El Mar de los Secretos - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Capítulo 33 Fuego y Preparación
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34: Capítulo 33: Fuego y Preparación 34: Capítulo 33: Fuego y Preparación En la oscuridad absoluta del interior de la cueva, los escombros que habían reducido la altura de la cueva a la mitad comenzaron a agitarse.
Lentos, pesados, como si una fuerza silenciosa los empujara desde dentro, comenzaron a apartarse poco a poco, dejando salir de su interior a la criatura con forma de cruz redondeada.
Su estado deplorable era evidente incluso en la penumbra.
Cinco de sus doce ojos estaban seccionados, obligándolo a mantenerlos cerrados mientras de ellos brotaba un líquido negro y denso, similar al alquitrán.
Otros dos habían desaparecido por completo de sus cuencas, aplastados sin piedad.
De sus cuatro patas cortas y rectangulares, solo quedaba una.
Las otras habían sido arrancadas, dejando tras de sí dolorosas marcas negras que goteaban lentamente.
Sus dos extremidades superiores, también rectangulares, estaban ahora deformadas, torcidas en direcciones antinaturales como ramas rotas.
De sus dos rostros, la cara cubierta por piel densa permanecía intacta.
En cambio, la de músculos expuestos mostraba varios tejidos cortados, con fibras colgando y tendones desgarrados.
El alquitrán brotaba en hilos largos, vibrantes, como si los mismos nervios sangraran.
Allí, en lo alto del cúmulo de escombros, envuelto por la penumbra más absoluta, la criatura emitió un sonido desgarrador.
No tenía boca.
No tenía garganta.
Pero el grito surgió de ella de forma ilusoria, sin origen claro, como un grito que había sido grabado en la piedra misma de la cueva.
El eco retumbó agresivo por todo el lugar, quebrando el silencio.
Y entonces, una fuente de luz nació en el techo real de la cueva, llamando la atención de la criatura y haciendo que dejara de gritar.
Una luz circular, de un tono anaranjado cálido, comenzó a crecer lentamente en brillo y radio.
Como si un pequeño sol estuviera naciendo desde dentro de la piedra.
El calor era invisible, pero lo anunciaban las pequeñas gotas de lava que, al desprenderse de aquel centro, comenzaron a caer, enfriándose al tocar los escombros.
Cuando la roca no dio más de sí, cedió por completo, dejando caer sobre los escombros una gran cascada de lava.
La cueva se iluminó de golpe con una luz anaranjada intensa, al menos por unos segundos, hasta que la lava comenzara a filtrarse entre los huecos y se enfriara lentamente.
Y entonces, cuando la cascada terminó, una figura humana comenzó a emerger, bañada por la lava que se deslizaba por su cuerpo sin herirlo.
Era un hombre ya mayor.
Su rostro afeitado dejaba ver claramente las arrugas que marcaban su piel.
El cabello, corto pero aún denso, enmarcaba unos ojos amarillos que brillaban con una calma antinatural.
Su cuerpo estaba cubierto por una túnica castaña que, ante la luz de la lava, parecía ser más anaranjada que marrón.
La criatura, inmóvil, fijó lo que quedaba de su mirada sobre el hombre.
No se movió.
Tal vez no podía.
El anciano, mientras la lava terminaba de escurrirse por su túnica sin dañarla, le sostuvo la mirada.
Y entonces habló, con una voz pausada, cálida…
cargada de una lastimosa compasión.
“¿Así que tú eres el resultado…?” Guardó silencio un instante, como si le doliera decir lo siguiente.
“Lamento no haberme esforzado más en atrapar a los que te hicieron esto…
y no haber estado atento a ningún rastro que indicara que iban a realizar el ritual hoy.
De verdad pensé que podía relajarme.
Tomarme unas cortas vacaciones.” Bajó la mirada por un momento, sin dramatismo.
Solo con cansancio.
“Pero no es una justificación.
Lo sé.” Volvió a mirar a la criatura, que seguía en silencio, herida.
“Sinceramente…
lamento que hayas acabado así”.
Dio un paso hacia adelante.
“Permíteme…
acabar con tu sufrimiento.” Su paso, aunque ligero y decidido, se sentía ralentizado, como si la propia lástima intentara retenerlo.
Aun así, se detuvo a solo dos metros de la criatura.
Sin realizar un solo gesto, sus ojos amarillos comenzaron a aclararse, volviéndose casi blancos, aunque sin perder del todo su matiz amarillo.
Bajo la criatura, el suelo comenzó a brillar: un círculo se expandía lentamente, rellenado por cientos de figuras geométricas entrelazadas.
Solo una de ellas, ubicada justo en el centro, era claramente identificable: un círculo rodeado de triángulos curvos, semejante a un mandala solar.
