El Mar de los Secretos - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Capítulo 29 Jardín de flores rojas
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30: Capítulo 29: Jardín de flores rojas 30: Capítulo 29: Jardín de flores rojas Gehrman, tan incrédulo como todos los presentes, ya ni siquiera intentaba romper la cadena.
En menos de diez segundos había sentido la presión de la mirada de un ser que no comprendía, había visto cómo una montaña de piel se transformaba en cristal, cómo Alizée se convertía en una esfera de carne flotante…
y presenciado la repentina e inesperada muerte del líder.
Si no estaba atrapado en una horrible pesadilla, simplemente no entendía nada.
Sus ojos, envueltos en incredulidad, seguían a la única figura que se movía en la cueva.
Zofe, quien había tomado la máscara de su maestro y que como si simplemente decidiera que ya no debía estar allí, ignoró a los seguidores y al cadáver ensangrentado de Irmis.
En su silencio habitual, comenzó a caminar hacia las escaleras que llevaban de vuelta a la mansión.
La ira de Gehrman, que había estado dirigida por completo hacia Irmis, se vio obligada a calmarse al presenciar su trágico final.
Pero esa rabia no se extinguió: simplemente se redirigió.
Ahora era Zofe quien la sostenía.
Observando su paso sereno hacia la escalera, Gehrman no pudo evitar gritarle con genuina furia en la voz: “¡¿A dónde vas, maldito?!
¡Cobarde!
¡No tengas los huevos de huir, ven aquí, maldito hijo de puta!” Zofe ignoró por completo los insultos.
Y continuó hasta pisar el primer escalón de la escalera, giró lentamente el cuerpo hacia Gehrman, observándolo desde detrás de su máscara roja como la sangre.
Solo un instante en silencio, sin gestos.
Luego volvió a girarse y ascendió, escalón tras escalón, sin apuro.
La sangre de Gehrman hervía.
Como si la provocación hubiera insuflado una nueva vida en sus músculos, renovó la lucha contra las cadenas con una fuerza que ya no sabía que tenía.
“¡No huyas, cobarde!
¡Ten los huevos de acercarte!
¡Te vas a arrepentir!
¡Más te vale recordar mi nombre, soy Gehrman Zhorn, y juro que te mataré, bastardo!” Fuera de sí, intensificó su lucha por liberarse, ignorando el dolor, forzando su cuerpo más allá de sus límites.
No podía permitir que Zofe se fuera.
Tenía que perseguirlo.
Tenía que vengar a Alizée.
Era lo mínimo que podía hacer después de haber sido testigo impotente de todo lo que le hicieron.
Hasta que, de forma repentina, algo invisible sujetó su cuello.
No había nada allí…
y aun así, la sensación era inconfundible: una cuerda gruesa de cáñamo tirando con fuerza de su garganta.
Su cabeza, forzada por esa atadura imaginaria, giró lentamente hacia la gran esfera de carne que flotaba, inexplicablemente, en el aire.
Desde la periferia de su visión pudo ver cómo todos los seguidores —seguramente también forzados— alzaban la cabeza del mismo modo, con la mirada fija en la esfera.
Bajo todas esas miradas, la esfera comenzó a descender, lentamente, hasta posarse en el suelo con una delicadeza imposible para su tamaño.
Y entonces empezó a vibrar.
Como si algo en su interior presionara por romperla desde dentro, la superficie comenzó a agrietarse.
De sus fisuras se filtraba un líquido espeso y oscuro, similar al alquitrán.
El charco creció rápidamente mientras las grietas se multiplicaban, hasta que una más profunda, que la partía en dos, se abrió por completo.
Conforme la apertura aumentaba, más y más alquitrán se derramaba, revelando la carne desnuda que se escondía dentro: sin piel, solo músculos largos y brillantes, palpitantes.
En un instante, la masa de carne que había sido una esfera se estiró y deformó, tomando una figura alargada y plana.
Una de sus caras quedó cubierta por una densa piel; la otra mostraba los músculos sin protección, brillando a la luz de las cientos de velas que iluminaban el lugar.
Pero no terminó allí.
La figura, aún inmóvil sobre el suelo encharcado de alquitrán, comenzó a vibrar por segunda vez.
A sus costados crecieron lentamente dos largas extremidades rectangulares, carentes de manos.
Y desde su parte inferior, otras cuatro extremidades más pequeñas surgieron con la misma forma.
Todos los presentes, obligados a presenciar esa transformación grotesca y antinatural, eran incapaces de siquiera saber cómo reaccionar.
Cuando finalmente cesó el horrendo crecimiento, la figura plana se alzó con un movimiento imposible para cualquier ser humano, apoyándose sobre sus cuatro cortas extremidades como patas.
Luego tensó su cuerpo, que adoptó una forma que recordaba vagamente a una cruz redondeada.
