El Llamado del VOOG - Capítulo 5
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Capítulo 5: Capítulo 5 El Mundo Detrás del Cristal
El supermercado estaba moderadamente lleno aquella tarde. Entre las luces blancas y el sonido de carritos rechinando, Deirdre empujaba su propio carrito con paso firme, mientras a su lado Alex caminaba con las manos en los bolsillos, observando todo a su alrededor con una mezcla de curiosidad y desdén.
—No entiendo por qué compras estas cosas —murmuró, observando con desagrado un paquete de fideos instantáneos que ella acababa de colocar en el carrito.
Deirdre suspiró sin siquiera mirarlo. Sabía que esto se convertiría en otra discusión innecesaria.
—Porque son baratos y fáciles de preparar. —respondió secamente, tratando de ignorarlo.
Alex frunció el ceño y sacó los fideos del carrito, examinando el paquete como si fuera un espécimen desconocido.
—¿Barato? ¡Por supuesto que es barato! ¡Pero también es comida de mala calidad! —exclamó con teatralidad. —¡Necesitas nutrientes adecuados si quieres estar en plena forma! ¿Cómo planeas sobrevivir a los combates si te alimentas de esta basura? —sacudió el paquete con indignación.
Deirdre lo fulminó con la mirada antes de arrebatárselo de las manos y volver a meterlo en el carrito.
—No estamos en una película de entrenamiento, Alex. No necesito estar en “plena forma”. Solo necesito sobrevivir y ahorrar dinero hasta conseguir un trabajo. —dijo en un tono firme.
Alex resopló y cruzó los brazos, siguiéndola mientras se adentraban en el pasillo de las verduras.
—Aun así, podrías gastar un poco más en comida de calidad. ¿Qué tal esto? —tomó una bolsa de arroz orgánico y la puso en el carrito.
Deirdre la sacó sin siquiera mirarla y la puso de vuelta en el estante.
—Es el doble de caro. —replicó.
—¡Pero es más saludable! —insistió él, volviendo a tomar la bolsa y colocándola en el carrito de nuevo.
—¡Y no me alcanza! —espetó ella, volviéndola a sacar con más fuerza.
Se quedaron mirándose fijamente, la bolsa de arroz en manos de Alex, atrapados en un duelo silencioso que estaba empezando a llamar la atención de algunas personas alrededor. Desde la perspectiva de los demás, Deirdre parecía estar teniendo una discusión acalorada consigo misma.
Finalmente, Alex bufó, dejó la bolsa en su lugar y levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien. No quiero que piensen que estás loca. —dijo con una sonrisa burlona.
—Demasiado tarde. —murmuró ella, dándose la vuelta para seguir con sus compras.
A medida que avanzaban por los pasillos, la dinámica se repetía. Deirdre escogía productos económicos mientras Alex se quejaba de la calidad. En el área de carnes, Alex estuvo a punto de desmayarse cuando la vio elegir un paquete de salchichas en descuento.
—¡Eso ni siquiera es carne real! ¡Es un insulto a la gastronomía! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza.
—Pues bienvenido a mi realidad. —respondió Deirdre con sarcasmo, echando las salchichas en el carrito.
—¡Esto es un crimen! ¡No puedo permitirlo! —intentó sacarlas, pero Deirdre se le adelantó y las cubrió con otros productos.
—¡Tócalas y te juro que duermes en el balcón! —le advirtió con una mirada letal.
Alex puso los ojos en blanco, resignado a que la batalla estaba perdida.
Finalmente, después de recorrer casi todo el supermercado, llegaron a la sección de cajas. Deirdre sacó su cartera y comenzó a calcular mentalmente cuánto le costaría todo. Alex la miró y notó su expresión de preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó con más seriedad.
Ella suspiró, sin levantar la mirada.
—Me estoy quedando sin dinero. —admitió en voz baja. —Voy a tener que encontrar un trabajo lo más pronto posible o esto se pondrá peor.
Alex la observó en silencio por unos segundos antes de hablar.
—Tal vez yo pueda ayudarte. —dijo con una sonrisa confiada.
Deirdre lo miró con una ceja levantada, completamente incrédula.
—¿Ayudarme? —repitió, como si la idea fuera absurda.
—Sí. Tal vez pueda hacer algo para que consigas un buen trabajo. Algo en lo que puedas destacar. —dijo con entusiasmo.
Deirdre suspiró pesadamente y comenzó a colocar los productos en la cinta transportadora de la caja registradora.
—Aprecio la intención, pero prefiero que no lo arruines. —murmuró.
Alex puso una mano en su pecho, fingiendo estar ofendido.
