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El Llamado del VOOG - Capítulo 2

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Capítulo 2: Capítulo 2: Encuentro inesperado

El departamento estaba sumido en el caos. El ruido de objetos estrellándose contra las paredes resonaba por todo el espacio, y el aire parecía cargado de tensión. Deirdre, con el rostro enrojecido y el cabello desordenado, lanzaba cualquier cosa que encontraba en su alcance hacia Alex. Cojines, revistas, e incluso un zapato volaban por la habitación mientras ella gritaba, su voz entrecortada por la rabia y el miedo.

—¡Sal de mi casa! — vociferó, lanzando una pequeña lámpara que Alex apenas esquivó. —¡No quiero volver a pasar por lo mismo de hace rato! ¡Vete ahora mismo! —

Alex, por su parte, parecía un espectáculo de calma en medio del torbellino. Se movía con agilidad, esquivando cada proyectil con movimientos fluidos que parecían más una danza que una reacción defensiva. Sus manos levantadas y sus ojos serenos intentaban transmitir que no tenía intención de hacer daño.

—¡Deirdre, por favor, cálmate! — dijo con un tono de desesperación contenida. —¡No estoy aquí para hacerte daño! Lo prometo. Solo necesito que me escuches un momento. —

Ella no se detuvo. Agarró una pila de libros de la mesa del salón y los lanzó en su dirección, aunque ninguno dio en el blanco.

—¡No quiero escuchar nada! — gritó, apretando los dientes mientras sus manos buscaban algo más para arrojar. Su cuerpo temblaba por la mezcla de miedo y rabia que la consumía. —¡No entiendo nada de lo que está pasando! ¡¿Qué demonios fue todo eso de hace rato?!—

Alex dejó escapar un suspiro, bajando lentamente las manos, pero manteniéndose alerta.

—Lo sé, lo sé. — dijo con un tono más suave. —Es mucho para procesar, y tienes todo el derecho de estar confundida, pero si me das solo un momento, puedo explicarte todo. —

Deirdre lo miró con desconfianza, sus ojos entrecerrados mientras apretaban el borde de una lámpara con ambas manos, como si estuviera lista para usarla como arma.

—Más te vale explicar algo que tenga sentido. — espetó con los labios temblorosos. —Si no lo haces, juro que voy a llamar a la policía. —

En ese preciso momento, el sonido de unos golpes en la puerta interrumpió la tensión.

—¿Dei Dei? — La voz de Adrián resonó desde el otro lado, clara y preocupada. —Escuché mucho escándalo ahí dentro. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo? —

Deirdre se congeló por un instante, como si la realidad la hubiera golpeado de nuevo. Soltó la lámpara de golpe, dejándola caer al suelo con un ruido seco, y corrió hacia la puerta. Su corazón latía con fuerza mientras ignoraba por completo a Alex, quien la siguió con pasos rápidos, claramente preocupado por lo que podría pasar.

—¡Adrián, ayúdame! — exclamó mientras abría la puerta con un tirón. Su rostro estaba pálido, y sus ojos llenos de desesperación. Apuntó con un dedo tembloroso hacia Alex, que estaba parado detrás de ella. —¡Este loco entró a mi casa! ¡Haz algo! —

Adrián, con una expresión de desconcierto, frunció el ceño mientras miraba hacia donde Deirdre señalaba.

—¿Quién? — preguntó, ladeando la cabeza mientras intentaba entender la situación.

Deirdre, aún más alterada, volvió a apuntar con fuerza hacia Alex, su voz elevándose.

—¡Ese tipo de ahí! ¡Está justo detrás de mí! —

Adrián miró nuevamente, su rostro lleno de confusión.

—Deirdre… ahí no hay nadie. —

La afirmación cayó como un balde de agua fría. Deirdre giró rápidamente hacia Alex, quien ahora tenía una sonrisa divertida en el rostro. Su postura relajada contrastaba con la tormenta de emociones que se apoderaba de ella.

—¡¿De qué te ríes?!— le gritó, con el rostro encendido de ira y humillación.

Alex se encogió de hombros, soltando una ligera carcajada.

—Lo siento, pero esto es bastante gracioso. — respondió, cruzándose de brazos. —Los VOOG pueden ser invisibles para los demás si sus amos así lo desean. Es parte de las reglas. —

Deirdre abrió la boca, pero las palabras no salieron. Su mente estaba llena de pensamientos caóticos, y su frustración se convirtió en una mezcla de incredulidad y agotamiento.

