Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Llamado del VOOG - Capítulo 7

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Llamado del VOOG
  4. Capítulo 7 - Capítulo 7: Capítulo 7: Entre el Miedo y la Paranoia
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 7: Capítulo 7: Entre el Miedo y la Paranoia

Las luces parpadeaban en las farolas de la calle mientras el eco de los pasos resonaba en la calle, Deirdre y Cristina caminaban una junto a la otra. A su lado, Alex y Natsu seguían en silencio, aunque sus miradas se movían constantemente, analizando el entorno con la desconfianza que la vida de luchadores les había inculcado en tan poco tiempo.

Deirdre dejó escapar un suspiro pesado mientras se estiraba, sintiendo el cansancio asentarse en sus músculos.

—Cinco enfrentamientos en los últimos días… —murmuró, en un tono que oscilaba entre el cansancio y la resignación—. ¿Es esto normal? ¿O acaso tener un VOOG significa vivir constantemente al borde del peligro?

Cristina giró sobre sus talones y caminó de espaldas con una sonrisa confiada, alzando los brazos como si todo aquello fuera una gran aventura.

—¡Es increíble! ¿No te parece? —dijo con entusiasmo—. Nos estamos volviendo más fuertes con cada pelea.

—O más propensas a morir, una de dos. —replicó Deirdre con sarcasmo, pero sin la energía para discutir.

Cristina no pareció inmutarse ante su tono y continuó con su aire despreocupado.

—Eso solo significa que tenemos que ser aún más fuertes. Si seguimos entrenando con cada batalla, pronto seremos invencibles.

Deirdre se detuvo en seco y la miró fijamente.

—¿Divertido? Esto no es un anime, Cris. Es real, peligroso. No estamos jugando. — replicó con seriedad, pero su voz tenía un matiz de cansancio.

Cristina se encogió de hombros.

—Lo sé. —respondió sin perder su actitud entusiasta—. Pero tampoco podemos estar huyendo cada vez que nos desafían. Es como en las historias, ¿sabes? Los protagonistas no se quedan sentados esperando que el destino los alcance, ¡van y lo enfrentan de frente!

Deirdre rodó los ojos, sin poder evitar esbozar una pequeña sonrisa.

—Lo dices como si fueras la protagonista de una historia…

Cristina se llevó las manos a la cadera y le guiñó un ojo.

—No lo soy, pero bien podría serlo.

Alex rio por lo bajo desde atrás.

—Tengo que admitir que tiene un punto. —dijo con un tono de diversión—. Mientras más peleamos, más experiencia ganamos. Es un sistema de crecimiento eficiente… aunque también nos hace más visibles para enemigos peligrosos.

Deirdre resopló con fastidio y cruzó los brazos.

—Genial, justo lo que quería escuchar.

Cristina dio un giro sobre sí misma y miró a Deirdre con una sonrisa juguetona.

—Vamos, no seas tan negativa. Míralo de esta manera: en solo una semana hemos avanzado más que otros en meses.

Deirdre la miró de reojo.

—¿Eso no te preocupa?

Cristina ladeó la cabeza, pensativa.

—Tal vez… un poco. Pero si algo me ha enseñado la vida es que no puedes detenerte solo porque las cosas dan miedo.

Hubo un breve silencio.

Las palabras de Cristina se quedaron flotando en el aire.

Por un momento, Deirdre sintió un déjà vu. Albert solía decir lo mismo.

—”El miedo solo es una señal de que estás haciendo algo importante.” —recordó con amargura.

—¿Qué dijiste? —preguntó Cristina.

Deirdre negó con la cabeza.

—Nada.

No quería hablar de eso. No ahora.

La conversación se fue apagando mientras avanzaban. El cansancio ya estaba pesando en los cuerpos de ambas.

Cuando finalmente llegaron al edificio, Cristina se giró con una gran sonrisa.

—¡Bien, hora de dormir! —exclamó mientras estiraba los brazos.

—Por fin. —murmuró Deirdre, frotándose los ojos—. Si alguien nos desafía esta noche, los ignoraré hasta que desaparezcan.

Cristina rio.

—Seguro… —dijo en tono burlón—. Pero si suena la alarma de una batalla, apuesto a que serás la primera en reaccionar.

Deirdre le lanzó una mirada cansada.

—No acepto tu apuesta.

Ambas compartieron una sonrisa antes de despedirse.

—Nos vemos mañana. —dijo Deirdre.

—Sí, sí, descansa bien. —respondió Cristina con un gesto despreocupado.

