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El Llamado del VOOG - Capítulo 24

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24: Capítulo 24: Número 3 24: Capítulo 24: Número 3 Cuatro horas.

Ese fue el tiempo que estuvimos dentro del domo.

Cuatro horas que se sintieron como días.

Cuatro horas que nos llevaron al límite de lo físico, lo emocional… y lo humano.

En ese lapso, derrotamos a Ali, acabamos con Marduk y desmantelamos a casi toda la Cábala Nocturna.

Pero al salir… descubrimos que, en el mundo real, habían pasado cuatro días.

La diferencia temporal fue un desastre.

Para algunos no fue gran cosa.

Jonny, por ejemplo, apenas se inmutó.

Dijo que en su trabajo estaban acostumbrados a que desapareciera “por razones cósmicas o legales”, como si eso fuera un horario normal.

Daniel, siempre meticuloso, tenía permisos de ausencia programados desde antes de que todo ocurriera.

Jessica, por su parte, era su propia jefa.

Pero para Cristina y para mí… fue un caos.

A Cristina le cayó una tormenta.

Ella entró sigilosamente por la puerta del departamento, como si estuviera infiltrándose en una fortaleza enemiga.

Llevaba su chamarra negra arrugada, el cabello desordenado y unas ojeras de guerra que habrían hecho llorar a cualquier dermatólogo.

—Tal vez si camino lo suficientemente lento, nadie me ve… —murmuró, avanzando de puntitas por el pasillo.

No había dado cinco pasos cuando escuchó un portazo… y la temida voz.

—¡CRISTINA FERNANDA HERNÁNDEZ MORALES!

Cristina se congeló.

Cerró los ojos.

Tragó saliva.

Se giró lentamente.

Ahí estaba.

Adrián.

De pie.

Brazos cruzados.

Cara de “he estado despierto cuatro días seguidos bebiendo café y reescribiendo testamentos por tu culpa”.

—¡Hola, Adri…!

—intentó decir con una sonrisa falsa.

—¿¡QUÉ DIABLOS TE PASA!?

Cristina retrocedió un paso, levantando las manos.

—Oye, oye, ¿no crees que estás exagerando un poqui…?

—¿¡EXAGERANDO!?

—interrumpió, sacando una pila de papeles de su escritorio—.

¡¡IMPRIMÍ CARTELES DE “SE BUSCA”!!

¡¡CON TU CARA!!

¡¡TE PEGUÉ EN PARADAS DE CAMIÓN, TIENDAS DE BARRIO Y UNA CAFETERÍA VEGANA!!

—¿Vegana…?

—¡VEGANA, CRISTINA!

¡Donde la gente realmente lee los anuncios!

Cristina se cubrió la boca para no reírse.

—Adrián, no es para tanto, solo fueron… bueno, cuatro días.

Adrián se llevó una mano al pecho como si estuviera a punto de infartarse.

—¿Solo cuatro días?

¿¡Solo!?

¡¡Yo pensé que estabas muerta, secuestrada, perseguida por una secta o abducida por extraterrestres pacifistas que te devolvieron porque eras muy sarcástica!!

—Bueno, eso último suena probable.

—¡No me hagas reír!

¡Estuve a punto de llamar a la policía interdimensional!

¡Y eso que ni existe!

Cristina se acercó con pasos suaves, tratando de calmarlo.

Le puso una mano en el hombro.

—Oye… estoy bien.

De verdad.

Y todo se resolvió.

Solo… fue un asunto muy complicado con mi VOOG.

Y el fin del mundo.

Y un domo de realidad alternativa.

Y tal vez una pelea con un tipo que quería volverse dios.

Adrián parpadeó.

Tres veces.

—…¿Te estás burlando de mí?

—No.

Pero admito que suena a excusa de anime.

Él la miró.

Ella le sonrió.

Silencio.