Adrián dio un paso atrás, su expresión preocupada mientras miraba a su vecina.

—Oye, Dei Dei, ¿estás bien? No quiero alarmarte, pero… tal vez deberías descansar un poco. Parece que estás pasando por algo raro. —

Deirdre dejó caer los hombros, exhalando un largo suspiro. Se llevó ambas manos al rostro, apretando los ojos como si quisiera borrar todo lo que estaba ocurriendo.

—Olvida todo esto, Adrián. — dijo con un tono derrotado. —Ya me volví loca. —

Adrián abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir algo, Deirdre cerró la puerta de golpe. Se apoyó contra la madera, dejando que su cuerpo se deslizara lentamente hasta quedar sentada en el suelo.

Alex la observó desde el centro de la sala, con una mezcla de compasión y diversión en su rostro.

—Sabes, deberías relajarte un poco. Todo esto tiene más sentido de lo que crees. —

Deirdre levantó la vista, sus ojos llenos de lágrimas de rabia y frustración. Señaló a Alex con un dedo tembloroso, su voz cargada de furia contenida.

—¡Tú cállate! — murmuró, antes de abrazar sus piernas y hundir el rostro en sus rodillas.

El silencio volvió a llenar el departamento, roto solo por la respiración irregular de Deirdre y el ruido lejano de la calle. Alex, aunque tranquilo, sabía que las explicaciones no podían esperar mucho más.

Observó a Deirdre en silencio por un momento. Su respiración entrecortada, la manera en que apretaba las piernas contra su pecho, el brillo de las lágrimas en sus ojos… era una escena de vulnerabilidad tan palpable que incluso él, alguien acostumbrado a situaciones extremas, sintió una punzada de empatía.

Sin decir una palabra, se giró y caminó hacia la cocina. El sonido de sus pasos resonaba suavemente en el ambiente tenso del departamento. Deirdre levantó la vista, observándolo con desconfianza.

—¿A dónde vas? — preguntó, su tono defensivo, aunque su voz todavía temblaba.

Alex no respondió. En la cocina, tomó una silla, girándola con una mano y llevándola consigo al salón. Al llegar frente a Deirdre, colocó la silla en el suelo con calma, dándole la espalda por un instante mientras se sentaba. Su postura era relajada, pero su expresión denotaba seriedad.

Deirdre, todavía en el suelo, lo miró con recelo, sin saber qué esperar.

—¿Qué crees que estás haciendo? — murmuró, abrazando sus piernas con más fuerza.

Alex la miró fijamente, inclinándose ligeramente hacia adelante.

—Estoy aquí para explicarte todo. — dijo, su tono tranquilo pero firme. —Y para que sepas que puedes preguntarme lo que quieras.

Ella lo estudió por unos segundos, tratando de leer su expresión, de encontrar algo que delatara una mentira, una intención oculta. Finalmente, suspiró, su voz cargada de cansancio.

—Respóndeme con total sinceridad. — dijo, su mirada fija en la de él. —¿Qué eres?

Alex mantuvo el contacto visual, como si estuviera considerando la mejor manera de responder. Finalmente, enderezó la espalda y cruzó los brazos.

—Soy un VOOG. — comenzó. —Por así decirlo, soy una criatura espiritual. Lo que ves frente a ti ahora no es mi verdadera forma. Es solo una forma que tomé al entrar a tu mundo.

Deirdre arqueó una ceja, sus lágrimas secándose mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Una forma que tomaste? ¿Por qué exactamente esta? —

Alex sonrió levemente, como si hubiera esperado esa pregunta.

—Cuando un VOOG cruza al mundo humano, toma una forma basada en lo que su vínculo identifica como ideal. En otras palabras, esta apariencia…— hizo un gesto hacia sí mismo, indicando su cuerpo. —…es lo que tú, consciente o inconscientemente, consideras perfecto.

Ella frunció el ceño, un ligero rubor cubriendo sus mejillas.

—Eso no tiene sentido. No soy tan superficial como para imaginar algo así. — replicó, desviando la mirada.

Alex rio suavemente, inclinándose hacia ella.

—No es superficial. Es más profundo de lo que crees. Los humanos asocian ciertas imágenes con seguridad, confianza, protección… incluso atracción. Este cuerpo refleja todo eso para ti. —

Deirdre lo miró de nuevo, entre incrédula y molesta.

