El Llamado del VOOG - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 El día que me volví esclava
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21: Capítulo 21: El día que me volví esclava 21: Capítulo 21: El día que me volví esclava El silencio pesaba más que el humo.
Solo el eco lejano de estructuras colapsadas y las brasas aún humeantes rompían la quietud.
Deirdre avanzó con paso firme pero cauteloso, acercándose al cuerpo de la joven encadenada.
Estaba tendida en el suelo, apenas consciente, sus brazos extendidos en una posición incómoda, los grilletes ajustados con brutalidad a sus muñecas.
La piel pálida contrastaba con los moretones oscuros que marcaban sus costillas, y su respiración era superficial, irregular.
La desnutrición era evidente.
Deirdre se arrodilló a su lado, sus ojos endurecidos por la ira contenida.
—Tenemos que quitarle estas cadenas.
Detrás de ella, Alex apareció con una camisa en la mano.
Se la lanzó a Deirdre con su expresión desenfadada de siempre.
—Dame un momento, ya regreso a lo heroico.
Primero tenía que conseguir esto.
—¿De dónde la sacaste?
—preguntó Deirdre sin dejar de mirar a la chica.
—Se la robé a uno de esos idiotas que me atacaron.
No creo que la necesité con la cara rota que le dejé —respondió Alex, encogiéndose de hombros.
Deirdre no lo miró, solo señaló con la cabeza hacia las cadenas.
—Rómpelas.
Alex se acercó.
Su mano derecha se iluminó con fuego contenido.
Colocó sus dedos sobre los eslabones y los fundió con precisión, sin dañar la piel de la chica.
Las cadenas se soltaron y cayeron al suelo con un tintineo apagado.
—Listo.
Libre otra vez.
Deirdre recostó con cuidado a la chica contra la pared.
Su cuerpo era tan ligero que apenas parecía pesar.
Intentó despertarla con leves palmadas en la mejilla.
—Vamos…
abre los ojos.
Ya pasó.
Estás a salvo…
Nada.
Alex frunció el ceño, se acercó y la sujetó por los hombros.
La sacudió un poco más fuerte.
—¡Oye!
¡Despierta!
¡Tienes que decirnos qué está pasando!
La chica soltó un quejido, tembló… y abrió los ojos de golpe.
—¡Ya no me peguen!
¡Por favor!
¡No más, no más…!
Deirdre la sostuvo suavemente.
—Shhh…
tranquila.
Ya estás a salvo.
Nadie va a hacerte daño.
Estamos aquí para ayudarte.
La joven los miró con ojos desorbitados, húmedos, cubiertos por el velo del miedo.
Se encogió un poco contra la pared, respirando con dificultad.
Alex dio un paso atrás, bajando el tono.
—No estamos aquí para hacerte daño.
Te encontramos encadenada.
Queremos saber qué pasó.
La chica asintió lentamente, como si no pudiera creerse que aún tuviera permiso de hablar.
—Ustedes no entienden… todos están en peligro.
Están usando a Trish… están obligándola a…
hacer algo horrible…
Deirdre entrecerró los ojos.
—¿Trish?
¿Quién es?
La chica tragó saliva.
—Mi… mi VOOG.
Me la quitaron… la usaron para un experimento.
Trish no quería, pero…
no puede luchar sola.
Yo…
yo la abandoné.
Alex se cruzó de brazos y la miró con un gesto inquisitivo.
—Tú eres Karla, ¿no?
Nos mencionaron tu nombre hace un tiempo.
Karla los miró a ambos.
Ya no con miedo.
Con cansancio.
Con tristeza.
—Sí…
soy Karla.
Y les diré todo.
Cómo terminé aquí…
y lo que realmente está pasando dentro de la Cábala.
Deirdre y Alex intercambiaron una mirada silenciosa.
Y así, bajo una estructura medio colapsada, rodeados de ruinas y con el mundo cambiando a su alrededor, comenzó el relato de Karla.
El relato del día que se volvió esclava.
Karla seguía con la espalda contra la pared.
Aunque libre de sus cadenas, su cuerpo aún temblaba como si el peso siguiera ahí.
Tenía los brazos cruzados sobre el abdomen, como si intentara contener un dolor que llevaba años acumulando.
Alex y Deirdre no dijeron nada al principio.
Solo le ofrecieron ese raro regalo que pocas veces se concede en tiempos de guerra: el silencio para hablar.
La voz de Karla salió apenas audible, como si cada palabra pesara.
—Todo empezó hace cinco años.
