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El Llamado del VOOG - Capítulo 8

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8: Capítulo 8: Nuevo Trabajo 8: Capítulo 8: Nuevo Trabajo El sol de la tarde se filtraba entre los árboles, lanzando destellos cálidos sobre las calles adoquinadas mientras Deirdre y Adrián caminaban lado a lado, disfrutando de sus helados.

El aire fresco llevaba consigo los sonidos de la ciudad: risas lejanas, el zumbido de los autos y el murmullo de conversaciones ajenas.

—¿Entonces ya comenzaste en la librería?

—preguntó Adrián, dando una lamida a su helado de vainilla.

—Sí, gracias a ti —respondió Deirdre con una sonrisa sincera—.

No sabes cuánto necesitaba este trabajo.

—¿Cómo que gracias a mí?

Haría lo que fuera por una amiga —dijo él, con un tono cálido que la hizo bajar la mirada por un instante—.

Y si alguna vez necesitas algo más, no dudes en decírmelo.

Sus pasos resonaban suavemente contra el pavimento mientras avanzaban por la acera.

El ambiente era ligero, casi como si las tensiones de las últimas semanas se hubieran desvanecido por un momento.

Deirdre se rio por lo bajo cuando una mancha de helado cayó sobre la mano de Adrián y él hizo una mueca exagerada.

—¡Maldición, me atacó!

—bromeó él, sacudiendo la mano con dramatismo.

—¡Es solo helado, drama queen!

—sonrió ella, y Adrián fingió estar mortalmente herido.

Todo parecía perfecto hasta que, de repente, Adrián tropezó.

—¡Ah!

—exclamó, perdiendo el equilibrio y cayendo al suelo de rodillas.

—¡Adrián!

—Deirdre corrió para ayudarlo, agachándose a su lado—.

¿Estás bien?

Él se incorporó lentamente, sacudiéndose los pantalones con una sonrisa avergonzada.

—Estoy bien, fue culpa mía.

Qué torpe.

—No digas eso, estoy segura de que… —Se detuvo, mirando de reojo hacia la calle, como si algo invisible hubiera captado su atención.

Pero no vio nada fuera de lo común.

Solo el tráfico habitual y algunos transeúntes.

—¿Deirdre?

—llamó Adrián, y ella volvió la mirada hacia él, sonriendo para ocultar su inquietud.

—Nada, no es nada.

Vamos, ya casi llegamos.

Tras unos minutos más de caminata, ambos llegaron al edificio de departamentos.

El aire olía a hojas secas y asfalto caliente, típico de finales de otoño.

—Entonces… ¿Cuánto tiempo se quedará Cristina?

—preguntó Deirdre, deteniéndose en las escaleras.

—Un año —respondió Adrián, metiendo las manos en los bolsillos—.

Ella adelantó su último año de bachillerato y ahora quiere tomarse un año sabático antes de decidir qué carrera estudiar.

—Me gustaría que los tres saliéramos juntos algún día —comentó Deirdre con una sonrisa nostálgica—.

Como antes.

—Eso estaría bien… —dijo Adrián, mirándola directamente a los ojos—.

Pero también me gustaría que… saliéramos solo tú y yo.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire durante un breve instante.

Los ojos de Deirdre se agrandaron ligeramente, y el rubor subió a sus mejillas de manera involuntaria.

—Lo pensaré —respondió con una sonrisa tímida antes de girarse para abrir la puerta del edificio.

—¡Te tomo la palabra!

—le gritó Adrián mientras ella desaparecía tras la puerta.

Al cerrar la puerta de su departamento, la sonrisa de Deirdre desapareció de inmediato.

Su rostro se endureció en una expresión de enojo mientras avanzaba hacia la sala, donde Alex la esperaba sentado en el sofá, hojeando un libro de tapa dura.

—¡¿Qué demonios fue eso?!

—exclamó ella, soltando las llaves sobre la mesa de café con un golpe seco.

Alex levantó la vista del libro, con su típica expresión despreocupada.

—¿De qué hablas?

—¡No te hagas el tonto!

¡Sé que fuiste tú quien hizo que Adrián se cayera!

Alex cerró el libro lentamente, dejando escapar un suspiro exagerado.

