El Llamado del VOOG - Capítulo 25
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25: Capítulo 1: Sin Rastro 25: Capítulo 1: Sin Rastro Las explosiones retumbaban por toda la ciudad.
Columnas de humo se alzaban desde los edificios derrumbados mientras un domo se desplegaba sobre el centro de la ciudad, sellando el caos dentro como una jaula de cristal.
Entre los escombros, Jessica corría con el rostro cubierto de hollín.
A su lado, Arthur mantenía el paso, su respiración entrecortada resonando por el comunicador.
—Se movió tres cuadras al norte —dijo Arthur, ajustando el visor de su brazo—.
Repito, tres cuadras al norte.
Del comunicador surgió la voz de Cristina, aguda, irritada, y mezclada con el rugido distante de otra detonación.
—¡Natsu, carajo, atina una maldita explosión!
—¡Pues hazlo tú, si tan fácil es!
—gruñó Natsu, con una sonrisa temeraria.
Desde una azotea, canalizaba energía entre las manos—.
No es sencillo darle a un objetivo que se mueve tan rápido.
A su lado, Mai apretó los dientes, su mirada fija en el punto donde el domo se deformaba levemente.
—Yo lo tenía.
Lo tenía, Natsu… hasta que hiciste explotar medio edificio.
Después de esto, yo misma te mataré.
Natsu soltó una carcajada nerviosa.
—Relájate, fue un simple imprevisto.
Pasa en las mejores misiones.
Mai lo miró con furia, el aire a su alrededor distorsionándose con energía acumulada.
—Sí, claro… hasta que el “imprevisto” nos mate a todos.
A kilómetros de distancia, en una habitación iluminada por pantallas y velas, Henry observaba los datos que parpadeaban sobre un holograma tridimensional de la ciudad.
—Con este ya van… ¿cuántos?
—preguntó con cansancio.
Trish no levantó la vista.
Sentada en el suelo, tenía un mapa extendido frente a ella.
Líneas de luz formaban constelaciones vivas sobre el papel, conectando puntos de energía.
—Nueve.
En este mes van nueve manifestaciones nuevas de VOOGs.
La cantidad está aumentando de forma… peligrosa.
Daniel frunció el ceño, cruzado de brazos.
—Nunca entendí del todo cómo funciona tu habilidad, Trish.
¿Qué es exactamente lo que haces?
Antes de que ella respondiera, Karla intervino: —Además de aumentar el poder de otros VOOGs, Trish puede detectar la firma energética de cualquiera de ellos.
Es como un radar… uno que siente la vida misma.
Trish asintió sin dejar de concentrarse.
—Y en este momento estoy tratando de ubicar a Deirdre y Alex.
Pero… —sus ojos se entrecerraron— Alex aprendió a ocultar su energía.
Lo hace muy bien, aunque no por mucho tiempo.
Karla suspiró.
—Alex lleva semanas así.
No ha hablado con nadie desde que Deirdre empezó a salir con Adrián.
Henry arqueó una ceja.
—Lamentable que el amor haya separado a dos de los nuestros.
Daniel, sin apartar la mirada del mapa, murmuró: —No estoy seguro de que sea amor.
Alex siempre fue posesivo… más de lo que parece.
Silencio.
Solo el murmullo eléctrico del mapa.
Afuera, otra explosión iluminó la noche.
El domo tembló.
El ruido era ensordecedor.
Vasos volaban, sillas eran lanzadas contra las paredes, y los vidrios rotos se mezclaban con el eco de los gritos.
En medio del desastre, Jonny esquivó un golpe que pasó a centímetros de su rostro.
—¡Deja de moverte!
—gritó alguien, pero él ya había saltado por encima de una mesa.
Entre el caos, Alex se apoyó en una barra derruida, con una sonrisa arrogante en los labios.
—Te lo diré una vez más, Deirdre.
No deberías salir con tipos como Adrian.
Ese idiota ni siquiera debe estar vacunado contra la rabia.
Deirdre, con el ceño fruncido y los ojos centelleando de furia, agarró un jarrón de la mesa y lo lanzó con fuerza.