—Eso es estúpido. No soy alguien que… que siquiera piense en esas cosas ahora mismo. —

Alex ladeó la cabeza, estudiándola con paciencia antes de continuar.

—Entiendo que estés escéptica. Pero déjame explicarte algo más. Para que un VOOG esté en este mundo, necesita un vínculo con un humano. El ritual que hiciste, aunque sencillo, fue un llamado. Abriste un portal para que un VOOG como yo pudiera cruzar. —

—¿El ritual? — murmuró Deirdre, tratando de recordar. De pronto, la imagen del panfleto volvió a su mente. —¿Eso…? ¿La hoja que me dio esa chica?

Alex asintió.

—Exactamente. Nosotros, los VOOGs, vemos el alma y el interior de una persona. Elegimos con quién formar ese vínculo. Y yo te elegí a ti. —

Deirdre soltó una risa amarga, bajando la mirada hacia el suelo.

—Eso no tiene sentido. Soy patética. No puedo ni conseguir un trabajo, y tú dices que me elegiste. ¿Por qué? —

Alex la observó con una intensidad que casi la hizo sentirse incómoda.

—Porque vi algo en ti que tal vez tú no ves. Vi la determinación de una conquistadora. —

La risa de Deirdre se detuvo de golpe. Por un instante, pareció que iba a responder, pero en lugar de eso, su voz se rompió. Bajó la cabeza, susurrando.

—No puedo ni conquistar mi propia vida… Ya quisieras que conquistara algo. Soy patética. Sin Albert, no soy nada. —

El nombre de su prometido salió de su boca como un cuchillo que cortaba su propia alma. Su cuerpo se estremeció ligeramente, y abrazó sus piernas con más fuerza, intentando contener las lágrimas.

Alex la miró en silencio, permitiendo que el momento de dolor se manifestara. Finalmente, habló, su tono ahora mucho más suave.

—Antes de que despertaras la primera vez… exploré el lugar. — Hizo una pausa, bajando la mirada por un instante. —Entendí que tenías una pareja. Y que falleció. —

Deirdre asintió lentamente, sus dedos apretándose contra sus rodillas.

—Sí. — murmuró. —Fue hace un par de meses. Albert… él…— Su voz se quebró, pero continuó. —Dicen que iba caminando cuando un conductor lo atropelló. Nunca encontraron al responsable. —

Alex inclinó la cabeza ligeramente, sus ojos reflejando algo que parecía ser empatía.

—Ese es tu mayor deseo, ¿no? — preguntó con cuidado.

Deirdre levantó la mirada, confundida.

—¿A qué te refieres? —

Alex apoyó los codos en sus rodillas, entrelazando las manos mientras la miraba fijamente.

—Mi misión aquí es simple: ayudarte a cumplir tu mayor deseo. —

Deirdre lo miró fijamente, tratando de entender el significado de sus palabras. Una mezcla de esperanza y duda se formó en su interior, pero no se atrevía a formular la pregunta que rondaba en su mente.

El silencio entre ellos fue como un peso en el aire, cargado de emociones que ninguno de los dos podía ignorar. Sus pensamientos seguían girando como un torbellino descontrolado mientras intentaba procesar todo lo que Alex le había dicho hasta ese momento. La idea de que esta criatura espiritual, un VOOG como él lo llamaba, estaba ligada a ella y a algo tan extraño como un “ritual” era más de lo que podía asimilar.

Alex, aún sentado en la silla frente a ella, observó cómo el silencio llenaba el espacio. Finalmente, rompió la tensión con un tono tranquilo pero cargado de significado.

—Deirdre, los VOOG no somos algo nuevo para los humanos. Hemos estado con ustedes desde hace siglos. —

Ella levantó la cabeza ligeramente, lo suficiente como para mirarlo con incredulidad.

—¿Siglos? ¿Qué demonios quieres decir con eso? —

Alex esbozó una pequeña sonrisa, no burlona, sino paciente, como la de alguien que está acostumbrado a explicar cosas complejas.

—Desde que tu especie dejó de ser nómada, hemos estado presentes. Desde el primer momento en que comenzaron a construir civilizaciones, los VOOGs hemos estado a su lado. Nuestro propósito es claro: los humanos deben pelear entre ustedes junto a sus VOOGs para volverse más fuertes. —

Deirdre soltó una carcajada seca, incrédula.

