El Llamado del VOOG - Capítulo 23
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23: Capítulo 23: Unión de almas 23: Capítulo 23: Unión de almas El cielo estaba despejado, teñido de un azul profundo que parecía infinito.
A lo lejos, el viento movía los campos dorados como olas que respiraban.
En una colina solitaria, dos siluetas estaban sentadas, observando en silencio.
Uno de ellos era joven, con cabello desordenado y ojos encendidos por una ambición que no conocía fronteras.
—Hefestión —dijo, rompiendo el silencio sin dejar de mirar el horizonte—.
¿Crees que algún día… todo lo que está al alcance de mi vista sea mío?
El otro hombre, aquel que ahora se hacía llamar Alex, de presencia serena y mirada insondable.
Pero su voz era clara, profunda, firme.
—Alex… —respondió—.
Estoy seguro de que dominarás el mundo entero.
No porque debas… sino porque tu voluntad lo ha decidido.
Y si tú me lo pides, yo mismo… te lo entregaré.
Alex sonrió levemente, pero su expresión se volvió más suave.
—Te conozco desde siempre… o al menos, así se siente.
Y aunque yo hablara de conquistar imperios… tú siempre estabas ahí.
—Pausó—.
Quiero que sepas que más que un VOOG, tú eres… —No lo digas —lo interrumpió el otro, con una sonrisa invisible—.
Las palabras son baratas.
Tus actos ya me lo han dicho todo.
El viento sopló con fuerza, llevándose las últimas palabras entre las hojas.
Y entonces… la visión se desvaneció.
BOOOOOOOOM.
Una explosión de energía arrasó todo a su alrededor.
El aire se volvió denso, el suelo vibró como si la misma realidad se quebrara.
Un destello dorado iluminó cada rincón del Reino Inverso, quebrando momentáneamente el control de Marduk.
El grito de Deirdre se alzó por encima de todo: —¡¡¡NO MÁS MUERTES!!!
En medio de ese torbellino de luz, el cuerpo de Alex brilló intensamente, su sangre se disolvió en fuego dorado.
El suelo se partió debajo de ellos, pero la llama los sostuvo.
Y cuando la energía se disipó…
Ambos estaban de pie.
Deirdre, cubierta de un fuego celestial, su cabello alborotado y ardiendo como una llamarada viva, sus ojos ahora completamente dorados, sin pupilas, solo brillo y dolor contenido.
Su aura expandida como una reina de otro mundo.
Alex, renacido a su lado, su cuerpo envuelto en una armadura de fuego dorado, como si el fuego se hubiera solidificado en placas vivas sobre su piel.
Su mirada ya no era de juego ni bravura…
era intensa, fija, letal.
Su brazo derecho chispeaba con energía como una espada a punto de liberarse.
Todos los presentes contenían el aliento.
Marduk, por primera vez, dio un paso atrás.
Ali frunció el ceño.
—Esto es… Henry susurró: —Una unión perfecta.
Jessica quedo paralizada al sentir el poder que emanaban.
Cristina temblaba.
Natsu sonrió, con la sangre aun escurriendo de su boca.
—Vaya regreso… Deirdre alzó una mano, y las llamas a su alrededor rugieron como una tormenta viva.
—Alex y yo… no somos dos.
Alex dio un paso al frente, su voz como acero encendido.
—Somos uno solo.
Y en ese instante, el verdadero combate por el alma del mundo…
comenzó.
El fuego dorado aún danzaba alrededor de ellos como un sol nacido de la voluntad.
Las chispas iluminaban los rostros de todos los presentes como luciérnagas en medio del apocalipsis.
Mai fue la primera en romper el silencio, su tono más bajo, reverente.
—Es… una unión de almas perfecta.
Sus palabras no eran simples datos.
Eran asombro contenido.
Arthur, quien apenas podía mantenerse en pie, cayó de rodillas como si la gravedad de lo que veía lo abrumara físicamente.
—Esto… esto es algo que solo se puede presenciar una vez en la vida… si acaso.
Jonny, con la mirada seria por primera vez en mucho tiempo, asintió.
—Albert tenía razón… —susurró—.
Deirdre es la respuesta.
