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El Mar de los Secretos - Capítulo 29

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29: Capítulo 28: Ritual 29: Capítulo 28: Ritual Caminando sobre las pieles como si simplemente fuesen una colina de barro, Zofe se plantó frente a Irmis.

Sus miradas, ocultas tras las máscaras, eran completamente opuestas.

Sin decir una sola palabra, Zofe sostuvo a Alizée por las axilas y la alzó, haciendo que su cuerpo desmayado se alzara con los brazos extendidos en forma de T expuestos ante todos los allí presentes.

Irmis, con una genuina gratificación ante aquel momento, deslizó su mano sobre el abdomen de Alizée antes de alzar nuevamente los brazos en V y alzar la voz: “¡Ha llegado el momento, mis queridos hermanos!

¡Aquí está la gran invitada de la noche!

¡La afortunada mujer que heredó la sangre de los Olvidados…!

Alizée!” Con el final de sus palabras, todos los hombres que adoraban la montaña de pieles alzaron la mirada hacia Alizée, coreando su nombre con fervor.

Con los oídos sumidos en el constante eco de los hombres gritando festivamente el nombre de Alizée, Gehrman, con una mirada que deseaba un genuino deseo de muerte ante aquel hombre vestido de rojo, ni siquiera podía parpadear.

Desesperado, luchaba por liberarse, sin éxito.

Con una calma que no reflejaba las verdaderas ansias de llevar a cabo el ritual, Irmis sacó del bolsillo de zofe una pequeña botella de cristal, la misma que contenía la densa niebla opaca.

Una vez abierta con gentileza, la niebla no salió, sino que permaneció dentro del frasco.

Con la misma delicadeza, sostuvo el rostro de Alizée, alzado por Zofe, y colocó el borde de la botella contra sus labios.

Lentamente inclino la botella, forzando a la inconsciente Alizée a beber la niebla.

Esta parecía no acabarse nunca.

Tras un largo segundo, Irmis bajó la botella y la cerró, justo antes de que Alizée abriera los ojos, ahora envueltos en la misma niebla gris que había bebido.

Su rostro, recién consciente, giró de un lado a otro, extrañada por el lugar en el que se encontraba…

hasta que, como un fugaz pensamiento, la escena en la que fue atacada y forzada a dormir en su habitación regresó a su mente.

En un instante, aquel recuerdo de miedo y sorpresa bloqueó su pensamiento, incapacitándola por completo.

Su rostro se desfiguró por el miedo y la sorpresa.

Irmis, quien claramente ocultaba una gran sonrisa bajo la máscara, la contemplaba con placer.

Las palabras no salían de su boca; solo un fino hilo de aire escapaba de sus pulmones.

Sus músculos, tan paralizados como su mente, ni siquiera intentaban moverse a la vez que el sudor comenzaba a marcar lentamente el vestido blanco que llevaba.

Irmis, disfrutando de ese momento de quiebre reflejado en su joven rostro, no quiso perder más tiempo.

Sacó una daga plateada del interior de su túnica y comenzó a arrastrarla, sin cortar, desde la garganta de Alizée hasta su abdomen.

“Oh, gran Comediante, Aquel que fue abandonado por los pequeños y respetado por los grandes, Aquel que deseó mejorar el mundo con sus inventos, Digno perteneciente al Consejo de las Constelaciones…” Irmis detuvo la punta de la daga sobre el abdomen de Alizée.

“Dirige tu mirada ante nosotros, tus fieles creyentes.

Acepta este sacrificio.

Acepta su sangre olvidada, Así como aceptaste la sangre de tu raza.” Terminando su plegaria, Irmis no dudó.

Con fuerza, forzó la daga a entrar en el abdomen de Alizée, quien, incapaz de gritar, solo pudo sentir cómo el dolor le arrancaba el poco aire que le quedaba en los pulmones.

El silencio envolvió inmediatamente la cueva.

Los seguidores bajaron la cabeza y comenzaron a rezar con aún más entusiasmo a la montaña de pieles en descomposición.

Zofe, con su eterno silencio —a no ser que se le ordenara hablar—, sujetaba a la inmóvil Alizée.

Solo un grito fuerte y desesperado logró romper el eterno silencio que se había formado: “¡Alizéeeeeeeee!” Un grito roto por el dolor y la impotencia.

Un grito que, cualquiera afirmaría, debería haber hecho caer las estalactitas del techo solo con el eco.

Pero nada pasó.

Nadie se inmutó.

Los seguidores siguieron rezando.

Zofe seguía sujetándola.

Irmis mantenía la daga dentro de su abdomen.

Alizée, con la mente congelada en el instante de su rapto, observaba con un mar de lágrimas cómo su sangre bañaba lentamente la daga plateada.

Incapaz siquiera de pensar que su vida se estaba escapando lentamente.