Mientras Deirdre se alejaba hacia su departamento, Cristina se detuvo un momento frente a la puerta del suyo.

Un leve escalofrío recorrió su espalda.

Por alguna razón, la noche se sentía demasiado silenciosa.

Natsu, que había permanecido callado todo el trayecto, frunció levemente el ceño y miró alrededor.

—¿Pasa algo? —preguntó Cristina.

Natsu negó con la cabeza, pero su tono fue serio.

—Nada. Solo un presentimiento.

Cristina se encogió de hombros y giró la perilla de la puerta.

—Pues guarda esos presentimientos para mañana. Hoy solo quiero dormir.

Natsu no respondió.

Pero la sensación de que algo los observaba no desapareció.

Ya dentro del departamento, Cristina se dejó caer en el sofá con un largo suspiro.

—Vaya día… —murmuró mientras se quitaba las zapatillas y las arrojaba sin cuidado.

Natsu se apoyó contra la pared, mirándola con su expresión imperturbable.

—¿Les dirás lo que estás haciendo? —preguntó con calma.

Cristina levantó la cabeza y arqueó una ceja.

—¿A qué te refieres?

—A que buscas peleas internacionales con otros VOOGs. —respondió sin rodeos.

Cristina resopló y se dejó caer completamente sobre el sofá.

—No es para tanto.

—Sí lo es.

Cristina se cubrió los ojos con el brazo.

—Si fuera por Deirdre, evitaríamos pelear siempre. Y Jess… bueno, lleva años en esto y aún no ha subido tanto de nivel. Si solo peleamos cuando alguien nos ataca, nunca seremos lo suficientemente fuertes.

Natsu permaneció en silencio por un momento antes de hablar.

—No es justo para tus amigas y compañeros.

Cristina suspiró y se sentó, mirándolo con una leve mueca de molestia.

—¿También me vas a dar sermones? Porque ya tengo suficiente con mi hermano.

Natsu se cruzó de brazos y la miró con calma.

—No soy tu hermano. Pero soy tu VOOG. Y estaré contigo en cualquier camino que tomes.

Cristina lo observó en silencio por un momento.

Finalmente, sonrió.

—Gracias, Natsu.

Caminó hasta su cama y se dejó caer en ella, cerrando los ojos.

—Mañana seguiré buscando enfrentamientos… pero por ahora, dormiré un poco.

Natsu no dijo nada.

Solo mantuvo la mirada fija en la ventana, alerta, porque su presentimiento no se iba.

El silencio se apoderó del departamento de Cristina una vez que se acostó en su cama, envuelta en la oscuridad de la habitación. La luz tenue de la ciudad entraba a través de las cortinas, proyectando sombras en el techo.

Natsu se mantenía de pie en la esquina, con los brazos cruzados y los ojos fijos en la ventana. A pesar de la calma, algo no se sentía del todo bien.

El aire se percibía más pesado de lo normal.

El mundo exterior parecía demasiado quieto, demasiado perfecto.

Era la clase de noche en la que algo se esconde en las sombras.

Cristina comenzó a moverse inquieta en su cama.

Su respiración se volvió irregular, su ceño fruncido en plena inconsciencia.

Estaba soñando.

Se encontraba en un pasillo interminable de espejos, cada uno reflejando diferentes versiones de sí misma.

Algunas imágenes eran normales, cotidianas.

Otras, sin embargo, estaban distorsionadas, grotescas, inhumanas.

Había un reflejo donde su rostro estaba oscurecido por sombras, otro en el que sus ojos eran completamente blancos, y uno más donde sonreía de manera inquietante, con los labios partidos y la piel pálida como la de un cadáver.

—¿Hola…? —murmuró, su voz resonando en todas direcciones.

El eco de su pregunta rebotó en los espejos, deformándose hasta convertirse en un murmullo incomprensible.

Su reflejo en el espejo más cercano le sonrió… y luego inclinó la cabeza como si la estuviera observando con diversión.

Cristina sintió un escalofrío recorrer su espalda.

De repente, un movimiento en el reflejo la hizo girarse.

Había algo detrás de ella.

Una sombra oscura y sin rostro emergió de uno de los espejos rotos, su cuerpo parpadeando como una imagen mal proyectada.

No tenía ojos, pero Cristina sentía que la miraba.

Era una presencia helada, imposible de definir, pero su instinto gritaba que estaba en peligro.

Intentó dar un paso atrás, pero su reflejo no la imitó.

En su reflejo, ella no se movía.

—¿Qué demonios…?

Y entonces, la sombra se lanzó sobre ella.

