El Llamado del VOOG - Capítulo 27
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Capítulo 27: Capítulo 3: Una plática incómoda
La casa de Deirdre estaba encendida, pero extrañamente silenciosa.
Uno a uno, fueron llegando. El sonido de pasos, puertas cerrándose, saludos breves.
No había música. No había risas.
Solo una sensación incómoda flotando en el aire, como si todos supieran que algo importante estaba a punto de decirse… y nadie quisiera ser el primero.
La puerta principal se abrió una última vez.
—¿Y Deirdre? —preguntó Jenny, mirando alrededor con una sonrisa nerviosa—. Hace mucho que no le cuento cosas. Ya me estaba reclamando.
La respuesta no vino de inmediato.
Desde el pasillo apareció Alex, con los brazos cruzados y el gesto claramente molesto.
—No está —dijo sin rodeos—. Salió.
Jenny ladeó la cabeza.
—¿Salió…?
—A una cita con Adrián —añadió Alex, con un tono tan seco que casi cortaba—. Seguramente estará ocupada.
El silencio cayó de golpe.
Trish entrecerró los ojos, observándolo con atención.
—Detecto… celos —dijo con absoluta naturalidad.
Alex giró la cabeza hacia ella.
—Detectas mal.
—No —intervino Natsu, soltando una carcajada—. Esta vez sí le atinó.
Alex lo fulminó con la mirada.
—¿Quieres seguir riéndote o prefieres que te arroje por la ventana?
—Ambas opciones suenan emocionantes —respondió Natsu, sin perder la sonrisa.
Daniel carraspeó, rompiendo el momento antes de que escalara.
—No importa si Deirdre no está aquí ahora.
—Lo importante es saber si Alex encontró algo sobre la espada.
Todas las miradas se dirigieron a él.
Alex bajó la mirada por un instante, luego suspiró.
—No.
—La búsqueda está en punto muerto.
—No encontré ningún registro claro. Ningún mapa. Ninguna pista confiable sobre dónde fue llevada.
El ambiente se volvió más pesado.
—La espada podría estar en cualquier lugar.
Antes de que alguien pudiera responder, Cristina dio un paso al frente.
—Por eso —dijo con firmeza— Alex no la va a encontrar así.
Todos giraron hacia ella.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Arthur.
Cristina respiró hondo.
—Que necesitamos dejar de esperar a que aparezca una respuesta perfecta. —Y por eso necesito la atención de todos.
El grupo guardó silencio.
Natsu, con una sonrisa orgullosa, se adelantó y sacó algo de detrás del sofá.
—Es hora.
Extendió una cartulina enorme, doblada torpemente. Al abrirla, quedó a la vista un plan dibujado con plumones de colores: mapas, flechas, círculos, dibujos de un barco, signos de interrogación… y demasiados signos de exclamación.
—¿Eso es…? —empezó Henry.
—Un plan maestro —dijo Natsu—.
—Bueno. Nuestro plan maestro.
Cristina tomó la palabra mientras señalaba el dibujo.
—No vamos a buscar la espada desde aquí.
—Vamos a ir hacia donde podría estar… y dejar que Alex haga lo que mejor sabe hacer.
Alex levantó la vista.
—¿Sentirla?
—Exacto —respondió Trish—.
—Si yo puedo percibir anomalías y presencias, tú puedes reconocer lo que es tuyo.
Karla asintió.
—La espada no es solo un objeto.
—Es memoria. Historia. Voluntad.
—Si existe, Alex sabrá cuándo esté cerca.
Arthur cruzó los brazos, mirando la cartulina.
—¿Y ese barco?
Cristina sonrió, algo incómoda.
—Un yate.—Mi familia nos lo prestará para viajar por el Mediterráneo.
Silencio absoluto.
—¿Un yate? —repitió Jenny.
—¿Vacaciones? —preguntó Mai.
—¿Europa? —añadió Arthur.
Alex miró el mapa, luego a Cristina.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
Henry ajustó sus lentes.
—Es arriesgado. Costoso. Y llamará la atención.
Cristina asintió.
—Sí.—Pero también es la opción más rápida que tenemos.
Alex cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, su voz fue baja, pero firme.
—Si la espada sigue existiendo… —La encontraré.
Natsu levantó el puño.
—¡Aventura aprobada!
Arthur suspiró.
—Esto va a salir mal.
—Siempre sale mal—respondió Jonny—.
—La diferencia es si estaremos preparados. — Respondio Daniel.
