia perfecta.

Pero… estás en punto muerto.

Arthur no respondió de inmediato.

Solo bajó ligeramente su revolver, sin perder tensión.

—¿Quién eres?

—preguntó Jessica, con voz firme.

—Soy el Amo del VOOG —respondió el hombre con cierta arrogancia elegante—.

Y tengo más balas que tú.

Lo sabemos.

Lo sabemos todos.

Tu tambor está vacío.

Eres un rey sin espada.

El tirador desarmado se replegó hacia su líder.

Arthur dio un paso al frente, sin dejar de observarlos.

—Entonces dispara tú —respondió.

El Amo del VOOG rió, un sonido casi teatral.

—¿Dispararte?

¿Así, sin más?

No, no.

El arte del conflicto no está en la eliminación simple… sino en la construcción del momento.

La victoria no tiene sabor sin tensión.

Y tú has demostrado ser… delicioso.

Jessica frunció el ceño.

—¿Qué quieren?

¿Por qué provocarnos?

—Porque estamos en vísperas de algo grande —dijo el Amo, caminando lentamente hacia ellos—.

Nuestro líder, está a punto de convertirse en algo más que humano.

Y ustedes, pobres idealistas, intentan detener lo inevitable.

¡El mundo necesita nuevas reglas!

Una nueva forma de orden.

Una nueva filosofía.

Y nosotros la traeremos.

Arthur ladeó la cabeza.

—¿Con balas?

—Con visión.

Con fuego.

Con voluntad.

—El Amo del VOOG se detuvo a tres pasos de él—.

Tú, Arthur, aún vives creyendo en el honor, en la justicia, en ese viejo teatro moral que ya nadie respeta.

Pero no importa cuántos duelos ganes.

No detendrás el avance del abismo.

—No me interesa detener el abismo —replicó Arthur, tranquilo—.

Solo me interesa que no te trague a ti primero.

Un silencio tenso llenó el espacio.

Jessica observaba el intercambio como quien ve el preludio de una tormenta.

Entonces Arthur bajó por completo el arma… y con la calma de un mago, sacó un solo cartucho de su bolsillo.

Lo mostró a todos.

Su brillo dorado reflejaba la escasa luz del pasillo.

—Entonces hagámoslo interesante —dijo, con un tono seco—.

Un juego viejo… para mentes podridas.

El tambor giraba una vez más, pero esta vez era Arthur quien controlaba el ritmo del destino.

Tomó el revólver, colocó la única bala frente a todos y la introdujo lentamente en el cilindro.

El sonido metálico resonó como un reloj marcando la hora de la muerte.

Luego giró el tambor con un movimiento limpio y seguro.

Lo cerró con un chasquido firme.

Su expresión era impenetrable.

Jessica lo miró, atónita.

—Arthur… ¿qué haces?

—Este tipo de hombres —murmuró sin mirarla— no entienden de razones, solo de riesgos.

Así que pongámosle riesgo.

El Amo del VOOG rió, casi complacido.

—¿Una ruleta rusa?

—Una bala.

Dos hombres.

Un destino —respondió Arthur—.

Si tú ganas, nos entregamos.

Si yo gano… tú y tu amigo se largan.

El Amo lo observó en silencio.

Luego asintió lentamente.

—Acepto.

—Tú serás el último en disparar —dijo Arthur con frialdad, extendiendo el arma al Amo del VOOG.

Arthur no respondió.

El Amo del VOOG miró la pistola como si fuera una serpiente dormida.

Dudó por un segundo, pero tomó el arma.

El juego comenzó.

Ronda uno.

Arthur apuntó a su sien.

Click.

Ronda dos.

El Amo tomó aire, colocó el cañón en su barbilla.

Click.

Ronda tres.

Arthur sonrió casi imperceptiblemente.

Click.

Ronda cuatro.

El sudor comenzaba a brillar en la frente del Amo del VOOG.

Sus manos temblaban apenas.

Click.

Ronda cinco.

Arthur cerró los ojos antes de disparar, con calma serena.

Click.

Ronda seis.