Recibí a mi VOOG.
La llamé Trish.
Levantó la mirada.
Sus ojos, aún nublados por lágrimas, se suavizaron al pronunciar ese nombre.
—Era… hermosa.
Frágil.
Como una rosa en primavera.
Tenía el cabello rosado, como algodón de azúcar, y su forma de hablar era tan dulce que incluso en los días malos… te hacía sonreír.
No peleaba, no rugía, no brillaba en combate… pero tenía un don.
—¿Cuál?
—preguntó Deirdre, suave, sin interrumpir demasiado.
—Trish… podía potenciar a otros VOOGs.
No solo en fuerza.
Mejoraba sus reflejos, su velocidad, sus defensas… todo.
Era como si se volviera una sinfonía que hacía que todos los demás brillaran más fuerte.
—Karla sonrió con nostalgia—.
Nos asignaban siempre al fondo.
Nunca al frente.
No éramos guerreras, éramos soporte.
Pero eso estaba bien.
Mientras estuviéramos juntas… todo estaba bien.
Alex suspiró, apoyando un pie contra la pared con la mirada clavada en el suelo.
—Parece una buena época… ¿cuánto les duró?
Karla parpadeó lentamente.
—Poco más de un año.
Todo cambió el día que enfrentamos a Ali.
En ese entonces… él no era “el gran líder de la Cábala Nocturna”.
No había organización, ni base secreta, ni esos uniformes ridículos.
Solo era una banda de gánsteres con VOOGs salvajes.
Un grupo pequeño… pero brutal.
—¿Y qué pasó exactamente?
—preguntó Deirdre, con la voz endurecida.
—Fue una misión simple.
Entrar, interceptar, neutralizar.
Íbamos con un escuadrón bien preparado.
Pero Ali… nos destrozó.
A todos.
Era diferente.
Calculador, frío, como si ya hubiera peleado esa batalla antes.
Vi morir a nuestros compañeros en menos de tres minutos.
Uno tras otro.
Y al final… solo quedamos Trish y yo.
—¿Y no las mató?
—preguntó Alex.
—No —dijo Karla, bajando la mirada—.
Nos miró y sonrió.
Dijo que había visto “un diamante en el lodo”.
Que una VOOG capaz de amplificar a los demás era el tipo de poder que no se desperdicia.
Nos obligó a seguirlo.
Dijo que si intentábamos huir, mataría a Trish primero y a mí después.
—¿Y lo intentaron?
—Varias veces.
Cada vez que había un respiro.
Trish y yo planeábamos rutas de escape, esperábamos distracciones… pero siempre nos encontraban.
—Karla apretó los puños—.
Nos golpeaban.
Nos encerraban.
A veces nos dejaban sin comida por días.
Pero eso… no fue lo peor.
Un silencio pesado cayó.
—Ali… me usaba.
Para “divertirse”, como él decía.
Cuando estaba molesto.
Cuando algo le salía mal.
Cuando solo quería demostrar que podía aplastar a cualquiera.
Yo era su desahogo.
Su juguete.
Un objeto más.
Deirdre apretó la mandíbula con fuerza.
—Eso es… monstruoso.
—Y Trish… sufría.
Cada vez que me veía herida, sus ojos se apagaban un poco más.
Intentó defenderme varias veces.
Pero solo hizo que la encadenaran también.
Eventualmente… nos separaron.
Ali dijo que habíamos perdido el valor de pelear juntas.
Nos encerró en habitaciones distintas.
A Trish la metió en una cámara de aislamiento y la mantuvo encadenada a un núcleo de energía.
—¿Por qué?
—preguntó Alex, ahora de pie, con los ojos encendidos de furia.
—Porque se obsesionó con hacerla despertar.
Sabía que los VOOGs tienen un momento…
un punto límite, donde liberan su verdadera habilidad.
Creía que si la llevaba al borde… Trish liberaría un poder legendario.
Nos hizo entrenar hasta desmayarnos.
Hasta vomitar sangre.
Karla tragó saliva.
—Cuando eso no funcionó, nos rompió.
Física y mentalmente.
Hasta que finalmente… Trish despertó.
Alex dio un paso más cerca.
—¿Qué pasó después?
—Todo el mundo en la Cábala hablaba de su habilidad.
Decían que iba a cambiar la guerra.
Que sería el arma definitiva.
Pero Ali… estaba aterrado.
Empezó a decir que una organización venía por ellos.
“Los Diez Dedos”.
—Ese nombre de nuevo —murmuro Deirdre.