—¡Él no es un perro, Alex!
El jarrón pasó rozando la cabeza de Alex y se estrelló contra la pared detrás de él, esparciendo flores y agua por el suelo.
Alex ni siquiera pestañeó.
—Por favor, Deirdre.
Todos los hombres lo son —respondió con calma venenosa.
Jonny, que hasta ese momento solo intentaba no ser parte del conflicto, levantó las manos.
—¡Oye!
Yo no soy ningún perro.
Alex giró hacia él con una sonrisa ladina.
—Ah, ¿no?
Porque Mai me contó lo de esa chica… ¿cómo se llamaba?
Amanda.
Jonny se congeló.
Su rostro se tornó rojo como el fuego.
—¡Maldita sea, Mai!
¿Qué diablos anduvo contando de mí?
Deirdre, curiosa, se cruzó de brazos.
—¿Qué pasó con Amanda, Jonny?
—¡Nada!
—respondió él, demasiado rápido.
Alex soltó una carcajada.
—Oh, claro.
“Nada”.
Solo que Mai entró y te encontró con una chica, y tú… —hizo una pausa dramática— traías una correa puesta.
Como un perro.
Jonny se levantó de golpe.
—¡Eso no fue exactamente así, maldito!
—gritó, corriendo hacia él.
Deirdre no pudo contener la risa.
—Tranquilo, Jonny.
Respetamos cualquier fetiche que tengas.
Alex se apartó ágilmente y alzó una ceja.
—Bueno, ya basta de terapia grupal.
Deberíamos ir a ayudar a los demás antes de que el domo caiga.
Jonny, aún furioso, señaló con el dedo.
—No hasta que ustedes dos resuelvan eso —dijo, mirando entre Alex y Deirdre.
El ambiente cambió de golpe.
La tensión, que antes era cómica, se volvió densa.
Alex bajó la mirada un instante, luego la clavó en Deirdre con una mezcla de rencor y resignación.
—No acepto tu relación con ese tipo —dijo en voz baja—.
Pero tampoco puedo hacer nada al respecto.
Deirdre apretó los puños.
Su voz, al responder, sonó más grave, como si algo más hablara a través de ella.
—Y yo lamento que sigas siendo un inmaduro posesivo.
Sus ojos se tornaron amarillos.
Una vibración invisible recorrió la habitación.
El aire se volvió pesado.
Alex dio un paso atrás.
—Jonny… corre.
Jonny no esperó una segunda orden.
Saltó por la ventana mientras el suelo temblaba.
Un instante después, la habitación explotó en una llamarada dorada, expandiéndose como una flor incandescente.
El rugido del fuego cubrió todos los sonidos, y del resplandor emergió una silueta envuelta en llamas doradas que no quemaban, sino devoraban la realidad misma.
La puerta se abrió de golpe.
Deirdre emergió envuelta en llamas doradas que danzaban sobre su piel sin consumirla, como si la luz misma la obedeciera.
El aire a su alrededor vibraba con energía viva.
Alex la siguió, cubriéndose el rostro con el brazo.
—No era necesario que hicieras eso —gruñó entre dientes, molesto pero claramente preocupado.
Deirdre ni siquiera lo miró.
—Voy a terminar rápido con esta pelea —respondió con voz firme, mientras las llamas se extendían por el pasillo dejando marcas incandescentes en las paredes.
A unos metros, Jonny asomó la cabeza entre los escombros, cubierto de polvo.
—Supongo que… ya se acabó la terapia —murmuró, viendo cómo la luz dorada se desvanecía por el corredor.
A varios kilómetros, en una habitación iluminada solo por el reflejo azul de las pantallas, Trish alzó la mirada.
Sus ojos se abrieron de golpe, como si una chispa divina le atravesara la mente.
—Lo encontré… —susurró—.
Lo encontré.
¿Y ahora qué hacemos?
Henry se incorporó de inmediato, pero no alcanzó a responder.
Un destello cegador atravesó el horizonte.
El suelo tembló, el aire rugió y el domo que cubría la ciudad se resquebrajó como vidrio.
El estallido fue silencioso, pero total.
Por un instante, todo se disolvió en luz.
Y luego… Todo volvió a su lugar.
Las calles estaban intactas.
Las explosiones, deshechas.
El humo, borrado.
Cada uno de ellos —Arthur, Jessica, Natsu, Cristina, Jonny, Mai, Henry, Daniel, Trish, Karla, Deirdre, Alex— se encontró exactamente donde había estado antes del caos.
Como si el tiempo mismo se hubiera reiniciado.
Trish parpadeó, confundida.
A su lado, Karla sostenía una taza de té, igual que antes de todo.
—¿Qué… demonios fue eso?
—preguntó Karla.
Trish suspiró, dejando caer el mapa.
—No tengo idea… pero parece que todo volvió a su estado original.
—Entonces… —Karla tomó un sorbo de su té— ¿podemos volver a la novela?
Trish la miró unos segundos… y asintió.
—Sí, supongo que sí.
En una calle oscura, Deirdre se apoyaba contra una pared, exhausta.
Las llamas doradas se habían extinguido, dejando un rastro de cenizas luminosas flotando en el aire.
Alex se acercó despacio, el ceño fruncido.
—No deberías forzar nuestra unión de esa forma —le dijo con tono serio—.
Sabes que tu VOOG no tolera esas rupturas sin preparación.
Deirdre levantó la mirada, su respiración entrecortada.
—Vete, Alex.
Tengo una cita con Adrián.
Alex apretó los puños.
—Haz lo que quieras —dijo con voz baja y contenida rabia.
Se dio media vuelta y se marchó sin mirar atrás.
Deirdre lo observó alejarse hasta que su figura se perdió entre las sombras.
Luego suspiró, el dorado de sus ojos apagándose lentamente.
—Siempre haces lo mismo… —murmuró para sí misma.
El silencio volvió.
Pero en el aire, una ligera distorsión como un parpadeo del vacío dejó claro que algo había cambiado.
El domo pudo haberse deshecho… Pero el eco del vacío seguía allí.
La noche había caído sobre la ciudad.
Los rascacielos, aún cubiertos por el polvo del caos anterior, brillaban bajo una luna difusa.
Entre los tejados, Alex caminaba con paso lento, las manos en los bolsillos, el viento despeinándole el cabello.
Sus pensamientos eran un torbellino, una mezcla de frustración y nostalgia.
Al llegar al borde de un edificio alto, vio dos siluetas esperándolo.
Arthur, sentado sobre una caja metálica, bebía algo de una lata.
A su lado, Henry revisaba un pequeño panel holográfico que flotaba frente a él.
Arthur alzó la vista al verlo.
—¿Encontraste algo nuevo?
Alex negó con la cabeza, exhalando con cansancio.
—Ya van diez meses desde que comenzó la búsqueda… y nada.
Ni una pista sólida sobre la espada.
Henry cerró el panel con un gesto y lo observó con curiosidad.
—¿Aún crees que la Orden existe?
Alex se encogió de hombros.
—No lo sé.
Tal vez sí, tal vez no.
Hace años dejé mi espada a un grupo de VOOGs leales… su tarea era protegerla si algo me pasaba.
Pero con todo lo que ha ocurrido… podría estar en cualquier parte del mundo.
Arthur apoyó los codos en las rodillas.
—Entonces admites que podría haber desaparecido.
Que la Orden ya no esté.
Alex lo miró fijamente, su tono firme.
—No.
No desapareció.
Lo siento.
Esa espada… sigue ahí afuera.
La siento.
El silencio se extendió unos segundos, roto solo por el murmullo del viento.
Henry fue el primero en hablar.
—De todos modos, la búsqueda seguirá en espera.
No hay coordenadas, no hay informes, no hay rastros.
Lo único que queda es recorrer el mundo buscándola, pero eso no es precisamente práctico.
Alex levantó una ceja y sonrió de lado.
—Quizá no sea tan mala idea.