Todos los ojos estaban sobre el Amo del VOOG.

La presión se condensaba en el aire.

El silencio lo rodeaba, lo consumía.

Sus pupilas vibraban.

Sus labios murmuraban algo inaudible.

El cañón del revólver temblaba sobre su sien.

Solo debía apretar el gatillo.

Pero no podía.

—Vamos —susurró Arthur, su voz firme como una cuchilla—.

Demuestra que crees en tu causa.

Que estás dispuesto a morir por ella.

El Amo del VOOG tembló.

—Tú…

tú no tienes derecho…

Arthur avanzó lentamente, paso a paso.

—¿No?

Yo caminé hasta aquí.

Yo vencí a tu francotirador.

Yo te obligué a jugar bajo mis reglas.

Yo te llevé a este punto exacto.

Tú no controlas nada.

Aquí y ahora, el único que manda…

soy yo.

El Amo jadeaba, el dedo apenas sobre el gatillo.

Parecía atrapado entre la necesidad de disparar y el miedo absoluto a hacerlo.

Arthur se detuvo frente a él.

Sus ojos como acero fundido.

—Tú ya perdiste.

Solo falta que lo aceptes.

Y entonces, sin más advertencia, Arthur cerró el puño y lanzó un puñetazo directo al rostro del Amo.

El impacto fue seco, brutal, resonante.

El enemigo trastabilló hacia atrás y, al caer, su cuerpo se sacudió en el suelo.

Su respiración agitada se detuvo por un instante…

y quedó inconsciente.

El tirador que lo acompañaba, testigo de todo, colapsó a su lado.

Ya no quedaba voluntad en su cuerpo.

Y en ese instante, ambos se desvanecieron, tragados por una nube oscura que se evaporó como tinta en el agua.

Jessica, aún procesando lo ocurrido, se acercó lentamente a Arthur.

Él recogió el revólver del suelo con la misma calma con la que había iniciado todo el juego.

Lo levantó… y apuntó a la pared.

Click.

Nada.

Jessica alzó una ceja.

—¿Qué ocurrió?

¿No estaba cargada?

Arthur le mostró el tambor.

—La bala… no tenía munición.

Era un cartucho vacío.

Solo quería jugar con su mente.

Nunca me arriesgaría así.

No cuando la batalla real apenas comienza.

Jessica soltó una carcajada nerviosa.

—Sabía que no ibas a tomar un riesgo estúpido.

Te conozco demasiado bien.

Arthur se encogió de hombros y volvió a guardar el revólver.

—Nunca pelees si puedes ganar antes de disparar.

En ese instante, el edificio tembló levemente.

Una onda de calor recorrió el pasillo y explosiones rugieron a lo lejos, seguidas de estallidos de fuego que colorearon las paredes con tonos anaranjados.

Jessica alzó la mirada y sonrió.

—Eso…

suena a Cristina y Natsu.

Arthur asintió con una sonrisa contenida.

—Hora de reunirnos con el verdadero caos.

Y ambos corrieron hacia el estruendo, dejando atrás un pasillo donde la muerte había sido derrotada por la inteligencia.

El pasillo quedó atrás.

Las llamas dibujaban sombras en los muros agrietados mientras Cristina corría, su respiración acompasada pero firme.

A su lado, Natsu avanzaba con zancadas amplias, girando sobre sí mismo cada tanto para lanzar pequeñas explosiones tras ellos.

—¿Aún nos siguen?

—preguntó Cristina, sin detenerse.

—Oh sí —dijo Natsu con una sonrisa torcida—.

Y no parecen cansarse… pero tampoco podemos correr para siempre.

Cristina se detuvo de golpe.

Su cabello se agitó con el impulso y su mirada se endureció.

—Entonces, es hora de pelear.

Natsu frenó con un pequeño derrape sobre los escombros.

Las flamas en sus palmas se disiparon por un momento.

—¿Aquí mismo?

—Aquí y ahora.

Vamos a acabar con esto.

