El Mar de los Secretos - Capítulo 35
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35: Capítulo 34: Tensa corriente 35: Capítulo 34: Tensa corriente <Toc…
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Toc> Tras un corto momento de espera, durante el cual Luke escondió las dos medialunas de merengue dentro de su gabardina, la puerta comenzó a abrirse, intercambiando el olor espeso de grasa marina por un aroma salino, tan limpio y puro como el que solo puede encontrarse mar adentro.
La puerta fue abierta por un hombre ya entrado en sus cuarenta, vestido con la clásica túnica clerical de la iglesia.
Al abrirse, dejó ver progresivamente el interior de la habitación.
La iluminación no provenía de velas, sino de lámparas alimentadas por gas: un lujo reservado a las esferas más altas de la ciudad.
La luz, blanca y constante, caía sobre muebles elegantes pintados en tonos plateados que cubrían por completo las paredes, acompañados por estanterías repletas de libros.
Una alfombra del mismo tono se extendía bajo sus pies, envolviendo la escena en una monocromía casi hipnótica, rota únicamente por un lujoso sillón azul oscuro en el centro de la estancia.
Allí, sentada en ese sillón, vestida con un fino camisón de dormir, estaba Lidia.
Su cabello azul oscuro caía en cascada por su espalda, y sus ojos plateados, sin pupila, brillaban con su luz habitual.
Frente a ella, un médico vestido con una bata blanca grisácea la examinaba con gesto concentrado.
A cada lado, dos clérigos de la iglesia, vestidos con sus túnicas azul marino decoradas con detalles plateados, observaban con atención.
Su vigilancia era constante, asegurándose de que el médico respetara cierta distancia.
Luke, sin siquiera mirar al clérigo que le había abierto la puerta, entró sin vacilar, lo que bastó para llamar de inmediato la atención de Lidia.
En cuanto lo vio, no dudó en alzar la mano para saludarlo, sin percatarse de que el médico tuvo que retroceder con reflejos rápidos para evitar recibir el golpe en la barbilla.
“¡Luke, por fin llegas!
¡Te ha costado!” Con su alegría y entusiasmo característicos, sus ojos parecieron brillar un poco más.
Pero al instante se dio cuenta de lo ocurrido: el médico, caído hacia atrás, había logrado esquivar por muy poco el inocente golpe ascendente.
Sorprendida, se tapó la boca.
“Perdón…
lo siento”, se disculpó rápidamente, bajando la mano en un instante.
Luke, divertido por la escena, no contuvo la risa mientras se acercaba al médico para ayudarlo a levantarse.
“¿Entonces, todo bien?”, preguntó una vez que el hombre ya estaba de pie.
“Todo en orden.
Verdaderamente goza de una salud envidiable, incluso para su juventud”, respondió el médico, repasando mentalmente los chequeos realizados.
Sin más palabras, volvió a su labor: revisó la piel, los ojos, los dientes…
Una revisión tan exhaustiva que llegó a incomodar un poco a Luke, por el simple hecho de que lo hiciera un hombre.
Cuando finalmente terminó, Luke no pudo evitar soltar un suspiro de alivio al ver cómo el médico era escoltado fuera de la habitación por los dos clérigos que antes lo vigilaban.
Ya a solas con Lidia, y con el mayor de los clérigos aún apostado en silencio junto a la puerta, la joven finalmente se atrevió a lanzarse sobre Luke para abrazarlo.
Él se agachó para recibirla con más comodidad, y la rodeó con los brazos con el mismo cariño con el que uno abraza a alguien que se ha echado de menos.
El cura los observó sin intervenir, pegado a la puerta, como una sombra.
Cuando el largo abrazo finalizó en el silencio templado de la habitación, Lidia se separó de Luke con una sonrisa y corrió hacia uno de los armarios plateados del fondo.
Abrió sus puertas con ambas manos y, en su interior, colgado como una joya esperada, un vestido largo brilló con furor bajo la luz de gas.
Era tan plateado como el propio armario que lo contenía.
El torso, ceñido con delicadeza, estaba decorado con flores y peces también plateados, aunque más relucientes que cualquier otra parte del atuendo.
La falda, tan larga que rozaba el suelo y tan abombada como la de una princesa de cuento, llevaba motivos similares, aunque más tenues, de un tono mate que le daba un aire etéreo.
Luke, impresionado ante la escena, se acercó a Lidia con una lentitud afectuosa.
Colocó una mano sobre su hombro con suavidad, mirándola no al vestido, sino a ella.
“Seguro que te queda hermosamente”, dijo con sinceridad, su voz cargada de una ternura que solo se cultiva con los años.
Lidia, con la mirada fija en el vestido y el brillo de una genuina ilusión infantil en los ojos, no apartó la vista para contestar.
“En una semana lo sabremos”, respondió, con una mezcla de alegría e impaciencia que encendía aún más su tono.
…
En el centro de una gran habitación, iluminada por la luz que atravesaba las enormes ventanas de vitrales en tonos azul y verde oscuro, una mesa circular se extendía como un altar de poder y silencio.