Cristina gritó.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Estaba jadeando, su corazón latiendo con fuerza contra su pecho.

Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.

En su habitación. En su cama. En su departamento.

Pero el escalofrío no se iba.

La sensación de que alguien la observaba aún estaba ahí.

Cristina se frotó el rostro con las manos, tratando de calmar su respiración.

—Solo… un mal sueño.

Pero entonces, algo la hizo congelarse.

Un sonido.

Un leve roce en la ventana.

Cristina sintió cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba.

Giró lentamente la cabeza hacia la ventana.

Y entonces lo vio.

La Sombra en la Ventana

Justo detrás del cristal, de pie en el balcón, había una figura oscura observándola.

Era alta y delgada, con la silueta de un hombre cubierto de sombras.

Cristina sintió un escalofrío recorrerle la espalda al notar que no tenía rostro.

No podía ver sus ojos, ni su boca. Solo una forma borrosa en la oscuridad.

Pero sabía que la estaba mirando.

—¡Natsu! —murmuró en un susurro frenético.

El VOOG reaccionó de inmediato.

Su cuerpo se tensó en cuanto sintió la presencia en la ventana.

Sin perder el tiempo, Natsu materializó sus tonfas en un destello de luz roja.

Pero la figura no se movió.

No retrocedió. No atacó.

Simplemente se quedó ahí.

Observando.

El corazón de Cristina latía con fuerza.

Podía escuchar su propia respiración.

El silencio era sofocante.

Y entonces, la figura se desvaneció.

No se movió, no corrió, no saltó.

Simplemente desapareció.

Cristina sintió cómo la adrenalina aún quemaba en su cuerpo.

Natsu mantuvo su postura de batalla por varios segundos más, esperando cualquier señal de peligro.

Pero la noche volvió a estar en calma.

Como si nada hubiera pasado.

Cristina tragó saliva.

—¿Viste eso? —preguntó con la voz temblorosa.

Natsu asintió lentamente.

—Sí.

Cristina se levantó de golpe y corrió hacia la ventana.

Abrió las cortinas de golpe y miró hacia la calle.

Nada.

El mundo exterior parecía normal.

Los autos estacionados. Las luces de la ciudad. El silencio de la madrugada.

Como si nadie hubiera estado allí.

Pero ella lo había visto.

Cristina cerró la ventana de golpe y se alejó un paso.

—No había un domo… —murmuró—. ¿Entonces qué demonios fue eso?

Natsu mantuvo su mirada fija en la ventana, su rostro serio.

—No lo sé.

Cristina se cruzó de brazos, abrazándose a sí misma.

—Esto… no fue un encuentro normal.

Natsu tampoco parecía tranquilo.

Su mirada seguía analizando la habitación, como si intentara encontrar una lógica para lo que acababa de pasar.

—Fuimos observados.

Cristina sintió un escalofrío al escuchar esas palabras.

Se dejó caer en la cama con el ceño fruncido.

—¿Por quién?

Natsu no respondió.

Pero en su interior, sabía que esa pregunta no tendría una respuesta sencilla.

La noche había cambiado y con ella, algo nuevo había comenzado.

El sonido del reloj de la pared marcaba las 2:33 a.m.

Cada tic resonaba en la habitación con un peso extraño, como si estuviera fuera de sincronía con el tiempo real.

Cristina seguía sentada en su cama, con los brazos cruzados y las piernas recogidas contra su pecho.

Natsu estaba a su lado, su postura rígida, su mirada aún clavada en la ventana cerrada.

Ambos sabían que algo andaba mal.

Sabían que había visto algo.

Algo que no estaba ahí.

Pero que al mismo tiempo sí lo estaba.

El problema no era el qué, sino el cómo.

—No estábamos en un domo de batalla… —murmuró Cristina, su voz apenas un susurro.

Natsu asintió lentamente.

—Lo sé.

Cristina respiró hondo, tratando de mantener su mente clara.

—Entonces… ¿qué demonios era eso?

Natsu no respondió. Porque no tenía una respuesta.

Él podía entender la lógica del combate, las reglas de los VOOGs, el funcionamiento de los domos de batalla…

Pero esto era algo diferente algo fuera del orden natural.

Cristina apretó los puños, sintiendo la piel erizarse en sus brazos.

Si no era un domo entonces esa cosa estaba aquí, en su mundo. En la realidad, en su hogar. Y si era así eso significaba que no estaban a salvo.

El reloj continuó marcando los segundos con una cadencia hipnótica.

Tic. Tac.

Tic. Tac.

Tic. Tac.