Jessica, que aún no entendía por completo lo que estaba viendo, volteó desesperadamente hacia Arthur.
—¡¿Qué está pasando?!
¿¡Qué significa esto!?
Arthur, con voz temblorosa pero firme, respondió: —Es una habilidad… una entre un número incalculable.
Una de cada cien billones.
Algunos incluso creían que era un mito.
Pero ahora…
la estamos viendo con nuestros propios ojos.
—Una unión de almas —completó Henry, asintiendo en silencio.
—¿Y qué hace exactamente?
—preguntó Cristina, sin apartar la vista del resplandor dorado que envolvía a Deirdre y Alex.
Fue Natsu quien respondió esta vez, con una sonrisa genuina, como si sus heridas dejaran de doler solo con verlo.
—Ahora la voluntad de ambos es una sola.
No hay duda, no hay diferencia.
Todo su potencial… ahora es ilimitado.
Arthur volvió a hablar, esta vez con una solemnidad inusual en él.
—Alex… Alex pertenece a una categoría de VOOG que está por encima de todos los demás.
Una que controla la realidad, sí, pero también… es capaz de hacer milagros.
Los ojos de todos se volvieron hacia él.
—¿Milagros?
—preguntó Jessica, incrédula.
—Lo sabía desde hace tiempo —admitió Arthur—.
Prometí guardar el secreto.
Pero ahora que esto ha ocurrido… ya no tiene sentido ocultarlo.
Mai se cruzó de brazos, la mirada perdida en el campo de batalla.
—Ese idiota…
—dijo con un leve temblor en la voz—.
Está por encima de cualquiera en este lugar.
Daniel dio un paso al frente, su expresión más firme que nunca.
—Entonces… la verdadera pelea está por comenzar.
Y en ese momento, la voz de Deirdre retumbó por toda la bóveda.
No era un grito.
Era una orden.
—Alex… te ordeno que lo liquides.
El fuego que la rodeaba estalló como un huracán dorado.
Los ojos de Alex brillaron como brasas al rojo vivo.
—Sí, mi general.
Extendió la mano con fuerza.
Una de las columnas flotantes tembló, y de ella se arrancó una barra de acero, que voló directamente hacia su palma.
Al tocarla, el fuego dorado la envolvió… y en un parpadeo, se transformó en una lanza de llama pura, su forma fluida y reluciente como si estuviera forjada por el mismo sol.
Alex bajó la otra mano.
Un fragmento metálico cayó del techo, giró sobre sí mismo como una estrella fugaz, y cayó en su mano libre.
En ese instante, el fuego lo envolvió también… y se transformó en un escudo, con runas brillando en su superficie, curvado y firme como la voluntad que lo sostenía.
Su armadura brillaba.
Su lanza ardía.
Su escudo resplandecía.
Y por primera vez en toda la batalla, incluso el Reino Inverso… titubeó.
Ali apretó los dientes.
Marduk gruñó.
El aire vibraba con una tensión que amenazaba con desgarrar el mundo.
Y de pronto… Alex desapareció.
Un destello dorado rasgó el espacio.
En un abrir y cerrar de ojos, estaba frente a Marduk, su lanza en alto, su armadura reluciente.
Sin dar tiempo de reacción, descendió el arma con una fuerza divina.
¡BOOM!
El impacto fue brutal.
Marduk salió disparado como si una montaña lo hubiera embestido.
Su cuerpo atravesó el aire, derribando una plataforma flotante antes de estrellarse contra una de las paredes distorsionadas del Reino Inverso.
La pared tembló.
Grietas de luz dorada se esparcieron por la superficie, como si la distorsión misma comenzara a fallar.
Marduk rugió, su voz un eco descompuesto que quebraba los oídos.
Se reincorporó al instante, y con un giro de su cuerpo, comenzó a lanzar una lluvia de ataques, cada uno acompañado por anomalías del espacio: cuchillas invisibles, esferas que invertían la gravedad, lanzas que se desplazaban por líneas temporales alternativas, imágenes fantasma que atacaban desde pasados alternativos.
Pero nada lo tocaba.
El escudo de Alex brillaba.
Cada golpe, cada truco, cada distorsión… bloqueado.