“Gracias, Señor, por hacer que el derrumbe provocado por el ritual impidiera a la criatura escapar”, susurró, con la mirada fija sobre ella.
Cuando el círculo terminó de formarse, abarcando por completo el cuerpo de la criatura, comenzó a brillar con una luz amarilla tan intensa que incluso despejó la oscuridad entre los pocos huecos que quedaban entre los escombros.
Y entonces, brotó una llama.
Una gran llama, viva y poderosa, que parecía necesitar más esfuerzo para ser contenida que para extenderse por toda la cueva.
En su interior, la criatura no emitió ningún sonido.
Si antes sus heridas le dificultaban moverse, ahora, envuelta por el fuego, era completamente incapaz de hacerlo.
Lentamente, su piel densa y antinatural comenzó a derretirse.
Las heridas se cerraban bajo el calor, obligando al alquitrán a dejar de brotar.
Lo que aún cubría su cuerpo empezó también a evaporarse, tiñendo el humo del fuego con un tono gris profundo, casi negro, aunque no del todo.
La pata corta que aún la sostenía cedio.
Su cuerpo, al derretirse, empezó a perder volumen, y sus ojos, antes negros como el abismo, se aclararon a un castaño claro e inocente.
Lo monstruoso comenzó a desvanecerse.
Y allí, donde antes había una criatura imposible, quedó a la vista la figura de una joven mujer.
Apenas una adolescente.
Su torso había sido abierto desde el abdomen hasta el nacimiento del esternón, herida que se exponía cruelmente al mundo incluso en medio del fuego.
El alquitrán había desaparecido por completo, y lo que ahora se evaporaba era la poca sangre que quedaba en el cuerpo, provocando que el humo recobrara su color gris natural, liviano, como ceniza flotando en el aire.
Los ojos del anciano, aún brillantes con aquel amarillo claro y sobrenatural, se llenaron de una tristeza más profunda.
“Lo siento”, susurró con dolor al ver la escena.
Pasaron varios minutos.
El fuego continuó ardiendo, constante, devorando en silencio.
Hasta que solo quedaron los huesos calcinados de la joven, frágiles, quebradizos.
Con respeto y cuidado, el hombre los tomó entre sus manos.
…
Conforme la luz del sol comenzaba a filtrarse lentamente por la ventana desde el horizonte, unos ojos azules se abrieron con suavidad.
Con más energía de la que uno normalmente tendría al despertar, esos ojos bailaron un momento por la habitación hasta detenerse en el rostro de la mujer dormida a su lado.
Su cabello suelto, de un rubio apagado, caía con suavidad sobre su rostro maduro, sin lograr ocultar del todo la calma plácida del sueño.
Deseando que aquel momento fuera eterno, Luke se obligó al fin a volver en sí.
Con cuidado, se incorporó.
Vestido con un pijama delgado de color rosa pastel, Luke bostezó y se estiró mientras se acercaba a su armario.
A su ritmo habitual, tranquilo, se cambió a una vestimenta más adecuada para salir.
Llevaba una camisa de lana azul oscuro, combinada con pantalones de lino negro.
Sobre todo, una gabardina castaño claro envolvía su silueta con suavidad.
Ya vestido, y sin mucho tiempo que perder, se acercó a su mujer dormida y la despertó con un suave beso en la frente.
“Buenos días, cariño.
Ya es hora, me voy, ¿vale?
¿Necesitas que traiga algo a la vuelta?” Aroa, quien tenía un sueño ligero, despertó sin sobresaltarse.
Sus ojos rojos como rubíes se posaron con ternura en el rostro de Luke, también marcado por los años.
“Estamos bien, tenemos de todo… pero coge unos florines y cómprale algo de comer.
Seguro que le han prohibido muchas de sus cosas favoritas.” Luke asintió de inmediato a su petición, le dio un segundo beso, esta vez en los labios, y se levantó con una sonrisa leve.
“Te quiero.” El orfanato, tan silencioso como siempre a esas horas de la mañana, emanaba una sensación de vacío tranquilo.
Una calma imposible de imaginar durante el resto del día.
Sin tiempo para desayunar ni hacer mucho más, Luke salió del orfanato y cerró tras de sí la gran puerta negra que separaba el campo de cultivos del mundo exterior.
Con paso ligero —raro para alguien recién levantado— cruzó las calles de Farne rumbo a la plaza central.
Su destino: la Iglesia del Santo Oleaje, dedicada a la diosa más venerada del Mar Medio, Náurya, señora del oleaje y las corrientes.
Faltaba exactamente una semana para la Luna Lavanda, el día en que, según las leyes de Esfhis, todos los jóvenes de 16 años serían reconocidos legalmente como adultos en todas las islas del Mar Medio.