Cinco hombres y una mujer la rodeaban, sentados en butacas altas que imponían presencia.
La mesa, aún repleta de todo tipo de manjares, permanecía intacta; la comida no era aún el centro de atención.
Cuatro de los hombres vestían la túnica clerical habitual: azul oscuro con bordados plateados que serpenteaban como olas en sus mangas.
Pero el quinto destacaba sin esfuerzo.
Su túnica, completamente plateada, estaba decorada con patrones azul profundo, y sobre su cabeza reposaba una tiara papal del mismo tono: alta, imponente, con dos niveles que simbolizaban el poder espiritual y moral.
Un silencio reverente dominaba la sala, como si la conversación aún no se hubiera atrevido a empezar.
La única mujer en la mesa emitía un aire completamente contrario al del resto.
Mientras los hombres mantenían una postura solemne y cuidadosa, ella, sin pudor ni vergüenza, jugaba con el equilibrio de su silla, ladeándola sobre dos patas.
Tenía los pies estirados y apoyados sobre la propia mesa, y en una mano sujetaba un buen filete bien pinchado en el tenedor, listo para ser devorado sin la menor ceremonia.
“Entonces, a ver si lo he pillado”, dijo con sorna, masticando las palabras con ese tono grave, áspero y provocador que la caracterizaba.
“¿Tengo permitido pedir todo lo que desee, siempre y cuando no le haga daño a nadie, con cargo de cura aburrido…
y además deje escapar a la sacerdotisa?
¿Estoy en lo correcto?” Su voz resonó entre los muros con una mezcla de burla e inteligencia feroz, como quien ya sabía la respuesta pero igual disfrutaba del juego.
La actitud, descarada y relajada, iba a juego con su atuendo: vestía una camisa de lino blanca, ajustada y apenas disimulada bajo una larga chaqueta de fustán rojo oscuro, que combinaba con sus pantalones anchos del mismo tono, el camal metido sin cuidado en unas botas altas de cuero negro.
Los cuatro hombres de túnica azul oscuro mantuvieron el silencio, dejando que la conversación fluyera solo entre la mujer y su superior, quien, sin mostrar molestia alguna por el tono irreverente, continuó con absoluta calma.
“Pese a ser la única de los Diablos del Mar que sigue tan activa como antaño, eres incapaz de esconder el paso de la edad.
Tal vez deberías aprovechar esta oportunidad para retirarte, como ya han hecho otros cinco.” “¿¿Yo retirarme??” —rió a carcajadas, sonora e indomable—.
“Ni durante mis tres embarazos descansé.
¿Acaso crees que solo por estar un poco vieja voy a huir con el rabo entre las piernas como hicieron esos cobardes?
Puedes dar por sentado que, si algún día me retiro, será cuando sea la última en hacerlo…
o cuando alguno de mis niños me monte un motín de puta madre y me quite el puesto.” Uniéndose a su risa altanera, el Papa dejó escapar una carcajada abierta, sin preocuparse esta vez por las formas, provocando que los cuatro a su mando lo miraran con disimulado desconcierto.
“Siempre es bueno tener cerca a alguien que no tenga pudor en ser quien es”, dijo al fin, recobrando la compostura con una sonrisa.
“Sinceramente, no queda nada más que hablar.
Puedes disfrutar de la comida y marcharte cuando lo desees.” “Perfecto.
Entonces, si me disculpa su santidad, yo me marcho ya.
Ya entraremos en contacto para negociar la recompensa”, se despidió sin perder en ningún momento ese tono suyo tan provocador y descarado.
Como último acto de desvergüenza, arrancó con su mano desnuda un muslo de pavo del plato más cercano.
La grasa le chorreaba por los dedos y caía al suelo en pequeñas gotas mientras se lo comía de camino a la salida, masticando con satisfacción.
“Que las corrientes fluyan hacia tu objetivo”, murmuró el Papa como despedida, justo antes de que la figura de la pirata desapareciera.
…
El ambiente tenso se respiraba en el interior del camarote del capitán.
Gehrman, con los ojos fijos en su capitan, golpeó con fuerza ambas manos contra la mesa, arrugando el mapa que había sido extendido sobre ella.
Kerrin, algo más insegura, estaba apoyada junto a la puerta en silencio, sin atreverse a hacer un solo movimiento.
Frente a ellos, Aphyrius, sentado en su silla con cara de pocos amigos, los observaba con el ceño fruncido.
Fhyl, obligada por Gehrman a estar presente, permanecía de pie detrás de él, callada, su mirada perdida en kerrin.
“¡He cumplido, y me he esperado a que nos alejáramos de la costa!
Así que…
¡¿qué mierda fue todo eso?
¿Qué era ese monstruo?
¿Qué fue lo que le hicieron a Alizée?
¿Y qué demonios era esa botella llena de niebla extraña?!” Ya había soportado un día completo con las dudas atormentándole la cabeza, y su tono de voz reflejaba el cansancio acumulado de esperar respuestas que nunca llegaban.
“¿Y qué fue eso que nos miró?” añadió Kerrin, un poco más recatada, pero con el mismo deseo urgente de comprender.
