El Mar de los Secretos - Capítulo 32
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32: Capítulo 31: Llegada tardía 32: Capítulo 31: Llegada tardía Bañada nuevamente por la luz de la luna, Kerrin avanzaba con cautela, procurando no encontrarse otra vez —por casualidad o mala suerte— con el grupo del recién nacido semicalvo que ella misma había provocado.
Corrió por el muelle, ignorando cualquier bar que se cruzara en su vista, hasta detenerse frente al Dragón Blanco.
Este, balanceándose suavemente sobre un agua abarrotada por un exceso de pequeños barcos, permanecía camuflada entre decenas de navíos mucho más grandes.
Incluso las luces que salían de su interior no eran más que tímidos destellos perdidos entre el bullicio luminoso del puerto.
Sin querer hacer más ruido del necesario, Kerrin se acercó con cuidado al costado del barco.
“¡Nina!” susurró, apenas audible.
Tras unos segundos de espera, una botella de licor, bien sujeta por una mano somnolienta, fue lo primero en aparecer por encima de la barandilla.
La siguió el rostro adormilado de Nina, en mitad de un profundo bostezo.
Al verla, no dijo una sola palabra.
Simplemente desapareció, y cuatro segundos después, la pasarela ya estaba colocada.
Kerrin, que había ensayado mentalmente sus palabras, subió con paso decidido.
Al llegar a la cubierta, se percató de que Nina ya se había vuelto a dormir, con la botella de licor aún bien sujeta entre los brazos y sin molestarse siquiera en quitar la pasarela.
Con andar directo, Kerrin se acercó a la puerta del camarote del capitán y la tocó con suavidad.
“Pasa”, respondió de inmediato la voz grave y seria de Aphyrius.
Repasando mentalmente la explicación que pensaba dar, Kerrin abrió la puerta con cautela, dejándose envolver por la tenue luz de las velas del interior, que comenzaba a reemplazar a la luz de la luna que aún alcanzaba la cubierta.
Aphyrius, concentrado, leía unas hojas extendidas sobre su escritorio mientras, con una mano, garabateaba apuntes sin apartar la vista del texto.
“¿Qué sucede?”, preguntó, sin siquiera mirarla.
Kerrin, con las palabras ya organizadas en su mente, suspiró antes de hablar.
Pero, a diferencia de lo que había sentido con el anciano, la fluidez se desvaneció.
Volvió a su forma habitual de contar las cosas: atropellada, poco clara, sin saber muy bien cómo hilarlas.
Aun así, consiguió explicar lo que había sucedido.
Cómo siguió a Gehrman, cómo entró en la mansión, cómo lo encontró completamente desquiciado, enfrentado a una cadena.
Cómo, en algún momento, ella también terminó arrastrada por esa locura.
La conversación que escuchó entre el hombre de la túnica roja y su alumno, la niebla espesa, la hipótesis de que una tal Alizee estaba capturada, y cómo Gehrman parecía obsesionado con rescatarla.
Aphyrius no cambió su expresión en ningún momento.
Solo dejó caer la mano por su rostro con un suspiro largo, casi resignado.
“De verdad…
¿por qué no podéis estaros quietos un solo día?”, murmuró, agotado de repetirlo por milésima vez.
“¡Lo mismo le he dicho yo!
Espera…
¿por qué me metes a mí?
¡Yo no he hecho nada!” Aphyrius dejó sus papeles a un lado por un instante y alzó la vista.
Sus ojos verde esmeralda se clavaron en ella con una calma seca, casi cortante.
“Vuelve a buscarle.
Y volved los dos de inmediato.
Que se olvide de esa tal Alizee, y de todo lo que habéis visto en esa mansión.
Nos vamos mañana.
La ignorancia es un regalo…
al menos, aprovechadlo.” Kerrin apretó los puños.
Ni siquiera lo habia dicho pero ya habia demstrado su negativa a ayudar de manera tajante.
“¡Lo he intentado!
Pero no cede en lo más mínimo.
Esa chiquilla le ha comido la cabeza en una sola tarde…
Será fácil el idiota.” Aphyrius simplemente no iba a responder.
Se limitó a mirarla fijamente, con la intención clara de forzarla a ceder y marcharse en busca de Gehrman.
Pero en el mismo instante en que decidió callar, todo se detuvo.
El silbido del viento.
Las olas que hacían ondular el barco.
El leve vaivén de la llama de la vela.
Incluso el sonido de la respiración.
El ambiente, sumido en una pesadez indescriptible, paralizó los músculos de ambos, forzándolos a un estado de inmovilidad total.
Una mirada.
Una presencia tan lejana como el infinito, tan antigua como el tiempo mismo, se posó sobre ellos.
No hubo señales físicas.
No hubo luz ni sonido.
Pero ambos lo sintieron.
Una mirada superior.
Una voluntad incomprensible.
No podía ser entendida, solo temida.
El instinto, profundo y primitivo, obligó a ambos a sentir respeto…
y sumisión.
Kerrin cedió de inmediato, dominada por un terror seco que le robó toda fuerza de las piernas, aunque ni siquiera fue capaz de caer.