—No falta mucho para que Adrián regrese. —dijo Cristina, pero su voz sonaba extraña, hueca.

Natsu la miró con cautela.

—¿Eso te preocupa?

—Sí. —dijo de inmediato—. No quiero que se tope con esto.

Cruzó los brazos con fuerza, como si quisiera abrazarse a sí misma.

—Ni siquiera sé cómo explicarle todo esto… —murmuró.

“Oye, hermano, hay una sombra sin rostro acechando en mi ventana, pero tranquilo, no estamos en un domo de batalla, así que técnicamente esto no debería estar pasando.”

Sí, claro.

Eso sonaba tan absurdo que se sintió enferma de solo pensarlo.

—No podemos quedarnos aquí. —dijo de repente.

Natsu levantó la vista.

—¿Tienes un plan?

—Sí. —asintió—. Llamaremos a Jessica y Arthur.

Ellos son los cerebros del equipo, sabían más sobre este mundo, ellos tendrían respuestas.

Cristina se levantó de la cama y agarró su teléfono de la mesa de noche. Deslizó la pantalla para desbloquearlo Y su sangre se heló.

La barra de señal estaba completamente vacía. Sin cobertura.

—No… —susurró.

Golpeó la pantalla con el dedo varias veces, intentando reiniciar la señal.

Nada.

—No, no, no, no.

Abrió la aplicación de llamadas y marcó el número de Jessica.

Error de conexión.

Marcó el de Arthur.

Error de conexión.

La pantalla parpadeó.

Y entonces…

Por una fracción de segundo…

Vio su propio reflejo en la pantalla del teléfono.

Pero no era ella.

No se estaba moviendo.

Su reflejo estaba completamente quieto.

Y… estaba sonriendo.

Cristina tiró el teléfono al suelo con un grito ahogado.

Natsu dio un paso adelante con las tonfas en mano.

—¿Qué ocurre?

—Algo está jugando con nosotros. —susurró Cristina.

Natsu miró el teléfono caído en el suelo.

La pantalla seguía encendida.

Cristina no quiso volver a tocarlo.

Respiró profundamente, tratando de controlar su mente.

Esto no estaba pasando.

Tenía que haber una explicación lógica.

Pero…

Entonces, sintió un cambio en la habitación.

La temperatura bajó de golpe.

El aire se volvió pesado, sofocante.

Era como si algo invisible estuviera ocupando el mismo espacio que ellos.

Y luego se escuchó un susurro.

Ven…

Cristina sintió el latido de su corazón retumbar en sus oídos.

Giró lentamente la cabeza.

Y allí estaba.

En la esquina de la habitación.

Dentro del departamento.

La sombra sin rostro los estaba mirando.

Cristina se quedó paralizada.

Natsu dio un paso al frente, colocándose entre ella y la figura.

—¡¿Cómo demonios entro aquí?! —Cristina jadeó, sintiendo la adrenalina invadir su cuerpo.

La figura no se movía.

No avanzaba, no retrocedía.

Solo estaba allí.

Era demasiado delgada.

Demasiado alta.

Demasiado… equivocada.

—No estamos en un domo… —murmuró Cristina, su voz temblorosa.

Natsu no apartó la vista del ente.

—Entonces… esto no es un enemigo normal.

Cristina empezó a hiperventilar.

Algo en su cabeza le decía que si se quedaban allí… algo horrible iba a pasar.

Tenían que moverse.

—¡Vamos! —jadeó, tomando a Natsu del brazo y corriendo hacia la puerta.

El VOOG no dudó en seguirla, pero mantuvo las tonfas en alto, listo para atacar si la cosa los seguía.

Cristina corrió como nunca antes lo había hecho.

Cruzó el pasillo y se detuvo frente a la puerta de Deirdre.

Tocó.

Golpeó.

Golpeó más fuerte.

—¡Deirdre, abre la puerta!

Su voz era una mezcla de urgencia y miedo.

Golpeó otra vez.

—¡DEIRDRE!

El pasillo se sintió más largo.

Más estrecho.

Las sombras en las esquinas se alargaban.

Y entonces…

Sintió algo detrás de ella.

Natsu giró en un instante, sus tonfas en alto.

Pero no había nada.

Cristina jadeó, sintiendo que su mente estaba al borde del colapso.

No…

No…

No estaba imaginándolo.

¿Verdad?

¿VERDAD?

Y entonces, la puerta de Deirdre se abrió.

Cristina entró de golpe, arrastrando a Natsu consigo.

Y cerró la puerta con un estruendo.

Se quedó allí, con la espalda contra la madera, su pecho subiendo y bajando rápidamente.