Y luego, sin decir nada más, Adrián la abrazó con fuerza, con ese tipo de abrazo donde no hay regaños, solo alivio puro.

—Solo… —dijo él, con la voz ahogada—.

Solo avísame la próxima vez que salves el mundo.

¿Sí?

Cristina rió, apoyando la cabeza en su hombro.

—Te lo prometo, hermano.

—Y no vuelvas a dejarme solo como los pacientes lunáticos que hablan con tostadoras.

—Bueno… no te prometo tanto.

Yo no la pasé mejor.

El jefe de la biblioteca me esperaba con una carta de suspensión en la mano.

Llevaba tres días sin dormir, enfurecido por “mi falta total de profesionalismo”.

Quiso despedirme en el acto.

Por suerte, Alex apareció sin ser invitado y empezó a decir cosas como “mi compañera salvó el mundo” y “merece una estatua en el pasillo de consulta general”.

Por si fuera poco, Adrián también intervino, habló con voz firme, diplomática… y consiguió salvar mi empleo.

No me atreví a preguntarle por qué lo hizo.

En estos días, he estado hablando mucho con él.

Con Adrián.

Más de lo que imaginé posible.

Conversaciones largas, de libros, de política, de lo que significa sobrevivir.

Hay algo en su forma de verme que me hace bajar la guardia.

Algo… que me hace querer estar cerca.

El tiempo ha pasado.

Karla y Trish siguen recuperándose.

Trish apenas habla.

Duerme la mayor parte del tiempo.

Karla, en cambio, está activa, pero se le nota la fragilidad en la mirada.

A veces se queda mirando por la ventana durante horas, sin moverse, sin parpadear.

Como si todavía estuviera en ese cuarto oscuro donde la mantenían encadenada.

Nadie le exige nada.

Nadie le pide usar su VOOG.

Hicimos un pacto silencioso: las protegeríamos sin esperar poder a cambio.

Ellas ya dieron demasiado.

Como no tenía dónde quedarse, Karla se mudó conmigo.

Finalmente me entregaron un nuevo departamento.

Pequeño, pero acogedor.

Una sala luminosa, una cocina funcional, un balcón con vista a un árbol torcido.

Colgué cortinas nuevas, planté macetas, reorganicé mis libros.

Es un espacio que empieza a parecer un hogar.

Y eso nos trae… a hoy.

Estoy de pie frente al espejo, ajustándome el cabello.

Me siento algo nerviosa.

Preparé bocadillos, encendí velas, limpié cada rincón.

No es que me importe tanto la apariencia… pero Alex nos citó.

Dijo que tenía algo importante que decir.

Cuando él dice “importante”, puede ser desde “viene el fin del mundo” hasta “me compré calcetines nuevos”.

Escucho el timbre sonar.

Karla, sentada en el sofá con una manta sobre las piernas, me sonríe.

—Ya vienen —le digo, tratando de sonar más segura de lo que me siento.

Camino hacia la puerta.

Respiro hondo.

Y la abro.

Cuando Deirdre abrió la puerta de su nuevo departamento, una pequeña oleada de calidez le recorrió el cuerpo.

Ahí estaban.

Jonny, con una bolsa enorme de papas fritas bajo el brazo y su eterna sonrisa burlona.

Mai, con un pequeño pastel perfectamente empaquetado y una expresión que intentaba no parecer amable.

Daniel, cargando una botella de vino tinto como si fuera un documento clasificado.

Henry, sosteniendo una bolsa de pan dulce y saludando con un asentimiento elegante.

Jessica, con un topper de ensalada que parecía sacado de un anuncio de comida saludable.

Arthur, equilibrando un termo y una caja de té con el mismo cuidado con el que portaba un arma.

Cristina, con dos botellas de soda, un paquete de servilletas… y cara de pocas ganas de convivir, como siempre.

Y Natsu, que llevaba una bandeja enorme con lo que claramente eran tacos… aunque envueltos como si fueran obras de arte.

