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El Mar de los Secretos - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capítulo 30 Anciano clandestino
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31: Capítulo 30: Anciano clandestino 31: Capítulo 30: Anciano clandestino Bañada por la luz de la luna que acariciaba las calles de Nomaris, Kerrin corría con todo lo que su cuerpo le permitía, obligándose a no frenar, a no pensar.

Su destino: el barco.

Necesitaba encontrar a alguien.

A cualquiera que pudiera ayudar.

Por más que lo intentaba, no conseguía dejar de preguntarse si realmente valía la pena arriesgarse por esa tal Alizée.

Podrían marcharse, simplemente.

Irse sin hacer ruido.

Sin complicarse.

Pero no.

Gehrman tenía que encapricharse con rescatarla.

Tenía que ser él.

Otra vez.

Como siempre.

Ni siquiera sabía con certeza por qué había aceptado ayudar.

¿Lo hacía por sentir que era lo correcto?

¿Por una pizca de empatía real hacia una desconocida secuestrada?

¿O era simplemente por ayudar al idiota, molesto, testarudo, egoísta, arrogante de Gehrman?

Todas las opciones le parecían válidas.

Y al mismo tiempo, ninguna.

Cuando menos lo esperaba, el puerto apareció ante ella, y el golpe visual la obligó a detenerse en seco.

El muelle, antes claramente lleno, ahora estaba por encima de sus capacidades; los barcos pequeños habían casi triplicado su cantidad, incluso necesitando estar en mitad del agua para poder caber.

“¿Cuándo han llegado tantos barcos…?”, susurró, incrédula, respirando con dificultad.

Pero no había tiempo para pensar en eso.

Sacudiendo la cabeza, retomó la carrera.

En un principio, planeaba ir directo al barco, buscar a Fhyl y al capitán.

Pero al pasar frente a la puerta iluminada de uno de los bares del puerto, titubeó.

Tal vez si lograba reunir a unos cuantos miembros de la tripulación primero, todo sería más fácil.

Se detuvo justo ante la entrada.

Tomó aire y calculó en su cabeza las palabras que usaría.

Tenía que explicar la situación…

rápido.

Y de una forma que no la tomaran por loca.

Cuando las palabras finalmente vinieron a su mente, Kerrin alzó la mano para empujar la puerta…

pero esta se abrió antes de que pudiera tocarla.

Entre risas y el aroma denso a alcohol, un grupo de tres hombres, cada uno tan ancho como el propio marco de la puerta, salió empujando el aire tibio del bar hacia el exterior.

Al verla, los tres se detuvieron en seco, mirándola con una expresión de sorpresa que poco a poco se tornó incómoda.

Las pupilas negras dentro de los ojos ámbar de Kerrin se dilataron con violencia al ver en qué rostro se habían detenido sus propios ojos.

La larga barba canosa.

El rostro curtido por los años y el sol.

La cabeza cubierta por un gorro de lana raído.

Esa cara dura que se le quedó grabada desde su último encuentro.

Y que claramente no la había olvidado.

“Eh…

yo…

bueno…

mejor me voy”, tartamudeó con una sonrisa nerviosa, comenzando a retroceder con pasos disimulados.

El hombre, forzando una sonrisa similar a la suya, dio un paso al frente por cada uno que ella daba hacia atrás.

Sus nudillos comenzaron a crujir como advertencia mientras la miraba con clara hostilidad.

“Al final apareciste, niñata.” “Creo que me confundes…

“No me suenas de nada”, respondió Kerrin, soltando una risita que sonó mucho más desesperada de lo que habría querido.

El hombre no detuvo su avance.

Su expresión se torció ligeramente, mostrando una mueca de fastidio mientras arrastraba los pies con cada paso.

“Yo sí te recuerdo.

Una cara tan ingrata y maleducada no se olvida tan fácilmente.” Kerrin sintió el fin de la madera del muelle bajo sus talones.

Ya no podía retroceder más.

Y su mente se aferró al instinto más básico de huida de todos: la distracción.

“¡¿Qué cojones es eso?!”, exclamó señalando con fuerza hacia uno de los barcos mercantes anclados más adelante.

Automáticamente, los tres hombres borrachos giraron la cabeza en la dirección que indicaba su dedo.

Solo para ver, a través de una pequeña ventana en el casco del barco, a un anciano de más de sesenta años en pleno esfuerzo por vestirse, el cual, semidesnudo y tambaleante, forcejeaba con una camisa que parecía tenerle más miedo a él que él a ella.

Cuando volvieron en sí, aun con el mal sabor de la desagradable escena en sus retinas, giraron la mirada hacia el frente…

pero Kerrin ya no estaba allí.

Con prisa, escanearon el entorno y, sin demasiado esfuerzo —gracias a su huida torpe y apurada— la vieron doblando por una de las calles que llevaban fuera del puerto.

“¿A qué esperáis?

¡¡Que no escape!!” Perseguida ahora entre las calles de Nomaris, Kerrin corría con la adrenalina alimentando su cuerpo más que la cordura.

El arrepentimiento por haber actuado sin pensar se le agarraba al pecho: había corrido en dirección contraria al barco, alejándose de su objetivo.

Entre zancadas rápidas y giros bruscos, buscaba desesperadamente calles más estrechas donde pudiera haber menos espacio, alguna presencia que sirviera como barrera o ayuda.

Pero a esas horas, el pueblo estaba casi dormido.

Las pocas personas que aún caminaban simplemente se apartaban con ojos curiosos o indiferentes, mirando cómo una joven era perseguida por tres hombres el doble de grandes que ella.

Conforme las calles pasaban, muchas de ellas incluso repetidas, Kerrin —claramente menos capaz que sus tres perseguidores— comenzó a perder el ritmo.

Dependía de giros bruscos para ganar algo de distancia, aunque sabía que no sería suficiente por mucho tiempo.

Cientos de ideas de parkour cruzaban por su mente, imágenes fugaces de lo que podría hacer para sacar ventaja, pero una a una las descartaba: eran demasiado arriesgadas para su físico o nivel de agilidad.

Se limitaba a lo que sabía hacer bien: giros cerrados, pasar bajo obstáculos, empujar cajas o barriles para hacerlos tropezar.

Lo que fuera, sin pensarlo demasiado.

Pero ellos, haciendo gala de un físico mucho más resistente, siempre lograban recuperar la distancia perdida.

Entre callejón y callejón, como si la suerte la empujara a seguir corriendo, Kerrin divisó una salida distinta.

Más iluminada que las anteriores, destacaba entre las sombras como una promesa.

Sintiendo que tal vez ahí tendría su oportunidad, forzó su cuerpo a avanzar con todo lo que tenía.

Ante ella se abrió un espacio amplio y circular, los almacenes y edificios de ladrillo que lo rodeaban.

Algunos bien conservados, otros claramente abandonados, con pintura desgastada y paredes picadas.

En el centro, sobre un círculo de césped verde y cuidadosamente podado, se alzaba una pequeña cabaña de madera oscura, contrastando profundamente con su entorno.

Sin muchos otros lugares a la vista, Kerrin corrió hacia la puerta.

Aprovechando la distancia que había ganado tras empujar un par de cajas, llegó a la entrada, alzó la mano temblorosa por la prisa y golpeó suavemente.

Susurró con la voz entrecortada, temiendo que el sonido alertara a los que la seguían: “¿Hay alguien dentro?

Si hay alguien…, que abra rápido.” El eco de los pasos en el callejón se acercaba, creciendo en volumen y cercanía, cuando, en contraste con la urgencia del momento, la puerta se abrió lentamente.

Desde el interior se asomó el rostro de un hombre que, claramente, ya había superado los cincuenta.

Su cara, afeitada con esmero, mostraba sin pudor las arrugas propias de su edad.

“¡Cuidado!” Kerrin no se presentó ni ofreció más explicación.

Forzó la apertura de la puerta con un empujón seco y se deslizó dentro con la agilidad de un gato en fuga.

Cerró de golpe tras de sí, como si buscara cortar de raíz aquello que la seguía.

Con la espalda apoyada contra la madera y el aliento entrecortado por la fatiga, Kerrin buscó con la mirada al anciano, solo para descubrir que el interior estaba sumido en una oscuridad total.

Era imposible distinguir forma alguna.

<FSHHH> De pronto, una gran lámpara de gas se encendió sobre su cabeza.

Era una lámpara de araña, vasta e imponente, que iluminó la estancia con una claridad casi diurna.

La luz repentina obligó a Kerrin a cerrar los ojos.

Tardó varios segundos en abrirlos de nuevo, poco a poco, como si cada párpado pesara más que el anterior.

A medida que su vista se acostumbraba, comenzó a distinguir el entorno.

El interior, hecho también de madera oscura, estaba decorado con cuadros abstractos enmarcados con marcos grises mate.

Cuatro bancos, perfectamente alineados, apuntaban hacia la pared del fondo.

A diferencia del resto, esa pared no tenía adornos, sino que albergaba un pequeño estrado elevado.

En su centro, un atril solitario dominaba el espacio, y tras él se alzaba una mesa alargada y vacía, lo bastante amplia como para acoger cómodamente a seis personas.

Lo primero que cruzó por la mente de Kerrin al contemplar esa escena fue que, sin lugar a dudas, se encontraba en una pequeña iglesia clandestina.

Todo se sentía, de algún modo, cálido y acogedor, como si el frío de la noche hubiese sido reemplazado por la calidez discreta de un hogar.

“¿Qué te trae por aquí, pequeña?”, preguntó una voz anciana, suave y paciente.

El hombre, a quien Kerrin aún no lograba distinguir del todo, resultó estar sentado en uno de los cuatro bancos, mirando serenamente hacia el atril.

Una vez su figura entró en el campo de visión de Kerrin, pudo notar su larga túnica de cura, casualmente del mismo tono castaño que el resto de su ropa.

Se mimetizaba con el entorno, como si siempre hubiese pertenecido allí.