—¿Pelear? ¿Volverse más fuertes? ¿Esto es algún tipo de broma? —

Alex negó con la cabeza, su expresión ahora seria.

—No, no lo es. Cada vez que dos humanos con VOOGs se enfrentan, el propósito es que uno se fortalezca. Cuando un VOOG elimina a otro, o cuando el dueño del VOOG se rinde o muere, el ganador recibe la fuerza del derrotado. Es una transferencia de poder, literal y simbólica. —

Ella frunció el ceño, sus dedos apretando con fuerza las piernas que aún abrazaba.

—Entonces, si no quiero participar en esto… ¿qué? ¿Solo me rindo y ya está? ¿Es así de simple? —

La mirada de Alex se endureció, y su tono adquirió un matiz grave que hizo que el estómago de Deirdre se retorciera.

—No, no es así de simple. — dijo con énfasis. —Si te rindes, morirás. Para los participantes, la derrota significa la muerte. Si un VOOG o su dueño son asesinados en combate, es el final. Pero rendirse… rendirse también equivale a una muerte definitiva. —

Las palabras cayeron sobre ella como una losa. Deirdre sintió que la sangre le abandonaba el rostro mientras el significado de lo que Alex decía se hacía claro.

—¿Entonces no hay manera de salir de esto sin… morir? — susurró, su voz apenas audible.

Alex inclinó ligeramente la cabeza, su mirada llena de comprensión, pero también de firmeza.

—La única manera de salir de esto es ganar. —

Deirdre lo miró con una mezcla de rabia y desesperación.

—¡¿Y qué pasa con esa chica de antes?! ¿Ella solo me siguió esperando a que hiciera ese estúpido ritual para poder matarme? —

Alex asintió lentamente, cruzando los brazos.

—Exactamente. Por eso nunca debiste haberte separado de mí. Si entras en contacto con alguien más que tenga un VOOG, el duelo comenzará automáticamente. Es inevitable. —

Ella tragó saliva, recordando los momentos de pánico y confusión cuando fue atacada.

—Entonces… ese lugar donde estábamos, donde no había nadie más… ¿qué era? —

Alex se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas mientras hablaba.

—Eso ocurre cuando dos VOOGs están en un espacio cercano. El área donde se encuentran se transforma en lo que llamamos un “domo de batalla”. Es un espacio idéntico al lugar en el que estás, pero vacío, sin seres vivos más que los VOOGs y sus humanos. Es un lugar fuera del tiempo y del espacio, creado específicamente para que el duelo pueda llevarse a cabo sin interferencias. —

Deirdre parpadeó, intentando asimilar lo que él decía.

—¿Y cómo sé cuándo estoy en uno de esos…? ¿domos? —

Alex señaló hacia arriba con un dedo, su rostro ahora más relajado.

—El cielo. Siempre será el cielo. Si ves que el cielo se vuelve oscuro, como si un domo opaco cubriera todo, significa que estás en un domo de batalla. Ese es el principal indicativo. —

Deirdre dejó caer la cabeza contra sus rodillas, cerrando los ojos con frustración.

—Esto es ridículo. ¿Cómo voy a vivir sabiendo que en cualquier momento puedo ser arrastrada a uno de esos lugares y asesinada? —

Alex se puso de pie, acercándose un poco más a ella. Su tono, aunque firme, tenía un toque reconfortante.

—Por eso no puedo separarme de ti. Si alguien con un VOOG te encuentra y comienza un duelo, necesitas que esté ahí contigo. Si no lo estoy, te eliminarán. Es simple: no puedo dejarte sola. —

Ella levantó la cabeza, fulminándolo con la mirada, su sarcasmo más afilado que nunca.

—¿Y pretendes estar siempre a mi lado? ¿Vas a seguirme como un maldito perro guardián? —

Alex sonrió, no molesto, sino casi divertido por su reacción.

—Exacto. Qué bueno que lo entiendes. —

Deirdre rodó los ojos, dejando escapar un bufido.

—Claro, porque eso no sería extraño. ¿Qué pasa si alguien me ve contigo todo el tiempo? Va a parecer sospechoso. Muy raro, ¿sabes? —

Alex se cruzó de brazos, inclinado ligeramente hacia un lado.

—Eso no es un problema. — respondió con una sonrisa despreocupada. —Recuerda que solo soy visible para los demás si tú lo deseas. Si no quieres que me vean, no lo harán. La única excepción es si la otra persona también tiene un VOOG. En ese caso, ambos me verán, pero eso significa que ya estás en peligro, así que… supongo que no importa mucho. —

Deirdre lo miró fijamente, como si quisiera discutir más, pero no encontraba las palabras adecuadas. Finalmente, dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la pared.