Sus rodillas simplemente no podían doblarse.
Aphyrius, por un instante, dejó ver en su rostro algo que pocas veces emergía: una sorpresa genuina, teñida de confusión.
Pero entonces, mostrando cierta comprensión de la situación, actuó.
Con una lentitud evidente y un esfuerzo marcado en cada gesto, logró mover el brazo.
Se estiró, luchando contra una presión invisible, y abrió una caja de madera situada cerca del escritorio.
Dentro, descansaba un anillo.
Transparente, con un leve tono verdoso.
Estaba hecho de un material parecido al cristal, y emitía un tenue resplandor verde claro, casi fantasmal.
Reposaba sobre un suave fondo negro, similar al terciopelo.
Ese anillo, que todos en el barco reconocían, había sido visto incontables veces en el dedo del capitán.
Lo había usado durante asaltos, para acelerar el barco e incluso para alejar nubes de tormenta.
Pero, por alguna razón que nadie se atrevía a cuestionar, tenían prohibido preguntar por él.
Sin perder tiempo, Aphyrius se lo colocó en el dedo anular de su mano izquierda.
Pero no fue lo suficientemente rápido.
Justo cuando terminó de ponérselo, la mirada desapareció.
Y todo volvió a su lugar.
El silbido del viento.
El romper de las olas contra el casco.
El leve crujido de la madera.
El murmullo de la llama y el gotear lento de la cera fundida.
Kerrin, que hasta entonces había permanecido rígida, sintió al fin cómo sus piernas cedían.
Cayó de rodillas al suelo, aun sin poder comprender del todo qué acababa de ocurrir.
“¿Qué ha sido eso…?”, preguntó al aire, una vez pudo liberar el aliento que había contenido durante largos segundos.
Aphyrius no respondió de inmediato.
Su expresión, por primera vez en mucho tiempo, reflejaba una tensión palpable.
Ese estado de alerta —casi inexistente en él— no hacía más que empeorar la atmósfera pesada del camarote.
“¿De verdad está pasando esto…?
¿En qué momento…?”, murmuró, también al aire, como si buscara respuestas que ya sabía que no iban a llegar.
Kerrin, desconcertada por sus palabras, no supo qué decir.
Más aún porque, en el fondo, comprendía menos que él.
De pronto, la puerta se abrió de golpe.
Fhyl apareció con el rostro alterado.
Tan hermoso como alarmado, sus ojos sin pupila, del color de la hierba recién cortada, se clavaron en Aphyrius con urgencia.
Sin darle tiempo a hablar, Aphyrius sujetó a Kerrin del antebrazo y tiró de ella hacia la salida.
“Fhyl, reúne a todos en el barco.
Voy a buscar al idiota que siempre está metido en todo.
En cuanto regrese, partimos de inmediato.” Con una prisa evidente, Aphyrius continuó tirando de Kerrin hasta bajar del barco, donde al fin la soltó.
“Rápido, guíame hasta allí.
No te preocupes por el camino”.
Su voz ya no sonaba naturalmente seria, sino una mezcla entre prisa genuina e intento de sonar serio y seguro.
Extrañada, pero sabiendo que no debía dudar, Kerrin asintió de inmediato y comenzó a correr por exactamente el mismo trayecto por el que había seguido a Gehrman, esta vez sin preocuparse por ser vista.
En mucho menos tiempo que la vez anterior, la gran mansión se alzó ante sus ojos, imponente y muda.
Kerrin, que ya conocía la ventana abierta, se dirigió directamente hacia ella bajo la atenta mirada de Aphyrius, cuya única señal de vida era el sonido pausado de su respiración.
En el instante en que ambos pisaron el suelo del interior de la mansión, Aphyrius se detuvo en seco.
Algo invisible lo había estremecido.
Sin decir una palabra, volvió a sujetar el antebrazo de Kerrin.
“Guíame.
Pero no te separes de mí.” Una vez más, sin cuestionar su orden, Kerrin avanzó por el pasillo y se dirigió directo al salón.
Fue allí donde Aphyrius finalmente pudo ver el infierno que aguardaba tras ese hueco en la pared.
Rostros congelados en expresiones de terror, cuellos abiertos sin piedad, la sangre derramada salpicando paredes, suelo, muebles…
como un mural caótico pintado a la fuerza.
Las puertas abiertas al fondo revelaban otra habitación más pequeña, donde una trampilla abierta bajo una mesa volcada dejaba salir una luz tenue que surgía desde abajo.
Kerrin buscó de inmediato con la mirada a Gehrman, incluso entre los cuerpos, por si acaso había empleado el mismo camuflaje que ella.
Pero no había señal alguna de él.
Su ausencia dejaba claro que había bajado por su cuenta.
Una rabia genuina se encendió en su pecho.
Ella había esperado llegar, que su capitán lo enganchara del cuello y se fueran sin más.
Sin tener que bajar a ese lugar…
el mismo al que habían descendido los asesinos.