—¡Todos trajeron algo!

—exclamó Deirdre, sorprendida—.

¡Pasen, pasen!

Uno a uno, fueron entrando al departamento, el cual estaba decorado con calidez: cojines de colores, estanterías con libros desordenados, una mesa baja llena de botanas ya servidas, y una lámpara en forma de luna sobre el rincón de lectura.

—Wow… —dijo Jessica, mirando alrededor—.

Está súper lindo.

—Tienes muy buen gusto —comentó Henry, observando los detalles en madera—.

Minimalismo funcional.

Me gusta.

—Hasta huele a nuevo —añadió Arthur, olfateando el aire como si evaluara un laboratorio.

—Ya no somos vecinas… —se quejó Cristina, mirando con ojos entrecerrados.

—Solo me mudé al piso de arriba —rió Deirdre—.

Técnicamente, aún lo somos.

Puedes seguir subiendo a quejarte por el ruido.

—Lo haré.

—Cristina se cruzó de brazos con una sonrisa.

Desde la cocina, una voz conocida y exageradamente entusiasta rompió el momento.

—¡Nachos listos!

¡Con más queso del legalmente permitido por los tratados internacionales!

Alex apareció, con un delantal que decía “Kiss the Chaos” y una bandeja… monstruosa.

Los nachos eran una montaña amorfa de queso, jalapeños, salsas brillantes y ingredientes que nadie se atrevió a identificar del todo.

El platillo chispeaba con una luz sospechosa y parecía emitir un sonido leve… como si respirara.

Hubo un silencio de evaluación colectiva.

—¿Eso está… vivo?

—preguntó Arthur con la expresión más científica posible.

—Parece sacado de un anime distópico donde la comida se rebela —añadió Natsu, fascinado.

—No deberías comer eso —sentenció Mai con frialdad—.

—Nadie debería.

—¡Yo sí quiero!

—gritó Jonny, ya metiendo una papa adentro con total descuido.

—Dije que no deberían.

No que no lo harían.

—Mai suspiró.

Henry miró hacia el sofá donde Karla se acomodaba, tomando un té que Deirdre le había preparado.

Se acercó suavemente.

—¿Y Trish?

Karla sonrió con timidez y apuntó hacia la puerta del pequeño balcón.

Todos voltearon.

Ahí estaba Trish, vestida con una túnica sencilla y el cabello rosado iluminado por la luz artificial del pasillo.

Sus ojos, grandes y algo asustados, escaneaban el lugar con cautela.

Al ver que todos la miraban, se congeló.

—¡Trish!

—llamó Cristina—.

¡Ven!

¡Aquí estamos todos!

Jessica le hizo una seña.

Natsu le sonrió.

Trish dio unos pasos tímidos… hasta llegar al sofá y sentarse junto a Karla, que la tomó de la mano sin decir palabra.

El ambiente se volvió suave.

Acogedor.

Y entonces… comenzó la noche.

Natsu y Alex, como siempre, terminaron molestando a Mai.

—¡Vamos, Mai, sonríe un poco!

¡Estamos vivos!

¡Mira estos nachos, representan la victoria!

—decía Alex mientras agitaba un nacho por encima de su cabeza como si fuera una bandera.

—¿Qué tan peligrosa sería una sombra hecha de queso derretido?

—añadía Natsu.

Mai, sin inmutarse, hizo brotar dos manos de sombra que comenzaron a ahorcar a ambos sin moverse de su asiento.

—¿Así de peligrosa?

—murmuró con calma.

—¡ES UNA DEMOSTRACIÓN!

—chilló Alex.

—¡YO SOLO QUERÍA CELEBRAR!

—gritó Natsu.

Desde otro rincón, Arthur y Henry los observaban con té en mano.

—Mai es probablemente la persona más peligrosa aquí —dijo Arthur.

—Y ellos… los más idiotas —agregó Henry, asintiendo con solemnidad.