—Esto es absurdo. — murmuró.

Alex la miró en silencio por un momento, su rostro ahora más serio.

—Lo sé. — dijo con sinceridad. —Pero si estás aquí, significa que ya no hay vuelta atrás. —

—¿Cuál es el objetivo final de todo esto? — preguntó, girando la cabeza hacia Alex. —Porque, sinceramente, hasta ahora suena como un juego cruel en el que yo no pedí participar. ¿Qué gano yo?

Alex, se inclinó hacia atrás y cruzó los brazos con tranquilidad, como si hubiera esperado esa pregunta desde el principio.

—Cumplir lo que más deseas. — respondió con sencillez, pero su tono no carecía de seriedad.

Deirdre alzó una ceja, claramente insatisfecha con la respuesta.

—¿Y eso qué significa exactamente? — insistió, su mirada aguda clavándose en él.

Alex bajó las manos y se apoyó en las rodillas, sus ojos brillando con un toque de intensidad mientras explicaba.

—Cuando un VOOG se vuelve lo suficientemente fuerte, puede retar al rey de los VOOG. Si gana esa pelea, el rey puede cumplir cualquier deseo que tenga el humano vinculado al VOOG. Cualquier cosa. —

Deirdre soltó una risa seca, mirando hacia otro lado mientras sacudía la cabeza.

—¿Cualquier cosa? Eso suena demasiado bueno para ser verdad. —

—Porque lo es. — respondió Alex, sin perder el ritmo. —Esa es básicamente la razón por la que peleamos. A medida que derrotamos a otros VOOGs, ganamos fuerza, nos volvemos más poderosos. Y cuando tengamos la fuerza suficiente, enfrentaremos al rey. Es un desafío monumental, pero la recompensa es… única. —

Deirdre frunció el ceño, volviendo a mirarlo.

—¿Y cuáles son las letras chicas de todo esto? Porque, vamos, siempre hay letras chicas. —

Alex soltó un suspiro, su expresión volviéndose algo más seria.

—Supongo que podrías llamarlo “letras chicas”. Hasta ahora, menos de una decena de personas han logrado derrotar al rey. En toda la historia. —

Deirdre parpadeó, procesando esas palabras.

—¿Menos de diez personas? ¿En cuánto tiempo? —

Alex se recargó contra el respaldo de la silla, cruzando los brazos de nuevo.

—Unos… trescientos siglos, aproximadamente. —

La mandíbula de Deirdre cayó abierta mientras lo miraba, incrédula.

—¿Me estás diciendo que, en treinta mil años, solo diez personas han logrado esto? —

Alex asintió, como si no fuera gran cosa.

—Básicamente, sí. Así que sí, es una tarea titánica, pero no imposible. —

Deirdre cerró los ojos, soltando un largo y agotado suspiro.

—Estamos acabados. Yo… yo no debí haber hecho ese estúpido ritual. — murmuró, apretando los puños contra el suelo.

Sin decir nada más, se levantó de golpe, pasando por un lado de Alex sin siquiera mirarlo. Sus pasos resonaban por el suelo mientras se dirigía a su cuarto y cerraba la puerta tras ella con un movimiento brusco.

Alex, que la había seguido con la mirada, se quedó en silencio unos segundos antes de hablar.

—Oye, Deirdre. — dijo, elevando un poco la voz. —De verdad creo que podemos lograrlo. Confío en ti. Y sé que, si confías en mí, lo lograremos. —

No hubo respuesta del otro lado de la puerta. Alex suspiró y se quedó sentado, tamborileando los dedos sobre el brazo de la silla, esperando pacientemente.

Después de un rato, la puerta se abrió. Deirdre salió, vestida con ropa casual: un par de jeans gastados y una camiseta básica. Su cabello, aunque ligeramente desordenado, había sido recogido en una coleta rápida. Miró a Alex con una expresión neutral, casi resignada.

—Vámonos. — dijo, ajustándose la correa del bolso en el hombro. —Necesito ir a ver a mi mejor amiga para desahogarme de esta tontería en la que me metí. Y no quiero que me maten de camino. —

Alex se puso de pie de un salto, una sonrisa animada en su rostro.