—¿Y qué si lo hice?

—¡¿Ves?!

¡Sabía que fuiste tú!

—La frustración de Deirdre creció como una tormenta en su pecho—.

¡¿Por qué siempre haces lo que quieres sin importarte cómo me siento?!

—¡Porque no me gusta cómo te mira ese tipo!

—replicó Alex, poniéndose de pie de un salto—.

¡Se cree demasiado cercano a ti!

—¡Es mi amigo!

—gritó Deirdre, sintiendo que su tartamudeo habitual desaparecía en medio de su enojo—.

¡Tú no tienes derecho a entrometerte en mi vida!

—¡Soy tu VOOG!

—respondió Alex, dando un paso hacia ella—.

¡Mi trabajo es protegerte!

—¡¿De qué, Alex?!

—Deirdre lo miró directamente a los ojos, su respiración agitada—.

¿¡De qué demonios crees que tengo que protegerme?!

¿¡De un chico que solo quiere ser amable conmigo?!

Alex apretó los puños.

—Ese chico… no es solo amabilidad.

—dijo en voz baja, con un tono más serio.

—¿Ahora también puedes leer mentes?

—se burló ella, cruzándose de brazos—.

¿O solo estás celoso porque alguien más me presta atención?

Alex se quedó en silencio.

Por primera vez, pareció no saber qué responder.

El aire entre ambos se volvió tenso y sofocante.

La mirada de Alex tembló durante un segundo, pero su expresión se endureció de nuevo.

—No es eso.

Yo solo… —Su voz se apagó en un susurro—.

No confío en él.

Deirdre cerró los ojos y respiró hondo, tratando de calmarse.

—Alex… —dijo con más suavidad, pero sin dejar de lado su firmeza—.

Tú y yo somos un equipo.

Pero si quieres que confíe en ti… tienes que aprender a respetar mi vida.

Alex bajó la mirada, apretando los labios.

El sonido del reloj de la sala marcó el paso de los segundos.

—Lo intentaré —dijo finalmente, sin mucho convencimiento.

—Más te vale… —susurró Deirdre, dejando que el cansancio la envolviera—.

Ahora… necesito descansar.

Y con eso, se giró y desapareció en su habitación, dejando a Alex solo en la sala.

El VOOG miró el libro en sus manos… pero esta vez, no pudo concentrarse en las palabras.

Porque en el fondo de su mente… Algo le decía que había hecho lo correcto.

—¿Celos?

—se preguntó en silencio.

La idea le resultaba extraña.

Él no era humano.

No debía experimentar ese tipo de emociones.

Y sin embargo…

Apretó el libro con fuerza.

—¿Por qué me molesta tanto ese tipo?

Cerró los ojos, intentando ordenar sus pensamientos.

Dentro de sí, había una lucha entre la lógica de un VOOG y las emociones que, poco a poco, parecían arraigarse más en su ser.

¿Era correcto lo que había hecho?

¿Realmente estaba protegiendo a Deirdre, o solo estaba actuando por algo más personal?

—Mi deber es protegerla…

pero, ¿y si estoy cruzando límites?

La imagen de Adrián sonriendo junto a Deirdre apareció en su mente.

Alex apretó los dientes, sintiendo una punzada de algo que no quería nombrar.

—No es correcto… Pero tampoco puedo evitarlo.

Mientras tanto, en su habitación, Deirdre se recostaba en la cama, mirando al techo con la mente agitada.

El día había sido demasiado largo, y la discusión con Alex seguía dándole vueltas en la cabeza.

—¿Por qué es tan terco?

—pensó—.

Siempre tiene que hacer lo que quiere… Pero en el fondo, sabía que había algo más en el comportamiento de Alex.

Algo que no lograba comprender del todo.

Su mente divagó hacia Adrián.

Aquel comentario sobre salir juntos aún resonaba en su cabeza.

La idea le parecía… extraña.

Después de todo, Adrián siempre había sido solo un amigo.

Y luego estaba el recuerdo de Albert.

La imagen de su prometido aún era clara en su memoria.

Su sonrisa, su voz, la promesa de un futuro juntos… Todo se había desvanecido en un instante.

Y aunque había comenzado a dar pasos hacia adelante, la herida seguía ahí, latiendo en lo más profundo de su corazón.

—No estoy lista para algo así… —pensó, cerrando los ojos—.

No todavía.

Intentando alejar aquellos pensamientos, recordó la conversación con Jessica.

La investigación sobre el accidente de Albert había dado un giro recientemente.

Tal vez… tal vez ahora que tenía un trabajo y su vida parecía comenzar a estabilizarse, era momento de retomar esa conversación.

—Mañana iré a la librería y me enfocaré en mi trabajo.

Y después… —Suspiró—.

Después hablaré con Jess.

Poco a poco, la fatiga la venció, y sus pensamientos se desvanecieron mientras el sueño la envolvía.

Al llegar el próximo día, el aire matutino era fresco mientras Deirdre y Adrián caminaban juntos por las calles de la ciudad.

—¿Entonces trabajaré en el área de préstamos y registros?

—preguntó ella, acomodándose la bufanda alrededor del cuello.

—Exactamente —respondió Adrián con una sonrisa—.

Serás la encargada de registrar los libros que entran y salen, y también llevarás el control de los préstamos.

No es complicado, y el ambiente es bastante relajado.

—Suena perfecto para mí —respondió ella, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, las cosas comenzaban a encajar.

—Además, si alguna vez necesitas algo, no dudes en bajar al área de investigación —añadió Adrián—.

Mi oficina está en el piso subterráneo, donde trabajamos con documentos históricos.

Puedes contar conmigo para lo que necesites.

—Gracias, Adrián.

De verdad, esto significa mucho para mí.

—No hay de qué.

Me alegra poder ayudarte.

Ambos continuaron caminando, disfrutando del aire fresco y la tranquilidad de la mañana hasta llegar al edificio de la biblioteca.

Era una construcción antigua de piedra, con grandes ventanales y puertas de madera tallada.

El ambiente era acogedor y lleno de historia, y Deirdre no pudo evitar sentirse emocionada mientras cruzaba las puertas principales.

Nada más entrar, fueron recibidos por un grupo de empleados, quienes la saludaron con amabilidad.

—¡Bienvenida!

—exclamó una mujer de mediana edad con gafas—.

Nos alegra tenerte aquí.

—Si necesitas algo, solo avísanos —añadió un hombre alto y delgado, sonriendo con amabilidad.

Deirdre sintió que el nudo de ansiedad que había sentido se deshacía poco a poco.

El ambiente era cálido y acogedor, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió realmente bienvenida.

Pero entonces, el director de la biblioteca, un hombre mayor de cabello canoso y porte elegante, llamó la atención de todos.

—¡Atención, por favor!

—exclamó, golpeando suavemente la mesa con una pequeña campanilla—.

Antes de comenzar con las actividades del día, me gustaría presentarles a un nuevo integrante que se unirá temporalmente a nuestro equipo.

Los murmullos se apagaron mientras todos los presentes volvían la vista hacia el director.

—Es un honor contar con la presencia de un destacado profesional en el campo de la antropología.

Su experiencia y conocimientos serán de gran ayuda para nuestros proyectos de investigación.

Así que, sin más preámbulos, les presento al doctor Alexander Rotnima.

La puerta se abrió… Y Deirdre sintió que el corazón se le detenía en el pecho.

—¡Holaaaaaa a todos!

—exclamó Alex, entrando con paso enérgico y una amplia sonrisa—.

¡Es un gusto trabajar con ustedes!

Llevaba un traje negro impecable, combinado con una corbata azul oscuro que resaltaba el brillo de sus ojos castaños.

Su postura era relajada, sus movimientos fluidos, como si se sintiera perfectamente cómodo en aquel lugar.

Los murmullos se reanudaron mientras los empleados se miraban unos a otros, sorprendidos por la actitud tan extrovertida del nuevo investigador.

Pero nadie estaba más impactada que Deirdre.

La boca se le quedó abierta.

—No puede ser… —susurró, sintiendo que el mundo entero daba un giro inesperado.

Alex se giró lentamente hacia ella, y por un breve instante, sus ojos se encontraron.

La sonrisa de Alex se amplió ligeramente.

Y en ese gesto, Deirdre pudo ver la chispa de malicia divertida que brillaba en su mirada.

—¡¿Qué demonios haces aquí?!

—pensó, sin poder apartar la vista de él.

Pero Alex simplemente volvió la mirada hacia el resto de los empleados y retomó su discurso con naturalidad.

—Para mí es un honor formar parte de este equipo —dijo, colocando las manos en los bolsillos del pantalón—.

Estoy seguro de que juntos lograremos grandes cosas.

“¿Desde cuándo los VOOG pueden conseguir trabajos humanos?” —pensó Deirdre, aún sin poder asimilar lo que estaba viendo.

—Y no se preocupen —añadió Alex, con una sonrisa que parecía estar dirigida directamente a ella—.

¡Los cuidaré bien!

El director asintió con aprobación.

—Estoy seguro de ello, doctor Rotnima.

Ahora, volvamos al trabajo.

Los empleados comenzaron a dispersarse, pero Deirdre seguía de pie en el mismo lugar, con la mente dando vueltas.

Alex pasó junto a ella, deteniéndose un instante para susurrarle al oído con tono divertido: —¿Sorpresa?

Sin esperar respuesta, siguió caminando, dejándola con la mirada fija en la nada y el corazón latiéndole desbocado.

—Esto no puede estar pasando… Pero estaba pasando.

Y lo peor de todo… Era que no tenía la menor idea de cuál era el verdadero propósito de Alex en ese lugar.

Deirdre se sentaba tras el mostrador de la biblioteca, tecleando diligentemente mientras registraba los últimos movimientos de los libros prestados y devueltos.

El suave clic-clac del teclado se mezclaba con el murmullo de los lectores y el sonido ocasional de una página al pasar.

Todo estaba en calma… Excepto por el ruido de unas ruedas que rompía la paz del lugar.

Al principio, pensó que era alguien moviendo un carrito de libros.

No le prestó atención.

Pero a medida que el sonido se repetía, su ceño se frunció.

Cric, cric, cric… Giró la cabeza, pero no había nadie.

Volvió a su trabajo.

Cric, cric, cric… Se giró más rápido esta vez.

Nada.

—¿Me estaré volviendo paranoica?

—murmuró para sí misma, volviendo al ordenador.

Cric, cric, cric… Giró de golpe.

Y ahí estaba.

Alex deslizándose tranquilamente por el pasillo sobre una silla de oficina.

Rodaba de un lado a otro con los brazos cruzados detrás de la cabeza, impulsándose con los pies como si estuviera en un parque de atracciones.

—¡Wheeeeee!

—exclamaba en voz baja, como si estuviera en una montaña rusa en cámara lenta.

Deirdre cerró los ojos y se cubrió el rostro con las manos.

—Esto va a ser una tortura… —¡No, no, no, será divertido!

—respondió Alex desde el otro lado, como si pudiera leerle la mente.

Se impulsó con fuerza, girando sobre sí mismo y pasando justo delante de su mostrador con una sonrisa de oreja a oreja.

¡CLONK!

—¡Ay!

—exclamó tras chocar con una estantería.

—¡Por el amor de…!

—Deirdre suspiró, deseando que el suelo la tragara.

El día transcurrió con relativa normalidad… o al menos, tan normal como podía ser con Alex en el edificio.

A lo largo de la jornada, Deirdre lo sorprendió en diversas situaciones que parecían sacadas de una comedia barata: Competencia de derrapes: Alex se deslizaba por los pasillos, haciendo derrapes dramáticos con la silla.

—¡Y en la curva final, el increíble Alex toma la delantera y…!

¡Oh, no!

¡Se estrella contra la estantería de filosofía antigua!

El golpe hizo que varios libros cayeran al suelo, y Alex levantó las manos.

—¡No es mi culpa, fue la inercia!

El campeón del escondite: Cada vez que un supervisor pasaba cerca, Alex desaparecía tras las estanterías, agachándose como un ninja torpe.

—¡Invisibilidad activada!

—susurraba antes de chocar con un carrito de libros.

Acrobacias peligrosas: En un momento, Deirdre lo sorprendió equilibrándose sobre la silla con una pierna, con los brazos extendidos.

—¡Soy el rey del mundo!

—¡Vas a romperte algo!

—susurró ella furiosa.

—¡Pero viviré con estilo!

Bibliotecario modelo: En un arranque de profesionalidad, Alex se sentó en el mostrador y adoptó una postura digna.

—Buenos días.

¿Busca algún libro en particular?

—le preguntó a un estudiante.

—Sí, ¿tienen algo sobre arquitectura barroca?

—¡Claro!

—respondió Alex con tono serio—.

Está en el pasillo cinco… o tal vez en el ocho… o puede que en el sótano.

¡La aventura es parte de la experiencia!

Deirdre lo fulminó con la mirada mientras el estudiante se alejaba confundido.

—¿No puedes comportarte como una persona normal?

—¡Pero si estoy haciendo networking!

—respondió Alex con una sonrisa traviesa.

Alrededor del mediodía, la carga de trabajo de Deirdre disminuyó.

Había terminado de ingresar los datos de los libros devueltos y no quedaban nuevos registros pendientes.

Aprovechó para estirar los brazos y relajarse un poco.

Fue entonces cuando Alex se acercó al mostrador con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Hola, compañera de trabajo!

¿Cómo va todo?

—¿En serio?

—respondió ella, arqueando una ceja—.

¿No tienes otra cosa que hacer más que fastidiarme?

—¡Eh!

Estoy socializando —dijo Alex, levantando las manos como si fuera inocente—.

Además, admito que esta silla de oficina es la mejor inversión que han hecho aquí.

—No voy a preguntarte cómo conseguiste este trabajo —dijo Deirdre, masajeándose las sienes—.

Pero… ¿cómo lo hiciste?

—¡Fácil!

—exclamó Alex, chasqueando los dedos.

De la nada, apareció en sus manos un diploma elegantemente enmarcado.

—¡Mira!

¡Título oficial en antropología avanzada!

Deirdre lo tomó con escepticismo, examinando el nombre y los detalles.

—¿Universidad de… eh… “Magna Sapientia et Ceteri”?

¿Qué demonios es eso?

—¡Es muy real y para nada creado ayer!

—respondió Alex, con una mirada totalmente seria.

—¿Y cómo es que sabes de antropología?

—¡Porque he vivido siglos observando a los humanos!

—explicó, inflando el pecho—.

He visto civilizaciones nacer y caer, he visto a los grandes filósofos en acción y he presenciado la evolución cultural de este mundo.

¡Así que no es mentira del todo!

Deirdre dejó escapar un suspiro largo y profundo.

—Está bien… Mientras no me molestes mientras trabajo, haz lo que quieras.

—¡Trato hecho!

—respondió Alex, llevándose la mano al pecho como si hubiera sellado un pacto sagrado—.

Y por si acaso… —se inclinó hacia ella, sonriendo con picardía—.

No te olvides de que soy especial.

Puedo hacer muchas cosas que aún no has descubierto.

—¿Como darme dolores de cabeza?

—respondió ella con sarcasmo.

—¡Exacto!

—Alex se irguió orgulloso.

La tarde transcurrió sin mayores incidentes… hasta que Adrián apareció en escena.

—¡Hola, Dei-Dei!

—saludó alegremente, acercándose al mostrador con unos documentos en la mano—.

¿Cómo va tu primer día?

—Bien… o al menos lo estaría si no fuera por ciertos elementos caóticos.

—Lanzó una mirada fugaz hacia Alex, quien silbaba inocentemente.

Adrián parpadeó, extrañado.

—¿Dijiste algo?

—Nada, nada —respondió ella rápidamente—.

¿Necesitas algo?

—Ah, sí.

Necesito que registres estos documentos para el archivo digital.

—¡Puedo hacerlo yo!

—interrumpió Alex, acercándose de repente.

—¿Eh?

—Adrián lo miró sorprendido—.

¿No debería encargarse Deirdre?

—¡Pero yo soy más rápido!

—exclamó Alex, arrebatándole los documentos antes de que alguien pudiera detenerlo.

Con una velocidad pasmosa, comenzó a teclear en la computadora, sus dedos moviéndose a una velocidad imposible para un humano normal.

—¡Y listo!

—dijo, soltando las teclas con un golpe triunfal—.

¿Ves?

Eficiencia máxima.