Y entonces comenzó a vibrar por tercera vez.
Los músculos descubiertos de una de sus caras comenzaron a retorcerse, a abrirse en múltiples puntos.
Uno a uno, grandes ojos de iris tan oscuros como el cielo nocturno comenzaron a ascender, brotando de su interior.
Con una mirada perdida, a medio camino entre el vacío y la conciencia, en menos de treinta segundos la esfera se había transformado en una criatura tan ajena a la lógica que ni siquiera en sus peores pesadillas Gehrman habría podido imaginarla.
Y, sin embargo, ahí estaba.
De pie.
En el centro del círculo formado por los seguidores, tan inmóviles como él, incapaces de apartar los ojos de esa abominación.
Con un paso lento, dificultado por sus cortas y rectangulares extremidades, la criatura avanzó hacia uno de los grupos de fieles.
Cada una de sus patas golpeaba el suelo cubierto por alquitrán con un sonido húmedo y opresivo, como si cada movimiento contradijera la naturaleza misma.
Sus múltiples ojos, oscuros y en movimiento constante pero sin el brillo propio de una vida consciente, se cruzaron con los rostros de aquellos seguidores, que seguían obligados a mirarla, aunque el pánico ya asomaba en sus pupilas.
Entonces, sin aviso alguno, cerró todos sus ojos…
y dejó caer su cuerpo plano sobre ellos.
El impacto fue brutal.
La densa y brillante sangre salpicó en todas direcciones, bañando el suelo y a quienes estaban cerca.
No había lugar para la duda: aquellos fieles habían sido aplastados, reducidos a una masa irreconocible de carne, huesos y vísceras rotas.
Los seguidores más cercanos al grupo aplastado, cubiertos por la sangre salpicada, tardaron tanto como la criatura en volver a alzarse para procesar lo sucedido.
Y cuando lo hicieron, fue ya demasiado tarde.
El miedo estalló como una llamarada.
Los gritos comenzaron a propagarse como una ola rompiendo la calma de un mar en apariencia sereno.
Cundió el caos.
Todos corrían, tropezaban, gritaban sin dirección, empujados por un único deseo compartido: huir.
Huir de eso.
Pero sus cuellos seguían sujetos por esa fuerza invisible que no les permitía apartar la mirada.
Algunos chocaban entre sí, otros se arrastraban de espaldas tratando de alcanzar la escalera.
Gehrman, todavía encadenado al pilar, luchaba con toda su alma, mordiendo el dolor, rasgando sus manos, forzando su cuerpo a una libertad imposible, con la misma desesperación que los demás.
El grupo más próximo a la escalera parecía mantener una chispa de esperanza.
La lentitud con la que se movía la criatura les daba una sensación falsa de oportunidad, una pequeña ventana por donde tal vez pudieran escapar.
Pero entonces, simplemente…
desapareció.
La criatura, ese amasijo imposible de carne y ojos, dejó de estar allí.
Su ausencia fue tan súbita, tan silenciosa, que los gritos cesaron por un instante.
Nadie entendió qué había pasado.
Nadie lo vio moverse.
Nadie.
Y justo cuando el silencio comenzaba a calar en los huesos, la cuerda invisible volvió a tirar de sus cuellos.
Todos giraron al unísono, obligados a mirar…
y allí estaba.
Justo sobre ellos.
Como si se hubiese teletransportado, la criatura los observaba desde la base de la escalera, bloqueando la única ruta de escape con esa mirada sin vida, húmeda, inexpresiva.
Y volvió a dejarse caer.
Un impacto aún más violento que el anterior.
Una explosión de sangre mayor que las dos anteriores, y el sonido sordo y húmedo del impacto extendiéndose por la cueva como una tormenta ahogada.
Ya no quedaba esperanza en los ojos de ningún seguidor.
Algunos corrían sin dirección, guiados solo por el pánico.
Otros, incapaces de huir, se arrodillaban en busca de un perdón que nunca llegaría.
Algunos, atrapados en una desesperación absoluta, incluso intentaron atacar a la criatura…
pero todos ellos compartieron el mismo destino cruel.
Gehrman, aun forzando las cadenas con todo lo que le quedaba, seguía atado tanto al pilar como a su mirada: fija, inevitable, forzada a observar cómo la abominación arrinconaba al último grupo que quedaba.
El miedo a la muerte era evidente en sus ojos, húmedos y abiertos, como si esperaran misericordia.
Y aun así, no hubo piedad.
Los cuerpos fueron aplastados como fruta podrida.
El suelo, antes rocoso, ahora parecía el lienzo enfermo de una flor de sangre impresa con violencia.
Ya solo quedaba él.
No sabía por qué había sido dejado para el final.
Tal vez no importaba.
Tal vez no había razón.
Y tampoco estaba en condiciones de buscarla.
Sus ojos, aterrorizados, se sostenían sobre la carne expuesta de aquella cosa —ese ser imposible— y sobre los decenas de ojos sin brillo que lo observaban de vuelta.
Ni siquiera podía pestañear.
Entonces comenzó a moverse.
Con el mismo paso lento, irregular e incómodo con el que inició sus matanzas anteriores, la criatura de carne en forma de cruz redondeada se acercó a Gehrman.
Pero esta vez, él notó algo: sus patas no se movían como extremidades naturales.
Parecían estar siendo alzadas y bajadas por alguna fuerza invisible, como si también estuvieran sujetas a cuerdas…
idénticas a la que sujetaba su propio cuello.
Aunque el descubrimiento no servía de nada.
Independientemente de su forma o velocidad, el resultado era inevitable.
La criatura se detuvo frente a él.
Gehrman sintió cómo el frío del fin se le colaba en los huesos.
No era solo el temor a la muerte.
Era la certeza de que su historia acabaría allí, sin gloria ni oportunidad.
Cientos de imágenes cruzaron sus ojos forzados a observar a la bestia.
Las risas, los cantos desafinados en el barco.
Las noches donde sus compañeros, ebrios, eran presas fáciles de sus engaños.
Las conversaciones que en su momento parecían triviales, pero que ahora, con la distancia, sonaban casi filosóficas, especialmente con Tom.
Las eternas clases de Klema.
Las miles de discusiones con Kerrin.
El rostro serio e indiferente de su capitán…
y padre.
La voz cálida y dulce de Fhyl.
El suave cosquilleo, acompañado de la voz melódica de Alizée.
Una simple comida de cuchara junto a su madre.
Lágrimas delgadas descendieron por su rostro.
No eran muchas, pero suficientes.
Gehrman quiso cerrar los ojos, alejarse de todo por un instante, rendirse al peso de los recuerdos.
Pero no pudo.
Sus párpados estaban atados a esa realidad como su cuerpo lo estaba a la cadena.
Solo pudo mirar.
Solo pudo esperar.
En aquel momento suspendido, donde el tiempo parecía no avanzar, supo que la bestia acabaría por dejar caer su cuerpo plano sobre él.
Y él, sin fuerza ni forma de evitarlo, solo sería otra flor roja más estampada en el suelo.
Entonces lo vio.
El ligero temblor en la criatura.
Un simple estremecimiento, casi imperceptible, como si, por un instante, resistiera hacer aquello para lo que claramente estaba siendo forzada.
El miedo seguía adherido a su piel como sudor seco.
La necesidad de huir, de luchar, de intentar algo —cualquier cosa—, gritaba con desesperación en su mente, exigiendo que forzara las cadenas, que buscara un hueco para escapar o atacarla.
Pero ya no era necesario.
Y él lo sabía.
Los ojos vacíos y oscuros de la criatura se cerraron, tan lentos como una despedida.
Fue la señal.
El instante previo.
El preludio al final.
Gehrman, atado no solo por hierro sino por la certeza, tragó saliva.
Y forzándose contra todo impulso natural, hizo un último intento.
Uno sencillo, pero suyo.
Enderezó ligeramente la espalda.
Tensó el cuello.
Y con el orgullo mudo de quien ya no tiene nada que perder, dibujó en su rostro una expresión seria, casi desafiante.
Si tenía que irse así…
Al menos lo haría con dignidad.
<ZASS> Desde algún rincón fuera de su vista, todo fue detenido por una cuchilla de viento —afilada e invisible— que cortó de lleno uno de los muchos ojos que brotaban de los músculos expuestos de la criatura.
El golpe no fue solo certero, sino inesperado.
Provocando que la bestia detuviera su intención de caer sobre Gherman.
Del ojo cercenado comenzó a emanar un denso líquido negro, espeso como tinta vieja, que brotaba en pulsos irregulares, como si aquel fluido fuese su sangre, bombeada rítmicamente.
No emitió un solo sonido.
Tal vez no podía.
Quizás por simple falta de boca… o porque el dolor, en esa cosa, no existía.
Una suerte de confusión recorrió sus múltiples ojos apagados, casi imperceptible, pero real.
Haciendo que ignorara a Gherman en busca del lugar desde donde se lanzó la cuchilla de aire.
Este lugar era la escalera de acceso a la cueva, donde erguido con tranquilidad y seriedad absoluta, Gehrman Aphyrius, vestido de su blanco impoluto y sus accesorios verde azulado metálico, observaba sin miedo en sus ojos esmeralda a la abominación que allí se encontraba.
Su mano, la cual portaba en uno de sus dedos un simple anillo de cristal verdoso que liberaba una ligera luz fantasmal, sujetaba el antebrazo de Kerrin, que con sus ojos ámbar bien abiertos sí sintió horror al observar al bizarro ser.
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