Si salimos, puedo usar mi conexión con ella.
Cuando esté cerca, lo sabré.
Arthur chasqueó la lengua.
—Eso significaría viajar hasta Europa.
Y no tenemos recursos para mover a todo el equipo.
Alex soltó un suspiro teatral y dijo: —Entonces… roben un banco.
Henry y Arthur respondieron al unísono, sin dudar: —¡No haremos algo como eso!
Alex alzó las manos, indignado.
—¡Era una sugerencia!
Luego murmuró, molesto: —Además, no es justo.
Natsu ya robó uno.
Arthur se detuvo un segundo, giró lentamente la cabeza hacia Henry y dijo en tono seco: —¿Qué?
Henry se llevó la mano a la frente.
—Por favor dime que está bromeando.
Alex se limitó a encogerse de hombros, con una sonrisa traviesa.
—Eso… depende de qué tan bien quieran dormir esta noche.
Los tres guardaron silencio.
Arthur rompió el silencio, recargando su espada contra el suelo.
—Hablando de otros temas… —dijo con tono serio— el número de VOOGs ha aumentado.
Y no solo aquí.
En todas partes.
Henry asintió, cruzando los brazos.
—Sí.
Eso puede deberse a varios factores: rupturas dimensionales, fluctuaciones energéticas, manifestaciones espontáneas… lo de siempre.
Alex, mirando hacia el cielo nublado, habló con calma, pero su voz tenía un filo oculto.
—El hecho de que la Orden de los Diez Dedos esté por aparecer es uno de ellos.
Y el otro motivo… —Alex alzó la vista, los ojos reflejando un leve brillo carmesí— es que el multiverso tiene un nuevo dios.
—Ese evento afectó a todas las dimensiones.
A todas —agregó, con un dejo de preocupación.
Henry frunció el ceño.
—Ese tema no nos concierne directamente.
No somos parte del conflicto de los dioses.
Pero bajó la voz, mirando de reojo hacia el vacío entre las estrellas.
—Aunque espero que el llamado “Dios del Todo” no se fije mucho en nuestra realidad.
Arthur soltó una risa breve y seca.
—No somos tan importantes como para que un ser así se moleste en mirarnos.
Alex giró hacia ellos con una media sonrisa.
—Tal vez tengas razón.
Pero igual prefiero estar preparado.
—Además —añadió con tono más relajado— estos meses enfrentando a tantos VOOGs nos han fortalecido.
Cada pelea, cada anomalía, cada ruptura… ha hecho que todos despertemos un poco más.
Henry asintió lentamente.
—En este momento no debe haber nadie en el país que pueda derrotarnos.
Ni siquiera los que se hacen llamar cazadores o custodios.
Arthur cruzó los brazos y habló con voz más firme: —Si tuviera que ponerlo en niveles… —miró a Alex con una sonrisa apenas perceptible— el más fuerte de todos sigue siendo tú.
Después irías tú, Henry.
Luego Mai, Natsu, yo… y por último Trish.
De todos nosotros, solo Trish no ha despertado su habilidad.
Henry agregó: —Alex ya alcanzó el rango de Realidad, y yo estoy cerca de lograrlo.
Mai, en cambio, está estancada.
Ya alcanzó su límite natural.
Arthur asintió.
—Natsu aún tiene mucho margen de crecimiento.
Su energía es inestable, pero si aprende a controlarla… podría superar a Mai.
Tal vez incluso alcanzar tu nivel, Henry.
Alex observó el horizonte, pensativo.
—Todos avanzan.
Eso me tranquiliza.
—Porque si lo que presiento es cierto… —sus ojos se endurecieron— muy pronto necesitaremos cada gramo de poder.
Un trueno lejano retumbó, iluminando el cielo.
Las luces de la ciudad titilaron por un instante, como si la realidad vacilara.
Y entre el silencio que siguió, una voz apenas audible una resonancia profunda, inhumana susurró desde el viento: “El Todo mira.
Y el Vacío sonríe.” Los tres quedaron inmóviles, sin decir una palabra.
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