Jonny y Daniel, mientras tanto, se habían enfrascado en una competencia silenciosa que escaló rápidamente a gritos.

—¡Siete nachos!

—gritó Jonny con la boca llena.

—¡Ocho y sin tragar aún!

—replicó Daniel, impasible.

—¿Eso cuenta como trampa?

—preguntó Jessica.

—Sí —respondió Deirdre.

—No —dijo Jonny.

Mientras tanto, Cristina hablaba animadamente con Karla y Trish.

—Tienen que ver “La cúpula de medianoche”.

Es rara, oscura y completamente ridícula.

Les va a encantar.

—¿Hay romance?

—preguntó Trish con voz suave.

—Sí.

Y traición.

Y clones.

Y tal vez una nave espacial.

—Estoy interesada —respondió Karla con una media sonrisa.

Deirdre, desde su asiento, los miró a todos.

Riendo, discutiendo, peleando, compartiendo comida que probablemente era ilegal.

Y pensó… que por primera vez en mucho tiempo, todo estaba bien.

La risa, los chistes y el caos suave que llenaban la sala se disiparon en cuanto Alex se puso de pie.

Lo hizo sin prisa, dejando la bandeja de nachos sobre la mesa ya medio saqueada por la batalla entre Jonny y Daniel y dándose una ligera palmada en el delantal.

Su mirada, por primera vez en esa noche, era seria.

Demasiado seria para ser Alex.

—Bien, chicos.

Hay cosas que tengo que decir.

—Se pasó una mano por el cabello—.

Varias cosas, en realidad.

Todos fueron quedando en silencio poco a poco.

Se acomodaron en los sillones, en cojines, en la alfombra.

Formaron un semicírculo espontáneo alrededor de él, como si supieran que lo que venía no era una simple broma de las suyas.

Alex miró a Karla y a Trish, sentadas juntas, sus rostros aún tímidos pero atentos.

—Lo primero —dijo con voz firme—, es que quiero que le demos la bienvenida oficial a Karla y a Trish al grupo.

Se giró hacia ellas.

—Puede que no peleen.

Puede que no lancen rayos, ni agujas, ni sombras vengativas —dijo, lanzando una mirada burlona a Mai—, pero eso no importa.

Son parte de nosotros.

Y nosotros… protegemos a los nuestros.

—¡Bienvenidas!

—exclamó Jessica, sonriendo.

—Ya eran parte, solo faltaba el discurso cursi —añadió Cristina, con una sonrisa cómplice.

—Prometo no hacer explotar nada cerca de ustedes —dijo Natsu con los dedos cruzados.

—Yo no lo prometo —murmuró Mai, bajito.

Las risas regresaron por unos segundos, pero Alex levantó una mano.

El gesto fue suficiente para devolverles el silencio.

—Ahora viene la parte seria.

Y…

complicada.

Todos se miraron entre sí.

—Como saben, mi poder es de tipo dimensional —comenzó—.

Funciona de una manera simple en apariencia: mi amo determina lo que desea… y yo hago que se cumpla.

Una corriente de tensión recorrió la sala.

—Deirdre… —Alex la miró, y ella sostuvo su mirada, confundida—.

Tú has empezado a manifestar una conexión más profunda conmigo.

Lo que ustedes llaman unión de almas.

Todos recordaron el fuego dorado.

El poder imposible.

El dominio absoluto que se sintió durante el combate contra Marduk.

—Esa fusión nos hace muy poderosos.

Sí.

Pero también trae consigo… consecuencias.

Los murmullos comenzaron.

—¿Consecuencias?

—dijo Arthur, frunciendo el ceño.

—¿Qué tipo de consecuencias?

—preguntó Cristina, ladeando la cabeza.

Alex bajó la mirada, se frotó el cuello.

—Antes de Deirdre… yo ya tuve un amo.

Uno… muy importante.