No con fuerza.
Con absoluta autoridad.
¡CLANG!
¡CLANG!
¡ZRRRK!
¡BOOM!
Alex no retrocedía.
No se esforzaba.
Solo avanzaba.
Y con cada paso, golpeaba.
—¡HAAAAA!!
—gritó, estrellando el borde de su escudo contra el pecho de Marduk.
Una onda de energía dorada se expandió, haciendo que Marduk retrocediera como si hubiera recibido un disparo de cañón.
—¡Toma esto!
—rugió Alex, girando con su lanza y atravesando una de las protecciones de Marduk, dejando una herida en su costado que chispeó con distorsión rota.
Desde la retaguardia, el resto del grupo observaba sin poder moverse.
Karla fue la primera en hablar, con la voz llena de asombro.
—¿Por qué…?
¿Por qué la alteración de realidad de Marduk no lo afecta?
Mai, con los ojos entrecerrados, respondió: —Cuando dos VOOGs que alteran la realidad se enfrentan, solo el más poderoso puede imponerse.
Desde el principio, Marduk no podía modificar la realidad de Alex… porque estaba por debajo de él.
Todos voltearon hacia ella.
Daniel dio un paso al frente.
—El fuego dorado… es solo una representación visible del poder de Alex.
Su verdadera habilidad siempre fue alterar la realidad.
Pero aún no sabemos cómo lo hace.
De qué forma su voluntad se manifiesta.
Arthur, en el suelo aún de rodillas, levantó lentamente la mirada.
—Yo sí lo sé.
—Su voz era baja, casi temerosa—.
Lo supe desde hace tiempo.
Pero… incluso ahora, decirlo me cuesta.
Jessica se giró hacia él.
—Arthur… Él tragó saliva.
—Alex… no altera la realidad a través de su propio deseo.
Su poder depende completamente de otra persona.
Todos lo miraron, sin comprender.
—La capacidad de alterar la realidad de Alex depende del límite de la voluntad de Deirdre.
Un silencio total.
Arthur continuó.
—Mientras la voluntad de Deirdre afirme algo… mientras su corazón lo crea como verdad… Alex puede hacerlo realidad.
Cristina lo dijo en voz baja, entendiendo por fin: —Entonces… ella es su eje.
Su núcleo.
Su fe es la ley.
Daniel asintió, más serio que nunca.
—Y por eso no hay límites ahora.
En el campo de batalla, Marduk rugía, lanzando un nuevo aluvión de distorsiones: columnas que se multiplicaban al contacto, su propio cuerpo duplicado con mil variantes, una lluvia de armas que caía desde puntos invisibles.
Alex levantó su escudo y caminó sin detenerse.
—Tus ilusiones… tus reglas… no significan nada —dijo con una calma inhumana—.
Porque mi voluntad es absoluta.
¡PUÑETAZO ESCUDO!
Golpeó el suelo, y una onda de fuego dorado desintegró todas las copias de Marduk.
Marduk reapareció en el aire, cayendo como una estrella errante.
Alex saltó.
La lanza giró.
Y en el cielo, la lanzó directo a su enemigo.
¡ZUUUUM!
Impacto.
Centro del pecho.
Marduk gritó.
Su cuerpo se retorció al contacto, y por primera vez… sangró.
Una sangre oscura, densa, que chispeaba como si fuera metal líquido en combustión.
Cayó al suelo, hincado, respirando con dificultad.
Su mirada ya no era arrogante.
Era de miedo.
Alex bajó con una nueva arma en mano.
La lanza volvió a su forma de fuego y se incrustó de nuevo en su brazo como si fuera parte de su cuerpo.
—Esto… es por Albert —dijo Alex con voz firme.
Y la tierra tembló… porque el verdadero juicio estaba por comenzar.
Ali comenzó a reírse.
Una carcajada hueca, cargada de rabia contenida y delirio.
—¡Vamos, Marduk!
¡Usa todo tu poder!
¡Sin límites!
¡Destrózalo!
¡Ese patético VOOG no es rival para ti!
Marduk, aunque jadeante, gruñó como una bestia herida… y desapareció.
El ambiente cambió.
El Reino Inverso se alteró por completo.