Detrás de ellos, una oleada de criaturas emergía de la oscuridad: docenas de pequeños demonios deforme, de ojos brillantes y bocas llenas de dientes, que reían con voces agudas y chirriantes.

Corrían, saltaban por las paredes y se impulsaban unos sobre otros como una plaga de locura viva.

Al frente, caminando con una lentitud exasperante, una chica de cabello blanco y largo, ojos color amatista y una expresión de superioridad gélida, los observaba con un dejo de burla.

—Se tardaron un poco en detenerse —dijo con voz calmada, casi aburrida.

Cristina se adelantó medio paso.

—Ya decidimos.

Vamos a pelear.

No vamos a correr más.

Natsu estiró los brazos hacia los lados y desplegó sus tonfas, que chispeaban con un leve resplandor eléctrico.

Sus ojos se clavaron en la horda de demonios.

—Y voy a encargarme de todos tus amiguitos feos yo solo.

La chica sonrió con una falsa dulzura, pero su voz se volvió más firme.

—Permítanme presentarme antes de su aniquilación.

Me llamo Angélica, y ellos —alzó un brazo con gesto dramático hacia los demonios— son la manifestación de mi VOOG liberado.

Son ecos de mi voluntad.

Cada uno de ellos existe para destruir… y todos ustedes van a…

Pero no terminó.

—¿Te acuerdas del capítulo de Guardianes Escarlata, el del festival?

—interrumpió Natsu, volviéndose hacia Cristina.

—¡¿El de los cien enemigos en el callejón?!

—respondió Cristina, sonriendo como si no hubiera una marea demoníaca frente a ellos.

—¡Sí!

El tipo se quitó la camisa, gritó su frase épica y luego los derrotó a todos con los nudillos rotos.

Cristina asintió, emocionada.

—¡Y luego se desmayó y despertó en una tienda de fideos con la chica tímida cuidándolo!

—¡Exacto!

—dijo Natsu, haciendo girar las tonfas con estilo—.

Siempre quise tener una pelea así.

Angélica parpadeó, desorientada.

—¿…Perdón?

¿Me están ignorando?

—Completamente —dijo Cristina, ahora más relajada—.

Hablas demasiado.

—Y tus demonios chillan como juguetes defectuosos —añadió Natsu.

Angélica apretó los puños.

Su voz se quebró de ira.

—¡Ustedes…

insolentes!

¡No tienen idea del poder que enfrentan!

—¿Y tú no tienes idea de cuántas veces he visto ese capítulo?

—respondió Natsu, su mirada encendida.

Cristina flexionó las piernas, lista para moverse.

—Vamos a hacer historia.

—¡Como los Guardianes Escarlata!

Natsu rugió y se lanzó contra los demonios en una explosión de luz, mientras Cristina giraba sobre sí misma y conjuraba una barrera de energía que repelió a tres enemigos de un solo golpe.

Angélica gritó una orden, sus ojos brillando de furia.

—¡Acábenlos!

Y así, en medio de las ruinas ardientes y el eco de sus voces, el combate comenzó con una energía feroz, llena de fuego, magia… y referencias a programas que, al parecer, nunca pasarán de moda.

En otra parte del complejo, lejos del eco de los combates y las explosiones, cuatro cuerpos yacían en el suelo.

Algunos aún se movían débilmente, soltando gemidos apagados.

Otros simplemente ya no respiraban.

Alex se apoyaba contra una pared agrietada, el sudor resbalando por su frente, su pecho subiendo y bajando de manera descontrolada mientras intentaba recuperar el aliento.

Sus nudillos estaban ensangrentados, y su camisa hecha jirones apenas cubría los rasguños y hematomas que marcaban su cuerpo.

Deirdre se acercó a él, con su rostro tan serio como siempre, pero sus ojos revelaban una preocupación genuina.

—Ya casi llegamos —dijo, mirando hacia el final del pasillo envuelto en penumbras.

Alex soltó una risa ahogada, más de cansancio que de humor, mientras se deslizaba hasta quedar medio sentado contra la pared.

—Dame…

solo un momento… —jadeó, frotándose el rostro con una mano temblorosa—.