—¡Excelente! Una aventura. Me gusta cómo piensas. —

Deirdre rodó los ojos mientras caminaba hacia la puerta.

—No es una aventura. Es solo sobrevivir. — murmuró, más para sí misma que para él.

Ambos salieron del departamento y comenzaron a caminar por el pasillo hacia el elevador. Alex la observaba con curiosidad, como si estuviera evaluando cada uno de sus movimientos. Finalmente, habló.

—Entonces, ¿cómo vamos a viajar? ¿Tienes una carrera para correr rápido? ¿O quizás un caballo? —

Deirdre sacó su celular sin siquiera mirarlo y comenzó a revisar la pantalla.

—Voy a ignorar eso. — murmuró.

Alex frunció el ceño, claramente ofendido.

—¿Ignorarme? Eso es un poco grosero, ¿no crees? —

—¿Sabes qué más es grosero? — respondió Deirdre, con sarcasmo en su tono. —Arrastrarme a una pelea a muerte sin mi consentimiento. —

Alex se cruzó de brazos mientras caminaba a su lado, ahora con un ligero aire de dramatismo.

—No puedes ignorarme para siempre, ¿sabes? —

Deirdre levantó la vista de su celular y lo miró de reojo.

—Claro que puedo. Y si me la paso hablando contigo, la gente solo me verá hablando sola y pensará que estoy loca. —

—Eso es un buen punto. — admitió Alex, aunque con una sonrisa burlona. —Pero aun así, ¡no puedes ignorarme! —

Ella dejó escapar un suspiro, volviendo la atención al celular.

—Además, no tengo un caballo. Pedí un transporte en una aplicación. Debería llegar pronto. —

—¿Una qué? — preguntó Alex, claramente confundido.

—Una aplicación. — respondió Deirdre, impaciente. —Una cosa que la gente normal usa para conseguir un coche y no andar montada en caballos imaginarios. —

Antes de que Alex pudiera replicar, un auto se detuvo frente a ellos. El conductor, un hombre de unos treinta y tantos años, miró hacia Deirdre mientras bajaba la ventanilla.

—¿Eres Deirdre? —

—Sí, soy yo. — respondió ella, moviéndose hacia la puerta trasera del vehículo.

Alex, siempre caballeroso, se adelantó para abrirle la puerta. Sin embargo, al hacerlo, el conductor se quedó mirando con una expresión extraña, sus ojos abriéndose ligeramente.

Deirdre notó la mirada y, sintiéndose incómoda, preguntó con timidez.

—¿Tengo algo en la cara? —

El conductor sacudió la cabeza, aún sorprendido.

—No, no… Es solo que… por un segundo pensé que vi la puerta abrirse sola. —

Deirdre rio nerviosamente, entrando al auto sin mirarlo.

—Creo que ya tuvo un día largo y está viendo cosas. —

Mientras ella se acomodaba en el asiento, Alex se sentó a su lado, invisible para el conductor.

—Ups. — murmuró Alex, con un tono claramente divertido. —Olvidé mencionar que, aunque no pueden verme, pueden ver mis acciones. —

Deirdre lo fulminó con la mirada, su expresión de desaprobación más fuerte que cualquier palabra.

—Genial. Otra cosa para añadir a la lista de razones por las que odio esta situación. — murmuró entre dientes.

El auto arrancó, dejando atrás el departamento mientras Deirdre se preparaba mentalmente para explicarle todo lo que estaba ocurriendo a su mejor amiga. O al menos, para intentarlo.

El viaje transcurría de forma incómoda. Deirdre se limitaba a mirar por la ventana, perdiéndose en sus pensamientos mientras el auto avanzaba por calles llenas de tráfico. Alex, sentado a su lado, estaba lejos de permanecer en silencio. Comentaba todo lo que veía como si estuviera experimentando el mundo por primera vez: las luces del semáforo, los letreros luminosos de las tiendas, e incluso las bicicletas que pasaban por el carril contrario.

—¿Eso es una máquina para correr? — preguntó, señalando a un ciclista con entusiasmo. —Es ingenioso, aunque parece un poco lento.

Deirdre cerró los ojos y apretó el puente de su nariz, conteniendo el impulso de responderle. Parte de ella quería decirle que se callara, pero otra parte, la más reflexiva, pensó que tal vez para un ser espiritual todo esto era realmente nuevo. Así que, en lugar de responder, optó por ignorarlo y dejarlo hablar.