—Ali decía que si no se volvía más poderoso, lo destruirían.
Así que… obligó a Trish a canalizar su habilidad en él.
La tiene conectada a un núcleo, drenando su poder cada vez que lo usa.
La está desgastando.
La está matando.
Alex golpeó la pared con el puño cerrado.
Una grieta se formó en el concreto.
—Ese bastardo va a pagar cada segundo de eso.
Deirdre asintió.
—Y nosotras vamos a sacar a Trish de ahí.
Lo juro.
Karla los miró con una mezcla de sorpresa y alivio.
Lloraba, pero ya no por desesperación… sino por la posibilidad de esperanza.
—¿De verdad… me van a ayudar?
Alex se agachó frente a ella, su voz más seria que nunca.
—No vamos a dejar que él decida tu historia.
Ni la de Trish.
Este infierno se acaba ahora.
Karla asintió, temblorosa.
—Gracias… gracias… Deirdre la tomó de la mano.
—No agradezcas todavía.
Aún tenemos que entrar a ese nido de víboras… y quemarlo desde dentro.
Karla cerró los ojos… y por primera vez en cinco años, sonrió.
El polvo aún flotaba en el aire.
El sol apenas se filtraba a través de las nubes grises provocadas por el humo, y la brisa arrastraba cenizas que se pegaban a la piel como si el mismo mundo hubiera llorado fuego.
Deirdre y Alex caminaban lentamente, uno a cada lado de Karla, ayudándola a moverse.
Sus pasos eran débiles, pero no vacilantes.
Aunque su cuerpo aún temblaba, su rostro comenzaba a recobrar algo de color… algo de alma.
Al salir del edificio, la escena era devastadora.
Árboles caídos, vehículos volteados, edificios partidos por la mitad, cristales rotos, llamas dispersas.
Era como si una guerra hubiese pasado justo por ese lugar.
Deirdre se detuvo en seco.
Su mirada recorrió lo que alguna vez fue un espacio habitable, ahora reducido a ruinas.
Y entonces, vio movimiento.
—¡Ahí están!
—gritó, alzando la voz con fuerza.
Mai y Henry giraron al instante.
Mai, con un cigarrillo entre los labios y la expresión de siempre: aburrida pero letal.
Henry alzó una ceja al verlos.
Ambos se apresuraron a acercarse.
—Vaya, vaya —dijo Mai, exhalando el humo en espiral—.
Por fin aparecen.
¿Ya terminaron con todos?
—Parece que encontraron a Karla —añadió Henry, más suave, con una sonrisa de alivio.
—Sí —respondió Deirdre—.
Tenemos que reunirnos todos.
Hay mucho que decir.
Unos minutos más tarde, el grupo estaba completo.
Natsu yacía sentado en el suelo, el torso vendado, con la espalda apoyada contra una piedra.
Jessica, con expresión seria, le aplicaba una pomada en los hombros mientras Arthur sostenía el vendaje.
—Te ves como si un camión te hubiera pasado por encima —dijo Arthur, cruzado de brazos.
—Porque me enfrenté a un ogro gigante y lo hice explotar, gracias por preguntar —respondió Natsu, con media sonrisa.
Jessica soltó una risa.
—Hiciste explotar todo el patio, Natsu.
No una parte.
¡Todo!
Cristina, de pie junto a ellos, se cruzó de brazos con orgullo.
—Debo decirlo: sus habilidades como VOOG son simplemente devastadoras.
Y me siento bastante orgullosa de ello.
—Habrías sido más útil si lo llevaba al mundo de las sombras —intervino Mai, aún fumando—.
Al menos podrías haber contenido la explosión.
—¡Eso fue duro!
—se quejó Natsu, señalando sus vendajes—.
Me rompí como cinco cosas distintas.
A unos pasos, Henry se sentó al borde de una piedra.
Se giró hacia Karla, que reposaba entre Deirdre y Alex.
—Oye, ¿tienes un cigarro?
Estoy sin stock.
Karla lo miró sorprendida.
—¿Los VOOGs… fuman?
Deirdre alzó una ceja también.
—No sabía que podían.
Daniel, que acababa de unirse al grupo, intervino como si diera una clase.
—La nicotina tiene un efecto relajante particular sobre ellos.
Para los VOOGs, es como… la hierba gatera.
—Hizo un gesto con las manos—.
Nos calma los circuitos, por decirlo así.
—¿Tienes uno?
—le preguntó Deirdre a Mai, extendiendo la mano.
Alex la miró, divertido.
—¿Desde cuándo fumas tú?