Las plataformas flotantes se multiplicaron, los muros se curvaron en ángulos imposibles, los colores del entorno colapsaron sobre sí mismos.
La gravedad fluctuaba, el tiempo retrocedía y avanzaba erráticamente.
Alex fue atacado desde todas las direcciones.
Flechas del vacío.
Látigos temporales.
Proyecciones alternativas de sí mismo.
Espinas de distorsión saliendo del suelo.
Fantasmas de Albert, de Deirdre, incluso de sí mismo… todo intentando quebrarlo.
La presión era monstruosa.
Pero Alex no se movió.
Con los ojos cerrados y una expresión serena, alzó su lanza, la sostuvo con ambas manos, y la golpeó contra el suelo con firmeza.
¡CLANG!
Un círculo dorado se expandió desde sus pies.
El mundo volvió a su forma original.
Todo se detuvo.
Alex seguía ileso.
Marduk gruñó, emergiendo con el cuerpo cubierto de heridas, su rostro ahora desfigurado por el cansancio y el asombro.
—Te… te felicito.
Me has obligado a usar el cien por ciento de mi poder.
La tierra tembló.
Su cuerpo se expandió con energía, su armadura latía como un corazón vivo.
—¡Y ahora!
¡Te borraré del mundo!
Pero Alex no cambió su expresión.
Solo giró levemente la lanza en su mano.
Su voz fue tranquila, templada como la brisa antes de la tormenta.
—¿Cien por ciento…?
Entonces permíteme agradecerte… usando el diez por ciento del mío.
Sus ojos se encendieron, y con un movimiento perfecto, alzó la lanza en posición de embestida.
—¡Formación Aeterna: Ruptura de Falange!
—gritó.
Una línea de fuego dorado se proyectó en línea recta desde su lanza, dividiéndose en decenas de lanzas etéreas, que avanzaron en perfecta sincronía como una formación macedonia.
¡BOOM!
¡BOOM!
¡BOOM!
Los impactos fueron incontenibles.
Marduk intentó bloquear, absorber, deformar… pero no podía.
Cada golpe perforaba su realidad.
El último movimiento fue un giro de lanza ascendente: Alex saltó, se impulsó desde una plataforma que él mismo creó con su voluntad, y descendió sobre Marduk con una estocada directa.
¡CRAAASH!
La lanza atravesó el pecho del VOOG enemigo, y una llamarada dorada lo envolvió por completo.
Marduk cayó al suelo, ardiendo en llamas, gritando de dolor.
—¡AAAAAAAH!
¡ALIIII!
¡¡AYÚDAME!!
¡¡AYÚDAMEEEE!!
Pero Ali… no se movía.
Estaba de rodillas.
Paralizado.
En shock.
—No… no… esto… esto no puede estar pasando… —murmuraba.
Sus manos temblaban.
Su cuerpo sudaba frío.
Los ojos abiertos como platos.
El poder absoluto que había construido… se desmoronaba.
Pasos suaves resonaron en la bóveda.
Deirdre caminaba hacia él.
El fuego aún danzaba en su cabello.
Su rostro era el de una reina… decidida, rota… y despierta.
En su mano, sostenía el mismo bastón de madera que había llevado desde el principio.
Gastado.
Sencillo.
Honesto.
Ali la vio venir.
Y por primera vez… tuvo miedo.
—N-no… espera… —tartamudeó—.
Tú no lo harás.
Tú… no eres como yo… Deirdre se detuvo frente a él.
Lo miró directamente, con sus ojos dorados… que no parpadeaban.
—No… no lo soy.
Alzó el bastón.
—Pero este… es por todo lo que hiciste.
—Por Trish.
—Por Karla.
—Por Albert.
—Por todos.
Ali cerró los ojos.
Esperó el golpe.
Pero no llegó.
Abrió los ojos.
Deirdre había detenido el bastón a centímetros de su rostro.
—No soy una asesina —dijo en voz baja—.
No seré como tú.
Se giró.
Comenzó a caminar, dejando el bastón caer al suelo.
Pero justo antes de dar el último paso… Se detuvo.
—Pero él sí lo es.
Y pateó el bastón hacia atrás.