Deirdre la miraba con confusión.

—¿Cristina…?

Cristina no pudo responder.

Porque sabía que algo estaba allí afuera.

Y sabía que no los había seguido.

Porque no tenía que hacerlo.

Porque ya estaba dentro.

Y quizás… solo quizás… ya lo había estado desde el principio.

Cristina jadeaba, sintiendo su pulso desbocado en su garganta.

Su cuerpo temblaba. Sus manos estaban frías.

Y aunque estaba dentro del departamento de Deirdre, no se sentía a salvo.

Natsu se mantenía detrás de ella, rígido, con las tonfas en mano, preparado para cualquier amenaza que apareciera.

Pero la amenaza no aparecía.

Eso era lo peor de todo.

La habitación se sentía demasiado vacía. Demasiado grande. Demasiado… errónea.

—Cristina… —Deirdre la miraba con el ceño fruncido, sosteniendo la puerta aún abierta—. ¿Qué demonios te pasa?

Cristina levantó la vista.

Su boca se movió, pero no pudo formar palabras.

¿Cómo explicarle?

¿Cómo demonios podían hacer que le creyera?

—¡Hay algo ahí afuera! —logró exclamar finalmente, su voz un hilo desesperado.

Deirdre parpadeó lentamente.

—¿Algo?

—¡La sombra sin rostro! ¡Está aquí! ¡Nos estaba observando! —Cristina gesticulaba con las manos, su respiración entrecortada—. ¡Y no es un domo de batalla! ¡No estamos en un maldito domo!

Deirdre cerró los ojos un momento, respirando hondo.

—Cristina… no hay nada ahí afuera.

Cristina sintió una punzada de frustración en el pecho.

—¡Lo vimos, Deirdre! ¡Natsu lo vio también! ¡No lo estoy imaginando!

Deirdre cruzó los brazos.

—¿Un enemigo que no podemos ver? ¿Que no activa un domo? ¿Que solo tú y Natsu pueden percibir?

Cristina apretó los dientes.

—¡No lo estoy inventando!

—¡No digo que lo inventes! —Deirdre levantó las manos—. Solo digo que no hay pruebas de que esté pasando.

Cristina sintió que se ahogaba en su propia desesperación.

—¡Mi teléfono dejó de funcionar! —gritó.

Deirdre levantó una ceja.

—A ver…

Tomó su propio teléfono del buró y deslizó la pantalla.

Se quedó en silencio.

Cristina sintió que la adrenalina subía nuevamente.

—¿No hay señal? —preguntó en un murmullo.

Deirdre frunció el ceño, mirando la pantalla.

—No.

Cristina sintió que el pecho se le comprimía.

—¿Ves? —susurró.

Deirdre suspiró.

—Cristina… a veces en este edificio la señal se cae. Es normal.

Cristina negó con la cabeza.

—¡No es normal!

—Sí lo es.

—¡No lo es cuando acaba de pasar lo que pasó!

—Cristina… —Deirdre pasó una mano por su rostro, exasperada—. Estoy cansada.

Cristina sintió la desesperación brotar como un veneno en su estómago.

—¿Cansada?

—Sí. —Deirdre frotó sus sienes, como si la conversación le estuviera drenando la paciencia—. No ha pasado nada. Estoy cansada. Voy a dormir.

Cristina se quedó en shock.

—¡¿Cómo puedes dormir después de esto?!

Deirdre hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

—Si te tranquiliza, Alex está despierto en la sala. —dijo con voz monótona—. Está leyendo.

Cristina miró a Natsu.

Natsu no parecía tranquilo.

No parecía nada tranquilo.

—Deirdre… —Cristina bajó la voz, sintiendo que el peso en la habitación era cada vez más sofocante—. Algo está jugando con nosotros.

—Entonces juega con ustedes, no conmigo. —respondió Deirdre con una calma irritante—. Buenas noches.

Y con eso, se giró y se fue a su habitación.

Cristina se quedó ahí, de pie, con la respiración entrecortada.

¿Cómo podía ser tan indiferente?

¿No lo sentía?

Natsu dio un paso adelante.

—Cristina…

Cristina se abrazó a sí misma.

—Algo está mal.

Natsu miró alrededor con atención.

—Sí.

Cristina apretó los puños.

—Vamos con Alex.

La Sala y las Sombras

Cristina avanzó por el pasillo hasta la sala de estar.

La luz de una lámpara tenue iluminaba un rincón de la habitación, donde Alex estaba sentado en un sillón, con un libro en las manos.

Su expresión era calmada.

Demasiado calmada.

Cristina se detuvo en seco.

—Alex.

Alex levantó la vista con lentitud.

—Oh, hola. —dijo con voz tranquila, como si todo fuera normal.

Cristina lo miró fijamente.

—¿Sabes lo que está pasando?

Alex la observó con su sonrisa usual.

—Depende. ¿Qué crees que está pasando?

Cristina frunció el ceño.

—No juegues conmigo.

Alex cerró el libro y lo dejó sobre la mesa con un leve golpe sordo.

—No estoy jugando.

Cristina dio un paso adelante.

—Alex. Hay algo aquí.

Alex la miró con calma.

—¿Aquí?

—Aquí.

—Ahora mismo.

—Sí.

Alex ladeó la cabeza.

—No veo nada.

Cristina apretó los dientes.

—¡Porque no nos está dejando verlo!

Alex se inclinó ligeramente en el sillón, entrelazando los dedos.

—Interesante.

Cristina sintió un escalofrío.

—¿Interesante?

Alex asintió lentamente.

—Sí.

Cristina tragó saliva.

—¿Sabes qué es esto?

Alex sonrió.

—Podría tener una idea.

Cristina sintió una mezcla de alivio y pavor.

—¿Entonces qué es?

Alex se encogió de hombros.

—No estoy seguro aún.

Cristina quiso gritar.

—¡Entonces dime lo que sabes!

Alex la miró en silencio por unos segundos.

Y luego, su sonrisa se desvaneció lentamente.

Fue la primera vez que Cristina vio a Alex sin su usual aire despreocupado.

—Si te dijera… —murmuró con voz baja—. ¿Podrías manejarlo?

Cristina sintió una oleada de frío recorrerle la columna.

No era lo que había dicho.

Era cómo lo había dicho.

El tono de su voz.

El peso de sus palabras.

Natsu dio un paso adelante.

—Alex. —su voz fue firme—. Dilo.

Alex los miró a ambos.

Y luego…

Volvió a sonreír.

—Mañana.

Cristina sintió que el aire se espesaba a su alrededor.

—¿Qué?

Alex tomó el libro nuevamente.

—Lo discutiremos mañana.

Cristina tembló de frustración.

—¡No tenemos tiempo!

Alex levantó la mirada y la sostuvo con la suya.

—Pero eso es lo que quiere que creas.

Cristina se quedó sin palabras.

Alex volvió a abrir su libro.

—Buenas noches, Cristina.

Cristina quiso seguir discutiendo.

Pero entonces vio algo en el reflejo del vidrio de la ventana.

En la esquina de la sala.

La sombra.

Mirándolos.

Sonriendo.

Cristina cerró los ojos.

Cuando los abrió otra vez…

Ya no estaba.

Pero el miedo no se fue.

Y en lo más profundo de su ser, supo…

Que esta noche aún no había terminado.

El silencio en el departamento de Deirdre se volvió opresivo. Cristina se sentía atrapada en una espiral de paranoia. Las paredes parecían más angostas. La luz de la lámpara en la sala titilaba, parpadeando con una cadencia errática.

Pero peor era que solo ella y Natsu lo notaban. Deirdre estaba en su habitación, aparentemente tranquila, ajena a todo. Y Alex simplemente seguía leyendo. Como si nada estuviera pasando.

Cristina tragó saliva. Su respiración se sentía más rápida. Algo no estaba bien. Algo estaba en este lugar.

—Natsu… —murmuró, su voz casi inaudible.

Natsu no apartó la vista de la habitación. Él también lo sentía. Pero no había enemigo a la vista. No había nada.

Cristina cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió.

Las luces de la casa estaban apagadas.

—¿Qué…? —murmuró, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.

No había escuchado ningún interruptor.

Ningún sonido.

Solo… oscuridad.

Un parpadeo y todo cambió.

Natsu aún estaba ahí.

Alex aún estaba ahí.

Pero el departamento… ya no era el mismo.

Las paredes parecían más largas, más deformes.

El reloj en la pared seguía marcando la misma hora.

Cristina retrocedió un paso.

No.

Esto no es normal.

—Natsu… dime que estás viendo esto.

Natsu asintió lentamente.

—Sí.

Cristina sintió un vacío en el estómago.

—Alex…

Alex no levantó la vista de su libro.

—Hmm.

Cristina se acercó a él con pasos temblorosos.

—Alex… ¿qué está pasando?

—No lo sé. —respondió con calma.

Cristina frunció el ceño.

—¡No me digas que no lo sabes! ¡Tú sabes algo!