—¡Oh, mira! Esa caja de metal tiene ruedas. ¿Cómo se mueve? ¿Es mágica? — insistió Alex, señalando un autobús.

El conductor del auto la miró por el espejo retrovisor, frunciendo el ceño. Deirdre sintió el peso de su mirada y sonrió nerviosamente, murmurando algo inaudible mientras Alex seguía maravillándose con el mundo exterior.

Finalmente, el vehículo llegó a su destino: una zona tranquila, con parques bien cuidados, árboles alineados a lo largo de las calles y edificios departamentales que parecían recién pintados, con bastante ruido por una celebración en uno de los parques. Deirdre respiró hondo mientras bajaba del auto, ajustándose el bolso en el hombro. Alex bajó detrás de ella, mirando alrededor con curiosidad.

—Este lugar parece… pacífico. — comentó, entrecerrando los ojos como si evaluara cada detalle.

Deirdre no respondió. Solo comenzó a caminar hacia uno de los edificios conforme más avanzaba el ruido del exterior desapareció por completo. Subieron al segundo piso, donde una puerta tenía un cartel con letras doradas que decía.

“Investigadora Privada Jessica Betancourt y Arthur H.L.”

Alex frunció el ceño al leerlo y, con su curiosidad característica, preguntó.

—¿Vas a investigar algo? ¿Es sobre los VOOGs?

Deirdre suspiró mientras sacaba el celular de su bolso.

—No, aquí es donde vive mi mejor amiga. — explicó, sin mirarlo. —Ella se dedica a ser detective privada.

Alex arqueó una ceja, claramente intrigado.

—¿Es buena en su trabajo? —

Deirdre se detuvo un momento frente a la puerta. Bajó la mirada y apretó los puños, sus labios tensos mientras un destello de frustración cruzaba su rostro.

—Sí. — murmuró. —Pero, incluso siendo buena, nunca pudo encontrar a ese maldito…—

La intensidad en su voz llamó la atención de Alex, pero antes de que pudiera preguntar, Deirdre levantó la mano y tocó la puerta de una manera particular, con un ritmo que parecía casi ensayado. Tres golpes rápidos seguidos de uno más fuerte.

Desde el otro lado de la puerta, se escuchó un grito animado y familiar.

—¡Deirdreeeeee! ¡Pasa, corre!

Deirdre sonrió levemente por primera vez en todo el día. Abrió la puerta con un movimiento rápido y entró corriendo, sus pasos resonando en el suelo de madera.

—¡Jessica! — exclamó mientras se lanzaba hacia su amiga, envolviéndola en un abrazo lleno de calidez y necesidad.

Jessica, una mujer alta de cabello oscuro y ondulado, la recibió con los brazos abiertos, sonriendo ampliamente. Llevaba un blazer gris sobre una camiseta simple, y sus ojos marrones brillaban con alegría.

—¡Amiga! Tenía semanas sin verte. No dabas señales de vida. ¿Qué pasó? Estaba a punto de ir a buscarte. —

Deirdre se separó un poco, pero mantuvo las manos en los hombros de Jessica. Su voz estaba cargada de emoción contenida.

—Han pasado muchas cosas, Jess. Solo necesitaba verte, hablar contigo, desahogarme. —

Jessica asintió, conduciéndola hacia el interior del departamento con un gesto de la mano.

—Adelante entonces. ¿Quieres café, té, algo más fuerte? —

Deirdre negó con la cabeza mientras se dejaba caer en el sofá del salón. Miró alrededor del departamento, notando que estaba tan ordenado como siempre. La sala estaba decorada con un estilo moderno y minimalista, con muebles en tonos neutros y estanterías llenas de carpetas etiquetadas con casos. El lugar olía a una mezcla de café recién hecho y madera pulida.

Alex, por su parte, se quedó de pie en la entrada, observando todo con curiosidad. Finalmente, decidió sentarse en el reposabrazos del sofá, justo al lado de Deirdre.

Jessica notó que su amiga miraba a su alrededor con una mezcla de ansiedad y nostalgia.

—Oye, ¿qué pasa? Realmente pareces estresada. —

Deirdre tomó aire profundamente, tratando de controlar sus emociones.

—Es complicado, Jess. Ni siquiera sé por dónde empezar. —

Jessica cruzó los brazos, inclinándose ligeramente hacia adelante.

—Empieza por cualquier parte. Sabes que siempre estoy aquí para escucharte. —

Antes de que Deirdre pudiera responder, levantó la vista y miró alrededor del salón.