Y ese amo… lo asesine.

El silencio fue absoluto.

Las palabras parecieron no asentarse por unos segundos.

Luego llegaron las reacciones.

—¿Eso… es posible?

—preguntó Mai, entrecerrando los ojos—.

¿Un VOOG puede matar a su amo?

—Es… complicado —respondió Alex—.

Muy complicado.

Pero lo importante es que eso interrumpió nuestro pacto, lo destrozó.

Y esa ruptura dejó una… herida.

Volvió a alzar la cabeza.

—Mi amo anterior… era Alejandro de Macedonia.

El silencio se hizo más denso.

Podría haberse cortado con un cuchillo.

Arthur fue el primero en hablar.

—¿Estás diciendo que tú…?

—Sí —interrumpió Alex—.

Yo fui el VOOG de Alejandro Magno.

En esa época… me conocían como Hefestión.

Cristina se levantó un poco del sillón, parpadeando.

—¿Eh…?

¿Ese era el de la clase de historia, verdad?

—Reprobaste historia universal tres veces —le recordó Jessica.

—¡Sí, bueno!

¡Pero eso no significa que no me suene!

Jessica se giró hacia los demás, señalando con un dedo.

—Para los que sí pasamos la clase: Alejandro Magno conquistó medio planeta antes de los treinta.

Y Hefestión era su mejor amigo.

Su confidente.

Su estratega.

Su… ¿cómo decirlo?

Su otra mitad.

Alex sonrió con tristeza.

—Gracias, Jess.

Así es.

Y ahora… quiero que entiendan por qué les digo esto.

Todos volvieron a centrarse en él.

—Cuando mate a Alejandro, nuestro pacto se rompió, pero su esencia y la mía quedaron entrelazadas.

Nunca se cerró ese ciclo.

Y ahora que Deirdre ha establecido un nuevo pacto conmigo… La conciencia de Alejandro está comenzando a despertar dentro de ella.

Todos se quedaron sin palabras.

Fue Daniel quien finalmente preguntó: —¿Qué significa eso, exactamente?

Alex inspiró profundo.

—Significa que lo que ustedes han visto en Deirdre en estos meses… su cambio, su seguridad, su determinación casi inquebrantable… No es solo madurez.

Es que poco a poco, su alma está siendo ocupada por Alejandro.

El aire se congeló.

Nadie supo qué decir.

Nadie se atrevió a romper el hechizo que esas palabras acababan de lanzar.

Deirdre, sentada, seguía mirando a Alex.

En silencio.

Y por primera vez desde que se conocieron… Él no sonreía.

El silencio tras la revelación de Alex seguía vibrando en el aire.

Todos contenían la respiración, como si cualquier palabra pudiera hacer colapsar el mundo que conocían.

Fue Deirdre quien habló, su voz baja pero firme: —¿Qué significa eso… para mí?

Alex no tardó en responder.

No hubo pausa.

No hubo adornos.

—Significa… la muerte.

Las palabras cayeron como un cuchillo sobre la sala.

—Tu conciencia, tu “yo”… desaparecerá.

Solo quedará Alejandro.

Tú… dejarás de existir.

Deirdre apretó los puños.

Los nudillos blancos, los ojos abiertos, los labios temblorosos… como si acabara de recibir una sentencia de ejecución.

—¡¿Qué estás diciendo?!

—saltó Jessica, su voz alzándose con rabia—.

¡Eso no puede pasar!

¡Tiene que haber otra opción!

—¡Cálmense!

—levantó Alex las manos con rapidez—.

Sí hay una forma de evitarlo.

La atención se volvió a clavar en él.

Fue Karla quien habló desde el fondo, su tono tenue pero perceptivo.

—El poder de Alex… no está completo.

Puedo sentirlo.

Algo dentro de él está… dormido.

Incompleto.

Alex asintió lentamente.

—Cuando asesiné a Alejandro —dijo con voz grave—, dividí mi poder en dos.

Fue la única forma de romper el ciclo.

Parte de mi esencia fue sellada… en mi espada.

Los ojos de todos se agrandaron.

—Esa espada fue ocultada —continuó—.

No sé dónde está.

Solo sé que a veces… la siento.

Como un eco.

Como una respiración al borde de mi alma.

Arthur frunció el ceño.

—¿Y si la recuperamos?

—Entonces —afirmó Alex— podré acceder a todo mi poder.

Y con él… podré impedir que Alejandro consuma a Deirdre.

—No quiero dejar de ser yo —murmuró Deirdre, con la voz quebrada—.

No quiero… desaparecer.

Todos se giraron hacia ella.

Natsu fue el primero en alzar la voz: —¡No dejaré que eso pase!

¡No vamos a perderte!

—No importa si tenemos que cruzar el mundo —añadió Cristina—.

Lo vamos a encontrar.

—Recuperaremos esa espada, cueste lo que cueste —dijo Daniel, sin vacilar.

Jessica le tomó la mano a Deirdre.

—Tú eres tú.

No dejaré que nadie más te sustituya.

Jonny, desde el fondo, se encogió de hombros.

—Nunca me gustaron los emperadores… menos si quieren quitarme a mis amigas.

—Cuenten conmigo —agregó Henry, ajustando sus lentes.

Alex respiró profundo.

Por primera vez en toda la noche, su sonrisa fue sincera.

—Gracias.

A todos.

Desde ahora, enfocaré toda mi energía en ubicar la espada.

Y con eso… salvaremos a Deirdre.

Pero entonces, Daniel lo miró fijamente.

—Eso no es todo… ¿verdad?

Alex sostuvo su mirada.

Su sonrisa vaciló.

El aire cambió.

—No —admitió.

—Hay una revelación más… Y en ese momento, una voz extraña se alzó desde el balcón.

Una voz que no pertenecía a ninguno de ellos.

—¿Revelación?

¿Y yo que pensaba que esto era solo una pijamada cursi entre entes excepcionales?

Todos se tensaron de inmediato.

Un poder abrumador se expandió como una niebla tóxica.

Pesado.

Cortante.

Venenoso.

Deirdre giró la cabeza hacia el ventanal del balcón.

Las cortinas se movían, pero la figura ya estaba ahí, de pie sobre la barandilla como un acróbata macabro.

Un hombre.

Vestía un traje de mimo blanco y negro, con maquillaje exagerado, sonrisa espeluznante y ojos desorbitados.

Su lengua era absurdamente larga, colgando como la de un reptil.

En su mejilla, un tatuaje: el número 8.

—Qué grupito peculiar… —dijo con voz chirriante—.

Qué risas, qué ternura.

Me presento… Extendió los brazos con una reverencia burlona.

—Soy Nico.

Dedo Ocho de Los Diez Dedos.

Un silencio de plomo cayó sobre la sala.

Y luego, como si se tratara de un resorte perfectamente sincronizado, todos se levantaron.

Deirdre alzó el brazo.

Alex invocó una chispa de fuego dorado.

Mai extendió una sombra que se arrastró por el suelo.

Natsu tomó sus tonfas.

Jessica, tomo un cuchillo.

Daniel apretó los puños.

Henry, tomo su bate.

Arthur, saco su revolver.

Jonny, ya se había quitado la camiseta por algún motivo.

El aire temblaba.

Nico se relamió con su lengua larga y grotesca.

—Oh… ¿los ofendí?

Y sonrió.

Una sonrisa demente.

Nico, aún de pie sobre la barandilla del balcón, agitaba sus brazos como si estuviera en plena función teatral, con su traje de mimo y su sonrisa estirada más allá de lo humano.

—Tranquilos, tranquilos… —dijo con voz burlona—.

No estoy aquí para pelear.

Solo vine a hacer una declaración.

Una declaración de guerra.

La frase cayó como plomo fundido.

Henry entrecerró los ojos, su cuerpo ya tenso.

—¿A qué te refieres?

Nico se inclinó teatralmente.

—Alex… nuestro querido Alex… es miembro de los Diez Dedos.

Lo saben, ¿no?

Todos giraron hacia Alex, que permanecía en silencio, observando.

—Pero rompió las reglas.

Tomó un amo sin autorización.

Un pacto sin que el Número Uno lo aprobara.

Su lengua se deslizó grotescamente sobre sus labios.

—Así que, por orden del núcleo de la organización, ha sido declarado traidor.

Y debe ser eliminado.

Cristina se levantó, apretando los puños.

Mai ya había activado su sombra en forma de espina.

Deirdre no parpadeaba.

—Hoy no vengo a matarlos —continuó Nico, estirando su cuello con un crujido asqueroso—.

Solo a advertirles.

Se inclinó hacia adelante, sus ojos relucientes.

—Prepárense.

Aún faltan miembros por tomar un amo… pero cuando todos lo hayan hecho… La cacería comenzará.

Un rugido de furia brotó desde el centro del grupo.

—¡No me importa si Alex era parte de su organización de lunáticos!

—gritó Natsu, blandiendo una tonfa envuelta en energía—.

¡¡Ahora él es nuestro líder!!

Y si le declaran la guerra, entonces ¡nosotros pelearemos!

Alex soltó una pequeña risa.

No burlona, no despectiva.

Sino como quien encuentra humor en un recuerdo incómodo.

—Qué tonto.

—Su voz se volvió gélida—.

En la orden está prohibido conocer la identidad de los otros miembros.

Ninguno sabe el número del resto.

Caminó lentamente hacia el balcón.

—Pero ya que lo mencionaste… veo que tú eres el número Ocho.

Nico parpadeó, sorprendido.

—¿Entonces… tú… tú debes ser el número Diez?

—dijo, retrocediendo levemente—.

¡¡Fuiste el primero en tomar un amo!!

Alex se rió de nuevo, pero esta vez su presencia estalló.

Una onda de presión espiritual envolvió la sala, empujando muebles, temblando las ventanas.

El suelo vibraba.

El aire se volvía fuego.

Deirdre se puso de pie.

Su cabello se encendió como una antorcha dorada.

Sus ojos se afilaron.

Y una energía luminosa, abrasadora, envolvió a todos los presentes.

Uno por uno, cada miembro del grupo fue cubierto por esa fuerza.

No era solo fuego.

Era lealtad.

Era voluntad.

Era una promesa colectiva.

Alex, en medio de esa tormenta de poder, se quitó lentamente la camisa.

Y en el centro de su pecho, grabado como con hierro al rojo vivo… El número 3.

Su voz retumbó como un trueno: —Yo soy Alex.

Tercer Dedo de los Diez Dedos.

Y acepto tu declaración de guerra.

Nico dio un paso atrás.

Por primera vez… tembló.

—N-no puede ser… tú eres el… el tercer dedo… La energía se acumulaba.

Una tormenta dorada.

Una sentencia divina.

Nico tragó saliva, su lengua enrollándose entre sus dientes.

—N-no importa… ¡me voy!

¡Cuida bien a tus amigos, Alex!

Porque en esta guerra… ¡podrían morir todos!

Y sin esperar más, desapareció entre un chasquido de aire deformado.

Solo quedó el silencio.

El fuego dorado se disipó lentamente.

Deirdre miró al frente.

Alex exhaló.

Todos bajaron la guardia… pero sus corazones no.

La suerte estaba echada.

La guerra contra los Diez Dedos había comenzado.

La cacería estaba próxima.

Y la búsqueda de la espada de Hefestión se volvía ahora una carrera contra el destino.

Pero esta vez… no estaban solos.

Eran un grupo.

Una familia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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