Durante el camino, la vista de una pequeña pastelería familiar llamó su atención.
Sonrió y entró.
Sus ojos se posaron de inmediato en la figura de una señora arrugada y encorvada por la edad, que atendía el mostrador de cristal lleno de dulces de distintas formas y colores.
“Buenos días, señorita.
¿Por casualidad no tendría dos lunas de merengue?” “¿Señorita?” —rio suavemente la anciana, con una chispa de alegría inesperada—.
“Hacía tiempo que ningún caballero educado me saludaba como se debe.
Por supuesto que tengo lunas de merengue.” Con una sonrisa radiante que delataba juventud interior, la pastelera se agachó con lentitud y esfuerzo para coger dos bizcochos con forma de luna menguante, recubiertos de una capa fina de chocolate blanco.
Con manos expertas, los envolvió con cuidado en papel y creó un pequeño asa para transportarlos fácilmente.
“Cuatro florines de bronce, por favor.” Luke dejó las monedas sobre el mostrador y tomó el paquete con una leve inclinación de cabeza.
“Ahí tiene.
Muchas gracias.” “¡A usted!” respondió la señora, ya cuando Luke le daba la espalda.
Con el regalo comprado —su dulce favorito—, Luke retomó el camino directo hacia la Iglesia del Santo Oleaje.
Al llegar a la plaza principal de Farne, la gran iglesia se alzaba majestuosa por encima del resto de las construcciones.
Decorada en tonos azules, verdes y plateados, destacaba como una joya entre las casas de madera del puerto.
El interior del templo era amplio y solemne, decorado con columnas, bancos para los fieles y decenas de conchas y criaturas marinas disecadas con cuidado.
Al fondo, bajo una gran bóveda de cristal teñido de azul, se erguía una enorme estatua de piedra adornada con zafiros, rubíes y lapislázuli.
Representaba a una hermosa mujer de rostro sereno, vestida con telas finas que se transformaban en olas al llegar al suelo.
Su mano izquierda, que señalaba hacia abajo, sostenía un bastón ceremonial con tallas marinas; la derecha, extendida hacia el frente, ofrecía una esfera de cristal azul claro, brillante como la luz que se filtra entre las aguas.
Al ser jueves, los bancos estaban completamente ocupados: creyentes solitarios y familias completas asistían en silencio a la misa, mientras el padre, bajo la luz azulada de la bóveda, leía pasajes con voz calmada desde La Verdad del Mar, el libro sagrado de la Iglesia del Oleaje.
Todos estaban tan concentrados en orar que ignoraron por completo a Luke, quien caminó pegado a la pared izquierda en dirección a una puerta medianamente oculta, junto al altar.
Una vez frente a ella, se apoyó discretamente contra la piedra y esperó con paciencia.
Observó al padre, que tras terminar un párrafo, colocó la mano tras su túnica clerical —de un azul profundo con detalles plateados— y chasqueó los dedos.
Al gesto, una pequeña puerta invisible desde los bancos se abrió en la pared lateral del altar.
Desde ella emergió un joven aprendiz que, con pasos ágiles pero cuidadosos de no hacer ruido, cruzó agachado tras el padre hasta plantarse frente a Luke.
Sin decir palabra, el aprendiz sacó una llave verde que encajó en la cerradura de la puerta oculta y la giró con suavidad.
“Gracias”, susurró Luke, evitando crear eco.
El aprendiz juntó sus manos sobre el vientre y se inclinó ligeramente.
“A ti, por cumplir la petición de venir de nuestra sacerdotisa.” Tras hablar, no buscó continuar la conversación.
Se dio la vuelta y volvió a cruzar tras el padre hacia la pequeña sala de donde había salido.
Luke, por su parte, cruzó la puerta.
El interior secreto de la iglesia conservaba la misma estética que el templo principal.
Tonos azules, verdes y plateados decoraban las paredes, adornadas con conchas marinas y pequeños animales disecados, incrustados con esmero artesanal.
El espacio era reducido, casi íntimo.
Un cuadrado de piedra delimitaba la entrada, y desde allí, un pasillo angosto se extendía hacia la derecha, pasando discretamente por detrás de la gran estatua de Náurya.
El pasillo, iluminado por velas elaboradas con grasa de criaturas del mar, desprendía un olor espeso y penetrante, difícil de ignorar.
A medida que avanzaba, Luke no necesitaba contener la respiración debido a que estaba ya acostumbrado a cruzar por ese pasillo.
Al final del pasillo lo aguardaba una puerta completamente plateada, grabada con el símbolo de una ola en movimiento.
Esta vez sí estaba cerrada del todo.
Sin detenerse, Luke se dirigió hacia ella.
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