—¡¿Cómo podrías dudar de mí?! —exclamó con dramatismo.
—Fácilmente. —respondió ella con un tono seco, pagando por sus compras.
Alex se rió suavemente y la siguió mientras salían del supermercado.
—Bien, bien. Pero cuando consiga que te den el trabajo perfecto, tendrás que agradecerme apropiadamente. —dijo con una sonrisa confiada.
Deirdre resopló, cargando las bolsas de compras mientras Alex caminaba a su lado.
—Si eso llega a pasar, te invitaré una de esas salchichas horribles que tanto odias. —dijo con una sonrisa burlona.
Alex se estremeció con dramatismo.
—Eso es cruel, Deirdre. Increíblemente cruel. —respondió con fingido dolor.
A pesar de la discusión constante, había un aire más relajado entre ellos mientras avanzaban por la calle. Tal vez, solo tal vez, estaban comenzando a acostumbrarse el uno al otro.
—Vamos a casa. —murmuró Deirdre finalmente.
—Sí, sí. Pero que quede claro, voy a hacer todo lo posible por mejorar tu alimentación. —dijo Alex, con una sonrisa determinada.
Deirdre rodó los ojos.
—Veremos. —dijo con un pequeño suspiro.
Y con eso, continuaron su camino de regreso al departamento, con su usual dinámica de peleas y momentos de tregua, atrapados en aquel ciclo de discusiones y convivencia forzada.
Durante su camino de regreso al departamento, con las bolsas de compras en las manos, Alex levantó la vista al cielo. Sus ojos brillaban con fascinación mientras observaba las luces parpadeantes de los letreros, los autos que pasaban en una cacofonía de bocinas y motores, y las personas que caminaban con prisa por la acera, cada una inmersa en su propio mundo.
—Sabes… este mundo es realmente lindo. —murmuró, con una sonrisa suave en los labios.
Deirdre lo miró de reojo, ya acostumbrada a sus comentarios repentinos.
—¿Lindo? ¿Te refieres a la ciudad? —
Alex asintió con entusiasmo, alzando los brazos como si abarcara todo a su alrededor.
—Sí. Mira todo esto. Es un caos absoluto. Pero, dentro de ese caos, hay algo fascinante. Es como una gran sinfonía desordenada, pero en la que cada elemento tiene su propia melodía. —
Deirdre soltó una pequeña risa mientras ajustaba el peso de sus bolsas.
—¿En serio le encuentras poesía a estar rodeados de smog, gente malhumorada y bocinas ensordecedoras? —
Alex no se inmutó. Seguía observando el ajetreo de la ciudad con una mezcla de asombro y curiosidad.
—Tómalo así. Míralos, todos están caminando con prisa, cada uno con un destino, con una historia. Alguno puede estar corriendo para no perder el autobús porque si lo pierde, llegaría tarde a su trabajo. Y si llega tarde a su trabajo, tal vez lo despidan. Y si lo despiden, tal vez esa misma noche tenga que contarle a su familia que no podrá pagar el alquiler. —
Se giró para ver a Deirdre, su sonrisa tenía un matiz más intrigante.
—Pero luego está la otra cara. Quizás hay alguien que acaba de renunciar a su trabajo porque hoy finalmente se atrevió a seguir su sueño de ser escritor, músico o viajero. Y mientras el primero ve el fin de su estabilidad, el segundo ve el inicio de su libertad. En el mismo escenario, en la misma calle, dos vidas chocan y nunca se enteran la una de la otra. —
Deirdre lo miró con una mezcla de diversión e incredulidad.
—Parece que piensas demasiado en cosas que a nadie más le importan. —
Alex se encogió de hombros.
—Para mí, los detalles importan. Fíjate en la luz de esa farola parpadeante. —Señaló un poste de luz que chisporroteaba débilmente sobre la acera. —Para cualquiera, es solo una molestia, una falla técnica que nadie arregla. Pero si lo piensas, cada parpadeo es como una lucha entre mantenerse encendida o apagarse. Es como una persona que no quiere rendirse, pero está al borde de perder la batalla. —
Deirdre hizo una mueca, intentando procesar su forma de ver las cosas.
—Albert solía decir cosas así… —susurró casi sin darse cuenta.
Alex giró la cabeza para verla con interés.
—¿Albert? ¿Tu prometido? —
Ella asintió lentamente, con una pequeña sonrisa nostálgica.
—Sí… Él también solía hacer metáforas con cosas mundanas. Siempre encontraba belleza en lo que yo veía como algo común. Me hablaba sobre cómo la lluvia en los charcos era como pequeños universos reflejados en la tierra, o cómo los ruidos de la ciudad eran como un lenguaje que no todos podían entender. —
Se quedó en silencio un momento antes de sacudir la cabeza y soltar una risa breve.