—¿Dónde está Arthur? Pensé que estaría aquí. —

Jessica sonrió y se encogió de hombros.

—Volverá pronto. Fue a comprar algunas cosas. Ya sabes cómo es, siempre con sus listas interminables. —

Deirdre asintió, bajando la mirada al suelo mientras jugueteaba con las correas de su bolso. Alex, que había permanecido callado hasta ese momento, la observaba de cerca.

—Bueno…— comenzó Jessica, sentándose frente a ella. —Tienes mi atención. ¿Qué está pasando? Porque se nota que no es cualquier cosa. —

Deirdre tomó otro respiro profundo, sabiendo que no había forma de explicar lo que le estaba ocurriendo sin que Jessica pensara que había perdido la cabeza. Alex, mientras tanto, sonrió levemente, listo para intervenir si era necesario.

Alex se levantó del reposabrazos del sofá con un movimiento ágil, alisando su camisa con una mano mientras observaba a Deirdre con una sonrisa tranquila.

—Te dejaré hablar con ella tranquilamente. — dijo, señalando hacia la ventana con la cabeza. —Mientras tanto, exploraré un poco. Este lugar tiene una vibra interesante. —

Deirdre lo miró con desconfianza mientras él se acercaba a la ventana, moviéndose con una calma casi ensayada. Jessica, que observaba la escena con atención, ladeó la cabeza con curiosidad.

—Deirdre, antes de que me cuentes qué está pasando…— comenzó Jessica, cruzándose de brazos. —¿Por qué no me presentas a tu amigo? Es raro verte acompañada.

El comentario hizo que Alex se detuviera en seco a mitad de camino hacia la ventana. Sus ojos se abrieron ligeramente, y su sonrisa se desvaneció por un instante. Deirdre, por su parte, sintió cómo la sangre le helaba las venas. Se giró lentamente hacia Jessica, su mente tratando de procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Cómo, lo ves? — preguntó Deirdre, su voz temblorosa, casi un susurro.

Jessica frunció el ceño, claramente confundida.

—¿Eh? ¿A qué te refieres? — respondió, sus ojos parpadeando rápidamente mientras intentaba descifrar el tono extraño de su amiga.

Antes de que Deirdre pudiera decir algo más, Alex giró sobre sus talones, mirando directamente a Jessica con una expresión tensa.

—Esto no es bueno. — murmuró, más para sí mismo que para los demás.

Deirdre abrió la boca para hablar, pero el sonido de la puerta principal abriéndose de golpe la interrumpió. Los tres se giraron hacia el origen del ruido mientras unos pasos rápidos resonaban por el pasillo que conducía a la sala.

—¡Jess, tenemos problemas! —

Un hombre entró a la sala a toda velocidad, deteniéndose en seco al ver a Deirdre y Alex junto a Jessica. Era Arthur, un hombre de estatura media, cabello castaño claro y ojos inquisitivos detrás de unas gafas rectangulares. Vestía una chaqueta larga de cuero marrón, claramente desgastada por el uso, y tenía una expresión de urgencia que se convirtió en asombro al instante.

—Es…— murmuró Arthur, sus ojos fijos en Deirdre. —Deirdre. —

Jessica se levantó rápidamente de su silla, con el ceño fruncido.

—¿Arthur? ¿Qué está pasando? ¿Por qué entras así? —

Arthur la miró por un momento, como si quisiera explicarlo, pero Alex fue quien rompió el silencio, su voz cargada de autoridad.

—Deirdre, aléjate de él. —

El tono de Alex no dejó lugar a dudas. Era una orden, directa y cargada de urgencia. Deirdre lo miró, confundida, y luego volvió a mirar a Arthur, que ahora tenía una expresión completamente diferente. Sus ojos brillaban con una intensidad poco natural, y un leve destello oscuro rodeaba su figura.

—¿Qué…? — comenzó Deirdre, retrocediendo un paso instintivamente.

Alex avanzó un poco, poniéndose entre ella y Arthur, su postura tensa y lista para actuar.

—Es un VOOG. — dijo, con los ojos fijos en Arthur, como si estuviera evaluando cada movimiento.

Deirdre dio un paso atrás, sin saber qué hacer. Todo quedó en silencio.

“El mundo siempre ha estado lleno de secretos; el verdadero desafío es decidir qué hacer con ellos.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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