Alex, de pie en la oscuridad, lo atrapó en el aire.
En un instante, el bastón se envolvió en fuego dorado, y se transformó en una espada de hoja pura y silueta luminosa, nacida de voluntad y furia.
Alex se acercó.
No dijo nada.
Y con un solo movimiento… Decapitó a Ali.
El cuerpo cayó hacia un lado.
La cabeza hacia el otro.
El fuego se apagó.
El Reino Inverso colapsó.
Y todo quedó en silencio.
Ni victoria, ni euforia.
Solo una calma pesada que se asentó en los corazones de todos como un recordatorio de lo que habían perdido… y de lo que todavía estaba por comprenderse.
Deirdre miró el cuerpo sin vida de Ali unos segundos más.
Y entonces murmuró con firmeza: —Un rey… no debe mancharse las manos con un ser tan patético.
La voz que había sido un rugido de guerra… ahora era una sentencia de realeza.
A su lado, Alex apareció caminando tranquilamente, aún con fragmentos incandescentes de su armadura flotando alrededor de su cuerpo como brasas apagadas.
Su expresión, entre seriedad y su usual picardía, parecía la de alguien que nunca perdió el control.
—Perdón Ale… digo, Deirdre.
Misión cumplida.
Ella giró lentamente el rostro hacia él, y aunque su mirada aún ardía, sus piernas comenzaron a temblar.
El fuego dorado que los rodeaba desapareció lentamente, dejando atrás solo polvo dorado que se deshacía en el aire.
El domo del Reino Inverso colapsó al igual que el domo de batalla.
Una por una, las estructuras imposibles se deshicieron.
Las columnas flotantes, los cielos curvos, los pisos que desafiaban la lógica… todo se desvanecía.
Pero en lugar de ser transportados al mundo real… no ocurrió nada.
Seguían allí.
—¿Qué…?
—preguntó Jessica—.
¿Por qué no regresamos?
Deirdre perdió el equilibrio.
Y Alex, sin dudarlo, la cargó entre sus brazos.
—Fue demasiado para ti —murmuró él, con una sonrisa suave.
—Eso fue… —susurró ella, jadeando—.
Raro.
Como si no fuera yo.
Como si…
fuera… Alex bajó la mirada.
Y con un dejo de tristeza en la voz, completó: —…otra persona.
Sí.
Ya ha comenzado.
Por primera vez, el fuego en sus ojos no era calor.
Era melancolía.
El resto del equipo se acercó, sus rostros cargados de emoción, asombro y preocupación.
—Eso fue… —empezó Cristina, sin saber cómo terminar la frase.
—Increíble —dijo Natsu, apoyándose en su tonfa como bastón—.
Nunca había visto algo así.
—Lo que ustedes dos hicieron… —añadió Jessica, aún atónita—.
Fue como ver a dos estrellas fusionarse.
—Era como si el mundo tuviera dueño —dijo Mai, con tono sombrío pero casi respetuoso.
Jonny cruzó los brazos.
—Siempre supe que Alex era especial… pero esto fue ridículo.
Hasta el idiota de Daniel quedó impresionado.
—No estoy impresionado —respondió Daniel con voz neutra—.
Estoy procesando una anomalía cuántica imposible con forma humana.
Eso es diferente.
Arthur sonrió, limpiándose los lentes rotos.
—Sabía que tú y Deirdre eran peligrosos juntos… pero nunca imaginé esto.
Henry, aún con mirada severa, solo asintió lentamente.
Todos los ojos se volvieron hacia Alex.
Pero fue él quien habló primero, con una expresión seria y una voz que recuperó su firmeza: —Gracias… a todos.
Pero esto no se trata de nosotros.
Giró su cabeza hacia donde Karla estaba hincada junto a Trish, aún desmayada, su respiración débil.
—Todo esto ocurrió por ellas.
Por Karla.
Por Trish.
Por lo que Ali les hizo.
—No hemos terminado —dijo, dando un paso hacia ellas con Deirdre aún en brazos—.
Es hora de sanar lo que se rompió.
Y con esas palabras, la escena final del capítulo cerró no con fuego… sino con el compromiso de reconstruir lo que sobrevivió al infierno.
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