—Nunca lo entendí del todo. Pero él lo decía con tanta convicción que a veces lo escuchaba solo porque me gustaba verlo entusiasmado. —
Alex sonrió.
—Debe haber sido alguien con una mente increíble. —
Deirdre no respondió, pero la sonrisa se desvaneció un poco. Se quedó mirando el pavimento, sintiendo una punzada de nostalgia en el pecho.
Alex pareció notar su cambio de humor y, sin perder el ritmo, continuó con su observación de la ciudad.
—Mira esos dos gatos callejeros. —Señaló a un par de felinos que caminaban por el borde de una cerca. —Uno parece estar siguiendo al otro, como si lo considerara su líder. Pero, ¿qué pasaría si el primero se detiene? ¿El otro se detendría también, o seguiría su propio camino? —
Deirdre arqueó una ceja.
—¿Me estás diciendo que los gatos callejeros tienen filosofía de vida? —
Alex rió.
—Claro que sí. Todo tiene su propio significado si sabes dónde mirar. —
Deirdre negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.
—Eres ridículo. —
—¡Ridículamente profundo, querrás decir! —
Ella soltó una carcajada. Por primera vez, se sentía relajada en su presencia. Tal vez no entendía del todo su forma de ver el mundo, pero algo en él tenía cierto encanto. Un encanto que, aunque no quisiera admitirlo, le recordaba un poco a Albert.
Sin darse cuenta, la caminata al departamento se había hecho más corta. Entre discusiones, risas y reflexiones extrañas, el caos de la ciudad parecía un poco menos abrumador.
Al llegar al edificio de departamentos, Alex aún tenía la mente ocupada en sus pensamientos sobre la ciudad, mientras Deirdre solo suspiraba, sintiéndose un poco más relajada de lo usual. Sin embargo, en cuanto entraron al pasillo del quinto piso, una voz entusiasta los recibió con fuerza.
—¡Deiiiiiiiidre!—
Cristina apareció corriendo junto a Natsu, deteniéndose frente a ellos con una energía desbordante. En un movimiento sincronizado, ambos levantaron los brazos y se colocaron en una pose exagerada y dramática, como si fueran protagonistas de una serie de acción.
Deirdre se quedó paralizada por un segundo, sintiendo una mezcla de confusión y vergüenza ajena. Trató con todas sus fuerzas de contener la risa, pero la cara seria de Natsu haciendo la pose con total solemnidad le hacía aún más difícil aguantar.
Alex, en cambio, no se quedó atrás. Se adelantó un paso y, sin dudarlo, imitó la pose de Cristina y Natsu con total compromiso, extendiendo los brazos en un ángulo imposible y poniéndose en una postura ridículamente épica.
—¡Sí! ¡Así es como se entra en escena! — exclamó con entusiasmo.
Entonces, mientras sostenían la pose, Alex se inclinó ligeramente hacia Cristina y preguntó en un susurro:
—Oye… ¿por qué estamos haciendo esto?
Natsu, aún con su expresión completamente estoica, respondió en tono solemne:
—Nos da estilo e identidad. —
Cristina asintió con firmeza.
—¡Exacto! ¡Y ahora que estamos en el mismo equipo, ustedes también deberían hacerlo! —
Deirdre, sin poder contenerse más, soltó una risa entre dientes y negó con la cabeza.
—Lo siento, Cris, pero prefiero morir antes que hacer algo así. —
Cristina infló las mejillas con una expresión de fingido disgusto.
—¡Deberías intentarlo al menos una vez! ¡Es el mejor sentimiento del mundo! —
Alex le dio una palmada en la espalda a Deirdre.
—Dee, tienes que probarlo. Solo imagina la emoción. El drama. La intensidad. ¡La gloriosa sensación de saber que luces increíbles! —
—O la humillación pública— corrigió Deirdre, rodando los ojos.
Cristina ignoró el comentario y cambió de tema de inmediato.
—De todos modos, necesitamos ir al parque cercano. Tenemos unos asuntos que discutir. —
Deirdre levantó una ceja con curiosidad.
—¿Asuntos? ¿De qué hablas? —
Cristina sonrió.
—Ya lo verás cuando llegues. Solo date prisa. —
Dicho eso, tomó a Natsu del brazo y ambos salieron corriendo, como si estuvieran en una misión secreta.
Alex los observó alejarse, con una expresión entre divertida y confundida.
—Esa chica es realmente peculiar.—
Deirdre se encogió de hombros mientras sacaba sus llaves para abrir la puerta del departamento.