“¡Alizéeeeeeeeeeeeeeeeeee!” Acompañado de un segundo grito, incluso más desgarrador que el anterior, Irmis comenzó a hacer ascender la daga por su abdomen, abriéndolo lentamente.

Incapaz de reaccionar ante el inmenso e indescriptible dolor de ser abierta en canal, un tercer grito la llamó.

Sus ojos, envueltos en la niebla, buscaron instintivamente el lugar del que provenía esa voz que, tras tres intentos, finalmente llegó a sus oídos.

Este provenía de un joven que no parecía ser mucho mayor que ella.

Su corto cabello castaño, opaco por la falta de grasa, sus ojos llorosos, castaños, oscuros y profundos…

Sus manos atadas por una cadena a un pilar compuesto de tubos huecos que ascendían hacia el techo, con el cual trataba de romper con todas sus fuerzas.

No era capaz de reconocerlo.

No podía pensar en quién era.

Su sangre, fluyendo ya por toda la parte baja del vestido, finalmente dejó caer una gota sobre la montaña de piel.

En el instante en que entró en contacto, esta comenzó a emitir un ligero brillo blanquecino y a transformarse: de piel en descomposición a un material transparente y dúctil, como un cristal artificial.

La transformación se extendía lentamente conforme las pieles absorbían la sangre de Alizée.

Cuando finalmente toda la montaña dejó de ser de piel y se volvió completamente de aquel material translúcido, los ojos de Alizée, aún envueltos en la niebla, se cerraron con lentitud.

Su respiración, antes pesada, se detuvo.

Su rostro, antes quebrado por el miedo, se suavizó,…

mostrando una expresión tranquila, ajena a todo el dolor y sufrimiento que, hacía apenas unos instantes, había sido forzada a sentir.

La niebla bien arraigada a su sangre inmediatamente comenzó a salir de cualquier orificio de su rostro: boca, ojos, nariz, orejas, y viajó directamente hacia el bolsillo de Zofe, quien ni siquiera se inmuto ante el bárbaro acto que llevaron bajo sus manos.

Incapaz de creer que Alizée había cerrado los ojos, un cuarto grito aún más desgarrador que los tres anteriores rasgó su garganta ya cansada de gritar.

“¡Alizéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!”  <CLANGRRAK> Opacando el grito roto de Gehrman, el sonido de un gran impacto sobre metal hizo eco en toda la cueva.

Todos los allí presentes, quienes antes habían ignorado los gritos de Gehrman, no dudaron en hacer lo mismo con aquel nuevo estruendo.

<CLANGRRAK> Pero hubo un segundo.

Y luego un tercero.

Y un cuarto…

Firmes en su constante rezo a la ahora montaña de cristal artificial, ignoraron una y otra vez cualquier distracción.

Hasta que, tras un quinto estruendo, todo comenzó a temblar.

La cueva, la montaña, los seguidores, Gehrman… En un instante, todo se vio sometido a un terremoto nacido de la nada.

La plataforma de metal, balanceándose violentamente, conseguía mantener su forma mientras soportaba los constantes impactos de las estalactitas que caían desde lo alto.

Irmis y sus seguidores, ahora completamente sorprendidos por el terremoto, dejaron de rezar por un instante.

Y fue justo en ese momento que una fuerza invisible tiró de Alizée.

Zofe, quien la sujetaba sin esfuerzo alguno, trató de resistirse.

Luchó contra aquella fuerza que trataba de forzarla a caer sobre la montaña, pero, pese a su fuerza, sus brazos no pudieron hacer más que ceder…

y Alizée cayó.

Como si la montaña la reclamara, la zona en la que entró en contacto comenzó a ablandarse, absorbiendo lentamente su cuerpo hacia el interior transparente.

Frente al impactado Zofe, Irmis alzó los brazos en V, mostrando al mundo su túnica roja manchada de sangre, y gritó con claro gozo en su voz: “¡Es el momento!

¡No temáis!

¡Mantened firme vuestro deseo!

¡Mantened firme vuestra devoción!” Mientras Alizée se hundía en el centro de la montaña, los pocos seguidores que aún estaban embobados por el terremoto y las estalactitas despertaron, bajando nuevamente la cabeza y retomando el rezo con renovada devoción.

En el corazón de la montaña de cristal artificial, Alizée dejó de hundirse.

Su cuerpo quedó suspendido, estático…

como una figura atrapada en el tiempo.

Pero no duró más que un instante.

Su cuerpo comenzó a inflarse.

Sus huesos, sus músculos, su piel se desgarraban mientras se expandían de forma irregular.

En cuestión de segundos, el cuerpo de Alizée dejó de tener forma humana, convirtiéndose en una masa deforme que crecía sin cesar.