—No fumo.
Pero hoy… quiero hacerlo.
Mai sacó otro cigarro y se lo pasó con una sonrisa ladina.
—Es un buen día para romper una regla.
Luego del breve momento de respiro, Karla se aclaró la garganta.
Todos la miraron.
Y entonces empezó a contar su historia otra vez, ahora frente al resto del equipo.
Su voz era temblorosa, pero firme.
Cada palabra estaba cargada de dolor y determinación.
El relato de su esclavitud, del despertar de Trish, de Ali y su ambición desmedida, del experimento, del encierro, de la tortura…
Todo.
Y las reacciones no se hicieron esperar.
Jessica se acercó sin decir nada, la rodeó con los brazos y la sostuvo fuerte.
—No vas a volver a pasar por eso.
No lo vamos a permitir.
Te lo prometo.
Arthur, de pie con los brazos cruzados, habló sin titubear.
—Entonces no hay tiempo que perder.
Si ese monstruo sigue drenando a Trish… debemos ir tras él ya.
Cristina apretó los puños con fuerza.
—¡Ese idiota…
ese bastardo!
¡Voy a patearle la cara!
—Ya eres parte del grupo —dijo Natsu, con voz ronca pero alegre—.
Y ahora nosotros te ayudamos a ti.
Jonny, desde el fondo, sonrió de lado con su energía gamberra de siempre.
—No te preocupes, Karla.
Me encargaré de que nadie vuelva a tocarte.
Te lo juro.
Mai dejó caer el cigarro al suelo y lo aplastó con la suela.
Su tono habitual de indiferencia desapareció.
Su voz se volvió oscura, pesada… peligrosa.
—Ali va a pagar por cada lágrima tuya.
Lo voy a despedazar, y su VOOG… será un mensaje.
Daniel asintió.
—Entonces está decidido.
Vamos a eliminar a Ali y detener este infierno.
—Estoy listo —agregó Henry—.
Muy listo.
Deirdre colocó una mano en el hombro de Karla.
—¿Sabes dónde está Trish?
Karla asintió con suavidad.
—Sí.
Nuestra conexión aún existe.
Aunque la separaron de mí… todavía puedo sentirla.
Si me concentro, puedo llevarlos hasta donde la tienen.
Puedo guiarlos.
Todos guardaron silencio por un momento.
Una pausa sagrada.
Y entonces empezaron a moverse.
Ya no eran solo un grupo de VOOGs y usuarios.
Eran una fuerza decidida a terminar lo que otros habían empezado.
Y a salvar lo que aún podía salvarse.
Caminaron durante casi media hora, guiados por la intuición de Karla.
El paisaje se volvía cada vez más gris, lleno de ruinas, humo y silencio.
Pero incluso entre la devastación, el grupo avanzaba con una energía que desafiaba las circunstancias.
O más bien, con una energía difícil de controlar.
—¿Sabían que técnicamente yo soy el miembro más eficiente del grupo?
—dijo Alex con tono confiado, girando sobre sí mismo como si estuviera desfilando por una pasarela entre escombros—.
Cero bajas propias, doce enemigos derrotados, y sigo luciendo espectacular a pesar de todo.
Natsu, cojeando ligeramente, pero con una sonrisa radiante, caminaba a su lado.
—¡Claro!
Si por “espectacular” te refieres a ese cabello chamuscado y tu camiseta robada de enemigo derrotado… entonces sí, ¡eres una estrella de cine de bajo presupuesto!
—¡Fue una camisa de emergencia!
¡Los héroes necesitan atuendos improvisados!
Es parte del carisma —protestó Alex, acomodándose dramáticamente la prenda.
Arthur, detrás de ellos, cerró su libreta con un chasquido seco.
—¿Podrían enfocarse?
Estamos caminando hacia una base enemiga subterránea donde posiblemente enfrentemos una entidad hostil potenciada por un VOOG drenado contra su voluntad.
¿Pueden guardar sus bromas para después?
—¿Pero y si morimos, Arthur?
—dijo Alex, girando sobre sí mismo como si estuviera en escena—.
¿No preferirías que nuestras últimas palabras fueran “ja ja ja” en vez de “maldita sea, debimos ser más grises y amargados como tú”?
—Además, ¿quién no quiere ser recordado por un buen chiste antes de explotar?
—añadió Natsu, levantando una ceja.
Mai, que caminaba justo detrás, soltó el humo de su cigarrillo como una exhalación condenatoria.
—¿Saben qué más explota?
Mis ganas de asesinarlos.