Mis piernas sienten que cargaron un edificio entero.

Deirdre cruzó los brazos y esperó, paciente, aunque su mirada repasaba los rincones del corredor, alerta a cualquier movimiento.

Un breve silencio se extendió entre ambos, roto solo por la respiración agitada de Alex.

—¿Crees que Albert hubiera hecho lo que nosotros estamos haciendo?

—preguntó ella de pronto, sin apartar la vista de los cuerpos caídos.

Alex levantó la mirada.

Sus ojos, normalmente llenos de una chispa de irreverencia, ahora solo mostraban agotamiento… y una determinación de hierro.

—Albert… —repitió, dejando que el nombre flotara un momento en el aire antes de continuar—.

Estoy seguro de que sí.

No habría dudado.

—Hizo una pausa para respirar más hondo—.

Él hubiera sido el primero en lanzarse cuando alguien necesitaba ayuda… igual que ahora.

Igual que nosotros.

Deirdre lo miró de reojo, evaluándolo.

—¿Y nosotros?

—preguntó en voz baja—.

¿Estamos haciendo lo correcto?

Alex esbozó una sonrisa cansada, pero auténtica.

—El bien y el mal son lujos para quienes tienen tiempo para filosofar.

Nosotros… solo estamos haciendo lo que debemos hacer.

—Se incorporó, tambaleándose un poco—.

Ahora no se trata de estar en lo correcto.

Se trata de salvarla.

Deirdre asintió en silencio.

Alex se apartó de la pared, y con un gruñido ahogado, volvió a erguirse por completo.

Golpeó sus puños entre sí, ignorando el dolor que recorrió sus brazos, y miró al frente.

—Vamos.

No pienso quedarme aquí a respirar polvo mientras Cristina nos gana la diversión.

Avanzaron por el corredor.

Cada paso resonaba en los muros, cada respiración era un recordatorio del límite al que estaban llevando sus cuerpos.

No importaba.

Tenían un propósito más grande.

Pero la calma no duró.

Más enemigos emergieron de la oscuridad como sombras vivas, deformes y sedientas de violencia.

Algunos cargaban armas improvisadas, otros simplemente lanzaban alaridos guturales antes de abalanzarse sobre ellos.

Deirdre desenfundó el palo que había recogido y como podía se defendia.

Alex, en cambio, no necesitaba armas sofisticadas.

Él mismo era un arma.

Con un rugido que rasgó el aire, se lanzó contra los enemigos.

Cada golpe era una tormenta.

Cada patada, una declaración de furia.

Sus puños rompían costillas, sus codos hacían volar mandíbulas.

La sangre salpicaba el suelo en oleadas rítmicas.

—¡NO ME DETENDRÁN!

—gritaba Alex con cada embate, su voz una mezcla de rabia y determinación.

Los enemigos llegaban en oleadas, como si el propio infierno los vomitara sin fin, pero Alex los destrozaba uno a uno.

No era técnica.

No era estilo.

Era fuerza bruta, desesperación canalizada en pura violencia.

Deirdre a su lado limpiaba cualquier brecha, sus ataques precisos como cuchilladas quirúrgicas, pero ni siquiera ella podía negar que era Alex quien estaba empujando la línea, quien estaba avanzando como un titán imposible de contener.

En un breve respiro entre asaltos, Deirdre se permitió sonreír, apenas.

—Nunca supe si eras más terco o más fuerte.

—Ambas —gruñó Alex, su cuerpo cubierto de sangre ajena y su propio sudor.

—Bien —respondió Deirdre, levantando su vara en guardia—.

Porque lo vas a necesitar.

Del fondo del corredor se escuchaban nuevos rugidos, nuevos pasos.

Alex escupió sangre a un lado y se encendió aún más, los músculos tensos, la mirada inquebrantable.

—¡Que vengan!

¡Que vengan todos!

¡NO VOY A CAER AQUÍ!

El corredor se llenó otra vez de gritos, de choques de metal y carne, del rugido imparable de un hombre que no aceptaría otra opción que la victoria.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo