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El Llamado del VOOG - Capítulo 4

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Capítulo 4: Capítulo 4: La alianza comienza

El pequeño grupo llegó al departamento de Deirdre. Las luces del pasillo apenas iluminaban la puerta mientras ella, visiblemente nerviosa, sacaba las llaves de su bolso y luchaba por encontrar la correcta.

—¡Ah, aquí está! — dijo, un poco más para sí misma que para los demás. Introdujo la llave, pero sus manos temblorosas hicieron que fallara el primer intento. Alex, que estaba justo detrás de ella, inclinó la cabeza para observar.

—¿Estás segura de que sabes cómo usar una llave? — bromeó, con una sonrisa juguetona.

Deirdre se giró rápidamente, con las mejillas encendidas.

—¡P-por supuesto que sí! Es solo que… n-no me estás ayudando al estar tan cerca. —

Alex levantó las manos con una sonrisa divertida.

—Está bien, está bien. No quiero que te pongas más nerviosa. ¡Tú puedes, campeona! —

Finalmente, logró abrir la puerta, y el grupo entró. Un leve chirrido resonó cuando la puerta se cerró detrás de ellos, y el silencio que siguió fue casi ensordecedor. Entonces, Jessica miró alrededor con los ojos bien abiertos.

—Deirdre… esto es… esto es… — comenzó Jessica, sin encontrar las palabras.

—¿Un desastre? — completó Arthur, con una expresión neutral mientras sus ojos recorrían el departamento.

El lugar estaba lleno de cajas sin desempacar, ropa acumulada en las esquinas, y lo más evidente: una gruesa capa de polvo cubría prácticamente todas las superficies. Deirdre se encogió de hombros, su rostro completamente rojo.

—L-lo siento. No he tenido oportu… oportunidad de poner todo en orden. —

Arthur se acercó a una mesa pequeña, pasando un dedo sobre su superficie. Levantó el dedo y lo observó con atención antes de hacer una mueca sarcástica.

—¿Eso es… una capa de polvo sobre otra capa de polvo? —

Alex, que ya estaba revisando los estantes, levantó una mano desde el otro lado de la habitación.

—Tres capas, de hecho. Lo comprobé cuando aparecí aquí por primera vez. —

Deirdre se cubrió la cara con ambas manos, su voz apenas un murmullo.

—Perdónenme… No estaba en mis planes t-tener visitas…—

Jessica, ignorando las quejas, se acercó a Deirdre y le puso una mano en el hombro con una gran sonrisa.

—Bueno, pues ahora sí tienes visitas, y lo primero que haremos será poner este lugar en orden. Vamos a ayudarte. —

Deirdre movió las manos de su rostro, mirando a Jessica con nerviosismo.

—¿Ayudarme? ¡No, no hace falta! Y-yo puedo hacerlo sola… en algún momento…—

Pero Alex la interrumpió, agitando una mano con exageración.

—¡Por favor! Este lugar debe ser impecable. No podemos tener una base de operaciones sucia. —

Deirdre parpadeó, sorprendida por el comentario.

—¿B-base de operaciones? ¿Qué estás diciendo? —

Arthur, que estaba inspeccionando una estantería, intervino con su tono característicamente serio.

—Es lógico. Necesitamos un lugar para reunirnos, y considerando que Jessica y yo vivimos lejos del centro de la ciudad, tu departamento es ideal por su ubicación. —

Jessica aplaudió, como si acabaran de tomar la decisión más emocionante del día.

—¡Entonces está decidido! ¡Vamos a limpiar este lugar de arriba a abajo! —

Deirdre suspiró, resignada, mientras Jessica comenzaba a sacar cosas al azar de las cajas acumuladas en las esquinas. Alex ya había agarrado un trapo y estaba tratando de limpiar una mesa, aunque claramente no sabía lo que hacía.

—Esto no puede ser tan difícil, ¿verdad? — comentó Alex mientras pasaba el trapo en círculos, extendiendo el polvo en lugar de eliminarlo. Después de un rato, hizo una pausa para inspeccionar su trabajo y terminó estornudando. —¡Achoo! ¿Qué demonios, Deirdre? Esto es un ecosistema completo. —

Arthur lo miró con desaprobación.

—Eso es porque estás haciendo todo mal. Estás distribuyendo el polvo, no limpiándolo. —

Alex lo miró ofendido.

—Oh, perdón, señor “dos estrellas”. No todos tenemos tu intelecto de genio. —

Arthur se encogió de hombros con una sonrisa sarcástica.

—No te preocupes. Claramente, tampoco tienes coordinación motora básica. —

Mientras los dos discutían, Jessica estaba en la cocina, intentando organizar los platos y vasos acumulados en el fregadero. De vez en cuando, se escuchaba el ruido de algo cayendo o rompiéndose.

—¡Ups! Bueno, no era importante, ¿verdad? — gritó Jessica desde la cocina.

Deirdre corrió hacia ella, agitando las manos nerviosamente.

—¡Jessica! ¡No tienes que hacer eso! Y-y-yo puedo encargarme…—

Jessica le dio una gran sonrisa mientras sostenía un plato que parecía estar al borde de romperse.

—¡No te preocupes! ¡Esto es lo que hacen las amigas! —

En la sala, Alex decidió probar suerte con la aspiradora que había encontrado en un rincón. Sin embargo, al encenderla, el aparato soltó un sonido horrible y una nube de polvo.

—¡Está viva! — gritó Alex, retrocediendo como si el aparato fuera a atacarlo.

Arthur, con un suspiro, se acercó, apagó la aspiradora y la inspeccionó rápidamente.

—Está obstruida. Probablemente porque nadie la ha usado en mucho tiempo. —

Alex lo miró como si hubiera hecho un truco de magia.

—¿Cómo sabes eso? ¿Eres un experto en aspiradoras también? —

Arthur lo miró de reojo.

—Es sentido común. Algo que claramente necesitas desarrollar. —

A pesar de los percances y las bromas constantes, poco a poco, el grupo comenzó a hacer progresos. Jessica y Deirdre lograron organizar la cocina, mientras que Alex y Arthur trabajaban en la sala. Eventualmente, el departamento comenzó a verse más limpio y ordenado, con un aire más habitable.

Después de casi dos horas de trabajo arduo, el grupo se sentó en los muebles recién limpiados de la sala, todos visiblemente agotados, pero con una expresión de satisfacción por los avances.

—¡Excelente! — exclamó Alex, estirándose mientras miraba alrededor. —Al menos ya hicimos algo decente con el pasillo, la sala y la cocina. Aunque…— hizo una pausa dramática, con una sonrisa pícara en el rostro, —no podemos decir lo mismo del cuarto de Deirdre. —

Deirdre, que estaba tomando un respiro junto a Jessica, se tensó al instante. Su rostro enrojeció mientras señalaba a Alex con el dedo, tartamudeando de manera nerviosa.

—¡C-cállate! ¡No permitiré que nadie entre ahí! Ese es mi espacio privado. —

Alex levantó las manos en señal de rendición, aunque no pudo evitar añadir con un tono burlón.

—¿Espacio privado? ¿Qué guardas ahí? ¿Algo secreto que no quieres que sepamos? Porque ahora tengo mucha curiosidad. —

Arthur, que había estado revisando la mesa, levantó un papel viejo y lo miró con interés.

—Curioso… encontré el papel del ritual de los VOOG.—

Jessica, que estaba organizando unas cajas cercanas, levantó la cabeza al escuchar eso.

—Eso es raro, porque yo también encontré uno mientras revisaba las cosas. —

Los tres se acercaron a la mesa donde Arthur colocó el papel que encontró, y Jessica sacó el suyo. Ambos documentos quedaron uno junto al otro. Era evidente que uno parecía mucho más viejo que el otro. El papel desgastado estaba amarillento, con bordes rasgados, mientras que el otro, más nuevo, tenía un aspecto mucho más nítido.

Deirdre se inclinó para observarlos, señalando el más reciente.

—El más nuevo… ese fue el que yo usé. —

Arthur, con su mente analítica, estudió ambos papeles con atención. Después de un momento, asintió con la cabeza.

—No hay duda. Este papel viejo ha estado aquí por mucho tiempo. Lo encontré enterrado entre las cajas y debajo de una capa de polvo. —

Deirdre frunció el ceño, evidentemente confundida.

—¿Eso qué significa? —

Alex, apoyándose en el respaldo de una silla, respondió con calma.

—Significa que hay personas destinadas a obtener un VOOG. Estos papeles no aparecen por casualidad. Llegan a las personas de alguna manera, como si fuera el destino. —

Arthur asintió.

—Exacto. Es probable que ese papel estuviera esperándote, Deirdre. Quizás estaba destinado a que lo encontraras cuando finalmente decidieras limpiar este lugar. Pero como tardaste tanto, otro terminó llegando primero. —

Jessica, siempre optimista, levantó una mano como si estuviera en clase.

—O tal vez estaba escondido en alguna prenda o algo. Así fue como encontré el mío. Lo hallé por accidente, en un libro que ni siquiera recordaba haber comprado. —

Antes de que alguien pudiera decir algo más, un fuerte golpe en la puerta interrumpió la conversación. Todos se quedaron en silencio, intercambiando miradas de incertidumbre. Desde el otro lado, una voz alegre resonó.

—¡Hey, Dei Dei! ¿Cómo estás? Soy yo, Adrián. —

Deirdre respiró aliviada y se levantó rápidamente.

—Es mi vecino. — dijo, tratando de calmar al grupo.

Abrió la puerta para encontrarse con Adrián, su vecino siempre animado, junto a su hermana Cristina. La sonrisa de Deirdre se iluminó al ver a Cristina, y no pudo evitar abrazarla.

—¡Cris! Tenía tanto tiempo sin verte. —

Cristina, devolviendo el abrazo con entusiasmo, respondió con una sonrisa radiante.

—¡Yo también te extrañé, Deirdre! No te veo desde hace un año. Escuché lo que pasó con Albert y.… lamento no haber estado aquí para apoyarte, como tú lo hiciste conmigo cuando mis padres se separaron. —

Deirdre, con los ojos brillando por las lágrimas, negó con la cabeza mientras ponía una mano en el hombro de Cristina.

—No te preocupes. Solo verte aquí, y saber que estás mejor, me hace feliz. —

Adrián, observando la escena, comentó con una sonrisa burlona.

—¡Wow! Parece que alguien ha estado limpiando por fin. —

Desde el fondo del departamento, Jessica gritó alegremente.

—¡Hola, Adrián! ¡Cuánto tiempo sin verte! —

Adrián levantó la mano en un saludo despreocupado.

—Jessica, siempre es un gusto verte. Espero que estés causando caos como siempre. —

Adrián, volviendo su atención a Deirdre, continuó.

—Voy a hacer unas compras. Solo quería pasar para ver si necesitabas algo. —

Deirdre, algo avergonzada, negó con la cabeza.

—No, no te preocupes. Ahora mismo estoy bien. —

Jessica, que ya se acercaba a la entrada, sacó una hoja de papel de su bolsillo.

—¡Perfecto! Entonces, aquí tienes la lista de cosas que necesitamos. —

Adrian la miró con incredulidad mientras Jessica le entregaba la lista y algo de dinero.

—Esto debería bastar. —

—¿Estás segura de que esto es para ella? — preguntó Adrián, entre risas.

Cristina, entretanto, dijo con entusiasmo.

—Espera. Yo quiero quedarme con Deirdre un rato. —

Adrián levantó una ceja, algo preocupado.

—No creo que sea buena idea. Parece que están ocupados. —

Deirdre intervino rápidamente.

—No, no hay problema. Cristina puede quedarse conmigo mientras tú haces las compras. —

Adrián, suspirando con resignación, asintió.

—De acuerdo, pero no te metas en problemas, Cris. —

Cristina entró al departamento con una energía contagiosa, mirando alrededor con curiosidad.

—¿Están limpiando? ¡Genial! Déjenme ayudar. —

Mientras avanzaban con la limpieza, Cristina no pudo evitar notar algo extraño. De vez en cuando, Deirdre o Arthur parecían hablar solos, como si estuvieran discutiendo con alguien invisible.

Finalmente, Cristina frunció el ceño y preguntó.

—¿Quién es ese tal Alex? Llevo rato escuchando que lo mencionan, pero no veo a nadie más aquí. —

Jessica, acercándose rápidamente a Deirdre, le susurró al oído.

—¿De verdad olvidaste decirle que Alex puede deje de ser invisible? —

Deirdre tartamudeó, con una expresión de nerviosismo.

—Y-yo… lo siento. Lo olvidé. —

Jessica, con una sonrisa pícara, alzó la voz.

—Pues claro que hay alguien en el cuarto de Deirdre limpiando. Se llama Alex. Seguro que ya casi termina. —

Deirdre, captando la indirecta, añadió torpemente.

—S-sí, Alex está en mi cuarto. Pero creo que debería salir y.… presentarse. —

En ese momento, la puerta del cuarto de Deirdre se abrió de golpe, y Alex salió corriendo con una expresión exageradamente cansada.

—¡Holaaa! Perdón la demora. Ese cuarto es el peor de todos. Necesitaban a un profesional. —

Arthur, desde la sala, comentó con sarcasmo.

—Todavía no veo a ese profesional. —

Alex le lanzó una mirada burlona.

—Yo solo escucho envidia. —

Alex se acercó a Cristina, inclinándose ligeramente hacia ella.

—Y tú debes ser la famosa hermana pequeña. Mucho gusto, ¿Cuántos años tienes? —

Deirdre, murmurando, dijo.

—Dieciséis…—

Pero Cristina, con una sonrisa orgullosa, corrigió rápidamente.

—¡Diecisiete! Los cumplí la semana pasada. —

Alex levantó las cejas, impresionado.

—¡Felicidades atrasadas! ¿Y dónde estuviste? —

Cristina respondió con alegría.

—Estaba en Bélgica, con mi padre. —

Mientras hablaba, Deirdre se congeló. En su mente, recordó que había olvidado completamente el cumpleaños de Cristina. Se sintió un nudo en el estómago mientras pensaba en cómo compensarlo.

El grupo continuó limpiando, pero en la mente de Deirdre, la culpa por su olvido comenzó a crecer…

La limpieza continuo y aunque ya estaban notablemente agotados. Cristina, llena de energía como si acabara de empezar, seguía moviendo cajas de un lado a otro en la sala. Mientras lo hacía, accidentalmente tiró uno de los papeles de invocación que habían dejado en la mesa. Al verlo caer al suelo, se inclinó para recogerlo. Cuando lo tomó, su curiosidad fue inevitable, y sus ojos comenzaron a leer rápidamente las palabras que había en el papel.

En el centro del texto, una frase llamó su atención: “¿Qué es lo que más deseas?”. Cristina se quedó mirando esas palabras, como si tocaran algo profundo dentro de ella.

Antes de que pudiera procesarlo más, Deirdre apareció detrás de ella, con una expresión que mezclaba nerviosismo y culpa.

—C-Cris… oye…— comenzó, su voz apenas un murmullo. —Lamento no haberte felicitado en tu cumpleaños. —

Cristina levantó la vista del papel, sorprendida por el cambio de tema, y lo dejó sobre la mesa nuevamente mientras Deirdre continuaba hablando.

—S-sé que siempre lo hacía… y que cada año salíamos a esas increíbles aventuras juntas. Pero desde que Albert…— hizo una pausa, sus manos temblando ligeramente. —Desde que él ya no está… siento que me perdí por completo. Me olvidé de todo y de todos… incluso de ti. —

Cristina, conmovida por las palabras de Deirdre, dejó las cajas y se acercó para abrazarla con fuerza.

—Deirdre, no te preocupes. Yo te entiendo perfectamente. — Cristina cerró los ojos, recordando sus propios momentos de oscuridad. —Sé lo que es sentirse perdida. Cuando mi familia se rompió, cuando mamá y papá se separaron, yo también me sentía así. Solo deseaba que nada de eso hubiera pasado, que ellos estuvieran juntos de nuevo. Por eso quiero estar aquí para ti. Quiero ayudarte, como tú me ayudaste a mí cuando lo necesité. —

Las dos se abrazaron durante un largo rato, dejando que la carga emocional del momento se desvaneciera lentamente. Pero la paz no duró mucho.

—¡Oigan, chicas! Tenemos un problema. —

La voz de Alex rompió el momento, y ambas se giraron hacia él. Deirdre, preocupada, soltó a Cristina rápidamente.

—¿Qué pasó ahora, Alex? — preguntó, frunciendo el ceño.

Antes de que Alex pudiera responder, Deirdre gritó al ver que, en la esquina de la habitación, había aparecido un chico alto y delgado. Su cabello era largo y rubio, cayendo en mechones perfectamente cuidados, y vestía un traje negro impecable que parecía sacado de una pasarela. El extraño levantó una mano y, con una voz profunda y calmada, dijo:

—Hola. —

Antes de que alguien pudiera reaccionar, Alex se movió a toda velocidad. Sus puños se envolvieron en llamas mientras lanzaba un golpe directo al desconocido, enviándolo a estrellarse contra la pared. El impacto fue tan fuerte que atravesó la pared del departamento, destruyendo gran parte de la estructura.