Alex miró hacia la puerta, hacia el lugar por donde Deirdre no había entrado.
—Entonces hagámoslo—dijo—.
—Antes de que perdamos más tiempo…
Nadie respondió.
Pero todos entendieron.
El murmullo que había quedado tras el plan se disipó lentamente.
Fue Mai quien rompió el silencio, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo.
—Entonces queda lo más importante —dijo—Decírselo a Deirdre.
El ambiente se tensó de inmediato.
Jenny fue la primera en reaccionar.
—Y seguro no va a querer —añadió—.
—Conociéndola… va a decir que exageramos.
Arthur dio un paso al frente, su expresión dura.
—No es una cuestión de si quiere o no.
—Ella es la que está desapareciendo.
Nadie lo contradijo.
Karla respiró hondo.
—No podemos hacerlo uno por uno.
—Si vamos a hablar con ella… tiene que ser entre todos.—Explicarle el plan. Decirle lo que está pasando. Lo que vemos.
Mai asintió lentamente.
—Una intervención —dijo—.
—O al menos algo parecido.
Henry se quitó los lentes y se pasó la mano por el rostro, visiblemente cansado.
—No queda de otra.
—Si seguimos esperando, la decisión la va a tomar alguien más… y no va a ser ella.
El silencio volvió a instalarse en la casa.
Natsu se dejó caer en el sillón, inquieto.
—Odio cuando hacemos cosas serias —murmuró—Siempre salen mal.
Alex no dijo nada. Permanecía de pie, cerca de la ventana, observando la calle como si esperara verla aparecer en cualquier momento. Sus manos estaban cerradas en puños.
—No podemos fallar —dijo finalmente—.
—Si no lo hacemos ahora… quizá después ya no podamos.
Las horas comenzaron a pasar.
Primero hablaron de cosas pequeñas, irrelevantes. Luego dejaron de hablar por completo.
Algunos se sentaron. Otros caminaron de un lado a otro.
El reloj avanzaba lento, demasiado lento.
La noche cayó.
Las luces de la casa se encendieron una por una, proyectando sombras largas sobre las paredes.
Cada sonido exterior hacía que alguien levantara la cabeza.
Cada auto que pasaba parecía una falsa alarma.
Hasta que, finalmente…
Click.
El sonido de una llave girando en la cerradura atravesó el silencio como un disparo.
Todos se quedaron inmóviles.
La manija de la puerta se movió.
La puerta comenzó a abrirse.
Deirdre entro y con un empujen seguido con un sonido seco cerro la puerta.
De inmediato sintió algo extraño.
No era peligro.
No era hostilidad.
Era… densidad.
Avanzó unos pasos por el pasillo, dejó las llaves sobre la mesa y entonces lo vio:
todos estaban en la sala.
De pie.
Sentados.
Mirándola.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño.
El silencio fue incómodo.
Jessica fue la primera en moverse. Se levantó despacio y señaló el sillón frente a ellos.
—Deirdre… siéntate, por favor.
Deirdre no se movió.
—¿Por qué suena eso como una orden?
Mai ladeó la cabeza, observándola con atención clínica.
—¿Es tu percepción… o la conciencia de Alejandro la que siente que algo no encaja?
Deirdre apretó los labios.
—¿Qué…?
Antes de que pudiera continuar, Alex habló desde el fondo, con la voz baja.
—Ni siquiera yo lo sé.
Eso hizo que Deirdre girara hacia él.
—¿De qué estás hablando?
Jonny se aclaró la garganta y dio un paso al frente.
—Está bien, ya basta de rodeos.
—Te lo diremos claro.
Respiró hondo.
—Desde hace meses has cambiado. No poco. No “normal”.
—Tu mente se está uniendo cada vez más a la de Alejandro… y cada día queda menos de ti.
La sala quedó en silencio.
—Eso no es cierto —respondió Deirdre, firme—Sí, soy más activa. Más decidida.
—Pero eso no significa que él esté tomando el control.
Daniel negó lentamente con la cabeza.
—No es lo que tú sientes.
—Es lo que nosotros vemos.
Deirdre abrió la boca para responder, pero Cristina intervino.
—Alex no puede encontrar su espada desde aquí —dijo—.
—Por eso vamos a ir a buscarla.
Deirdre parpadeó, confundida.
—¿Ir… a buscarla? —¿De qué están hablando?
Natsu aprovechó el momento. Sacó la cartulina con un gesto triunfal y la desplegó frente a ella.