—Cris siempre ha sido así. Hiperactiva, fanática de la fantasía, y con la idea de que es la protagonista de un anime. —
Alex sonrió.
—Bueno, al menos sabe cómo hacer que las cosas sean más entretenidas. —
Deirdre solo suspiró.
—Sí… aunque a veces es demasiado. —
Ambos entraron al departamento, dejaron las bolsas en la cocina y salieron nuevamente, dirigiéndose al parque donde Cristina los esperaba.
Apenas pusieron un pie en la zona, el cielo comenzó a oscurecer de manera antinatural. Lo que antes era un cielo despejado ahora se tornaba en un tono profundo, como si una enorme cúpula negra se cerrara sobre la ciudad.
Deirdre sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera procesarlo del todo. Reconocía esto.
—No… —murmuró, sintiendo una opresión en el pecho.
Alex, con una expresión seria, giró hacia ella.
—Parece que va a iniciar un combate. Debemos encontrar a Cristina y Natsu, rápido. —
Sin decir más, ambos comenzaron a correr por el parque. Las sombras de los árboles y los caminos parecían más largas, distorsionadas por la luz opaca del domo. El ambiente se sentía pesado, como si el aire hubiera cambiado de densidad.
Pero por más que corrieron, buscaron y gritaron sus nombres, Cristina y Natsu no estaban en ninguna parte.
Alex se detuvo en seco y frunció el ceño.
—Esto es raro. Si el domo de batalla se activó, entonces ellos deberían estar aquí. —
Deirdre tragó saliva.
—¿Y si… ya están peleando en otro lado?—
Alex apretó los puños.
—Si ese es el caso, debemos encontrarlos antes de que sea demasiado tarde. —
Justo en ese momento, una voz familiar llamó su atención.
—¡Deirdre! —
Deirdre giró la cabeza y vio a Jessica y Arthur corriendo hacia ellos desde una calle lateral.
Jessica levantó una mano, con una sonrisa de alivio.
—¡Me alegra verte! —
Deirdre arqueó una ceja.
—No sabía que estaban cerca—
Jessica sacudió la cabeza.
—No lo estábamos. Pero al ser un equipo, cuando el domo de batalla se activa, todos los miembros son transportados dentro de él. Aparecimos unas calles más al norte. Cuando reconocimos la zona, decidimos venir aquí para ver si estabas bien. —
Arthur, que venía justo detrás de Jessica, ajustó sus gafas con un leve gesto.
—De hecho, estábamos en medio de una investigación cuando esto ocurrió. —
Deirdre frunció el ceño.
—¿Investigación? ¿Sobre qué? —
Arthur le dirigió una mirada seria.
—Sobre la muerte de Albert. —
Por un instante, Deirdre sintió que su respiración se detenía. Pero antes de que pudiera preguntar más al respecto, recordó el problema inmediato.
—¡Cristina! — exclamó de repente. —Se supone que íbamos a verla en el parque, pero ahora no está por ningún lado. —
Jessica puso una mano en su cintura y miró alrededor.
—Eso sí es raro. Si estaban en el parque cuando el domo se activó, deberían haber aparecido en algún punto cercano. —
Arthur frunció el ceño, pensativo.
—A menos que…—
—A menos que qué— lo interrumpió Deirdre, con la voz tensa.
Arthur suspiró.
—A menos que, al activarse el domo, ellos hayan sido transportados a otra ubicación. Puede pasar en ocasiones si hay demasiados participantes en el área. Los combatientes se reparten en diferentes puntos. —
Alex golpeó su puño contra la palma de su otra mano.
—Entonces solo tenemos una opción: buscarlos. —
Así comenzó una búsqueda frenética.
Durante las siguientes dos horas, recorrieron calles, parques y edificios dentro del domo de batalla. No encontraron rastro de Cristina, Natsu o su posible oponente.
Después de tanto esfuerzo inútil, el grupo terminó de vuelta en el parque, todos con expresiones de frustración.
—Esto no tiene sentido…— murmuró Deirdre, con los brazos cruzados.
Jessica, con los brazos en la cintura, asintió.
—En serio. Si este es un domo de batalla, ¿por qué no hemos encontrado a su oponente tampoco? —
Mientras el grupo de Deirdre continuaba su búsqueda, Cristina golpeaba con desesperación la superficie de un enorme espejo, dejando marcas en la superficie con cada impacto.
—¡Hey! ¡Estoy aquí! ¡Deirdre! ¡Jessica! ¡Alex! — gritaba, esperando que su voz llegara al otro lado.
Pero todo era inútil. Desde dentro del espejo, el mundo parecía deformado, con los colores invertidos y las formas torcidas como si estuvieran sumergidos en un lago de vidrio líquido. Las luces se distorsionaban, los edificios se inclinaban hacia direcciones imposibles y el sonido se sentía amortiguado, como si estuvieran atrapados dentro de una burbuja irreal.
Natsu permanecía sereno, observando cada detalle del lugar con calma. Finalmente, se giró hacia Cristina.
—Lo tengo. Ahora vayamos al otro espejo. Necesitamos seguir moviéndonos o nos encontrará. —
Cristina lo miró con los brazos cruzados y un gesto claramente molesto.
—¡Esto es ridículo! ¡Nuestra primera pelea y quedamos atrapados en un instante! — exclamó, pateando el suelo.
El reflejo de sus botas en el cristal onduló ligeramente, como si estuvieran flotando en la superficie de un lago.
—Esto me recuerda a esa serie de patrulleros que peleaban dentro de los espejos…— murmuró con un tono pensativo. —Pero no puedo creer que esto nos esté pasando a nosotros. —
Natsu no dijo nada, pero su mirada indicaba que ya había considerado todas las opciones.
Cristina, frustrada, se llevó las manos a la boca y gritó:
—¡Sal de ahí, cobarde! ¡Y enfrenta la pelea como se debe! —
Un eco distorsionado devolvió sus palabras a través de los espejos, rebotando entre las superficies brillantes como si el mundo mismo se burlara de su situación.
Y entonces, una risa burlona resonó en el aire, suave y elegante, como el tintineo de una copa de cristal.
—No seas impaciente. — dijo una voz masculina con una calma inquietante. —Primero atraparé a tus amigos y luego los eliminaré. La victoria es cuestión de paciencia… y reflejos. —
Cristina frunció el ceño y golpeó el espejo nuevamente.
—¡Yo digo que en realidad eres un cobarde que no puede pelear de frente! Seguro que no podrías ganarme sin trucos baratos. —
El silencio llenó el aire por un momento. Entonces, la voz respondió, con un tono ligeramente divertido:
—Provocar a tu enemigo… interesante estrategia, pero poco efectiva si ya tengo la ventaja. —
Cristina apretó los puños.
—¡¿Ventaja?! ¿Te refieres a que nos atrapaste aquí como ratones en una jaula? Eso no demuestra nada, solo que tienes miedo de pelear. —
Natsu, que había permanecido en silencio hasta ahora, finalmente intervino, con su tono sereno pero afilado.
—Un verdadero guerrero no se esconde en los reflejos de su propia inseguridad. —
El sonido de pasos resonó en la nada. Algo se acercaba.
—Bien… si tanta prisa tienes, te concederé el espectáculo que deseas. —
Cristina y Natsu giraron hacia la fuente del sonido, y fue entonces cuando su oponente apareció.
Un joven de apariencia refinada, vestido con un impecable traje blanco y negro, caminó con elegancia entre los reflejos. Sus pasos no hacían eco, como si estuviera flotando en el aire. Su cabello corto y plateado brillaba tenuemente bajo la luz espectral del mundo reflejado, y sus ojos, de un azul helado, transmitían una calma perturbadora.
—Mi nombre es Vincent.— dijo con una leve inclinación de cabeza.
Junto a él, emergiendo de uno de los espejos como un espectro acechante, apareció su VOOG.
Era una mujer alta, envuelta en un traje negro cubierto de objetos brillantes y relucientes: fragmentos de cristal, espejos pequeños, joyas y superficies pulidas. Su rostro estaba oculto tras una máscara de porcelana con un único ojo reflejante en el centro. Cada uno de sus movimientos parecía emitir destellos cegadores.
—Y ella es Esmeralda. Mi leal compañera. —
Cristina y Natsu se pusieron en guardia inmediatamente.
—¡Bien! — exclamó Cristina con una sonrisa desafiante. —¡Eso es lo que quería ver! ¡Ahora sí empieza la pelea! —
Natsu se colocó frente a ella, con los ojos afilados y listos para el combate.
Sin perder tiempo, Natsu levantó la mano y la apuntó hacia Vincent y Esmeralda.
—¡Explosión Radiante! —
Una ráfaga de luz incandescente explotó desde la palma de su mano, enviando una onda de choque en línea recta. Pero justo cuando estaba a punto de impactar…
Esmeralda desapareció.
Su silueta se desvaneció en los reflejos, reapareciendo en un espejo lateral a la derecha de Natsu.
—Pero ¿qué…? — murmuró Cristina, sorprendida.
Antes de que pudieran reaccionar, Esmeralda levantó un brazo cubierto de fragmentos brillantes y una ráfaga de destellos cegadores envolvió el área.
—¡Natsu, cuidado! — gritó Cristina, cubriéndose los ojos.
Pero Natsu ya estaba preparado. Flexionó las piernas y saltó hacia atrás, girando en el aire para evitar el ataque de luz.
—¡Detonación Doble! — exclamó, apuntando con ambas manos hacia Esmeralda.
Dos pequeñas explosiones estallaron en el aire en diferentes direcciones, creando ondas de choque que distorsionaron momentáneamente el reflejo del mundo alrededor.
Pero Esmeralda simplemente se deslizó hacia otro espejo, esquivando el impacto de manera fluida.
Vincent sonrió levemente.
—Curioso… ¿le das nombre a tus ataques? Qué infantil. —
Cristina frunció el ceño y cruzó los brazos.
—¡No es infantil! ¡Es cuestión de estilo! —
Vincent soltó una pequeña risa y observó a Natsu con un interés más profundo.
—Interesante… me pregunto cuánto durará tu espectáculo. —
Natsu aterrizó suavemente y ajustó su postura.
—El espectáculo apenas comienza. —
La batalla continuaba, con Esmeralda desapareciendo y reapareciendo en los reflejos, atacando desde múltiples direcciones con destellos y fragmentos de luz, mientras Natsu intentaba descifrar su patrón de movimiento y encontrar una oportunidad para contraatacar.
Cristina observaba con atención, su mente trabajando rápido.
—Si todo aquí es un reflejo… entonces debe haber una lógica detrás de su movimiento. Solo tenemos que descubrir cuál es…—
Mientras tanto, Vincent permanecía de pie, con las manos en los bolsillos y una expresión confiada.
—Espero que no tarden mucho en darse cuenta… porque cuanto más tiempo pase, más atrapados estarán en este mundo reflejado. —
La ventaja se inclinaba cada vez más hacia Vincent y Esmeralda.
Natsu estaba esforzándose al máximo, lanzando explosiones tras explosiones, pero su enemigo era demasiado escurridizo. Cada vez que intentaba atacarla, Esmeralda desaparecía dentro de los espejos y reaparecía en un ángulo diferente, atacando con destellos cegadores y fragmentos afilados de luz que se clavaban en el cuerpo de Natsu como pequeñas dagas.
Cristina, que observaba desde un costado, comenzaba a ponerse nerviosa. Su primer combate y ya estaban perdiendo.
—¡Natsu, aguanta! — gritó, viendo cómo su VOOG apenas lograba mantenerse en pie.
—No… es tan fácil…— murmuró Natsu, con su traje rasgado y su cuerpo cubierto de cortes y heridas leves.
De repente, un golpe certero de Esmeralda lo impactó en el estómago y lo hizo caer de rodillas.
Cristina corrió hacia él y lo sostuvo antes de que su cuerpo tocara el suelo por completo.
—¡Natsu, resiste! ¡Ya casi lo tenemos! — murmuró, tratando de mantener la calma.
Pero Vincent, de pie con una expresión de absoluto desdén, dejó escapar un suspiro de fastidio.
—Ambos son patéticos. Un espectáculo sin sentido. —
Cristina lo ignoró y se inclinó más cerca de Natsu, murmurándole algo en voz baja.
Vincent frunció el ceño.
—¿Qué están murmurando? — preguntó con desdén.
Cristina sonrió para sí misma y continuó hablando con Natsu, sin siquiera mirar a Vincent.
Eso fue suficiente para irritarlo.
—¡No me ignoren! — exclamó con enojo. —Esmeralda, acaba con ellos. Ahora mismo. —
Esmeralda asintió con un leve movimiento de cabeza y extendió las manos, listas para dar el golpe final.
Pero, justo cuando se aproximaba con su ataque definitivo, Cristina se puso de pie con una sonrisa confiada, adoptando una pose dramática.
—¡Justo como lo planeamos! — exclamó con emoción.
Natsu abrió los ojos y se levantó de golpe, con un fuego nuevo en su mirada.
—Siempre que apareces… hay un espejo detrás de ti. — dijo con voz firme, apuntando su mano hacia Esmeralda. —Así que te mandaré de vuelta.
Esmeralda intentó moverse, pero esta vez ya era tarde.
—¡Explosión Final! —
Una enorme onda de choque explotó desde la palma de Natsu, golpeando directamente a Esmeralda y enviándola a estrellarse contra su propio reflejo. El impacto hizo que cientos de espejos en el mundo reflejado comenzaran a romperse al mismo tiempo.
Los cristales flotaron en el aire como si el universo mismo estuviera desmoronándose. El mundo reflejado se estaba desmoronando.
Vincent se quedó boquiabierto por un instante antes de maldecir en voz baja.
—Imposible…— murmuró.
Cristina y Natsu se miraron con satisfacción.
—¡Te lo dije! ¡No subestimes nuestro poder! — exclamó Cristina mientras ella y Natsu volvían a hacer una pose en conjunto.
Y entonces… todo explotó.
Mientras tanto, Deirdre, Jessica, Arthur y Alex seguían buscando desesperadamente.
—No puede ser…— murmuró Deirdre mientras miraba a su alrededor con creciente preocupación. —Llevamos horas y no hay rastro de ellos.
Jessica se mordió el labio. —Tal vez… tememos lo peor. —
Arthur cruzó los brazos, frunciendo el ceño.
—No podemos rendirnos todavía. —
Pero Deirdre no podía evitar sentirse culpable.
—Esto es mi culpa…— murmuró. —Quizá ya esté muerta. Quizá… fue culpa mía por no poder hacer nada. —
Jessica y Alex intercambiaron miradas, pero antes de que pudieran decir algo, un estruendo sacudió todo el lugar.
Todas las superficies reflectantes a su alrededor—ventanas, espejos, escaparates de tiendas— explotaron simultáneamente, enviando fragmentos de vidrio por todas partes.
Dos figuras salieron disparadas desde el reflejo de un escaparate, impactándose brutalmente contra el suelo.
Cuando el polvo y los cristales se asentaron, se podía ver claramente quiénes eran.
Vincent y Esmeralda yacían en el suelo, aturdidos y claramente heridos.
Un momento de silencio absoluto se apoderó del grupo.
Y luego, una voz triunfante resonó en el aire.
—¡Te dije que no subestimaras nuestro poder! —
Deirdre, Jessica, Arthur y Alex voltearon incrédulos hacia la fuente de la voz.
Ahí, en medio del desastre, Cristina y Natsu estaban de pie, en perfecta sincronía, haciendo una pose triunfal.
Los cuatro se quedaron completamente boquiabiertos.
—¿Pero qué demonios…? — murmuró Alex.
Jessica parpadeó varias veces.
—¿Eso… en serio acaba de pasar? —
Cristina sonrió con orgullo.
—¡Así es! ¡Ganamos! —
Deirdre finalmente reaccionó y corrió hacia ella.
—¡Cristina! ¡Estás bien! ¿Qué pasó? —
Cristina asintió con energía.
—Sí, sí. ¡Estamos mejor que nunca! Pero fue una locura. El VOOG enemigo usa los espejos y nos atrapó en uno. ¡Pero ya salimos! —
Arthur aún observaba el desastre con cautela.
—¿Cómo lograron escapar? —
Cristina puso las manos en la cintura y sonrió con confianza.
—Con estilo. —
Natsu, aún con su porte serio, asintió lentamente.
—Con… estilo. — repitió.
Cristina sonrió con emoción.
—¡Ahora viene nuestro movimiento especial! —
Natsu se adelantó y extendió la mano. Una nueva explosión surgió de su palma, más concentrada que nunca.
—Impacto Relámpago. —
La explosión golpeó directamente a Vincent y Esmeralda, enviándolos a rodar por el suelo mientras una onda de calor recorría el lugar.
Cristina cruzó los brazos con orgullo.
—Y con eso, la victoria es nuestra. —
El grupo observó el resultado con incredulidad.
Alex, con una sonrisa, cruzó los brazos y asintió.
—Tengo que admitirlo… eso fue impresionante. —
Deirdre, aún en shock, solo pudo suspirar.
—No sé cómo pasó… pero me alegra que estés bien, Cris. —
Cristina sonrió aún más.
—¡Por supuesto! ¡Porque somos los mejores! —
Natsu, aún con su voz serena, levantó la mano con solemnidad.
—Así es. La victoria es nuestra. —
A medida que la luz brillante envolvía la zona, Deirdre sintió ese tirón familiar en su estómago. Odiaba esa parte.
Cuando la luz desapareció, todos estaban de vuelta en el mundo real.
Deirdre se agachó de inmediato, sosteniendo su cabeza con ambas manos.
—En serio… nunca me voy a acostumbrar a esto…— murmuró con un profundo suspiro.
A su lado, Alex estiró los brazos con entusiasmo, como si el haber sido transportado a otra dimensión fuese un simple paseo por la ciudad. —¡Bah! Ya lo harás, Dee. Solo dale unas… cien veces más. — dijo con su característico tono desenfadado.
Jessica, Arthur, Cristina y Natsu estaban todos de pie, observando los alrededores para asegurarse de que el domo realmente había desaparecido. La sensación de regresar de un mundo reflejado aún permanecía en el aire, como si los ecos de los espejos rotos siguieran resonando en su conciencia.
Cristina no tardó en sacar su teléfono y hacer una videollamada con Jessica.
—¡Hola!— dijo Jessica, apareciendo en la pantalla con una expresión animada, su cabello algo desordenado por el caos reciente.
Cristina, con una sonrisa triunfal, le mostró la cámara a Natsu y a sí misma.
—¡Quería mostrarte que he estado practicando mis ataques junto a Natsu! — exclamó con emoción.
Jessica rió con entusiasmo.
—¡Y qué mejor manera de demostrarlo que en acción! —
Cristina asintió con orgullo, todavía llena de adrenalina por la pelea recién terminada.
—¡Exacto! Pero no me arrepiento, porque ahora pude probarlo de verdad y fue épico. —
Jessica, sin contener su emoción, aplaudió como si estuviera viendo la premier de una película de acción.
—¡Me encanta tu estilo extravagante! —
Deirdre, que observaba desde un costado con los brazos cruzados, rodó los ojos.
—No la alientes. Lo último que necesita es que alguien refuerce sus delirios de personaje principal. —
Cristina infló las mejillas con indignación.
—¡No es un delirio! ¡Es mi esencia! — protestó con energía, mientras Natsu asentía con seriedad.
En ese momento, Alex levantó la mano con emoción.
—¡Yo ya decidí cómo se llamarán muchos de mis movimientos! — exclamó con orgullo, como si estuviera revelando un descubrimiento revolucionario.
A su lado, Natsu levantó el pulgar con solemnidad.
—Bien… pero no lograrás ni la mitad de mi nivel de genialidad. — dijo con su tono grave y estoico.
Arthur, que había estado observando la conversación con los brazos cruzados, frunció el ceño cuando Jessica giró hacia él con una sonrisa traviesa.
—¡Ahora hasta yo quiero que Arthur nombre sus movimientos! — dijo con entusiasmo.
Arthur soltó una risa seca.
—Estás loca si crees que voy a hacer algo así. — respondió sin titubear.
Jessica hizo un puchero y se acercó a él.
—Ohhh vamos, amor mío… hazlo por mí. — le dijo con una mirada suplicante.
Arthur se quedó completamente paralizado. Su rostro enrojeció y desvió la mirada con evidente nerviosismo.
—Bueno… s-si lo pones de esa manera…— murmuró, sintiéndose atrapado.
Jessica soltó una carcajada y cortó la situación de inmediato.
—¡Es broma! — exclamó entre risas, dejando a Arthur aún más confundido.
Arthur soltó un suspiro aliviado.
—Por un momento pensé que habías perdido la cabeza…— murmuró, reajustándose las gafas con incomodidad.
Pero antes de que pudiera relajarse por completo, Jessica cambió su tono a algo más serio.
—Deirdre, quiero reunirme contigo pronto. Tengo un asunto que discutir… algo que mencioné hace rato. —
Deirdre recordó de inmediato a qué se refería. La investigación sobre la muerte de Albert.
Ella asintió lentamente.
—Está bien… pero deberá ser en unos días. Tengo varias entrevistas de trabajo y estaré ocupada. — dijo con cierto cansancio en su voz.
Jessica sonrió con comprensión. —No hay problema. Primero concéntrate en eso. Pero hablaremos pronto. —
Con eso, la videollamada terminó.
Cristina giró hacia Deirdre con entusiasmo.
—¡Esa pelea me dio hambre! Te invito un helado. —
Deirdre negó con la cabeza.
—No hace falta. Solo con que estés bien es suficiente. — respondió con suavidad, sintiendo que, a pesar del peligro, estaba feliz de que estuviera sana y salva.
Cristina tomó las manos de Deirdre y la miró con determinación.
—Tú siempre me invitabas cosas desde que era pequeña. Déjame hacer algo por ti esta vez. —
Deirdre parpadeó sorprendida, pero sonrió con cariño.
—De acuerdo. Vayamos por un helado entonces. —
Alex, que hasta ese momento había permanecido en silencio, levantó los brazos al aire con entusiasmo.
—¡Yo quiero de chocolate! —
Natsu asintió con su tono sombrío y serio.
—El mío de galleta. —
Y así, con una sensación de victoria y alivio en el aire, el grupo se dirigió juntos a la heladería.
El sonido de sus voces animadas se mezcló con el bullicio de la ciudad, mientras el peligro del domo quedaba atrás. Pero en la mente de Deirdre, la conversación con Jessica aún rondaba, recordándole que la verdadera batalla aún no había terminado.
“No hay espejismo más peligroso que la falsa confianza en la victoria.”
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