De sus pies, dos brazos de sombra emergieron como serpientes.
En cuestión de segundos, envolvieron el cuello de Alex y Natsu y comenzaron a levantarlos lentamente del suelo.
—¡¿¡Mai nooo!?!
—gritó Natsu entre toses—.
¡Era broma!
¡Era bromaaaaa!
—¡Me retracto de todo lo dicho, incluso lo de la camisa!
¡Es horrible!
¡La odio!
—jadeó Alex, agitando las piernas.
—Podría dejar que Ali los encuentre así… como adornos —dijo Mai, con su clásica voz gélida—.
Sería el castigo más poético.
Deirdre observaba la escena con los brazos cruzados, imperturbable.
—¿Por qué los deja vivir?
Henry se encogió de hombros.
—Creo que necesita que alguien practique su magia conejera para controlar la presión arterial.
Karla, caminando entre Cristina y Jessica, observaba la escena con los ojos muy abiertos.
—¿Ellos siempre son así?
—preguntó con voz incrédula.
—Créeme —respondió Cristina—, hoy están tranquilos.
—Tuvimos una vez una misión en la que Alex y Natsu crearon un incendio accidental en la base solo por discutir sobre qué animal mitológico sería más fuerte en una pelea —agregó Jessica.
—¡El basilisco tiene ventaja aérea!
—gritó Alex desde el aire, todavía colgado.
—¡El grifo tiene garras más grandes!
—replicó Natsu.
Mai los soltó sin más y ambos cayeron de bruces al suelo con un golpe seco.
—Idiotas —murmuró ella.
Más adelante, la rivalidad entre Jonny y Daniel seguía ardiendo con la misma fuerza que siempre.
—Te juro que no me creo lo de los cincuenta y siete, Daniel —dijo Jonny, con los brazos en la nuca—.
Si mataste a tantos, ¿por qué no se oyó más drama?
¿Dónde están los fuegos artificiales, la épica, las lágrimas?
—No necesito fuegos artificiales para validar mi efectividad —respondió Daniel sin voltearse—.
No todos tenemos que gritar como estrellas de shonen para existir.
—¿Estás diciendo que soy un cliché?
—No.
Estoy diciendo que si fueras más predecible, tendría que invocar un tutorial.
—¡Eso fue elegante y ofensivo!
¡Te odio y te respeto al mismo tiempo!
Cristina, con el rostro iluminado por una sonrisa, habló desde atrás: —Yo solo derroté a uno, pero fue un tipo enorme que se multiplicaba y gritaba nombres raros.
Seguro contaba por veinte.
—Jessica y yo hicimos caer a nueve —comentó Arthur—.
Aunque seis de ellos se desmayaron del susto cuando Natsu apareció envuelto en llamas diciendo “voy a volarlos”.
—No era un susto.
Era presencia escénica —interrumpió Natsu, aún limpiando polvo de su cara.
—Yo derroté a quince —dijo Deirdre, sin siquiera girarse—.
Solos.
Sin explosiones.
Todos la miraron.
—¿Cómo lo haces?
—preguntó Alex.
—Disciplina —respondió Deirdre.
—Y amenazas de muerte silenciosas —añadió Henry.
Mai, con una calada final, arrojó el cigarro al suelo y lo apagó con la bota.
—Yo vencí a doce.
Uno de ellos lloró.
Fue entretenido.
—¿Lloró por dolor o por miedo?
—¿Importa?
Finalmente, el terreno cambió.
Las estructuras rotas y las calles agrietadas dieron paso a una colina artificial de concreto, donde la naturaleza parecía tragarse el metal.
Karla levantó la mano, deteniéndose frente a un montículo cubierto de vegetación.
—Aquí.
Estamos cerca.
Todos se acercaron.
Tras apartar ramas, escombros y trozos de chatarra oxidada, descubrieron una trampilla metálica medio enterrada.
Oxidada, pero sólida.
Alex la pateó suavemente.
—¿Qué clase de villano guarda su guarida en una trampa de dibujos animados?
—El tipo que tortura VOOGs y sueña con convertirse en un dios —murmuró Karla, mirando la puerta como si pudiera atravesarla con la mirada.
Cristina se arrodilló y colocó la mano sobre el metal.
—Hay energía del otro lado… Trish está allí.
La siento.
Nadie dijo una palabra más.
Todos se miraron entre sí.
Rostros distintos.
Historias distintas.
Pero con una misión en común.
Alex tomó aire y sonrió.
—Entonces…
llamemos a la puerta.
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