Alex sonrió, pero sin alegría.

—¿Te ayudaría si te dijera que sí?

Cristina quiso gritar.

—¡Sí!

Pero entonces algo cayó detrás de ella.

Un golpe sordo.

Cristina se giró de golpe, su corazón saltando en su pecho.

Las sillas de la mesa estaban en el techo.

Cristina se congeló.

Natsu levantó sus tonfas de inmediato.

Alex…

Alex seguía sin moverse.

Seguía leyendo.

Cristina se sentía mareada.

Esto… esto no tenía sentido.

Entonces, las paredes comenzaron a moverse.

—¡Basta! —gritó Cristina.

Y todo se detuvo.

Las luces volvieron.

Las sillas estaban de vuelta en el suelo.

Pero el aire seguía pesado.

Cristina miró a Alex.

—¡Di algo!

Alex cerró su libro con un golpe seco.

—Sí.

Cristina sintió una oleada de alivio y terror al mismo tiempo.

—Sí, ¿qué?

Alex se levantó lentamente.

—Sí, estamos siendo atacados por un VOOG.

Cristina sintió que su estómago se revolvía.

—¿Qué…?

Alex se estiró como si acabara de despertar.

—Lo confirmé cuando me tiraste el libro. —dijo con tono casual.

Cristina lo miró sin comprender.

—¿Qué?

—Sí. —Alex se encogió de hombros. —Tu paranoia te hizo tirarme el libro… Y cuando el libro me golpeó, desapareció.

Cristina se estremeció.

—Eso… eso no tiene sentido.

Alex se llevó una mano al mentón, pensativo.

—Exacto.

Cristina sintió que su mente se fragmentaba.

—¿Cómo lo detenemos?

—Buena pregunta. —Alex levantó las manos con calma.

Natsu apretó los puños.

—Necesitamos encontrarlo.

Cristina empezó a respirar más rápido.

—¿Y si no podemos?

Alex sonrió de lado.

—Entonces tendremos que hacer que nos encuentre.

La situación se volvió insoportable.

Cristina sentía que todo a su alrededor se torcía.

Las luces parpadeaban.

Las sombras se alargaban en las paredes.

Pero cada vez que intentaba señalarlo, todo volvía a la normalidad.

Cristina se aferró la cabeza, sintiendo que su mente se quebraba.

¡No podía más!

—¡BASTA! —gritó de repente, corriendo hacia la puerta.

Alex intentó detenerla.

—Cristina, espera—

Pero ella no lo escuchó.

Cristina salió corriendo del departamento, con Natsu siguiéndola.

Y cuando llegó al pasillo…

Se detuvo en seco.

El pasillo no tenía fin.

Las puertas se repetían infinitamente.

Cristina tembló.

—No…

—Esto no es real. —murmuró Natsu.

Cristina cerró los ojos con fuerza.

—¡BASTA!

¡QUE ESTA PESADILLA TERMINE!

Y entonces…

Todo se llenó de luz.

Cristina parpadeó.

Estaba en su cuarto.

Su propio cuarto.

El reloj en la pared marcaba 12:15.

No había pasado ni media hora desde que había llegado a casa.

Natsu estaba a su lado, igual de confundido.

—Cristina… —murmuró.

Cristina respiraba con dificultad.

—Natsu… ¿qué demonios pasó?

Natsu se mantuvo en silencio por un momento.

Luego miró el reloj.

—Era como un domo de batalla.

Cristina se tensó.

—Pero… no había nada.

El teléfono en la mesa vibró de repente.

Cristina saltó del susto.

Miró la pantalla.

Llamada grupal de Jessica y Deirdre.

Con manos temblorosas, contestó la llamada.

—¿Cristina? —la voz de Jessica sonaba agitada, preocupada.

—Jess… —Cristina sintió un nudo en la garganta—. ¿Qué pasó?

Deirdre también estaba en la llamada.

—¡¿Estás bien?! —exclamó.

Cristina se quedó en blanco.

—¿A qué te refieren?

Jessica inhaló con fuerza.

—¡Estábamos en un domo de batalla!

Cristina sintió que su sangre se helaba.

—¿Qué?

Jessica continuó.

—El enemigo podía manipular la mente. Como yo no estaba en su rango, no fui afectada.

Cristina se llevó una mano a la boca.

—Entonces…

—Arthur logró dispararle, pero apenas lo alcanzó.

Deirdre interrumpió.

—Entonces, ¿lo eliminó?

Jessica hizo una pausa.

—No.

—¿Qué? —preguntó Cristina.