Adrián lo miró con una mezcla de confusión y admiración.

—Vaya… eso fue increíblemente rápido.

—¡Soy el rey de los teclados!

—declaró Alex, posando dramáticamente con una mano en la cadera y la otra alzando un bolígrafo como si fuera una espada.

—¿Sera siempre así?

—susurró Adrián a Deirdre.

—No tienes idea… —respondió ella, frotándose las sienes.

A medida que el día llegaba a su fin, las travesuras de Alex continuaron: Organizó una carrera clandestina de sillas de oficina en el pasillo trasero con dos empleados entusiastas.

Construyó una torre de libros en el mostrador, afirmando que era una representación artística del conocimiento humano.

Se colgó de una escalera de biblioteca como si fuera un pirata abordando un barco, gritando: —¡Al abordajeeeeee!

Finalmente, cuando el reloj marcó la hora de cierre, Deirdre se dejó caer en la silla, exhausta.

—¿Sobreviviste al primer día?

—preguntó Adrián, acercándose para despedirse.

—A duras penas… —murmuró ella.

—¡Pero admitámoslo, fue divertido!

—añadió Alex con una gran sonrisa.

—¿Divertido?

—repitió Deirdre, fulminándolo con la mirada—.

Si esto es solo el primer día, no quiero imaginar lo que me espera el resto de la semana… Adrián los miró a ambos, desconcertado por la interacción.

—Bueno… si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme —dijo antes de marcharse.

Cuando se quedaron solos, Alex se inclinó sobre el mostrador y susurró: —¿Lo ves?

¡Trabajar juntos será una aventura inolvidable!

—O una tortura… —murmuró Deirdre.

Pero no pudo evitar que una sonrisa involuntaria se asomara en sus labios.

El aire nocturno se sentía más frío de lo habitual mientras Deirdre salía de la biblioteca.

Las luces de los faroles iluminaban tenuemente las calles, reflejándose en los charcos de la última lluvia.

—¿Te acompaño hasta tu departamento?

—preguntó Adrián, ajustándose la chaqueta.

—Eh… hoy no —respondió ella, algo nerviosa—.

Tengo que atender un asunto.

—¿Otro día, entonces?

—dijo él con una sonrisa suave.

—Sí… otro día —respondió, sonriendo levemente antes de alejarse.

Sin mirar atrás, sacó su teléfono y pidió un transporte mediante la aplicación.

El viaje fue silencioso.

El conductor no intentó hacer conversación, y Deirdre aprovechó el silencio para ordenar sus pensamientos.

La idea de hablar nuevamente con Jessica la inquietaba.

Sentía que esta vez podría descubrir algo que no estaba preparada para saber.

—¿Estás lista para lo que va a decirte Jessica?

—preguntó Alex, sentado a su lado de forma invisible para el conductor.

Deirdre mantuvo la mirada fija en la ventana, observando cómo las luces de la ciudad pasaban fugazmente.

—No del todo —susurró—.

Pero no puedo seguir posponiendo esto.

Alex asintió con seriedad, sin agregar nada más.

El auto se detuvo frente al edificio de Jessica.

Después de pagar el viaje, Deirdre descendió y subió las escaleras con paso decidido.

Cuando llamó a la puerta, esta se abrió casi de inmediato.

—¡Hola, Deirdre!

—saludó Arthur, dándole la bienvenida con un gesto cortés—.

¿Quieres algo de beber?

Tenemos café, té o jugo.

—Un té estaría bien —respondió ella mientras entraba, seguida por Alex.

El departamento estaba impecable.

Los muebles de tonos oscuros contrastaban con las paredes blancas, y las estanterías repletas de libros daban al lugar un aire sofisticado.

Arthur le sirvió una taza de té caliente y se sentó en uno de los sillones mientras Jessica se acercaba con su laptop bajo el brazo.

—Gracias por venir —dijo Jessica con una sonrisa amable—.

Sé que esto no es fácil, pero creo que hemos encontrado algo importante.

—¿De qué se trata?

—preguntó Deirdre, sosteniendo la taza con ambas manos para calmar el leve temblor de sus dedos.

Jessica encendió la laptop y abrió un archivo de video.

—Este es el video de una cámara de seguridad del día en que Albert murió —explicó—.

Como ya sabes, el accidente ocurrió en un punto ciego donde no había cámaras.

Pero… —hizo una pausa, mirando a Deirdre—.

Esta vez conseguimos algo más.

Con un clic, reprodujo un segundo video.

Era una grabación tomada a dos cuadras del lugar del accidente.

La imagen mostraba a un joven corriendo por la calle, claramente agitado.

De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, el joven cayó al suelo como si algo lo hubiera golpeado.

Deirdre se inclinó hacia adelante, entrecerrando los ojos.

—¿Falló la cámara?

—preguntó, tratando de encontrar una explicación lógica.

—No falló —respondió Alex con seriedad—.

Ese tipo entró en un domo de batalla.

Por eso, en la grabación parece que de repente está herido.

El silencio se volvió denso.

—¿Quieres decir que…?

—comenzó Deirdre, pero Arthur la interrumpió.

—Tenemos la hipótesis de que esta persona está relacionada con la muerte de Albert.

Ella parpadeó, sorprendida.

—¿Cómo?

¿Albert nunca tuvo un VOOG?

Eso sería imposible.

Pasábamos tanto tiempo juntos… Si hubiera tenido uno, lo habría sabido.

Jessica suspiró, apartando la mirada como si dudara de lo que estaba a punto de decir.

—Sé que suena imposible… —admitió—.

Pero después de lo que vimos hace unos días, cuando un VOOG rompió el domo para huir, no podemos descartar nada.

Tal vez existan VOOGs capaces de ocultar su presencia o evitar que sus amos entren en combate.

—¿Eso es posible, Alex?

—preguntó Deirdre, girándose hacia él.

El VOOG cruzó los brazos, pensativo.

—Sí.

Existen VOOGs especiales con habilidades únicas.

Algunos pueden manipular las reglas del domo o incluso ocultarse de otros VOOGs.

Pero son extremadamente raros.

—¿Y si Albert tenía uno de esos?

—susurró ella, sintiendo un nudo en el estómago—.

¿Y si… murió por eso?

Arthur intervino, su tono metódico como siempre.

—No tenemos pruebas de que Albert tuviera un VOOG.

Pero hay algo más… ¿Recuerdas el papel antiguo del ritual que encontramos en tu departamento?

Deirdre se quedó inmóvil.

La imagen de aquel papel enterrado entre cajas y polvo apareció en su mente.

—¿Creen que pertenecía a Albert?

—Es solo una teoría —respondió Arthur—.

Pero si él encontró ese papel y lo leyó, pudo haber invocado un VOOG sin siquiera saber en lo que se estaba metiendo.

Un silencio tenso se apoderó de la habitación.

—Pero todo esto son conjeturas —añadió Jessica, rompiendo el silencio—.

Lo único que sabemos con certeza es que el joven del video desapareció después de ese día.

Durante meses no hubo rastro de él.

—¿Y ahora?

—preguntó Deirdre, con la mirada fija en la pantalla.

Jessica cerró la laptop y la miró directamente a los ojos.

—Hace unas semanas logramos localizarlo.

Se está escondiendo en un hotel a las afueras de la ciudad.

La respiración de Deirdre se volvió más rápida.

—¿Creen que él sabe algo sobre Albert?

—No lo sabemos —admitió Jessica—.

Pero si hay alguna posibilidad de que pueda aclarar lo que ocurrió ese día, debemos investigarlo.

Arthur asintió.

—Si aún tiene su VOOG, probablemente no se dejará capturar sin luchar.

Así que debemos estar preparados para un combate.

Alex dio un paso adelante, con su típica sonrisa confiada.

—Si hay una pelea, cuenta conmigo.

No dejaré que te pase nada.

Deirdre asintió lentamente, sintiendo cómo la determinación reemplazaba al miedo en su pecho.

—Entonces, iremos juntas —dijo, mirando a Jessica—.

No pienso quedarme con esta duda por más tiempo.

Jessica le sonrió y extendió la mano.

—Juntas —repitió.

Ambas se estrecharon la mano, sellando su decisión.

El destino las estaba llevando hacia un camino peligroso.

Pero esta vez, Deirdre estaba lista para enfrentarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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