Poco a poco, lo que antes eran extremidades fue absorbido por su torso.

Su cabeza desapareció también, hasta que todo se transformó en una esfera.

Una esfera irregular de carne viva que una vez había sido Alizée.

Gehrman, todavía encadenado —pues ni el terremoto logró tumbar el pilar que lo retenía—, contemplaba la escena completamente desconcertado.

Aquello se sentía más como una pesadilla que como algo real…

una pesadilla que ni en sus peores noches habría podido imaginar.

Irmis, más entusiasmado que nadie, aún mantenía los brazos en alto mientras rezaba con fervor junto a los demás.

Zofe, en silencio, observaba a su maestro con los brazos ya caídos.

Los seguidores, aunque nerviosos y mareados por la vibración constante, se mantenían firmes en su rezo.

Entonces todo se detuvo.

El terremoto.

Los golpes de las estalactitas.

El sonido de los rezos.

Todo desapareció.

El ambiente, sumido en una pesadez indescriptible, paralizó los músculos de cada ser vivo en la cueva, forzándolos a un estado de inmovilidad total.

Una mirada.

Una presencia tan lejana como el infinito, tan antigua como el tiempo mismo, se posó sobre todos ellos.

No había señales físicas.

No había luz ni sonido.

Pero todos lo sintieron.

Una mirada superior.

Una voluntad que no podía ser comprendida, solo temida.

El instinto de cada uno les obligó a sentir respeto…

y sumisión.

Y de la misma forma en la que llegó…

desapareció.

En silencio.

Sin aviso.

En un parpadeo, todo volvió a la normalidad, como si nada hubiese pasado.

La cueva ya no temblaba.

Las estalactitas dejaron de caer.

El sonido regresó.

Los cuerpos recuperaron el control sobre sus músculos.

El primero en volver en sí fue Irmis, quien, envuelto en lágrimas de felicidad bajo su máscara roja, se arrodilló sobre la cima de la montaña de cristal artificial.

Todavía algo incrédulo, fijó su mirada en la esfera de carne suspendida en el interior de la montaña.

“He sido reconocido…

¡He sido reconocido!” Rápidamente, aún arrodillado, alzó las manos nuevamente en V y gritó eufóricamente a sus seguidores: “¡Hemos sido recono…!” <CRASH> Antes siquiera de poder terminar su frase, la montaña de cristal artificial se quebró en millones de pequeñas partículas, las cuales cayeron al suelo como copos de nieve… afilados.

Sin un suelo que los sostuviera, Irmis y Zofe comenzaron a caer desde los casi cuatro metros de altura, a excepción de la esfera de carne, que —como si estuviera sostenida por una cuerda invisible— se mantuvo flotando en el aire.

Para Zofe, que se encontraba en calma absoluta, aquello no fue nada importante.

Reaccionó con rapidez y amortiguó su caída entre los cristales, quedando completamente ileso.

Pero Irmis, envuelto aún en la satisfacción de haber alcanzado el propósito de su vida, y debilitado por la fragilidad de su cuerpo anciano, no pudo reaccionar.

Sus pupilas dilatadas vieron cómo su cuerpo caía despiadadamente hacia el mar compuesto por millones de afiladas partículas de cristal.

<KRSSH> El sonido de los millones de fragmentos apartados por el cuerpo de Irmis se expandió por la cueva, y con él, el rojo de su sangre comenzó a teñir los cristales.

Desmayado por el impacto y el dolor, el cuerpo de Irmis quedó estático, boca abajo sobre la cama de cristal.

La sangre brotaba a través de los miles de cortes, extendiéndose lentamente hacia los fragmentos más lejanos.

Zofe lo observó inmóvil, sin mostrar emoción alguna bajo la máscara idéntica a la de su maestro.

No suspiró.

No sintió lástima.

Solo lo observó, con la misma frialdad con la que uno ve caer la lluvia tras una ventana cerrada.

Con un movimiento cuidadoso, aun sobre el mar de cristal, Zofe giró el cuerpo de Irmis y tomó su máscara, ahora rota por el impacto.

Este, cubierto de heridas y con fragmentos enterrados profundamente en la carne, mantenía aún los ojos abiertos.

Bajo la máscara, sus iris —tan oscuros que podrían confundirse con sus pupilas— reflejaban una felicidad inmensa.

Con respeto, Zofe cerró lentamente los ojos de su maestro, en un frío y absoluto silencio.

Después, forzando sus piernas a levantarse, salió del mar de cristal con la máscara rota en una mano.

Los seguidores, incrédulos ante el inesperado final de Irmis, no sobrerreaccionaron.

Temiendo faltar el respeto al ser que acababa de reconocerlos, simplemente bajaron la cabeza y continuaron rezando, con humildad, a la masa de carne que aún flotaba en el aire.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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