Aphyrius, que claramente sabía a qué venían, no se tomó ni un segundo para considerar su postura.
“Os lo he dicho muchas veces.
La ignorancia es un regalo.
Al menos…
aprovechadlo.” Tranquilo y completamente cerrado, el capitán ni siquiera se centró en uno de ellos, sino que dejó que sus ojos esmeralda bailaran con parsimonia de uno a otro, como si eligiera con desgana a cuál escuchar primero.
Gehrman, incapaz de contenerse ante la respuesta evasiva, reaccionó al instante con otro golpe seco sobre la mesa.
“¡Literalmente casi la palmo por ignorante!” le recriminó con una rabia que temblaba por dentro más que por fuera.
Aphyrius, como solía hacer en este tipo de situaciones, se arrastró la mano por el rostro, exhalando su habitual gesto de fastidio.
“¿Acaso piensas que un mínimo de conocimiento habría cambiado algo?” preguntó con voz grave, buscando acallarlo desde la lógica cansada.
Pero Gehrman ni siquiera dudó.
Su respuesta fue rápida, visceral.
“No sé qué habría cambiado.
¡Pero seguro habría actuado de otra manera!
¡Incluso a lo mejor podría haber ayudado a Alizée!” La paciencia de Aphyrius, ya al límite, se quebró lo justo para dejarse arrastrar a ese terreno que tanto detestaba: la ira.
Su voz, aunque no alzaba el volumen, ardía de tensión contenida.
“Por supuesto que habrían cambiado las cosas…
si hubieras hecho bien las cosas.
Por ejemplo, si simplemente te hubieses ido, en vez de obsesionarte con una chiquilla.
Cuando digo que la ignorancia es un regalo, lo digo en serio.
Pero también tienes que dejar de querer entenderlo todo.” “¡¿Pero cómo me puedes estar diciendo que simplemente ignore todo lo que ha pasado?!
¡¿Cómo siquiera te atreves a decir eso?!
¡¿Tú puedes hacerlo?!
¡¿Ignorarlo?!” En un instante, la discusión caldeada explotó en gritos.
Fhyl y Kerrin permanecieron en silencio, inmóviles, como sombras pegadas a la escena, sin saber si intervenir o esperar a que el fuego se apagara solo.
…
Fuera del camarote, la pelea no tardó en propagarse como un eco.
Los marineros, dispersos por la cubierta, dejaron lo que estaban haciendo para acercarse, discretos, curiosos.
La tensión se notaba incluso en la madera del suelo.
Pero fue Klema quien, alzando la voz con ese tono que no admitía réplica, interrumpió el cuchicheo general.
“¡Todos a lo vuestro!” ordenó con firmeza.
“Esto no es un espectáculo.
¡Volved al trabajo!” …
Entre los gritos de padre e hijo, Gehrman seguía ensimismado en pedir explicaciones, pero su padre, igual de cabezón, le exigía que se callase, que olvidase todo, que simplemente continuase con su vida sin preocuparse ni meterse en esos asuntos.
“¡Dios, pesado!
Fhyl, Kerrin…
decid algo”, acabó soltando Gehrman, metiéndolas a ambas en la discusión.
Kerrin, visiblemente intranquila por el escenario de gritos, no dijo nada.
Pero Fhyl, como si hubiera estado esperando que la incluyeran, colocó una mano suave pero firme en el hombro de Aphyrius.
“Ya es suficiente.
Esto no va a llevar a nada.
El capitán tiene razón: lo mejor que podrías hacer es olvidarte y seguir con tu vida… pero también es cierto que, después de lo que has vivido, es normal que quieras una explicación.” Miró entonces a Gehrman directamente, con esa calma suya que parecía inquebrantable.
“Si quieres respuestas, está bien.
Ya cedo yo.
Pero debes prometer que dejarás de actuar sin pensar… y que no tomarás ningún riesgo relacionado con la información que voy a darte.” Aphyrius, que hasta ese momento se había mantenido al frente de la discusión, giró el rostro lleno de enfado hacia Fhyl.
Sus ojos, normalmente distantes, ardieron de molestia al verla ceder.
“No”, negó rotundamente.
“Si yo digo que no se va a hablar del tema, no se hace.” Fhyl no bajó la mirada.
Sin perder la calma, respondió con una frase sencilla, pero cargada de sentido: “A lo mejor es lo mejor.
Solo podemos evitar el peligro si lo conocemos.” Esa última frase dejó la habitación en completo silencio.
Incluso Kerrin alzó la vista.
Aphyrius se quedó pensativo unos segundos, el gesto tenso, hasta que finalmente se levantó con un gran suspiro.
Sus pasos pesaban más que de costumbre.
“Haz lo que quieras”, dijo con resignación enfadada, antes de marcharse y cerrar la puerta tras de sí con más fuerza de la necesaria.
Sin dejar que Kerrin ni gehrman dijesen nada, Fhyl caminó también hacia la puerta.
“Buscadme cuando estén todos dormidos”, dijo antes de salir del camarote del capitán.
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