—¡Nooooo! ¡Mi departamento! — gritó Deirdre, llevándose las manos a la cabeza mientras veía cómo el lugar se desmoronaba aún más.

Cristina gritó, sobresaltada, mientras retrocedía con las manos cubriendo su boca. Jessica y Arthur reaccionaron rápidamente.

—¡Salgamos de aquí! — exclamó Arthur, sujetando a Jessica del brazo.

El grupo salió del departamento, jadeando mientras se reunían en el pasillo. Pero al mirar alrededor, se dieron cuenta de algo extraño: el cielo visible desde las ventanas había adquirido un tono oscuro e inquietante. Jessica fue la primera en comprender lo que estaba ocurriendo.

—Estamos en un domo de batalla. —

Arthur, con el ceño fruncido, se giró hacia Cristina.

—Cristina… ¿tomaste alguno de los papeles de la mesa? —

Cristina, aún en shock, asintió lentamente.

—Sí… se había caído y lo recogí. Pero no hice nada más. —

Deirdre, alarmada, dio un paso hacia ella.

—¿Leíste lo que decía? —

Cristina, ahora más confundida que nunca, asintió de nuevo.

—S-sí… solo lo primero. La pregunta sobre lo que más deseaba. —

Una explosión ensordecedora los interrumpió. El sonido fue tan fuerte que todos se cubrieron los oídos. Cuando levantaron la vista, vieron a Alex siendo lanzado por los aires. Cayó al suelo con un fuerte impacto, pero rápidamente se levantó, limpiándose el polvo de la ropa.

—Ese tipo tiene buenos trucos. — comentó, con una sonrisa algo forzada mientras flexionaba los hombros.

El extraño chico de cabello rubio apareció entre los escombros, caminando con calma hacia ellos. Levantó una mano, señalando con los dedos hacia Alex, pero luego se giró hacia Cristina y dijo con reverencia.

—Ama Cristina, no se preocupe. Yo la protegeré. —

Arthur materializó su revólver en un movimiento rápido, levantando el arma en dirección al chico.

—Esperen. Detengamos esto antes de que empeore. —

Pero el extraño levantó su mano, apuntando hacia Arthur.

—¡Cuidado! — gritó Alex. —Su poder es crear explosiones donde apunte con la mano. —

Deirdre dio un paso adelante, levantando las manos en un intento desesperado por calmar la situación.

—¡Espera! ¡No somos enemigos! ¡Somos amigos de Cristina! —

Cristina, completamente desconcertada, se giró hacia Jessica, esperando una explicación.

—Cristina…— comenzó Jessica, tomando aire profundamente. —Esa cosa que estás viendo es un VOOG. Es un ser espiritual que se invoca con el papel que leíste. Y ahora, te obedece a ti. —

Cristina, aún con la mente hecha un caos, se acercó al chico rubio. Aunque temblaba ligeramente, colocó una mano sobre su brazo.

—Por favor… para. No quiero que pelees con ellos. —

El chico rubio bajó su mano inmediatamente, inclinando la cabeza hacia ella con respeto.

—Como usted ordene, ama mía. —

Todos soltaron un suspiro de alivio, y Alex, siempre oportuno, añadió.

—Bueno, supongo que ahora debemos terminar esto para salir del domo. —

Jessica cruzó los brazos, mirando a Arthur.

—No tenemos opción. Esto solo se resolverá si Cristina y su VOOG se unen al grupo. —

Deirdre, aún alterada, protestó.

—¡No puede ser! ¡Debe haber una manera de regresar a ese VOOG a su mundo! —

Arthur negó con la cabeza, su tono firme.

—No. Una vez que un VOOG entra en este mundo, no hay marcha atrás. Cristina y su nuevo compañero son parte de esto ahora. —

Cristina, mirándolos a todos, respiró profundamente y levantó la cabeza. Aunque todavía estaba confundida, su voz sonó decidida.

—Entonces… si esto es lo que tengo que hacer, estoy con ustedes. —

El grupo, ahora fortalecido con un nuevo miembro inesperado, se preparó para enfrentar juntos lo que fuera que el destino les deparara.

Con las palabras de Cristina aún resonando en el aire, una luz brillante cubrió al grupo. La intensidad del destello los obligó a cerrar los ojos, y en cuestión de segundos, el familiar tirón en el estómago les hizo saber que estaban regresando al mundo real. Cuando la luz desapareció, estaban de vuelta en el departamento de Deirdre.

Cristina y Deirdre aún estaban abrazadas, ambas en silencio. Fue Cristina quien habló primero, soltando un suspiro de alivio.

—¿Qué pasó? — preguntó, separándose lentamente de Deirdre y mirando a su alrededor como si esperara una respuesta lógica a lo que acababa de ocurrir.

Deirdre, soltando un pequeño suspiro cansado, respondió con voz baja.

—Nunca me acostumbrare a eso. Siempre es extraño volver después de estar en un domo. —

El grupo permaneció en silencio por unos segundos, recuperándose del caos reciente. Finalmente, todos se dirigieron a la sala, donde se acomodaron como pudieron entre los muebles. Jessica fue la primera en romper el silencio.

—Muy bien, Cristina. — dijo, girándose hacia la chica con una sonrisa más calmada. —Creo que ya es hora de explicarte lo que acaba de pasar.

Cristina asintió lentamente, sus ojos aun reflejando confusión. Deirdre le dio un ligero apretón en el brazo como para tranquilizarla, y Arthur comenzó a hablar con su tono analítico y serio.

—Los VOOG, somos seres espirituales que se vinculan con humanos a través de un ritual. El papel que leíste es la clave. Al responder a la pregunta que plantea, abres una conexión con un VOOG. Este ser se vincula contigo y pelea a tu lado en algo que llamamos el Domo de Batalla. —

Cristina, aun procesando la información, ladeó la cabeza con curiosidad.

—¿Pelean? ¿Para qué? —

Alex, que estaba apoyado en la pared con los brazos cruzados, intervino con un tono más relajado.

—Para volverse más fuertes. Cada vez que derrotamos a otro VOOG o a su humano, absorbemos parte de su energía. Al final, si eres lo suficientemente fuerte, puedes desafiar al rey de los VOOG y pedir un deseo. Cualquier deseo. —

Los ojos de Cristina se abrieron un poco más al escuchar esto.

—¿Cualquier deseo? —

Jessica asintió rápidamente.

—Así es. Pero… no es tan fácil como parece. Hay muchas cosas en juego, y no todos llegan tan lejos.

Deirdre, que había permanecido en silencio, finalmente intervino, mirando a Cristina con una mezcla de preocupación y seriedad.

—Esto no es un juego, Cristina. Es peligroso. Hay personas y VOOGs que te matarían sin dudarlo. No quiero que estés en esto…—

Cristina, con una sonrisa tranquila, la interrumpió suavemente.

—Deirdre, no te preocupes. Estoy aquí contigo, y no voy a dejar que nada malo te pase. Esto es una excusa perfecta para estar a tu lado, y no pienso desaprovecharla. —

Deirdre parpadeó, sorprendida por la determinación en la voz de su hermana. Jessica soltó una pequeña risa desde el sofá.

—Es obvio que aún no entiende lo peligroso que es esto. —

Arthur, cruzado de brazos, añadió con su habitual tono sarcástico.

—Dos estrellas, sin duda. —

Alex asintió, inclinándose un poco hacia Cristina con una sonrisa.

—Estoy de acuerdo. Su poder es impresionante, pero claramente le falta control. Si logra aprender a usarlo mejor, podría ser mucho más poderoso. —

El VOOG recién invocado, que hasta ahora había permanecido en silencio, se inclinó educadamente hacia Cristina.

—Ama mía, si desea darme un nombre, lo aceptaré con gusto. Será un honor llevar el que usted elija. —

Cristina lo miró con una mezcla de emoción y sorpresa. Su rostro se iluminó mientras decía, sin pensarlo demasiado.

—Natsu. Me gusta ese nombre. ¿Te gusta a ti? —

El ahora nombrado Natsu sonrió suavemente y asintió.

—Es un nombre perfecto, Ama Cristina. Será un honor servirle con todo mi poder. —

Jessica aplaudió desde su asiento, emocionada.

—¡Qué rápido decidiste el nombre! Y, sinceramente, suena muy bien. —

Cristina se giró hacia Natsu, inclinando la cabeza con curiosidad.

—Entonces, dime todo sobre tus habilidades. ¿Qué puedes hacer? —

Natsu, con un movimiento elegante, alzó una mano y señaló con ella.

—Mi principal habilidad es manipular explosiones. Puedo crear detonaciones precisas en cualquier lugar que apunte con mi mano. Sin embargo, mi control depende del rango y la complejidad del ataque. —

Los ojos de Cristina brillaron con emoción.

—¡Eso suena increíble! — exclamó. —Deberíamos ponerles nombres a tus ataques. Algo así como… no sé… ¡”Explosión radiante” o algo por el estilo! Sería divertido. —

Deirdre, desde el otro lado de la sala, se cruzó de brazos y suspiró.

—No hay nada de divertido en esto. —

Cristina se giró hacia Deirdre sonriendo suavemente en respuesta a sus palabras.

—Solo quiero estar contigo, Deirdre. Esto claramente es lo que necesitaba para pasar más tiempo contigo. Prometo que estaré bien. —

Arthur, observando la interacción, murmuró para sí mismo.

—Nuestro equipo se está llenando de gente… interesante. —

Alex, que había permanecido en silencio durante un rato, se río entre dientes.

—Interesante es poco. Pero bueno, mientras todos podamos trabajar juntos, esto puede funcionar. —

El grupo se quedó en silencio por un momento, dejando que las palabras resonaran en la habitación. A pesar de lo caótico y surrealista que había sido todo, había un sentido de unidad que comenzaba a formarse entre ellos.

Después de la intensa serie de eventos, un sonido familiar interrumpió el momento: un golpe en la puerta. Deirdre se levantó con un suspiro, ya sabiendo de quién se trataba.

—Debe ser Adrián… otra vez. — murmuró mientras caminaba hacia la puerta, tratando de no tropezar con las cajas que aún quedaban en el suelo.

Abrió la puerta y, como esperaba, Adrián estaba ahí, con su característica sonrisa despreocupada, sosteniendo unas bolsas de compras.

—¡Dei Dei! ¿Te traje algo? — preguntó, levantando una de las bolsas.

Deirdre negó con la cabeza, tratando de evitar que entrara, pero él ya había dado un paso adelante.

—Deberías dejarme ayudarte más. Tuve tiempo de sobra para pasar por un par de cosas mientras hacías tus… cosas misteriosas aquí arriba. —

Detrás de él, Cristina apareció, deteniéndose en el umbral de la puerta.

—Lo siento, Deirdre. Insistió en venir conmigo a recoger mis cosas antes de irnos. —

Deirdre suspiró, sabiendo que era inútil resistirse.

—Está bien, pero…—

Antes de que pudiera terminar, Adrián ya había entrado completamente en el departamento, mirando alrededor con interés. Sus ojos se detuvieron en Alex, quien estaba sentado en el sofá con una expresión algo culpable, y luego en Natsu, quien permanecía de pie junto a Cristina, con la postura impecable de un caballero.

—¿Quiénes son ellos? — preguntó Adrián, señalándolos con una ceja levantada. —¿Tus nuevos amigos? —

Deirdre tragó saliva, intentando pensar en una explicación rápida, pero Jessica intervino con su característico entusiasmo.

—¡Así es! Ellos son Alex y Natsu, amigos que están ayudándonos con… cosas de la casa. —

Alex se levantó con una sonrisa y extendió la mano hacia Adrián.

—Hola, mucho gusto. Soy Alex.—

Adrián estrechó su mano, algo desconfiado por su apariencia relajada pero extraña. Luego miró a Natsu, quien simplemente inclinó la cabeza respetuosamente, manteniendo su presencia elegante.

—Natsu es un poco… formal. — añadió Jessica rápidamente, dándole un leve codazo a Arthur, quien asintió con indiferencia.

—Ajá… bueno, un placer conocerlos. — murmuró Adrián, sin quitarles la vista de encima.

Cristina se adelantó un poco, agarrando la mano de Deirdre.

—Creo que es hora de que me vaya con Adrián. Pero antes…— Cristina giró hacia Natsu y lo miró con una mezcla de curiosidad y determinación. —¿Hay alguna forma de que no te vean? No quiero que Adrián haga preguntas incómodas. —

Natsu asintió suavemente.

—Sí, Ama Cristina. Si usted lo ordena, puedo permanecer invisible para quien usted elija. —

Cristina sonrió, claramente fascinada con esta nueva habilidad.

—Bien. Entonces, quiero que Adrián no pueda verte. Pero debes quedarte cerca de mí en todo momento. —

Natsu inclinó la cabeza.

—Como usted desee. —

En ese momento, Adrián llamó desde la puerta.

—¡Cristina! ¿Nos vamos o no? —

Cristina suspiró y abrazó a Deirdre por última vez.

—Cuídate. Prometo que estaré bien. —

Deirdre asintió lentamente, tratando de sonreír, aunque su preocupación era evidente.

—Tú también. Y… ten cuidado. —

Cristina se despidió de todos con un alegre “¡Nos vemos!”, antes de salir con Adrián. En cuanto la puerta se cerró, el departamento se sumió en un silencio pesado.

Jessica fue la primera en hablar, rompiendo la tensión.

—Bueno, creo que es momento de que Arthur y yo también nos vayamos. —

Deirdre, aun abrazándose los brazos, los miró con una mezcla de agradecimiento y ansiedad.

—¿Tan pronto? —

Arthur asintió, ajustándose las gafas.

—Tendremos que poner todo en orden desde nuestro lado. Pero estaremos en contacto. Trata de retomar tu vida. Todo irá bien si sigues nuestras indicaciones. —

Jessica sonrió y puso una mano en el hombro de Deirdre.

—Te protegeremos, ¿sí? Tienes que confiar en nosotras. Vamos a superar esto juntas. —

Deirdre intentó sonreír, aunque la culpa y el miedo seguían pesando en su pecho.

—Gracias… de verdad. —

Alex, que había estado observando en silencio, levantó una mano en un gesto despreocupado.

—¡Nos vemos, chicos! —

Jessica y Arthur se despidieron con un gesto rápido y salieron por la puerta, dejando a Alex y Deirdre solos en el departamento.

Deirdre se dejó caer en el sofá con un suspiro largo y pesado, apoyando la cabeza en sus manos.

—Esto es demasiado… solo para un día. — murmuró.

Alex se sentó en el sillón frente a ella, con una sonrisa calmada.

—Bueno, si sirve de consuelo, hoy hiciste una alianza con dos de las personas más importantes para tí. Eso, para mí, fue la mayor victoria. —

Deirdre levantó la cabeza, mirándolo con curiosidad.

—¿Por qué dices eso? —

Alex cruzó las piernas, apoyándose en el respaldo del sillón.

—Porque ahora tenemos a alguien sumamente inteligente y a alguien con un poder destructivo enorme. Si trabajamos juntos, somos un equipo muy poderoso. —

Deirdre no pudo evitar sonreír ligeramente, aunque no quería admitir que las palabras de Alex la reconfortaban. Finalmente, después de unos segundos de silencio, preguntó.

—¿Por qué elegiste tú mismo tu nombre? Pensé que los humanos lo ponían. —

Alex se rascó la nuca, como si estuviera avergonzado.

—Bueno… cuando llegué a este mundo, encontré un libro. Era sobre un rey que intentó conquistar el mundo entero. Alejandro de Macedonia. Me gustó la idea, así que tomé su nombre. —

Deirdre levantó una ceja, sorprendida.

—¿Alejandro Magno? Ese libro era de Albert. Leía muchos libros en otros idiomas. —

Alex sonrió, con una mezcla de orgullo y nostalgia.

—Supongo que tomé prestada su inspiración. Puedes llamarme Alex… o Alejandro, si prefieres. —

Deirdre soltó una pequeña risa, algo que no hacía desde hacía mucho tiempo.

—Eres algo peculiar, ¿sabes? —

Alex se encogió de hombros.

—Solo trato de adaptarme. Y hablando de adaptarse… creo que voy a necesitar un lugar para dormir. —

Deirdre señaló la sala con un leve gesto de la mano.

—Bueno, ahora que está limpia, puedes quedarte aquí. Es todo tuyo. —

Alex asintió con gratitud, levantándose del sillón.

—Perfecto. Gracias, Deirdre. Que descanses. —

Deirdre se puso de pie, dirigiéndose hacia el baño.

—Me voy a bañar… después de este día, creo que lo necesito. —

Cuando Deirdre desapareció por el pasillo, Alex se dejó caer en el sofá, mirando el techo con una sonrisa pequeña. Murmuró para sí mismo.

—Las cosas se están poniendo interesantes…—

Y así, con la sala en penumbra y un aire de calma después de un día caótico, el departamento volvió a sumirse en silencio.

“Las alianzas más fuertes se forjan en medio del caos.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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