—¡Plan maestro!—Mediterráneo. Yate. Espada legendaria. Aventura.
Deirdre lo miró. Luego miró a los demás.
Y entonces se rió.
—¿Están hablando en serio? —dijo, incrédula—¿Creen que podemos simplemente irnos? —Tenemos trabajos. Responsabilidades. Una vida normal.
El ambiente se tensó.
Alex dio un paso al frente.
—Técnicamente —dijo—, soy tu jefe.
Deirdre lo miró con sorpresa.
—Y aunque sería raro autorizar vacaciones tan largas —continuó—, puedo extender un permiso.
—Puedes ir como mi secretaria. Un viaje de investigación.
El silencio fue absoluto.
—No —dijo Deirdre.
Alex frunció el ceño.
—Deirdre…
—No —repitió—Ahora mismo estoy molesta contigo. —Y no voy a aceptar eso.
La expresión de Alex se endureció.
—Es por tu propio bien —dijo, levantando la voz.
El aire cambió.
Deirdre se levantó de golpe.
Su cabello comenzó a brillar, volviéndose dorado, como si la luz naciera desde dentro de ella. El suelo vibró apenas.
—No me levantes la voz, idiota —dijo, con un tono que no era solo suyo.
El mundo pareció inclinarse.
—Mira al piso.
Una fuerza invisible golpeó a Alex con violencia y lo lanzó contra el suelo. El impacto resonó en toda la habitación. El piso se agrietó levemente bajo su cuerpo.
—¡Alex! —gritó Jessica.
Nadie se movió.
Todos miraban a Deirdre.
O lo que se estaba manifestando a través de ella.
El brillo dorado iluminaba la sala.
Los ojos de Deirdre ya no eran solo suyos.
Y en ese instante, todos entendieron la terrible verdad que habían intentado negar:
No estaban discutiendo si Alejandro estaba tomando el control.
Estaban discutiendo cuánto tiempo llevaban llegando tarde.
El silencio que siguió fue absoluto.
Alex se movió primero. Con esfuerzo, apoyó una mano en el suelo y se incorporó lentamente. Aún sentía el peso invisible presionando su cuerpo, como si la gravedad no hubiera terminado de soltarlo.
—¿Lo ves…? —dijo, respirando con dificultad—Antes… tú no habrías hecho algo así.
Deirdre no respondió de inmediato.
Miró a Alex.
Luego a Jessica, Arthur, Henry, Mai, Natsu, Cristina, Karla, Jonny, Daniel.
Las expresiones eran distintas, pero compartían algo en común: miedo.
No hacia ella.
Sino por ella.
El brillo dorado de su cabello comenzó a desvanecerse. La luz se apagó como una llama sofocada por el viento. Sus piernas temblaron… y cayó de rodillas al suelo.
—Esta… —susurró— no soy yo.
Jessica fue la primera en llegar hasta ella, arrodillándose a su lado.
Cristina la siguió sin dudar.
—Oye —dijo Jessica, tomando su mano—. Somos tus amigas.
—Y no te vamos a dejar sola en esto.
Cristina asintió, con la voz firme.
—Vamos a ayudarte. Como sea.
Deirdre levantó lentamente la mirada.
Sus ojos recorrieron el círculo que se había formado a su alrededor.
No dijo nada. No pudo.
Fue Karla quien habló entonces, con calma, rompiendo el silencio.
—Ustedes ya me ayudaron a mí una vez —dijo—Ahora… yo quiero ayudarlos a ustedes.
Deirdre tragó saliva.
Extendió la mano hacia Alex.
Él no dudó. La tomó con fuerza y la ayudó a ponerse de pie.
—Todos estamos aquí para ti —dijo—.
—No importa cuánto tiempo tome.
Deirdre respiró hondo.
Luego habló, con voz baja, pero decidida.
—Entonces…Vayamos a Europa. —
Alex negó suavemente, casi sonriendo por primera vez en toda la noche.
—En realidad… vamos a Egipto.
—Está en África.
Deirdre parpadeó.
—¿Egipto?
Cristina levantó ambos brazos, emocionada.
—¡AVENTURA! ¡AHÍ VAMOS! —
Natsu celebró con un grito.
Arthur suspiró, resignado.
Henry ajustó sus lentes.
Y por primera vez desde que comenzó todo… el miedo retrocedió un poco.
La decisión estaba tomada.
El viaje a la espada había comenzado.
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