Aphyrius, al ver cómo Kerrin escaneaba el lugar con la mirada, intuyó de inmediato la situación.
Y también sintió enfado.
No porque Gehrman hubiese bajado solo…
sino porque simplemente había bajado.
Sin soltar aún el antebrazo de Kerrin, Aphyrius comenzó a descender por la escalera de piedra que nacía bajo la trampilla.
Kerrin, un escalón por detrás, lo seguía al mismo ritmo, seguro pero constante.
Poco a poco, mientras bajaban por aquellas escaleras iluminadas, un horrendo olor a descomposición comenzó a envolverles las fosas nasales.
Aphyrius no reaccionó con incomodidad ante el hedor.
En cambio, Kerrin sintió inmediatamente un nudo en el estómago.
Las náuseas la golpearon con fuerza, pero tuvo que tragárselas.
Su capitán seguía tirando de ella, sin permitirle detenerse, manteniéndola cerca.
Al final de la larga escalera, el aire se volvía aún más irrespirable.
El olor nauseabundo se intensificaba con cada peldaño descendido, y ahora lo acompañaban ecos distorsionados: golpes secos, gritos de terror, súplicas cargadas de desesperación.
Kerrin empezó a temblar.
No podía evitarlo.
El miedo se colaba en sus huesos con cada sonido.
Aun así, no tuvo más remedio que contenerlo.
El agarre firme —aunque no violento— de Aphyrius la mantenía en movimiento.
Como si el descenso hubiese durado una eternidad, finalmente pisaron el suelo de la cueva.
Frente a ellos se extendía un mar oscuro, formado por cientos de pequeños charcos de sangre esparcidos por el suelo.
Cuerpos aplastados, aún envueltos en túnicas ahora teñidas de rojo, yacían esparcidos como islas grotescas en un paisaje imposible.
Pero sus ojos no se detuvieron allí.
Ambos miraron de inmediato hacia la criatura que dominaba la escena.
Una forma imposible.
Su cuerpo, aplanado y con forma de cruz redondeada, se sostenía sobre cuatro patas cortas y rectangulares.
Tenía dos caras: una cubierta por una gruesa piel opaca, densa y lisa, y la otra completamente desprovista de ella, mostrando músculos desnudos, vivos, vibrantes, recorridos por decenas de ojos.
Ojos sin brillo, de iris tan oscuros como el fondo del océano, que observaban sin emoción ni vida alguna a Gehrman.
Gehrman estaba encadenado a un pilar formado por tubos huecos que ascendían hasta una larga plataforma que cubría el techo, a excepción del centro de la cueva que seguía al descubierto, y le devolvía la mirada con una seriedad contenida, sin odio, sin lucha visible… solo una mirada feroz e incluso burlona.
Kerrin, anonadada, se quedó paralizada.
Era como si hubiese entrado en una pesadilla.
Una de esas tan vívidas que uno espera despertar en cualquier momento.
Pero Aphyrius no dudó ni un segundo.
Con decisión absoluta, alzó la mano.
<ZASS> …
Atónita ante lo que veían sus ojos, Kerrin no pudo ni siquiera recriminarle a Gehrman el hecho de no haber esperado, como ella había ordenado.
Por su parte, Gehrman, incapaz de apartar la vista de la criatura, solo pudo soportar en silencio cómo era bañado por el alquitrán que brotaba del ojo del ser.
No sabía qué había ocurrido, pero fuera lo que fuese, lo había distraído.
Y, sin duda, le había salvado la vida.
Con amarga ironía, el pensamiento de que en menos de un mes ya había necesitado ser salvado varias veces cruzó por su mente, como un último intento de cordura.
La criatura, mostrándole ahora su rostro cubierto de piel a Gherman, observaba en silencio a su atacante.
Su mirada vacía permanecía fija, atenta a cualquier movimiento de Aphyrius.
En esos ojos sin vida, el único reflejo era el pequeño objeto verdoso que brillaba en el dedo del capitán: el anillo.
Aphyrius sostuvo la mirada del ser sin vacilar y soltó con suavidad el antebrazo de Kerrin.
“Prepárate.
Ante la más mínima abertura, lo liberas y huís.” Su orden, tan clara y tranquila, logró que Kerrin se centrara.
La calma de Aphyrius se filtraba en ella, disipando parte del terror.
“¡Sí!” Incluso antes de que Kerrin respondiera, Aphyrius ya había nuevamente alzado la mano izquierda, la que portaba el anillo.
Al verla, la criatura tensó sus músculos de inmediato, como si el simple gesto despertara algo primitivo y amenazante en su interior.
<ZASS> En el instante en que bajó la mano, una cuchilla de aire —afilada e invisible como la anterior— voló en dirección al ser.
Pero este, en tensión desde el principio, desapareció al instante… como si se hubiese teletransportado.
Era la segunda vez que lo hacía.
La cuchilla, aunque falló su primer objetivo, no erró el segundo: cortó limpiamente el pilar de tubos huecos que mantenía encadenado a Gehrman.
En ese mismo instante, la voz de Aphyrius tronó con fuerza: “¡Ahora!”
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