Una extraña sensación de calma se apoderó de ella.

Por un momento, deseó sentarse a su lado y contarle todo lo que había pasado.

Pero no llegó a hacerlo.

El sonido en la puerta la interrumpió.

<TOC…

TOC…

TOC…> Al ver cómo Kerrin se sobresaltaba ante los golpes, el anciano se levantó con cierta dificultad, esa lentitud que solo nace con los años, y se dirigió hacia la entrada.

“¿Es esta la razón por la que te has escondido aquí?”, preguntó, sin necesidad de mirar atrás.

Kerrin, con la mirada fija en la puerta, asintió en silencio.

“No te preocupes.

Yo me encargo.” Con una breve caricia en su cabello del color del vino, el anciano, con la tranquilidad aún dibujada en el rostro, entreabrió la puerta.

Tras ella, tres hombres del tamaño del marco lo observaban con expresión apremiante.

“Buenas, caballeros.

¿Necesitan algo?” Dejando a sus compañeros como figuras secundarias, fue el del centro quien dio un paso al frente.

Llevaba una barba canosa y un gorro de lana raído que colgaba con descuido sobre su frente.

“Estamos buscando a una niña.

Verás, ha estado dedicándose a quemar cosas…

y es de suma importancia atraparla.” El anciano, sin perder la sonrisa ni alterar la serenidad de su expresión, asintió con calma.

“Oh, ya veo.

Lamento decirles que estaba descansando y no me he percatado de nada.

¿Podrían describirme a la niña?

Así, si llego a verla, podría avisar a la guardia de la isla.” Mostrando un tono más cordial y educado del que había usado hasta el momento, el líder le devolvió la sonrisa.

“Lo lamento, pero es información privada.

De todas formas, disculpe por haberlo despertado.

Que tenga una buena noche, señor.” “No se preocupe.

Cualquier ayuda que pueda brindar, solo pídala.

Adiós.” Con el eco de la despedida aún en el aire, la puerta se cerró con suavidad.

Algo desorientados, los hombres intercambiaron una última mirada antes de alejarse por una de las otras cinco calles que conectaban con aquel lugar.

En el interior, Kerrin, quien ni siquiera se había movido de su sitio, se calmó de inmediato al saber que los hombres ya se habían marchado.

“Gracias…”, susurró, con sincera gratitud.

El anciano no respondió.

En silencio, volvió a sentarse en uno de los bancos.

“¿Necesitas algo más, pequeña pirómana?” La pregunta hizo que Kerrin se sobresaltara, defendiéndose al instante, sin pensar demasiado.

“No soy una pirómana, ¡te juro que se lo merecía!” El anciano, incapaz de contener la risa, dejó escapar una carcajada franca y golpeó suavemente la madera del banco a su lado, invitándola a sentarse.

Kerrin, sintiéndose inesperadamente tranquila, aceptó la invitación y se sentó junto a él.

“Sinceramente, no soy muy fan del fuego…

pero siento un genuino respeto hacia él.

No está bien juzgar a alguien por una sola acción, y menos si no se conoce el motivo.

Cuéntame, ¿qué pasó entre esos hombres y tú?” La pregunta, tan pausada y serena, llegó a Kerrin justo cuando su cuerpo empezaba a relajarse del todo.

Había una parte de ella que sentía prisa, ahora que estaba fuera de peligro.

Quería buscar la ayuda y volver rápido con Gehrman.

Pero otra parte, más silenciosa, más profunda, solo quería quedarse allí…

y contárselo todo.

La duda apenas duró un segundo.

La calidez del lugar, la calma en la voz del anciano, la hicieron inclinarse sin esfuerzo hacia la confianza.

Sentada a su lado, con una naturalidad poco habitual en ella, comenzó a hablar.

Le contó cómo había encontrado a aquel hombre en el bar, cómo intentaba ligar a la fuerza, cómo le prendió fuego en la cabeza.

Cómo escapó con su hermana…

Antes de darse cuenta, incluso había relatado la situación en la mansión: los cuerpos, el extraño estado de Gehrman, la niebla y aquella conversación entre el hombre de túnica roja y su alumno.

Solo volvió en sí al final del relato.

El anciano, que había escuchado todo en silencio y con atención, se levantó lentamente del banco y se estiró, con un gesto algo perezoso.

“Pequeña…

si todo lo que dices es cierto, no deberías estar hablando con un anciano cansado.

Ve a buscar ayuda.” Kerrin, que poco a poco regresaba a la realidad, aún sentía esa calidez en el pecho, pero hizo el esfuerzo por ser objetiva.

“Tienes razón”, respondió, poniéndose de pie de inmediato.

“Gracias por todo, anciano.

Descansa bien.” Sin recibir respuesta, salió de la iglesia con paso rápido, volviendo a poner rumbo hacia el Dragón Blanco.

…

En el interior de la pequeña iglesia clandestina, el anciano se quedó de pie junto al banco y volvió a estirarse.

“Cuanto más intento guiar mi propio destino, más caótico se vuelve…

Ufff.

Supongo que me toca trabajar un poco.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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