—Escapó.

—¿Cómo que escapó?

Jessica tomó aire.

—Rompió el domo.

Cristina sintió un vértigo repentino.

—¿Eso se puede hacer?

Jessica negó con la cabeza.

—Ni Arthur ni yo sabíamos que era posible.

Cristina se abrazó a sí misma.

—Esa cosa… me hizo pasar un infierno.

Jessica intentó calmarla.

—Tranquila… estás a salvo ahora.

Cristina no estaba tan segura.

Porque, aunque todo parecía haber terminado.

Lejos de donde Cristina, Deirdre y los demás aún intentaban comprender lo que acababa de suceder, en otro lugar, el ambiente era muy diferente.

El cuarto estaba en penumbra, iluminado apenas por la tenue luz de una lámpara de pared que parpadeaba débilmente, proyectando sombras danzantes en los muros desgastados.

El olor a sangre fresca impregnaba el aire.

Una chica reía.

Su risa era áspera y entrecortada, llena de enojo y frustración contenida.

Se sostenía el brazo derecho, su piel rasgada por un disparo que aún sangraba lentamente.

—Malditos… —murmuró, apretando los dientes mientras miraba la herida—. Me las van a pagar.

A su lado, una sombra se movió.

Al principio parecía solo una silueta en la penumbra, pero sus bordes vibraban, como si no perteneciera completamente a este mundo.

Alto. Delgado. Sin rostro.

Una figura envuelta en un aura densa de oscuridad.

Cuando habló, su voz no tenía un tono definido, sino que sonaba como un eco que no debería existir.

—Son interesantes. —dijo la sombra con un murmullo casi pensativo—. Un equipo… curioso.

La chica chupó aire entre dientes al presionar más su herida.

—¡No me jodas! —gruñó—. No estoy de humor para análisis. ¡Me hirieron, idiota!

El ser sin rostro no reaccionó.

No mostró ninguna emoción.

Simplemente continuó observándola.

Y entonces, la puerta se abrió.

Dos figuras entraron en la habitación.

Uno de ellos era un hombre de aspecto impecable, con un traje negro ajustado a la perfección. Su postura era refinada, su expresión neutral, pero con una intensidad en los ojos que irradiaba autoridad.

El otro…

El otro era diferente.

Alto, esbelto, de apariencia andrógina. Su rostro era una mezcla de feminidad y masculinidad, sus rasgos tan delicados como afilados.

Llevaba ropa extravagante, con adornos metálicos y detalles geométricos en telas oscuras. Su sonrisa era casi inquietante, como si siempre supiera más de lo que decía.

El hombre de traje miró a la chica herida con una ligera inclinación de cabeza.

—Dijimos que solo era una exploración. —su tono era frío, meticuloso—. Tu misión era confirmar si el objetivo estaba ahí.

La chica se cruzó de brazos, frunciendo el ceño con irritación.

—Y lo confirmé.

—¿Eso significa que podemos eliminarlos? —preguntó el ser sin rostro con su tono neutral.

Hubo una pausa.

El hombre del traje deslizó una mano dentro de su chaqueta y sacó un pequeño reloj de bolsillo, abriéndolo con un suave clic.

Miró la hora.

—No.

La chica chascó la lengua, su frustración evidente.

—¿Por qué demonios no?

El hombre de traje cerró el reloj con un chasquido seco y levantó la mirada hacia ella.

—Porque debemos esperar a los demás.

La chica apretó los dientes.

—¡Eso podría tardar un tiempo!

—Entonces espera.

El tono del hombre no admitía discusión.

La chica gruñó entre dientes y apartó la vista, apretando los puños con enojo.

El ser andrógino rió por lo bajo.

—Siempre tan impaciente. —susurró, con una sonrisa casi burlona—. Pero la espera es parte de la diversión.

La chica levantó la mirada con furia.

—¿Diversión?

El andrógino ladeó la cabeza, su sonrisa ampliándose.

—Oh, claro.

El hombre de traje se giró hacia la puerta, dándoles la espalda.

—Pronto… —murmuró antes de salir del cuarto.

La sombra sin rostro se deslizó tras él en silencio.

El ser andrógino se quedó un momento más, observando a la chica herida con una expresión casi divertida.

—Será entretenido ver cómo los destruyes.

Y con eso, salió de la habitación con paso ligero.

La chica se quedó sola.

Sola con su enojo.

Sola con su herida.

Sola con la promesa de venganza ardiendo en su pecho.

“Me las van a pagar.”

“Todos y cada uno de ellos.”

“Se los juro.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo