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El Llamado del VOOG - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Capítulo 2 Lo que se mueve cuando nadie mira
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26: Capítulo 2: Lo que se mueve cuando nadie mira 26: Capítulo 2: Lo que se mueve cuando nadie mira La cocina estaba en silencio.

No era un silencio incómodo, sino uno extraño, como si el lugar estuviera… atento.

La luz de la mañana entraba por la ventana, iluminando la mesa, el fregadero y una pequeña sección de la encimera donde varias cucharas descansaban alineadas.

Trish permanecía inmóvil, con los brazos cruzados y la mirada fija en ese punto exacto.

—Obsérvalas —dijo en voz baja—.

No se mueven al azar.

Karla, apoyada contra la pared con una taza de café entre las manos, frunció el ceño y se acercó unos pasos.

Las cucharas vibraban apenas, girando lentamente, como si algo invisible las empujara con una intención precisa.

—En otra situación pensaría que el piso no está bien nivelado —comentó—.

O que hay alguna corriente de aire rara.

Hizo una pausa.

Luego suspiró.

—Pero el otro día vi una naranja flotar justo ahí —añadió—.

No rodar.

No caer.

Flotar.

Las cucharas se detuvieron de golpe.

Trish no sonrió.

—Es el fantasma.

Karla la miró de reojo.

—El “fantasma” del que no deja de hablar Alex… —murmuró—.

Es increíble que estemos diciendo esto en voz alta.

Trish negó con la cabeza.

—Los fantasmas no existen.

Lo que sea esto, no lo es.

Se acercó al punto donde las cucharas habían estado moviéndose y extendió la mano… sin tocar nada.

—Esto tiene una firma.

Muy débil, pero está ahí.

Es obra de un VOOG.

Karla alzó una ceja.

—¿Un VOOG que se dedica a mover utensilios de cocina?

—No solo eso —añadió—.

¿Por qué no ha habido una pelea?

¿Por qué no ha atacado a nadie?

Trish se quedó pensativa.

—Eso es lo que no encaja.

Caminó lentamente alrededor de la mesa, como si estuviera midiendo el espacio.

—Un VOOG normal se manifiesta cuando las intenciones de pelear son inminentes.

Hay estallidos, rupturas, violencia… Pero esto no.

Esto es contenido.

Karla apoyó la taza en la mesa.

—¿Y si no se activa como los demás?

Trish levantó la mirada.

—¿Cómo si supiera que hacerlo sería peligroso?

El silencio volvió a llenar la cocina.

—Tal vez —continuó Trish— más gente sabe cómo no activarlo.

—O tal vez… —dijo Karla, completando la idea— nunca ha estado realmente dormido.

Ambas se miraron.

—Un VOOG consciente —murmuró Karla—.

Uno que no necesita pelear para existir.

Trish negó lentamente.

—O uno que no necesita un huésped.

Las cucharas vibraron de nuevo, apenas perceptible.

No con violencia.

No con prisa.

Como si algo escuchara… y aprendiera.

—Si es un VOOG —dijo Karla con voz baja—, entonces no está buscando destruir nada.

Trish cerró los ojos un instante.

—No.

Está observando.

Desde la cocina, el mundo parecía normal.

Pero en ese pequeño punto del espacio, algo antiguo y silencioso se movía sin ser visto.

La tranquilidad tensa de la cocina se rompió con el sonido seco de la puerta principal.

Karla y Trish se miraron de inmediato.

—Es muy temprano para que Deirdre vuelva del trabajo —murmuró Karla, bajando instintivamente la voz.

Antes de que alguna pudiera moverse, una voz familiar resonó del otro lado.

—¿Puedo pasar?

Trish soltó el aire que estaba conteniendo.

—Es Cristina.

Karla abrió la puerta con cautela.

Cristina entró primero, con una expresión extrañamente animada, seguida de Natsu, que sonreía como si estuviera a punto de anunciar algo importante.

—Buenos días —dijo Natsu, saludando con la mano—.

¿Interrumpimos algo raro?

—Nada fuera de lo normal últimamente —respondió Karla con ironía—.

¿Qué pasa?

Cristina no perdió tiempo.

—Lo he resuelto —dijo con firmeza—.

Ya sé qué vamos a hacer con la espada de Alex.

Trish frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con “lo has resuelto”?

Natsu dio un paso al frente, claramente entusiasmado.

—Que es hora de la aventura.

Y este es el plan.

Cristina cruzó los brazos, algo incómoda, pero continuó: —No suelo mencionarlo, pero… mi familia es muy rica.

Hizo una pausa breve.

—Y conseguí que mi padre nos preste el yate familiar.

Karla parpadeó.

—¿Un yate?

—Para viajar por el Mediterráneo —continuó Cristina—.

Desde ahí comenzaremos la búsqueda de la espada de Alex.

El silencio cayó de golpe.

—¿No sería mejor esperar a que Alex termine su investigación?

—preguntó Karla—.

Podría darnos una ubicación más precisa.

Natsu negó con la cabeza.

—Podríamos… pero eso llevaría años.

—Estamos hablando de algo que lleva dos mil años perdido —añadió—.

Esperar no nos ha funcionado hasta ahora.

Cristina asintió.

—Si entendemos bien cómo funcionan los VOOGs, Alex debería tener una conexión con su espada.

Si nos acercamos lo suficiente… debería sentirla.

—Como un detector de metales —dijo con una media sonrisa.

Karla y Trish se quedaron mirándolos, completamente atónitas.

Trish fue la primera en reaccionar.

—Por tonto que suene… —dijo despacio— tiene sentido.

Los otros la miraron sorprendidos.

—Si yo puedo percibir firmas incompletas, ecos y anomalías —continuó—, Alex debería poder identificar la presencia de su espada con suficiente concentración.

Karla asintió lentamente.

—Exacto.

—La percepción no siempre es visual.

A veces es memoria, resonancia… reconocimiento.

—Si la espada sigue existiendo, Alex sabrá cuándo esté cerca.

Cristina sonrió, satisfecha.

—Entonces estamos de acuerdo.

Natsu chocó las manos.

—Vacaciones, mar, peligro ancestral y un arma legendaria.

—¿Qué podría salir mal?

Trish miró de nuevo hacia el punto de la cocina donde las cucharas habían estado moviéndose.

Ya no vibraban.

—Muchas cosas —murmuró—.

Karla respiró hondo.

—Supongo que la investigación puede esperar.

—La guerra no.

El gimnasio improvisado estaba casi vacío.

El sonido metálico de una espada chocando contra otra rompía el silencio una y otra vez.

Arthur retrocedió un paso, respirando con fuerza, mientras Jessica bajaba su arma lentamente.

El sudor le corría por la frente, pero su mirada seguía firme.

A unos metros, Henry observaba en silencio, apoyado contra una columna.

Daniel, con los brazos cruzados, parecía incómodo… como si no supiera del todo por qué estaba ahí.

Fue él quien habló primero.

—Me sorprende que me hayas pedido que viniera —dijo Daniel, mirando a Jessica—.

Pensé que preferirías hablar de esto sin mí.

Jessica giró hacia él, limpiándose el sudor con el dorso de la mano.

—Eres el más sensato de todos nosotros —respondió sin rodeos—.

Y porque esto… no es una conversación fácil.

Daniel frunció el ceño, pero no respondió.

Henry se incorporó un poco, cruzándose ahora de brazos.

—Tenemos que hablar de Deirdre.

Arthur apoyó su espada contra la pared y se sentó en una banca de madera.

—Y no, no es que haya “cambiado de personalidad” de golpe —añadió—.

—Pero algo está pasando.

Y no me gusta.

Daniel inclinó la cabeza, pensativo.

—Yo la veo más decidida —dijo—.

Más activa.

Más… firme.

—En otros contextos eso sería bueno.

Jessica negó lentamente.

—No así.

Se acercó unos pasos, bajando la voz.

—En estos meses se ha vuelto más dura.

—Más rápida para decidir.

—Menos dispuesta a dudar.

Arthur asintió.

—Antes escuchaba.

Ahora ordena.

—Antes se detenía a pensar en las consecuencias.

Ahora actúa… y luego justifica.

Daniel abrió la boca para responder, pero Jessica lo interrumpió.

—Esto es justo de lo que habló Alex —dijo—.

—Dijo que poco a poco Deirdre empezaría a perder partes de sí misma… reemplazadas por la voluntad de Alejandro Magno.

Daniel apretó la mandíbula.

—¿De verdad crees que eso esté ocurriendo?

Henry dio un paso al frente.

—No lo creo.

—Lo estoy viendo.

—Las lecturas energéticas de Deirdre han cambiado.

No son más intensas… son más definidas.

—Como si una sola intención estuviera tomando el control.

Arthur cerró los ojos un instante.

—Alex dijo que la espada era la única forma de estabilizar esa unión.

—Sin ella… el proceso es irreversible.

Daniel exhaló con frustración.

—Y tú crees que Alex no la encontrará a tiempo.

Jessica no dudó.

—Creo que está corriendo contra el reloj.

—Y que esta vez… puede llegar tarde.

El silencio volvió a llenar el lugar.

Solo se escuchaba el zumbido lejano de la ciudad.

Arthur se levantó.

—No podemos quedarnos esperando.

—Si Alex no llega a la espada… entonces nosotros debemos hacerlo.

Henry negó con la cabeza, aunque no con dureza.

—Antes de cualquier plan, hay algo que debemos hacer.

Los tres lo miraron.

—Hablar con Deirdre —continuó—.

—Estamos hablando sobre ella como si no tuviera voz.

—Y si lo que tememos es real… merece saberlo.

Daniel bajó la mirada.

—No va a ser una conversación fácil.

Jessica apretó los puños.

—Nunca lo es cuando se trata de perder a alguien… poco a poco.

Arthur miró hacia la puerta del gimnasio, como si esperara verla aparecer en cualquier momento.

—Aún es ella —dijo con voz baja—.

—Mientras siga siéndolo, tenemos que confiar en eso.

Henry asintió lentamente.

—Y si no lo hacemos ahora… tal vez pronto ya no quede nadie con quien hablar.

El grupo quedó en silencio, unidos por una certeza incómoda.

La tensión que se había acumulado en el gimnasio se rompió de golpe con un sonido agudo.

El teléfono de Daniel vibró en su bolsillo.

Todos giraron la mirada hacia él.

Daniel suspiró, sacándolo.

—Es Jonny… Arthur frunció el ceño.

—Eso nunca es buena señal.

Daniel contestó.

—¿Qué pasó ahora?

La voz de Jonny explotó desde el otro lado del altavoz, tan fuerte que incluso Arthur dio un paso atrás.

—¡LO RESOLVÍ!

Daniel separó un poco el teléfono de la oreja.

—¿Resolviste qué, Jonny?

—¡Todo!

Bueno… algo importante.

Escucha, reúne a todos.

Yo llamo a los demás.

Tenemos que vernos ya.

Daniel dudó un segundo.

—Estoy con Jessica.

Hubo un silencio mínimo.

Luego: —¿¡QUÉ CARAJOS HACES CON ELLA!?

Jessica levantó una ceja, cruzándose de brazos.

—Hola, Jonny.

—Bueno, no importa —continuó Jonny sin bajar el volumen—.

—Todos en la casa de Deirdre.

Los quiero ahí en unas horas.

—Jonny, espera— La llamada se cortó.

Daniel miró la pantalla del teléfono unos segundos, incrédulo.

Arthur fue el primero en hablar.

—Seguro será una tontería.

Henry, acomodándose los lentes, negó con la cabeza.

—O quizá… por primera vez, su única neurona funcionó.

Daniel y Jessica hablaron al mismo tiempo: —No.

Se miraron.

—No —repitieron, ahora de forma coordinada.

Arthur sonrió de lado.

—Y aun así… vamos a ir.

Jessica tomó su abrigo.

—Porque si no vamos, será peor.

Henry ya se dirigía a la salida.

—Además, si Jonny dice que “lo resolvió”, probablemente algo salió terriblemente mal.

Daniel guardó el teléfono, resignado.

—O peligrosamente bien.

Sin decir nada más, los cuatro abandonaron el gimnasio.

Las luces se apagaron detrás de ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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